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Digital Object Identifier System - Identificador de Objetos Digitales 10.4185/RLCS-2018-1310 | ISSN 1138-5820 | RLCS, 73-2018 | Version in English language | Explicación audiovisual del autor |

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AM Forero Ángel, C González Quintero, SM Ramírez González, F Zarate Guerrero (2018): “Ingresar al Ejército no es elegir matar’: hacia la comprensión de las narrativas emocionales de los soldados profesionales de Colombia”. Revista Latina de Comunicación Social, 73, pp. 1353 a 1367..
http://www.revistalatinacs.org/073paper/1310/69en.html
DOI: 10.4185/RLCS-2018-1310en

‘Ingresar al Ejército no es elegir matar’: hacia la comprensión de las narrativas emocionales de los soldados profesionales de Colombia

“Joining the army is not choosing to kill”: towards an understanding of the emotional narratives of Colombian professional soldiers

Ana María Forero Ángel [CV] (o) (g)
Profesora de Antropología de la Universidad de los Andes, UNIANDES, Colombia
Am.forero260@uniandes.edu.co

Catalina González Quintero [CV] (o) (g)
Profesora de Filosofía de la Universidad de los Andes, UNIANDES, Colombia
cgonzale@uniandes.edu.co

Simón Ramírez González [CV] (o) (g)
Asistente de Investigación de la Universidad de los Andes, UNIANDES, Colombia
Sm.ramirez1794@uniandes.edu.co

Felipe Zárate Guerrero [1] [CV] (o ) (g )
Asistente de Investigación de la Universidad de los Andes, UNIANDES, Colombia
f.zarate10@uniandes.edu.co

Abstracts
[ES] Introducción. Se analizan dos eventos emocionales de los soldados profesionales de Colombia. Definiremos evento emocional como un hecho que el narrador define como estructurador de su vida presente. Metodología. Nos basamos en las entrevistas obtenidas durante el trabajo de campo desarrollado entre 2015-2017. Resultados. Los eventos emocionales encontrados fueron: ‘Ya no me acuerdo de la civil: soy quien soy ahora’, ‘Cambio de mentalidad’. En el primero, los soldados dan cuenta de cómo una vez han ingresado a la institución, la vida civil deja de ser un referente en su cotidianidad. En el segundo, los soldados narran cómo en la Escuela de Soldados Profesionales (ESPRO) no se les enseña a matar, esto se aprende en el área. Conclusiones. Al final encontramos que el estudio de las emociones es de vital importancia cuando se pretende comprender la vida cotidiana de las personas que forma parte de instituciones complejas como el ejército colombiano. 
[EN] Introduction. This article presents the results of an analysis of two emotional events experienced by Colombian professional soldiers. For the purposes of this study, an emotional event is an event that the narrator defines as life-changing. Methods. The study is based on interviews with a sample of professional soldiers, conducted between 2015 and 2017. Results. Two emotional events were identified: “I no longer remember my civilian life: I am who I am now”, “Change of mindset”. In the first, the soldiers narrate how once they joined the army, their civilian life ceased to be a benchmark in their daily lives. In the second, soldiers mention that they did not learn to kill in the School of Professional Soldiers (ESPRO), but in the combat zone. Conclusions. The study of emotions is of vital importance to understand the daily life of people who are part of complex institutions such as the Colombian Army.

Keywords
[ES] narrativas emocionales; retórica; soldados profesionales; conflicto armado colombiano; Colombia.
[EN] Emotional narratives; rhetoric; professional soldiers; Colombian armed conflict; Colombia.

Contents
[ES] 1. Introducción. 2. Metodología. 3.1 ‘Ya no me acuerdo de la civil: soy quien soy ahora’. Ingreso a la institución: legalidad y trampa. 3.2. ‘Aprender a matar’: la realidad del área y el ‘cambio de mentalidad’ del soldado. 3.3. El regreso a la civil: el futuro imaginado en los eventos emocionales. 4. Conclusiones. 5. Notas. 6. Referencias bibliográficas.
[EN] 1. Introduction. 2. Methods. 3.1. “I no longer remember my civilian life: I am who I am now”. Entry to the institution: legality and cheating. 3.1.1. Narrative strategies to justify the decision to join the institution. 3.2. “Learning to kill”: the reality of the combat zone and soldiers’ change of mindset. 3.3. The return to civilian life: the imagined future in emotional events. 4. Conclusions. 5. Notes. 6. References.

Traducción realizada por CA Martínez-Arcos
Doctor en Comunicación, Universidad de Londres

[ Investigación ] [ financiada ]

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1. Introducción

El objetivo de este artículo es dar cuenta de algunos aspectos específicos de las narrativas emocionales presentes en los testimonios de los soldados profesionales colombianos acerca de sus experiencias en la guerra. Consideramos que el estudio de las narrativas y las estrategias retóricas de las que éstas se sirven para persuadir a sus escuchas ofrece al investigador social el punto de vista adecuado para la comprensión de procesos sociales e institucionales históricamente situados. Las narrativas emocionales dan cuenta del modo en el que las personas viven sus conflictos y los resuelven, del significado que dan a sus relaciones interpersonales y a la temporalidad de su existencia (Fludernik 2005; Ryan, 2007; Poletta 2011). Estas están inmersas en las formaciones y convenciones discursivas del tiempo y lugar en el que se desarrollan, y a través de ellas el narrador establece conexiones causales y cronológicas entre los eventos que le son importantes (Ryan, 2007). Su estudio permite dar cuenta de las formas de comprensión que un determinado grupo tiene de sí mismo y de su modo de relacionarse con otros grupos, así como de las formas en que los sujetos viven y significan sus contextos, y establecen códigos morales que guían su comportamiento.

El estudio de las narrativas permite también adoptar un punto de vista que ofrezca una comprensión desde adentro (Ingold 2015) [2] de las instituciones, sus actores y la forma como dan sentido a su rol social. En este sentido, asumimos que las instituciones deben ser estudiadas acercándose a la vida cotidiana de las personas que las estructuran (Veena y Poole 2008). Con este trabajo, pretendemos avanzar en una ‘topografía del poder’ que estudia las instituciones que determinan el destino de las naciones (Lutz, 2006) y tiene por objeto dar cuenta del “ejercicio, efectos, negociación, disenso y límites” de dicho poder (Lutz, 2006, 593; nuestra traducción) [3].

