Revista Latina

Reseñas de libros - 2013

Redes de poder y de contrapoder

Manuel CASTELLS OLIVÁN

Comunicación y poder

(traducción de María HERNÁNDEZ DÍAZ)

ALIANZA, Madrid, 2009, 2010, 679 pp.

El poder –la capacidad de un actor social para imponer su voluntad sobre otro/s– consiste en la dominación por medio del uso de la violencia o la amenaza de recurrir a ella. Pero hay algo más: el poder se basa en el control de las mentes individuales (y, por lo tanto, también de la mente colectiva) mediante su modelado por parte de los medios de comunicación. Esta es la forma suprema de poder. Y, aunque el político es uno de los más renombrados, no es el único tipo de poder existente. Manuel Castells levanta sobre esta hipótesis su análisis del poder en la sociedad red, desde la eclosión de las tecnologías de la información y la comunicación a finales del siglo XX, la forma paradigmática de organización humana en la Era de la Información.

pedro

Si desde mediados del siglo XX se habla de los medios de comunicación de masas tradicionales, con el surgimiento de Internet y la tecnología inalámbrica, aparece la noción de autocomunicación de masas,

“una nueva forma de comunicación interactiva caracterizada por la capacidad para enviar mensajes de muchos a muchos, en tiempo real o en un momento concreto, y con la posibilidad de usar la comunicación punto-a-punto, estando el alcance de su difusión en función de las características de la práctica comunicativa perseguida” i.

Tras un repaso de las nociones teóricas clásicas sobre el poder y de la teoría de redes, el autor cuenta con el material suficiente para afirmar que las estructuras reticulares son la forma de organización predominante en todos los ámbitos de la sociedad red: redes económicas, financieras, políticas, mediáticas, etc. interactúan y se solapan. Una red está compuesta por nodos interdependientes. Cada red tiene un objetivo, determinado por el programa que le haya sido impuesto, y, entre ellas, las redes pueden colaborar o competir –si tienen la capacidad de comunicarse–, según convenga en cada caso para la consecución de su fin. Las redes de medios de comunicación no son entidades abstractas, sino concretas, compuestas en última instancia por personas físicas. Se trata de las grandes corporaciones transnacionales que, con origen generalmente en los Estados Unidos, reúnen la inmensa mayoría de los medios mundiales (principalmente, prensa y televisión). Y aquí reside la novedad de la autocomunicación de masas. Si bien Internet está regido, en lo referido tanto a los proveedores del servicio como a los del contenido, por una lógica de mercado, no se puede obviar su origen ni desistir del intento de recuperar la soberanía popular. Pues, aunque los universitarios e stadounidenses fascinados por los encantos de esta nueva tecnología en los años sesenta no formasen parte de un movimiento de resistencia,

esta cultura estudiantil tomó la conexión informática en red como una herramienta de comunicación libre y, en el caso de sus miembros más politizados […], como una herramienta de liberación que, junto con el PC, transmitiría a la gente el poder de la información, para liberarse tanto de los gobiernos como de las empresas ii.

La política en la Era de la Información es una política mediática, una suerte de enlace entre las redes políticas y las redes mediáticas que se desarrolla en y para los medios de comunicación (sobre todo, la televisión). Las técnicas de la política se integran cada vez más con las del marketing para conformar un producto dirigido directamente a las emociones de la audiencia (como se ha dado en llamar, en un intento de comercializarlos, a los receptores de los mensajes de los medios), un mensaje que construye el significado mediante la creación de imágenes (léase ideas). Esta construcción se produce, formando diferentes bucles, en un proceso que desciende desde las elites políticas, pasando por los medios, hasta el público. La razón y la emoción no son compartimentos estancos. Es más, la razón requiere la emoción como primer paso para construir decisiones. Las emociones producen sentimientos, y los sentimientos inclinan a la acción. En este punto, la regla de oro es que la gente cree lo que quiere creer. La emoción más codiciada y explotada es el miedo –como ejemplo, cabe destacar a George W. Bush y su política de la guerra contra el terror–. El miedo, provocado en gran medida por la alusión a la muerte y las imágenes que recuerdan a ella, puede dar distintos resultados: o bien producir ansiedad o bien despertar ira. En el primer caso, se tenderá a acumular y analizar, en un contexto de incertidumbre, la mayor información posible y se optará por la precaución en lo relativo a una puesta en peligro; en el segundo, la percepción de una injusticia (sobre todo, unida a la identificación de su responsable) lleva a las personas, en un contexto de determinación en el que no se cree necesario recoger una mayor cantidad de información, a asumir riesgos.

La personalización de la política y la política del escándalo son características de la política mediática. Identificar a los actores políticos con una persona concreta acerca la política a una audiencia a la que los escándalos (no limitados a la corrupción) se le presentan como la principal arma de lucha entre diversas opciones políticas. Si bien en el caso de la caída del gobierno de Felipe González, en 1996, la política del escándalo tuvo efecto, en algunas ocasiones, se puede producir en el público una sensación de saciedad que lo lleva a no responder de la forma en la que los artífices del escándalo habían esperado, como en el caso del affaire entre Bill Clinton y Monica Lewinsky.

