Revista Latina

Reseñas de libros - 2013

El improrrogable reto de medir la excelencia en periodismo 

 

Gómez Mompart, J. L.; Gutiérrez Lozano, J. F.; Palau Sampio, D. (eds.) (2013)

La calidad periodística. Teorías, investigaciones y sugerencias profesionales

 

Col•lecció Aldea Global

Bellaterra: Universitat Autònoma de Barcelona; Castelló de la Plana: Universitat Jaume I; Barcelona: Universitat Pompeu Fabra; València: Universitat de València

ISBN: 978-84-8021-900-6 (UJI)
978-84-490-3237-0 (UAB)
978-84-370-9005-4 (UV). 203 páginas


Reseña de Adolfo Carratalá, Universitat de València

mompart

Intangible sí, pero mesurable también. La calidad periodística es, por fin, abordada sin excusas, adentrándose con profundidad en el concepto a pesar de su admitido carácter escurridizo. Los profesores e investigadores Josep Lluís Gómez Mompart, Juan Francisco Gutiérrez Lozano y Dolors Palau Sampio editan una obra en la que la aproximación a la excelencia en el periodismo va mucho más allá de una lectura notarial, dominante hasta ahora en múltiples trabajos que se limitaban a reconocer y lamentar que la calidad ofrecida por los medios de comunicación no era la deseable, ofreciendo, en cambio, significativas pistas sobre qué cuestiones deberían permitirnos caracterizar como excelente una determinada producción periodística y provechosas recomendaciones que facilitan que tanto profesionales como ciudadanos mejoren su capacidad de elaborar y evaluar las informaciones a las que se enfrentan.

Las diferentes contribuciones recogidas en este libro posibilitan dirigir la atención a los múltiples pasos y elementos que se encuentran vinculados al trabajo periodístico, corroborando, de este modo, que efectivamente la obra persigue mejorar el conocimiento sobre la calidad periodística y no solo de la calidad informativa, pues esta última limitaría el esfuerzo analítico al examen de los textos, del producto de los medios, dejando a un lado factores presentes en el proceso productivo comunicativo –muchos de ellos contextuales a la tarea periodística pero fuertemente influyentes- que también determinan hasta qué punto el resultado puede considerarse o no excelente.

El reto al que la obra responde es, pues, doble. Por un lado, ampliar el objeto de investigación de manera que la mirada no se reduzca al análisis de mensajes sino que permita cuestionar desde la situación laboral de la plantilla redaccional hasta el papel que juegan los usuarios digitales en el proceso de recepción. Por otro, llevar el estudio de la calidad periodística a un terreno en el que sea posible reflexionar sobre la misma dejando a un lado consideraciones personales; objetivo logrado, aunque la mayoría de especialistas convocados en este trabajo coinciden en la dificultad de acotar con precisión y rigor el fenómeno de la calidad. De este modo, comprobamos que se observa como un concepto complejo (Gómez, p. 9; Israel y Pomares, p. 147), poliédrico (Gómez y Palau, p. 18), intangible (García et al., p. 39) y que se encuentra ligado a la abstracción, a lo subjetivo y a la opinión (Pérez et al., p. 125).

Pero no hablamos únicamente de un reto. El estudio y la investigación de la calidad periodística constituyen también hoy una clara necesidad. Si la actual complejidad social exige, como nunca antes, que los ciudadanos tengan a su alcance una información periodística basada en parámetros excelentes, podemos afirmar que probablemente hoy sea el momento en el que esa calidad se vea rodeada de mayores amenazas. Gómez Mompart es tajante sobre la cuestión: “la calidad periodística está en riesgo” (p. 10), y su diagnóstico de un periodismo que se encuentra acosado por el contexto actual resulta reforzado por las consideraciones que, más o menos explícitas, realizan el resto de autores y autoras a lo largo de la obra. Tras la lectura de los diferentes capítulos, es fácil descubrir cómo los investigadores participantes coinciden en advertir de algunas tendencias preocupantes que, especialmente durante los últimos años, ha seguido la actividad mediática en nuestro estado, confirmando que el –en muchos aspectos mejorable- avance de la democratización y modernización de la sociedad española no se ha visto acompañado de una mejora cualitativa de la actividad periodística.