El Ejército Nacional de Colombia es una de las pocas instituciones estatales que ha llegado a lo largo de los últimos 20 años a todas las regiones del país, determinando en gran medida la vida cotidiana en las mismas. La forma en la que el Ejército ha intervenido en la cotidianidad nacional ha cambiado a lo largo de la historia, bajo la influencia de diversas doctrinas gubernamentales, así como de distintos contextos regionales y grupos poblacionales (Forero, 2017). De ahí que los soldados colombianos hayan sido tanto admirados, a saber, vistos como garantes de la seguridad de una región particular, como estigmatizados, es decir, considerados como enemigos del pueblo. Dado que, a lo largo de los últimos 20 años, en el contexto del conflicto armado colombiano, el Ejército también ha tejido alianzas con grupos al margen de la ley (denominados “autodefensas” o “paramilitares”), muchos ciudadanos, en diversas regiones, han aprendido a relacionarse con la institución militar desde la desconfianza (Forero, 2017).

2. Métodología

En este artículo nos centraremos en dos eventos emocionalesidentificados en las narrativas de los soldados profesionales colombianos, para reconocer en ellos, tanto la “fuerza emocional” (Geertz, 1968, y Rosaldo, 1989) que los llevó a ingresar a la institución y a enfrentar las vicisitudes en el área de operaciones, como las justificaciones a partir de las cuales explican sus acciones.

Para comenzar a definir qué son las narrativas emocionales y qué hemos considerado como “evento emocional”, creemos pertinente re-crear el encuentro con un grupo de soldados ocurrido el 24 de septiembre del 2015. Ese día, con el equipo con el que desarrollábamos la investigación ‘Vida cotidiana entre los miembros de la Fuerza Pública: vivencias dentro y fuera del cuartel’ [4], le explicamos a algunos soldados profesionales nuestras intenciones: indagar por qué eligieron la vida militar y entender cómo vivían la guerra. Los soldados se mostraron inmediatamente disponibles e insistieron en que la charla se llevara a cabo en un lugar ‘en el que las paredes no oyeran’. Fuimos entonces a una de las cafeterías de la Escuela de Artillería en Bogotá, Colombia. Allí, Kevin, uno de los soldados, aseguró la puerta mientras decía:

Acá vamos a hablar de cosas berracas [5]. No es como para que todo el mundo las oiga. No es de secretos, sino de sentimientos. Porque la guerra se siente y se ‘pega’ (Nota diario de campo, Ana María Forero Angel, septiembre 2014)

Con su afirmación y con su gesto, Kevin puso el énfasis en el carácter emocional de los testimonios que íbamos a escuchar. Durante las tres horas siguientes asistimos a unas narrativas en las que las emociones eran causa, consecuencia y marco de referencia de decisiones y acciones.

En el contexto del estudio de las narrativas, entenderemos un “evento emocional” como un relato que da cuenta de una situación en la que el sujeto percibe un cambio en su vida, el cual es definido como detonador de la persona que actualmente se es (Jimeno 2006, 2010). Todo evento emocional es, entonces, estructurado mediante una delimitación temporal definida por una situación que inicia el evento y otra que lo termina. El evento narrado tiene una ‘fuerza emotiva’ que está enraizada en la posición que el sujeto ocupa en la comunidad (Rosaldo 1989, 24). La fuerza emotiva de un evento determina el movimiento de posicionamiento y re-posicionamiento del sujeto ante la estructura simbólica de su comunidad, es decir, los cambios en la comprensión de su rol social, de su identidad y de sus relaciones con los otros. Así, aunque en todo relato emocional el narrador intenta exponer sus emociones y acciones como legítimas o razonables según las expectativas de su grupo social (Fisher & Jansz 2008), en las narrativas emocionales también pueden observarse instancias de ruptura con dichas expectativas, dadas por la ‘fuerza emocional’ del evento en cuestión (como lo veremos a propósito del segundo evento emocional analizado en este artículo).

En las sesenta y siete entrevistas realizadas, los soldados profesionales narraron de manera similar y en diversas ocasiones cómo fue su ingreso a la institución, sus primeras experiencias en el área y su regreso a la vida civil. Con todo, el encuentro con Kevin, Maicol, Javier y Tomás [6] no sólo fue uno de los más conmovedores vividos durante el trabajo de campo, sino que, en nuestra opinión, sintetizó, los eventos emocionales presentes en las todas las entrevistas hechas entre el 2015 y 2016 [7]. Por esa razón, en este artículo nos referiremos principalmente a la entrevista grupal con estos soldados.

Respetar las demandasdeescucha de los soldados entrevistados implicó, asimismo, construir una metodología de análisis que nos permitiera dar cuenta del carácter emocional de sus narrativas, sin etiquetar dichas emociones (sin decidir, por ejemplo, si el relato hablaba de miedo, tristeza, deseo de venganza, etc.). De este modo, para analizar las narrativas escogimos primero los eventos emocionales más sobresalientes y después identificamos en ellos unos ‘topos’ -ejes temáticos recurrentes sobre los que el sujeto construye su relato (Sloane, 2001, 779-781)-, y unos ‘tropos’ -estrategias retóricas usadas para establecer empatía con el interlocutor y persuadirlo de la veracidad o significancia de su relato (Sloane, 2001, 745-756)-.