Rusia y China se presentan como ejemplos representativos de las formas en las que pueden materializarse la propaganda y el control estatales de los medios de comunicación. Si bien en Rusia la amenaza disidente es patente y la concentración de medios, la vigilancia y la censura ocasional por parte del Estado se hacen necesarias, en el caso del país oriental, el exhaustivo control responde más a una continuidad con el pasado reciente que a una potencial rebelión.

Si el poder se estructura en forma reticular, también el contrapoder (los movimientos sociales) se sirve de la red como forma de mantener la comunicación y la organización internas. Los movimientos sociales y las políticas insurgentes se presentan, respectivamente, como las nuevas formas de transición cultural y política en este contexto dominado por la horizontal autocomunicación de masas y sus redes sociales.

La campaña ecologista contra el cambio climático se describe como un ejemplo de movimiento social que, solo tras ganar el apoyo de los famosos a la causa y la aparición en los medios de masas de los científicos que argumentaban la amenaza ecológica, consiguió abrirse camino en la agenda política. El movimiento contra la globalización de las grandes empresas es un caso de organización en red que, enarbolando la bandera de la libertad organizativa (o, más bien, de la falta de organización institucional), integra bases locales en una gran red mundial que basa su comunicación y estrategia conjunta en las facilidades de Internet. El caso de la manipulación llevada a cabo por parte del gobierno de José María Aznar tras los atentados terroristas del 11 de marzo de 2004, perpetrados por Al Qaeda en Madrid, muestra que la reacción airada de las masas tras el abuso de políticos y medios, y su organización mediante la comunicación inalámbrica, puede derrocar gobiernos. También, cabe señalar el entusiasmo (emoción positiva por excelencia) despertado en torno a la primera campaña de Barack Obama (tanto durante las elecciones primarias como durante las presidenciales de 2008), quien parecía introducir una ruptura caracterizada por nuevos valores y deseos de cambio en el impopular panorama político estadounidense. El uso sin precedentes de las redes sociales movilizó a una legión de fieles seguidores que consiguió, pese a las recurrentes críticas y algún escándalo, llevar a la Casa Blanca al senador por Illinois.

En Redes de indignación y esperanza (Alianza Editorial, 2012) el autor aplica los conceptos de Comunicación y Poder para observa una nueva realidad social cuyo detonante es la desconfianza en las instituciones políticas y económicas. La indignación, fruto de un sentimiento unánime de rechazo –y no temor– a los políticos y los poderes económicos que tanto han defraudado, es el estadio previo a la esperanza. El juicio acerca del triunfo o fracaso de los movimientos (desde Occupy Wall Street hasta WikiLeaks, pasando por el 15M o las llamadas primaveras árabes) aún debe esperar, aunque ya se pueden enunciar algunas conclusiones. Quizá, el caso islámico sea uno de los más representativos de la desilusión causada por una fe ciega en los movimientos sociales. Como afirma Castells al comienzo de su obra, las personas somos ángeles y demonios y la bondad o maldad de una movilización depende de los fines que se persigan y los medios que se dispongan para su consecución: “Están diciendo directamente que no están interesados en la caída de Bashar Al-Assad, sino que están pensando en cómo tomar el poder después y fundar un Estado islámico con la ley sharia para convertirlo en parte del emirato mundial”. iii

De todos modos, no existe un sentimiento unánime de ingenua esperanza; como recomienda la experiencia de Evgeny Morozov, conviene no caer en el ciberutopismo,

una fe ciega en la naturaleza emancipadora de la comunicación en la red que descansa sobre una tozuda negativa a reconocer sus inconvenientes. Surge del ingenuo fervor digital de los noventa, cuando antiguos hippies […] se lanzaron a una fiesta discursiva para demostrar que Internet podía lograr lo que los sesenta no pudieron: fomentar la participación democrática, provocar el renacimiento de comunidades moribundas, fortalecer la vida asociativa y servir de puente entre correr solo y bloguear juntos. iv

En cada una de las páginas de Comunicación y Poder, se hace patente que se trata de un trabajo fruto de un sincero deseo de cambiar el mundo. Como una de las principales limitaciones de la obra (reconocida y justificada por el autor), se puede señalar la preponderancia de los Estados Unidos de América en los análisis. Asimismo, se percibe un exceso de confianza de Castells en las tecnologías de la información y la comunicación, aunque dice ser precavido, en un contexto en el que, como ante casi todo lo nuevo, un cierto grado de escepticismo realista.

Minerva KATSSENIAN GÓMEZ
minervakatssenian@gmail.com

Daniel H. CABRERA ALTIERI
danhcab@unizar.es

Universidad de Zaragoza.
Facultad de Filosofía y Letras.
Zaragoza 50.009.

i CASTELLS, Manuel, La galaxia Internet, Plaza & Janés, Barcelona, 2001 p. 88

ii Idem p. 39.

iii Jacques Beres, cofundador de Médicos Sin Fronteras, en una entrevista concedida a Reuters en París.

iv MOROZOV, Evgeny, El desengaño de Internet, Destino, Barcelona, 2012, p. 18