El problema no se percibe solo desde la academia. Como indican García, Bezunartea y Rodríguez, “la calidad de la información periodística está socialmente cuestionada” (p. 39) y, de hecho, el barómetro de marzo de 2013 del Centro de Investigaciones Sociológicas (CIS) reveló que los ciudadanos españoles califican con un 5,16 sobre 10 la confianza que depositan en los medios de comunicación, un aprobado muy raspado que pone de relieve que el consumidor de información encuentra notables déficits en la oferta periodística que tiene a su alcance. No es casual, además, que las informaciones que concentran menores niveles de confianza sean las que abordan la economía (4,80) y la política (4,01), pues es desde esos dos campos desde donde surgen las amenazas más directas al periodismo de calidad.

La economía, como bien evidencia la crisis actual, es uno de los factores que puede afectar de manera determinante al nivel de excelencia del trabajo periodístico. La inversión y los recursos económicos puestos al servicio de la plantilla de profesionales y de la innovación del producto informativo han sido en los últimos años una carencia común en la mayoría de los medios de comunicación y, desde el inicio de la crisis económico-financiera en 2007, una idea ausente entre la mayor parte de empresarios que sobreviven en este sector y que continúan sin reconocer que dedicar recursos económicos a la mejora de la información que se ofrece a los ciudadanos no puede repercutir sino en la oferta de un producto más competitivo y, en definitiva, más rentable, tal y como han indicado las aportaciones desarrolladas sobre este objeto de estudio en el ámbito norteamericano. La precariedad profesional y la contemplación del producto informativo como un objeto de consumo equivalente a cualquier otro, olvidando su evidente función social, actúan, por lo tanto, como claros enemigos del buen periodismo.

Junto con el factor económico, la política es también en el caso español uno de los riesgos más notables para la producción de un periodismo de calidad. Los medios han dejado de lado demasiado a menudo su función de contrapoder para acomodarse en una posición servil que los convierte en un instrumento más de la polarizada y agitada lucha política española, resultando así títeres muy útiles para las organizaciones que se disputan la representación ciudadana pero herramientas muy poco efectivas para que estos últimos, los ciudadanos, puedan participar del proceso con todas las garantías y libertades que debiera asegurar una sociedad democrática.

Las trabas que economía y política han puesto al desarrollo de un periodismo de calidad se verían, además, potenciadas con la introducción de las nuevas tecnologías de la información y la comunicación, que han permitido, paradójicamente, profundizar en el detrimento de la excelencia en la producción periodística. La llamada infoxicación hace referencia precisamente a esta contradicción: tenemos más información que nunca a nuestro alcance, pero también es abrumador el nivel de empobrecimiento que presenta la mayor parte de ella y que oculta, además, los escasos ejemplos de periodismo de investigación y en profundidad con los que todavía contamos. Una exaltación superlativa por las posibilidades que la red y las tecnologías digitales ofrecen en cuanto a la oferta masiva de contenidos, de actualizaciones constantes, de abrir más y más canales de participación a los usuarios ha restado la atención a cuestiones tan básicas como anteponer la verificación al ruido, la explicación a la confusión, el debate responsable a la conversación estridente o el pluralismo frente a la concentración.

Esta diagnosis de las causas se encuentra presente en el conjunto de aportaciones que reúne la obra, así como la descripción de las consecuencias que tiene esta triste deriva: la delegación de funciones que tradicionalmente se les había atribuido a los periodistas como, por ejemplo, la selección de temas a abordar, hoy reflejo directo de los intereses de las fuentes; la notable dependencia de las voces oficiales, que logran dominar el relato sobre la actualidad mientras otros actores no encuentran espacio; el olvido de temas que son ignorados por los medios pese a su evidente importancia social; la prevalencia de discursos uniformes y monológicos en los que la pluralidad de voces es inexistente; la espectacularización y la apuesta por el sensacionalismo, especialmente presentes en los informativos televisivos; la homogeneización de contenidos; el abandono de la fórmula interpretativa en beneficio de la información superficial y poco especializada o la instrumentalización y mercantilización de las noticias.