En este artículo, nos ocuparemos de dos eventos emocionales principales: ‘el ingreso a la institución’ y ‘aprender a matar’. En el primero daremos cuenta de los siguientes topos: ‘la primera noche en el ejército’,y ‘estrategias de ingreso: legalidad y trampa’. Así mismo, nos referiremos a la estructura temporal en la que los soldados organizan dichos eventos. Es decir, nos ocuparemos de las narrativas que hacen referencia al pasado, a partir de las cuales que legitiman sus motivaciones para entrar a la institución, y de las narrativas en las que el futuro se proyecta como regreso a la vida civil. En el segundo evento emocional, ‘aprender a matar’, nos ocuparemos del momento en que los soldados identifican un cambio de mentalidad en sí mismos, a saber, la transición que ocurre de su actitud durante los cursos de formación -en la cual no hay una disposición real a matar-, a la que empiezan a tener en el campo de operaciones, cuando sienten por primera vez la necesidad de matar al enemigo. Aquí daremos cuenta de un único topo: ‘la pérdida’ que se refiere en general a la muerte del ‘lanza’ o compañero y amigo en el campo de operaciones. En la narración de este evento emocional los soldados también proyectan el futuro, cuando se refieren a su regreso a la vida civil. Este artículo se dividirá, entonces, en dos acápites principales correspondientes a los dos eventos emocionales descritos, y uno final, en el que se describe la proyección al futuro de dichos eventos.

3.1. ‘Ya no me acuerdo de la civil: soy quien soy ahora’. Ingreso a la institución: legalidad y trampa

Es muy distinto ser un civil, independientemente de quien usted haya sido: es muy distinto estar en la civil a ser un soldado profesional. Y eso comienza el día que usted entra a la institución. Usted es uno antes y otro al día siguiente: cómo dicen por ahí, soldado no se nace, pero sí se muere. La primera noche en el ejército y usted se da cuenta que nada va a ser igual. Y después de a poquito todo le va cambiando: el look, el caminado… pero es el día que usted entra. Ese día usted siente el cambio: ya dormir, no en su cama, [sino] lejos de su casa, lejos de lo [que] conoce (nota diaria de campo, Ana María Forero Ángel, septiembre 2014)

En las narrativas registradas, eldía del ingreso a la institución marca un cambio en la vida de las personas. Al preguntar a los soldados cómo era su vida antes de entrar a la institución, estos frecuentemente respondían que recordaban poco de ‘la civil’, y que, a pesar de haber vivido cerca de 20 años en un contexto de guerra, aún recuerdan el día del ingreso a la institución como el evento que determinó su identidad en adelante. Este evento marca una ruptura con la vida que llevaban y es símbolo de haber cumplido un sueño, haber conseguido un empleo, haber solucionado “la situación de la libreta militar”, haberse alejado de los demás grupos armados, o haber hecho “lo que fuera necesario” para entrar al Ejército.

La primera noche es descrita como el momento en el que se cae en cuenta de que ya nada va a ser como antes, que se ha roto con ‘la civil’:

En esa primera noche uno siente que unos están llorando, que otros se están haciendo los dormidos, y es ese miedo a que le roben a uno las cosas, a que lleguen los que ya se la saben todas. Usted como que se da cuenta que su vida le cambió, que hay como una ruptura… y ahí sí, como dice el dicho: ‘pa’ atrás ni para coger impuso’ (Nota de campo, Ana María Forero Ángel 24 septiembre 2014)

La primera noche es, para los soldados profesionales, el momento en el que la institución comienza a “ser parte de uno”,en el que aún sin haber recibido entrenamiento, ésta comienza a “entrar” en el cuerpo del soldado. La primera noche es seguida por la madrugada del día siguiente: “usted siente que está en un sitio en el que no entiende nada y en el que tiene que hacer todo muy rápido, todo el mundo sabe cómo moverse menos usted” (Nota diario de campo, Ana María Forero Ángel, septiembre 2015).Compartir el baño, la ducha, llegar a tiempo a desayunar son rutinas que el recluta incorpora después de ese primer día. Para que esto suceda las alianzas resultan indispensables y aparece la figura del ‘lanza’: la persona con la que se establece un vínculo de entera confianza, con quien se tejen las alianzas para poder ajustarse a los regímenes de la institución. Quien supera la primera noche, la primera madrugada, la primera comida, deberá concentrase en aprender las “perradas”, es decir en asimilar las reglas no oficiales de la vida cotidiana en el cuartel.

Pero el ingreso a la institución está determinado también por el momento en el que el soldado decide           hacer parte de ella, es decir, el momento en que decide enlistarse.  El evento emocional ‘ingreso a la institución’ hace referencia a las motivaciones que legitiman el ingreso del al Ejército Nacional.

3.1.1. Estrategias narrativas de justificación del ingreso a la institución

Encerrados en la cafetería, preguntamos a los integrantes del grupo por qué habían decidido ser soldados profesionales y recibimos respuestas como las siguientes:

[Cuando] Yo era pequeño, yo veía soldados y yo decía ‘cuando sea grande quiero ser soldado’. Me gustó. Aunque pasaba constantemente las FARC [8], llevándose gente para las FARC, gracias a Dios nunca me llamó la atención ni nada… Eso sí, la verdad, tanta corrupción que se miraba, tanta maldad. Porque lo que uno ve y lo que escucha y lo que, esto… por nadita lo van matando. Entonces uno va aprendiendo eso, y por eso uno mismo se inclina por otro lado. Ahí ya comienza uno la escuela, empezar a trabajar, eehh…. después salí del colegio, me acuerdo que me fui para el P., un tiempo, me acuerdo que me llegó un camuflado, yo estaba en noveno, y llegué y había un poco de canoas y bultos de coca, y yo, “pero ¿el Ejército comprando coca?” Cuando, brazalete de Farc… y yo, “ay, juemadre” entonces, de una: “venga para acá” y bolso, billetera, y sacudían todo, y entonces, era raspar coca por allá cuando eso, y también duro porque había compañeros que raspaban y se ganaban dos millones de pesos y los mataban por robarle los dos millones… entonces es algo complicado (Comunicación personal, Kevin, 24 de septiembre 2014).

En varios de sus testimonios, los soldados profesionales entrevistados repudian a las FARC. Estas son representadas como un grupo en que no se puede confiar: el salario y la estabilidad laboral son precarios, además de que sus códigos morales son ambiguos. En comparación con el Ejército, las FARC no ofrece garantías, no es leal con sus propios miembros, y se dedica a actividades ilegales (narcotráfico) que ellos prefieren evitar. De este modo, los soldados profesionales construyen un pasado en el que la elección de formar parte del ejército está atravesada por la construcción de la identidad del enemigo en los términos ya descritos. Maicol complementa las afirmaciones de Kevin:

Yo entré al Ejército prácticamente porque desde muy pequeño me gustaban las películas de Vicente Fernández, pero las que tenían acción con armas.  Entonces yo a veces le robaba las monedas a mi mamá y guardaba [para] cuando había un matiné, que era a las tres de la tarde los domingos… y en ese tiempo [veía al] que llamaban también el Santo, enmascarado de plata, no sé, la lucha libre… y yo miraba, y yo en mí llevaba un pensamiento de que quería… yo veía a los soldados también ahí, veía una motorizada en ese tiempo, y yo la miraba y decía ‘quiero estar ahí’ … tomar la decisión para irme para el ejército, eso sí lo tenía claro, empecé con ese pensamiento entonces… (Comunicación personal, Maicol, 24 septiembre 2014).

En este testimonio, Maicol muestra un topo recurrente en las narrativas de los soldados, a saber, el de un pasado marcado por la admiración a la lucha armada y al Ejército.  Maicol no sólo recuerda los héroes armados de las películas de su niñez, sino también las ocasiones de contacto, como ciudadano, con el ejército. Hay una cierta idealización infantil en el fragmento arriba citado del relato, que contrasta con la crudeza de lo que sigue:

Me encontré con un pelado que me llamaba ‘primo’ que le mataron […] y había prestado servicio… [...] tenía también inconvenientes con mi papá porque a él le gustaba tomar mucho. Todas esas cosas psicológicas me afectaron y quería irme de la casa. También tenía en mi mente de que yo quería tener cosas, o sea irme a buscar mi trabajo, organizarme, metas, trabajando… pero quedaba siempre… irme a servicio militar. Entonces con un primo nos pusimos a hablar y ah, “un man, que, si quería irme para los paracos,” los paramilitares. Llegamos a un pueblo … Entonces yo fui a la entrevista con el compañero, pero el man dijo, “espéreme, yo voy primero”, con los paracos, en una oficina por allá en Yopal. Sí, cuando él salió me dijo, “no, camine, vámonos, vamos por ahí y le comento, yo le comento y usted mira a ver si se viene”. […] Nos fuimos por allá a una cantina, a una tienda, pedimos dos cervezas, y me dijo: “vea; la situación es esta”, me habló de las preguntas que le hicieron, que si quería entrar a la organización [...] las preguntas, o sea, son como drásticas: empezaron a hablar dizque si podía matar a un familiar. Que si, pongamos, el familiar tenía vínculos de pronto con la guerrilla, porque en esa parte del Casanare fue zona roja, porque arriba estaba la guerrilla y abajo los paracos … Entonces empezó, “mano que, si usted podía matar al mejor amigo,” que entonces el man le dijo que sí, […] o sea, yo lo miraba y yo, bueno… “¿usted qué le dijo?”, “que sí”, “¿que si usted puede matar un primo?”, “que sí”, “¿qué puede matar a un hermano?” “que sí”, “¿que si podía matar una tía?” … bueno, así… bueno, a lo último le dicen: “parece que usted tiene el perfil bueno para esto”. La última pregunta, “¿si usted, llega el caso que tenga que matar a su mamá, usted lo hace?”, entonces él se quedó pensando, y el man le dijo, “no, hermano, la verdad lo veo como con duda, si usted ve que no se siente en condiciones de contestar vaya y vuelve”, “bueno, listo, yo vengo más tarde”, y salió y me cogió y me dijo: “¿sabe qué?… me voy para el ejército” (Comunicación personal, Maicol, 24 septiembre 2014).

En este apartado es de notar, en primer lugar, el deseo del soldado de hacer una vida adulta lejos de los conflictos familiares y con una cierta prosperidad económica, y, en segundo lugar, su temor a ingresar a grupos ilegales que exijan exceder ciertos límites morales. Los soldados profesionales justifican su ingreso al ejército porque esta institución les permite tener una estabilidad económica, pero sobre todo porque impone a sus miembros códigos de comportamiento en el que el respeto a la vida y a la integridad de las personas son centrales. Los tropos retóricos en la narrativa arriba citada, como, por ejemplo, la creciente tensión del testimonio, dispuesta en los grados de consanguineidad cada vez más cercanos del familiar a quien el entrevistado debería tener el coraje de asesinar si desea hacer parte de la banda paramilitar, son esenciales para la transmisión de la fuerza emocional del evento. Así mismo, el final decisivo, en el que la tensión se libera cuando el primo de Maicol concluye: “¿sabe qué? … me voy para el ejército”, muestra que hay un intenso conflicto emocional en el narrador, conflicto que es resuelto del modo más coherente posible con los valores inicialmente expresados, es decir, con su identificación infantil con héroes armados moralmente idóneos y su deseo de progresar económicamente siendo útil a la sociedad.

Las narrativas emocionales de Maicol fueron enriquecidas por las de Javier, quien afirmaba:

Javier: Bueno, en mi caso, no, yo me fui a prestar servicio militar… como dicen por ahí, la necesidad del trabajo, me obligaron … Bueno, aprovechando que en Colombia era obligatorio prestar el servicio militar en ese entonces, entonces la empresa en la que trabajaba: “pero no, ya cumpliste los dieciocho años, entonces no te podemos renovar el contrato hasta que no tengas tu libreta” [9]. Entonces yo me fui para la artillería, me presenté … muy amablemente, y me dijeron “claro, bienvenido” …

Maicol: bienvenido al infierno (se oyen las risas de los otros soldados). (Comunicación personal, Javier 24 septiembre 2014).

El ingreso a la institución también está marcado por el temor a no poder conseguir trabajo sin tener la libreta militar y a caer en las redadas del ejército. Los soldados profesionales resaltan cómo entrar a formar parte de la institución garantiza tanto tener la libreta como acceder a un salario mensual. Así las cosas, el ingreso al Ejército se justifica por la necesidad de hacerse un ciudadano legible (Das y Poole, 2014). Este testimonio tiene en común con los anteriores, la concepción del ejército como garante de legalidad y prosperidad económica. Escoger al Ejército Nacional y no a los grupos armados por fuera de la ley es visto como una manera de acceder a la ciudadanía y hacer un esguince a la pobreza reinante en el contexto familiar y regional. Llama la atención, sin embargo, la inmediata respuesta de Maicol al relato de Javier, que muestra, a través del recurso retórico a la ironía, la contraposición entre esta visión idealizada del ejército y la realidad (“bienvenido al infierno”).