Del mismo modo que ha ocurrido con la calidad, hay otra serie de atributos vinculados al buen periodismo que parecen haber ido difuminándose en la oferta comunicativa que padecemos. Es curioso, en este sentido, comprobar que los diferentes analistas aluden continuamente a una serie de conceptos con los que la calidad parece encajar de manera armoniosa, revelándose todos ellos como piezas de un puzle que cada día resulta más difícil completar. La credibilidad (Casero y López, p. 76; Otto et al., p. 92; Parreño, p. 108; Ruiz et al., p. 141 e Israel y Pomares, p. 147) y el pluralismo (Casero y López, p. 77; Parreño, p. 116; Israel y Pomares, p. 151 y Humanes y Montero, p. 163) son, sin duda, de los más reiterados. Pero hay muchos otros que de manera recurrente van haciendo aparición a lo largo de las páginas del libro: veracidad, rigor, independencia, verificación, fiabilidad, transparencia, autonomía del campo periodístico, contraste de las fuentes, responsabilidad, servicio público, profesionalidad, integridad, imparcialidad y especialización.

La publicación, que poco a poco va abordando todas estas cuestiones en función del aspecto del proceso periodístico en el que coloca el acento cada una de las investigaciones recopiladas, arranca, tras una introducción que nos ofrece una panorámica de las diferentes contribuciones, con un capítulo inicial firmado por dos de los editores, Josep Lluís Gómez Mompart y Dolors Palau, en el que encontramos un detallado recorrido por las diversas incursiones que en los últimos cincuenta años se han desarrollado tanto en Europa como en América para interpretar y analizar la calidad periodística. Conscientes de la dificultad que entraña abordar desde el trabajo empírico un fenómeno como este, los dos profesores mantienen un estilo prudente pero riguroso mientras realizan un repaso a las principales tradiciones académicas. Desde luego, recibe mucha atención la línea norteamericana, de cuyas aportaciones –que vinculan estrechamente la inversión y la calidad- deberían tomar buena nota las empresas de comunicación de este país, tan aficionadas a priorizar los ERE y despidos en busca de la eficiencia económica, pero también son evaluados con atención los planteamientos que han arraigado con más fuerza en Alemania y América Latina, donde las reflexiones sobre la calidad –más ligadas a la cuestión moral y no tanto al negocio- relacionan permanentemente la excelencia periodística con la consolidación democrática.

Tras una aproximación a las más relevantes propuestas de estudio y a los indicadores de medición señalados por diversos autores en los últimos años, Gómez y Palau concluyen que la calidad de las producciones periodísticas no puede someterse a los mismos parámetros que otras actividades comerciales y subrayan que el determinante papel que juega el contexto –producción y recepción- en la actividad comunicativa constituye una de las principales dificultades que nos encontramos a la hora de definir la calidad periodística. De este modo, ambos investigadores dejan claro que, pese a quedar brillantemente enfocada la cuestión, el reto que queda por delante, pendiente, es mayúsculo: identificar con precisión los parámetros que permitan analizar y medir con rigor la producción periodística de calidad, una labor a la que se dedican el resto de capítulos.

El método de Valor Agregado Periodístico (VAP), desarrollado en la Pontificia Universidad Católica de Chile y la Pontificia Universidad Católica de Argentina, es el eje central del capítulo firmado por María del Mar García Gordillo, Ofa Bezunartea Valencia e Inés Rodríguez Cruz. Las autoras, que consideran el modelo un “verdadero hallazgo” (p. 40), consiguen profundizar en él hasta radiografiar cada una de las variables que contempla para, a continuación, recopilar cuáles han sido los resultados más importantes de las investigaciones que lo han aplicado y señalar qué mejoras deberían incorporarse en futuros trabajos.

Roberto de Miguel Pascual y Rosa Berganza Conde articulan su contribución sobre un estudio sistemático de carácter cuantitativo entre varios diarios generalistas de pago y gratuitos que, fundamentándolo en una revisión bibliográfica sobre cuáles podrían ser los criterios mensurables ligados a la calidad, permite confirmar que la frontera entre un tipo de prensa y otra “no es tan amplia como cabría esperar” (p. 68).