El deseo de ingresar a la institución se manifiesta explícitamente en los métodos usados para garantizar la incorporación. Entre los soldados profesionales es normal oír que la trampa abrió las puertas a la vida en la legalidad. Javier cuenta:

(…) uno cuando quiere algo… yo siempre le ponía a Dios por delante ¿no? Porque he sido muy creyente en Dios. Yo le decía: “¿Dios, pero si esto es lo que me gusta, por qué no voy a poder?” Y me colocaron en la carpeta ‘no apto’, y pues, no sé, desde un principio uno siempre carga algo que se inventa las cosas, ¿no?, de una saqué la billetera y una Prestobarba [10] y empecé, y la dañé y le borré el “no” y quedó “apto” (Se oyen las risas de los compañeros) (Comunicación personal, Javier, 24 septiembre 2014).

En este testimonio es interesante el modo en que el narrador introduce el relato de la trampa con una alusión a su fe religiosa. Si bien el narrador se dispone a realizar una acción ilegal, lo hace, por decirlo así, con la venia de una autoridad mayor en rango: Dios. Esta estrategia retórica da cuenta de la fuerza emocional del deseo de Javier por hacer parte del Ejército. Kevin complementa el relato:

(…) yo le dije al capitán […] que ahora es coronel, le dije, “mi capitán yo llevo ya dos viajes del C. y me dice que no sirvo, que por lo de la mordida”. Y miró la ficha médica y me vio todo bien, menos eso. “Pero dice ‘está apto’”, “pero si… pero usted ya sabe”. O sea, yo borré lo de la mordida, pero le informé a él que era para… me dijo: “necesito cuatrocientos [soldados], si me piden ciento cincuenta más, lo meto”. Y yo pensativo, que yo quería… Dijo: “no me pidieron ciento cincuenta, me pidieron ochenta no más” … Un sargento viceprimero le dijo: “venga métame a este chino ahí”, y el man: “no, mi capitán este no sirve, ese no está apto”, y el man dijo: “sargento, recíbale la carpeta al man y ya”, y ahí se coló el man [risas de los compañeros]. Pero desde un principio yo ya sabía a lo que venía, como dice el cuento, porque yo, desde décimo, yo comencé a hacer de pecho, de piernas y saltarines en la mañana, y yo ya me hacía doscientas, trescientas de pecho… (Comunicación personal, Kevin, 24 de septiembre 2014).

En estos testimonios, la trampa es un medio válido para garantizar la entrada a la institución. Los soldados utilizan diversas estrategias retóricas para hacer ver la trampa como forma legítima de ingresar a la institución: la alusión a Dios, en el primer relato, o la referencia al entrenamiento físico antes de enrolarse, en el segundo. Lo más importante de estas narraciones es que, paradójicamente, a través de la trampa, al entrar en el Ejército los soldados logran convertirse en un sujeto moralmente idóneo, que se comporta respetando ciertos estándares éticos y lineamientos legales. En otras palabras, hacer trampa es, en estos relatos, un medio legítimo de volverse un ciudadano moralmente aceptable y que ha tomado la decisión más idónea éticamente, a saber, participar en el bando correcto de la guerra.

3.2.  ‘Aprender a matar’: la realidad del área y el ‘cambio de mentalidad’ del soldado

Cuando uno está en la Escuela lo primero que le enseñan a uno es a cargar con todo lo que tiene que cargar, todo lo que toca llevar. Una maleta exageradamente pesada para lo que uno está aprendiendo hasta ahora a vivir. (…) Allá a uno le enseñan el tiro al polígono, le enseñan teoría, y nunca le enseñan a matar (Comunicación personal, Javier, G, 24 de septiembre 2015).

‘Aprender a matar’ es otro evento emocional fundamental en las narrativas emocionales de los soldados profesionales. Los soldados explican que en los diferentes cursos de profesionalización que reciben nunca se les enseña la realidad de la guerra. Es decir, no se les explica que en el área de combate la guerra “huele y duele”; no se les explica que en ésta deben matar. El entrenamiento militar está centrado en el control de las emociones y en la formación del cuerpo del combatiente. Los nuevos soldados aprenden a conservar un equilibrio emocional que les permita reaccionar de manera adecuada a los ataques de la guerrilla, al tiempo que reciben una formación corporal que les ayude a resistir el hambre y la intemperie. Sin embargo, el verdadero aprendizaje, tanto corporal como emocional, ocurre en el área. Así lo entienden los soldados:

Realmente como todos los cursos en el Ejército, no lo preparan a uno para lo que va enfrentar. Siempre los cursos en el Ejército le enseñan a usted para desarrollar capacidades físicas, de pronto psicológicas, de pronto para que sepa qué hacer en determinado caso o que sepa reaccionar, y pues obviamente sepa manejar armas. Nunca en el ejército le enseñan a uno a matar, nunca. Le enseñan a usted a disparar el arma, pero no le enseñan a matar a una persona, eso es otro cuento. Según ellos, la teoría del Ejército, uno aprende como por inercia, porque uno no mata a alguien, sino que uno se defiende (Comunicación personal, Javier, 24 de septiembre 2015).

Durante semanas, los soldados profesionales se entrenan en el simulacro construido para su profesionalización: su cuerpo adquiere la destreza necesaria para disparar en el polígono, aprende a moverse “corriendo y haciendo ruido” por las pistas de entrenamiento; los soldados pierden el miedo a las alturas lanzándose de una torre artificial, aprenden a atravesar ríos nadando en piscinas,y aprenden a ‘aguantar’ hambre en ejercicios que simulan los riesgos y rigores de la vida cotidiana en el área. Durante las semanas dedicadas a la profesionalización es, no obstante, imposible aprender a atacar, a reaccionar a la hostilidad del enemigo.

Así las cosas, el evento emocional ‘cambio de mentalidad’ se ancla a un pasado en el que, si bien se recibe entrenamiento para la guerra, también se es protegido de la misma. Durante su profesionalización el soldado no vive los rigores del área, y esto significa en últimas que, aunque naturaliza la identidad militar, no naturaliza la identidad del combatiente. Su mentalidad, al decir de los soldados profesionales, permanece inocente, a pesar de la dureza del entrenamiento. En otras palabras, su mente permanece alejada del pensamiento de tener que matar.  Sólo en el área, se produce un ‘cambio de mentalidad’ que lo capacita para ello:

Uno de verdad llega con esa mentalidad de no matar a nadie, ¿No? porque uno viene del cambio. Uno, cuando llega al ejército, nunca se le pasa por la mente matar a nadie, ya eso lo va adquiriendo con el tiempo, porque uno va mirando, como dicen por ahí los compañeros, que mataron al lanza, que mataron al cabo, al compañero, al teniente, a los amigos de nosotros. Si no les damos nosotros, ellos sí nos dan. Entonces la mentalidad cambia cuando uno empieza a ver los muertos, antes de eso no, porque antes de eso uno no piensa, no ha visto nada, y le da miedo matar a otro. Pero ya viendo que matan a los compañeros, ya uno dice 'no, pues, démosle también' pero eso a uno sólo le ocurre con el tiempo. (Comunicación personal, Kevin, 24 de septiembre 2015).

Aprender a matar es un evento emocional central en las narrativas de los soldados pues marca un cambio crucial en sus vidas. Aprender a matar, ya sea por venganza a la muerte de uno de sus compañeros o como defensa para evitar la muerte propia y de los compañeros, implica que los lazos de los soldados profesionales con otros soldados se han hecho tan estrechos que conforman una especie de ‘familia’: entre ellos se defienden, entre ellos se tejen lazos de solidaridad y se construye una comunidad de escucha en la que hablan de sus experiencias y elaboran conjuntamente sus traumas y sufrimiento. El topo más recurrente en el evento emocional aprender a matar es la pérdida del lanza. El siguiente testimonio lo relata:

En el trabajo uno comienza a crear venganzas, rencillas, le coge bronca al guerrillero porque en el mismo laborar de uno, de pronto uno tiene como esa camaradería entre sus compañeros, porque desayunan juntos, almuerzan juntos, comen juntos, viven juntos y pasan los meses así… Entonces, para uno esas personas ya son como hermanos, ya es el que le cuida la espalda, ya es el que le ayuda a uno con un vaso de agua, ya es el que, o sea, con el que uno desarrolló un entorno social muy arraigado. Entonces cuando una persona está así, tan llavería con uno, tan parcero, tan ‘lanza’ con uno, y de repente lo mataron de un tiro, entonces ya el conflicto deja de ser un conflicto de gobierno hacia guerrilla o hacia cualquier situación terrorista, y ya se vuelve es personal, ya la guerra se vuelve es personal, ya uno dice “no, qué cuento de estar aquí pensando en la libertad del colombiano, en la paz del mundo”, voy pensando es que a mí me hicieron un daño, me afectaron psicológicamente y emocionalmente; por ese daño y por eso  es que yo los voy a matar.... entonces se transforma la mentalidad de uno, por esas circunstancias (Comunicación personal, Javier, 24 de septiembre 2015).

La fuerza emocional de este relato es indiscutible y permite dar cuenta de cómo la pérdida del ‘lanza’ tiene un rol importante en la configuración de la identidad del soldado. Los narradores expresan su dolor por la muerte de sus compañeros y justifican a través de esta pérdida su deseo de venganza. Así, la guerra se convierte en una empresa personal, lo que les permite perseverar en el combate. Con la pérdida de la lanza la guerra deja de ser un quehacer abstracto, fundado en discursos socialmente justificados y en sentimientos de patriotismo, para convertirse en un asunto personal. El testimonio de Javier es seguido por la siguiente intervención de Maicol:

Digamos, yo no sé, pero desde mi punto de vista ustedes conocen a alguien, si ha sido bien lepra y lo mataron, al fin y al cabo, era lepra. Pero si el man es bien en todo el sentido de la palabra, entonces lo matan así, o sea, ¡no, mano, no! Entonces, eso le cambia a uno la mente total, y entonces se enfoca uno en eso… Es más, cuando llega usted al combate y que le matan a un compañero, pues si uno más o menos le gusta y le sabe, ahora que le maten un conocido, o como... mi lanza, o sea, usted se envenena más, mano... (Comunicación personal, Maicol, 24 septiembre 2015).

En este testimonio el soldado expresa de modo contundente su negativa a aceptar la muerte de compañeros a con quienes tiene lazos de afecto y a quienes considera moralmente idóneos. También manifiesta su cambio psíquico como un ‘envenenamiento’, como una transformación corrosiva de su individualidad. Una vez se da el cambio de mentalidad que implica “aprender a matar”, la identidad del soldado se ha afianzado, sus propósitos iniciales -abstractos e idealistas- se transforman o se anclan en una realidad concreta: la necesidad de defenderse y defender a su nueva familia, sus compañeros en el área.

Estos dos eventos emocionales implican, como hemos dicho, una proyección del soldado profesional al futuro, es decir, al momento de regreso a la sociedad civil. Su forma de imaginar y sentir dicho paso está asimismo atravesada por una enorme fuerza emocional (Rosaldo, 1989), que manifiesta el proceso de posicionamiento y re-posicionamiento de los soldados, tanto frente a la institución como frente a la sociedad colombiana. El futuro está marcado por la consciencia de de contarse entre los que conforman “esa parte de la institución que no va a poder vivir sin la guerra, porque cuando se regrese a la civil usted no sólo se va a acordar de todo lo que le han hecho, sino de todo lo que ha hecho.” (Nota diario de campo Ana María Forero, 24 septiembre 2015).  En el siguiente y último apartado nos ocuparemos de cómo sus narrativas emocionales se proyectan al futuro.