El empleo y gestión de las fuentes informativas es el fenómeno al que dedican su atención los investigadores Andreu Casero Ripollés y Pablo López Rabadán, que exponen los resultados de un exhaustivo trabajo empírico en el que han sometido a examen portadas de prensa publicadas a lo largo de tres décadas (1980-2010), lo que ofrece la posibilidad de comprender la evolución de tres importantes variables: número, identificación y clasificación. Los datos son elocuentes: no todo ha ido a mejor y, treinta años después, algunos déficits, como la presencia de fuentes veladas o de carácter institucional, continúan planteando serios retos para alcanzar la excelencia.

Enric Marín Otto, Pablo Santcovsky Reschini y Adrián Crespo Ortiz nos invitan a reflexionar sobre la función que juegan actualmente las que siempre fueron consideradas fuente de calidad y credibilidad informativa: las agencias de noticias. Tras una aproximación inicial a los cambios sobrevenidos tras sumergirnos en la cultura digital, a menudo dificultando la producción periodística de excelencia, los autores concluyen que las agencias de noticias pueden jugar “un papel determinante” (p. 103), como sello de calidad, para que, en el contexto actual, las informaciones resulten más fiables.

¿Y los periodistas? ¿Qué tienen ellos que decir sobre la calidad de su trabajo? La investigadora Mònica Parreño Rabadán nos ofrece algunas claves gracias a las numerosas entrevistas realizadas a diversos profesionales de la comunicación, cuyos argumentos en torno al fenómeno de la excelencia son examinados para dar, así, con las causas y las razones que, desde su punto de vista, explican su debilitamiento. Los resultados apuntan claramente a la crisis económica y a la adaptación de las TIC.

La necesaria aportación de Concepción Pérez Curiel, Inés Méndez Majuelos y José Luis Rojas Torrijos traslada la discusión a cómo considerar, desde el punto de vista de la calidad, aquello que nos ofrece la red, muchas veces etiquetado como periodismo pero, también a menudo, falto de los controles y avales que garantiza el trabajo profesional. La reflexión sobre este fenómeno finaliza con una significativa delimitación de cuál es la tarea de los ciudadanos y cuál la de los periodistas ante las muchas posibilidades que ofrece internet.

Los usuarios digitales también aparecen como sujeto central del trabajo elaborado por Carlos Ruiz, Pere Masip, David Domingo, Javier Díaz Noci y Josep Lluís Micó. Los investigadores se aproximan al examen de la calidad de las conversaciones surgidas en las plataformas periodísticas en internet para poner de manifiesto cuáles son sus riesgos más destacables pero, también, para recordar que, bien gestionados, son muchas las posibilidades que encierran esos debates como “contrapoder de la prensa” (p. 141).

La televisión domina la atención de los dos siguientes capítulos. El estudio de Estrella Israel Garzón y Ricardo Ángel Pomares Pastor se concentra en el análisis de los informativos diarios audiovisuales, abordándolos desde la imprescindible premisa de que cumplen una evidente función social más allá de su vertiente comercial. Por ello, un examen de las informaciones emitidas por tres cadenas estatales sobre la Comunitat Valenciana entre 2004 y 2008 les facilita datos suficientes para analizar los indicadores más directamente vinculados con la calidad y detectar, así, las principales carencias.

María Luisa Humanes y María Dolores Montero dirigen su atención a la situación del pluralismo interno en la TDT, una vez reconocido que la implantación de la televisión digital no ha mejorado el externo. Su completa y precisa propuesta de análisis se revela como una herramienta muy eficaz para evaluar y medir los elementos que permiten evidenciar si, como indican los teóricos críticos, la desregulación de los sistemas de medios “puede influir negativamente en el pluralismo y la calidad de los contenidos de televisión”, cuya reivindicación no dudan en plantear (p. 171).

La investigadora Inés Rodríguez Cruz cierra el volumen con un estudio que limita el análisis de la calidad periodística a unos contenidos concretos en los que la necesidad de especialización es irrenunciable: las informaciones sobre medio ambiente. Su trabajo, concentrado en las informaciones de esta temática publicadas por los tres diarios españoles de mayor tirada, cuestiona, desglosando con detalle variable a variable, hasta qué punto el tratamiento otorgado al medio ambiente responde a criterios de calidad.

El estudio científico de la calidad que encontramos en esta obra se corresponde, por lo tanto, con la reflexión crítica y el despliegue de exámenes empíricos apoyados tanto en metodologías de análisis cuantitativo –dominantes gracias al frecuente uso del análisis de contenido e indicadoras de que, efectivamente, es posible mesurar la calidad– y cualitativas, que complementan a las anteriores y resultan especialmente útiles a la hora de desplazar la investigación hacia aquellos aspectos que se alejan del producto informativo en sí mismo y se encuentran más directamente vinculados con los contextos de producción y recepción.

El empleo de un enfoque u otro no parece, en todo caso, variar apenas el diagnóstico, muy coincidente entre los diferentes investigadores más allá de qué criterios deben ser medidos para definir los estándares de calidad periodística: queda mucho por hacer y los retos –concepto habitual a medida en que nos acercamos a los últimos párrafos de cada capítulo- son muchos. Es evidente, pues, que los profesionales de la información –y en buena parte también el resto de ciudadanos– no hemos estado a la altura.

Pero no es bueno quedarse en el lamento y, por ello, la obra nos presenta una serie de propuestas y recomendaciones que –fruto de las conclusiones obtenidas a partir de los diferentes análisis empíricos y no de un deseo subjetivo de carácter normativo– son descritas como prometedores caminos que recorrer en busca de la mejora de la excelencia en el trabajo periodístico. Hay que pasar de la teoría a la acción. Es esa la intencionalidad. Como señalan Pérez, Méndez y Rojas, “diagnosticar los males de la producción periodística actual, modificar las rutinas mediáticas y formar la conciencia crítica de la sociedad son objetivos de la investigación” (p. 126). La calidad periodística se convierte, por este motivo, en algo más que un compendio de aportaciones académicas: pretende favorecer y estimular la producción de buen periodismo reclamando la atención de periodistas, ciudadanos e investigadores.

Efectivamente, los periodistas deben sentirse claramente concernidos por esta cuestión. Por un lado, resulta de gran interés para quienes encuentran formándose como futuros profesionales de los medios de comunicación, pues como indican García, Bezunartea y Rogríguez, el estudio de la calidad puede mejorar la formación de los futuros periodistas (p. 51). Por otro, quienes ya ejercen la profesión encontrarán aquí claves y pistas sobre cómo modificar y mejorar sus rutinas productivas puesto que se ha convertido en necesidad el que “los profesionales mediáticos conozcan los criterios de medición de calidad de su producto” (Pérez et al., p. 127).

También los ciudadanos son interpelados claramente. Son ellos quienes deben compartir y comprometerse con la tarea, permanecer vigilantes y exigir que los medios ofrezcan lo que su responsable y libre participación en la vida pública requiere. Para ello, deben estar dispuestos a alfabetizarse en cuestiones de excelencia, ejercitarse en controles de calidad, actuar como “contrapoder del contrapoder” (Ruiz et al., p. 140).

Finalmente, los investigadores y académicos encuentran en este conjunto de trabajos un estimulante punto de partida desde el que poner en marcha o afinar el enfoque de estudios dedicados a dar respuesta a las múltiples cuestiones planteadas a lo largo de la obra y que siguen pendientes de resolución, de entre las que sobresale, sin duda, la tarea de “educar a los medios y a los ciudadanos” para que la cooperación en este ámbito sea lo más amplia posible (Pérez et al., p. 128). La Universidad tiene, por lo tanto, que asumir un notable papel en la búsqueda del trabajo periodístico basado en criterios excelentes, tal vez erigiéndose, como se plantea en el libro, como evaluadora de la calidad una vez establecido un sistema de medición objetivo (García et al., p. 50) que debiera poder nacer del diálogo entre las miradas científica, profesional y ciudadana.

De este esfuerzo compartido dependerá, en definitiva, que la oferta periodística que la sociedad tenga a su alcance sea óptima, la necesaria para poder interpretar y percibir en su complejidad el cada día más confuso y amenazante mundo contemporáneo. Cada paso que nos permita avanzar en el logro de una comunicación periodística excelente nos fortalecerá como ciudadanos libres y responsables. Como indica Gómez Mompart, “la preocupación por un periodismo de calidad siempre contribuye al bienestar informativo-comunicativo, fundamento de una democracia real y que ahora ya puede ser considerado un nuevo derecho público” (p. 12). Que no nos lo arrebaten.