3.3. El regreso a la civil: el futuro imaginado en los eventos emocionales

A mi da miedo, eso de volver a la civil. Yo entré acá desde pelao [11], no he conocido nada más. A mi señora y a mis hijos escasamente los conozco. Cuando voy de permiso y eso, dormir en cama me cuesta trabajo (risas) y jugarles a los niños. Eso todo el tiempo tengo ganas como de actividad, y como que eso todo el tiempo estoy pendiente de quien me mira, de quien está cerca. Y uno oye ya a los compañeros que han vuelto a la civil… eso es jodido. Yo espero en 20 años no estar tan loco y trabajar en mi propia actividad, no darle cuentas a nadie (Comunicación personal 08 de junio 2016).

Todo evento emocional, como hemos mencionado anteriormente, implica una expectativa hacia el futuro. En el caso de las narrativas analizadas, esta expectativa es el regreso a la ‘civil’. El futuro es definido como el momento en el que ser militar cesa y se debe aprender a comportarse en un escenario que no se conoce. Los topos que recurren en la narración del futuro son: ‘el regreso a la familia’, ‘el regreso a la comunidad de pertenencia’ y ‘la relación con el Ejército’ al que dejarán de pertenecer.

Los soldados profesionales representan el regreso a la familia como el momento en el que se dan cuenta de que la guerra es algo que “se pega” (Forero 2017). Los narradores se imaginan su vida futura con base en las experiencias que han tenido durante los breves momentos en que han podido regresar a su casa y expresan una profunda incertidumbre al respecto:

(…) la vida en la que uno ya no sabe qué hacer, ni cómo hacerlo. Yo cómo voy a llegar a meterme a mandar en mi casa. Mi mujer es la que conoce a los hijos, la que les ha dado una disciplina, la que ha tenido junta a la familia. A mí me queda de p’arriba llegar a poner orden. Con el tiempo uno se va acostumbrando a la familia y la familia a uno. Pero eso, la guerra, no se pasa. Por ejemplo, cuando yo llego a mi casa prefiero dormir en el suelo… me siento más seguro (Comunicación personal, Kevin, 24 de septiembre 2015)

Los narradores definen el regreso a la civil como el momento en el que su saber hacer, su identidad forjada de combatiente, hace que sea imposible adaptarse a una vida sin guerra. En el futuro, la familia va a ser el lugar de amparo al soldado, pero no necesariamente el lugar en el que sea comprendido: “Las cosas de la guerra sólo se hablan entre quienes la viven. Nadie va a entender lo que ahí pasa: y uno no quiere que lo miren como con lástima, o como si estuviera loco, y eso pasa sólo entre las lanzas de uno” (Nota de Diario de Campo Ana María Forero, 24 septiembre 2015).Así, en su regreso a la civil, el soldado profesional no cuenta con la comunidad construida durante la vida en el área. Los relatos emocionales por los que justificaba las decisiones y legitimaba sus acciones delante de sus compañeros pierden su sentido. Durante toda su vida los soldados han estructurado sus narrativas alrededor de los eventos de la guerra, y con estos relatos han estructurado también su identidad personal alrededor de la misma. Al hablar del futuro, perciben que probablemente se van a quedar sin interlocutores, sin quién comparta sus experiencias emocionalmente cargadas, de modo que deberán aprender a adecuar sus narrativas a una audiencia que no ha estado en la guerra.  

Regresar a la civil es enunciado también como el momento en el que se cae en cuenta del odio o desconfianza que una gran parte de la población civil tiene por los soldados. Su sentimiento de inadecuación a la nueva vida se alimenta por el rechazo que los soldados reciben por parte de dicha población. En los discursos de Maicol, Kevin y Javier, ‘los civiles’ son representados como personas que no entienden el quehacer del soldado:

No existe ese sentimiento de solidaridad hacia los soldados. Usted ve que así uno haya salido de la fuerza, la gente lo mira a uno con desconfianza, la gente se espera lo peor de uno. Y en muchas de nuestras regiones pues sigue estando la guerrilla, y obviamente allá la desconfianza es peor y es mutua… no hay nadie que lo prepare a uno para eso. (Comunicación personal, Javier, 24 de septiembre 2015)

La fuerza emocional de las expectativas sobre el futuro está marcada por la zozobra, la cual aparece también en las narraciones referidas a la relación que el soldado espera tener con el Ejército una vez pensionado:

Soldado no se nace, pero sí se muere. Un soldado que regresa a la civil, regresa a construir su casa, a recuperar su hogar y a abrir un negocio o a trabajar en seguridad. Pero siempre va ser soldado. Estuvo 20 años dándole. Las vivencias de la guerra se pegan. Y uno, ya por fuera la toma con más serenidad, pero eso, uno sigue siendo soldado. Se manda uno mucho miedo, y eso no se pasa, uno ya no duerme. Pero, eso sí, uno con los ahorros que pudo ahorrar en el Ejército, uno sale adelante. Por eso es que yo vivo tan agradecido con mi institución, pero también resentido. A uno lo dejan muy solo. Uno ve a los compañeros que le dieron el cuerpo a la institución y quedaron jodidos, y es cuando uno se da cuenta que es la carne de cañón. Que uno cuando ya no les sirve, pues lo olvidan (Comunicación personal, Javier, 06 de junio 2016).

Después de 20 años de servicio, los soldados profesionales regresarán a sus regiones y familias con zozobra y miedo. Sin embargo, esto no implica la remoción de la corporalidad y de la emotividad aprendidas a lo largo de la vida militar. La guerra ‘se va pegando’ aunque el soldado profesional deba aprender a vivir una vida sin enemigos militares. El futuro se asocia, entonces, a la certeza de que lo aprendido en el ejército nunca se va olvidar; a tener que lidiar, en un escenario diferente, con el saber de sus cuerpos y sus mentes entrenados en el área. Proyectar la apertura de una actividad que garantice el bienestar económico de su familia alivia la expectativa y la zozobra que produce el futuro en ‘la civil’. En la medida en que el proyecto de vida se concrete, el sentimiento de gratitud hacia la institución se conserva y, con ello, la moral de los soldados que “aunque retirados siguen siendo fieles a la causa y a la institución”.

4. Conclusiones

A través del análisis de las narrativas emocionales los de soldados profesionales colombianos entrevistados, pretendemos contribuir al estudio de las narrativas y retóricas de instituciones que han sido cruciales para la vida de una nación, en este caso, delEjército colombiano. Como se mencionó en la introducción, esta institución ha sido uno de los actores principales de un conflicto armado de más de 40 años en Colombia. Acercarnos a los eventos emocionales ‘ingreso a la institución’ y ‘cambio de mentalidad’ nos permitió atender a los discursos de los soldados, no en aras de determinar si son verdaderos o falsos, históricamente correctos o políticamente influyentes, sino para comprender las decisiones que toman y las justificaciones construyen para permanecer en el ejército y sobrevivir a la guerra. El estudio de los eventos emocionales tratados nos ayuda a comprender cómo los soldados profesionales se deslindan moralmente de otros grupos armados, hallando en el Ejército colombiano un lugar donde convertirse en ciudadanos idóneos; y cómo, a partir de la pérdida de sus compañeros en el área, empiezan a establecer lazos afectivos que les permiten perseverar en su decisión de permanecer en el ejército y hacer propia la guerra.

* Este artículo es producto de la investigación Narrativas y retóricas de las emociones entre los soldados profesionales de Colombia. Este proyecto fue ganador de la convocatoria ‘Proyectos Interdepartamentales’ de la Facultad de Ciencias Sociales de la Universidad de los Andes. Está coordinado por las profesoras Ana María Forero Ángel https://www.researchgate.net/profile/anamariaforero del departamento de antropología de la Universidad de los Andes, y la profesora Catalina González Quintero https://uniandes.academia.edu/CatalinaGonzalez/CurriculumVitae. del departamento de filosofía de la misma universidad.

5. Notas

[1] Las dos profesoras son autoras integrales del texto, el antropólogo Simón Ramírez y el filósofo Felipe Zárate son autores indirectos (Reglamento Publicaciones FACISO, Universidad de los Andes).

[2] Es importante aclarar que la topografía del poder que presentamos se diferencia de las pesquisas adelantadas por los investigadores colombianos Elsa Blair, 1999; Atehortúa, 1994 y 2004; Francisco Leal Buitrago, 2003 y 2006; y Dávila y González-Chavarría, 2016). Nuestro escrito tiene aires de familia con los estudios llevados a cabo por:  Sabina Frederic (2013) en relación con rol que juegan las emociones y la moral en las fuerzas de seguridad argentinas, Celso Castro (1990) sobre los procesos de construcción de una identidad entre los militares brasileños, Rosana Guber (2013) con respecto al ejército argentino y los conflictos en las Malvinas, Lucas (2009) con respecto a los ejércitos iraquenos y MacLeish (2013) alrededor de la vida cotidiana en Fort Hood, Estados Unidos. También se aproxima al trabajo de Lutz (2006) sobre las instituciones que condicionan el futuro de las naciones, y Guterson (2007) quien se vale de los cuadros teóricos y metodológicos ofrecidos por la antropología e insisten en la importancia de ocuparse de grupos distintos a los marginales. En esta misma línea podemos destacar los trabajos de Camargo Leirmer (1997) sobre la jerarquía en el mundo militar brasileño, particularmente en la Escola de Comando e Estado-Maior do Exército (Eceme).

[3] Si bien con este término Lutz se refiere específicamente al análisis de las instituciones militares norteamericanas, consideramos que el concepto puede ser usado para el análisis de otras instituciones militares nacionales, como la colombiana.

[4] Esta investigación fue financiada por el Fondo de Apoyo a Profesores Asistentes (FAPA) de la Universidad de los Andes. Fue coordinada por la profesora Ana María Forero Angel. El equipo de investigación estuvo integrado por los antropólogos Mabel Carmona, Lorenzo Granada y Julián Vásquez.

[5] El Diccionario de Amercanismos de la Asociación de Academias de la Lengua Española, define el término “verraco” en sus acepciones segunda y tercera como: “II. (adj/sust.) Ho, Ni, Pa, Co. Referido a persona o cosa, extraordinaria, magnífica. (verraco). (…) III. adj. Co, Ec. Referido a una actividad o problema, complicado, difícil de resolver. pop. (verraco).” http://lema.rae.es/damer/?key=berraco En nuestra opinión, los soldados se refieren a la vez a las dos acepciones.

[6] Estos son los apodos elegidos por los soldados. Con el fin de respetar su anonimato, durante el artículo no se hará referencia ni a sus nombres, ni a sus lugares de proveniencia, ni a las zonas en las que combatieron. 

[7] El material etnográfico en el que se basa este artículo es el mismo sobre el que se construyeron los textos ‘El Ejército Nacional de Colombia y sus heridas: una aproximación a las narrativas militares de dolor y desilusión’ (Forero, 2017a) y el libro ‘El Coronel no tiene quien le escuche: una aproximación antropológica a las narrativas militares’ (Forero, 2017).

[8] Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia. Movimiento guerrillero que se conformó en 1964 y participó desde entonces en el conflicto armado colombiano. Firmó acuerdos de paz con el gobierno colombiano en el 2016 y desde entonces se ha desmovilizado y convertido en partido político.

[9] La libreta militar es el documento mediante el cual el ciudadano colombiano varón mayor de 18 años demuestra que ha prestado el servicio militar obligatorio o que ha sido eximido del mismo por causas válidas contempladas por la ley. 

[10] “Prestobarba” es una marca común de rasuradoras desechables en Colombia.

[11] Pelao” o “pelado” es un colombianismo comúnmente usado para referirse a un niño.

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CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO EN BIBLIOGRAFÍAS – HOW TO CITE THIS ARTICLE IN BIBLIOGRAPHIES / REFERENCES:

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http://www.revistalatinacs.org/072paper1152/02es.html
DOI: 10.4185/RLCS-2017-1152

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… YC Román Núñez, OJ Cuesta Moreno (2016: 015-039)…

… YC Román Núñez et al. (2016: 015-039)…

 Artículo recibido el 17 de noviembre de 2014. Aceptado el 23 de diciembre. Publicado el 1 de enero de 2015

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