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Digital Object Identifier System - Identificador de Objetos Digitales 10.4185/RLCS-2018-1317 | ISSN 1138-5820 | RLCS, 73-2018 | Version in English language | Explicación audiovisual del autor |

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P Carrera (2018): “Estratagemas de la posverdad”. Revista Latina de Comunicación Social, 73, pp. 1469 a 1482.
http://www.revistalatinacs.org/073paper/1317/76es.html
DOI: 10.4185/RLCS-2018-1317

Estratagemas de la posverdad

The stratagems of post-truth

Pilar Carrera [CV] ] [ oORCID] [g GS] Profesora Titular del Departamento de Periodismo y Comunicación Audiovisual. Universidad Carlos III de Madrid, UC3M (España) – pilar.carrera@uc3m.es

 

Abstract:
[ES] Introducción: El concepto de posverdad se ha convertido en un lugar común, en una palabra de moda que se usa para denominar tanto la supuesta superación de un estado previo en el que, al parecer, la verdad era la norma, como para legitimar determinados procedimientos que tienen mucho más que ver con la esfera del poder (incluido el discursivo) que con la de la verdad. Este artículo analiza el sustrato y las y ramificaciones de dicho concepto, vinculándolo con nociones como “los hechos (objetivos)”, el supuesto declive de Europa, la información en el entorno digital o la posmodernidad. Partiendo de la naturaleza aporística del discurso dominante sobre la posverdad, se determina su uso en cuanto estratagema retórica con una fuerte carga ideológica y vinculado a formas de pensamiento conservadoras o regresivas, tanto en lo teórico como en lo social, lo político o lo cultural. Se concluye proponiendo un acercamiento dialéctico a la noción de posverdad, esto es, una aproximación que tenga en cuenta sus dimensiones retórica, política, material e ideológica.
[EN] Introduction: The concept of post-truth has become commonplace, a buzzword that is used to describe the alleged overcoming of a previous state in which, apparently, truth was the norm, and to legitimize certain procedures that have much more to do with the sphere of power (including discursive power) than with the sphere of truth. This article analyses the foundations and ramifications of the concept of post-truth, by linking it with such notions as “(objective) facts”, the supposed decline of Europe, information in the digital environment and postmodernity. Departing from the aporetic nature of the dominant discourse around post-truth, its use is examined as a rhetorical stratagem that has a strong ideological baggage and is linked to conservative and regressive ways of thinking, in the theoretical and social as well as political and cultural realms. As a way of conclusion, the article proposes a dialectical approach to the notion of post-truth, that is, an approach that takes into account its rhetorical, political, material and ideological dimensions.

Keywords
[ES] Posverdad, Fake News, Retórica, Relato, Efectos de sentido, Europa, Posmodernidad, Realismo, Verdad.
[EN] Post-Truth, Fake News, Rhetoric, Discourse, Effects of Meaning, Europe, Postmodernity, Realism, Truth.

Contents
[ES] 1. Posverdad como aporía; 2. El eterno retorno de los “hechos objetivos”; 3. Europa y la posverdad; 4. Internet y la posverdad; 5. Posmodernidad contra posverdad; 6. Conclusiones
[EN] 1. Post-truth as aporia; 2. The eternal recurrence of "objective facts"; 3. Europe and post-truth; 4. Internet and post-truth; 5. Postmodernity against post-truth; 6. Conclusions

 

Translated from the Spanish by CA Martínez-Arcos
and the author.

[ Investigación ]

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1. Posverdad como aporía

El concepto de posverdad se ha convertido en un lugar común, en una palabra de moda que se usa para denominar tanto la supuesta superación de un estado previo en el que, al parecer, la verdad era la norma, como para legitimar determinados procedimientos que tienen mucho más que ver con la esfera del poder (incluido el discursivo) que con la de la verdad. La guerra contra las “fake news”, por ejemplo, no es simplemente una cruzada contra la mentira que prolifera en los medios de comunicación. La mentira o las medias verdades son parte esencial de cualquier dispositivo retórico en cualquier época y, añadiríamos, parte sustancial de cualquier forma de sociedad y elemento central en la propia determinación de lo que se considera verdadero (noción de límites muy lábiles, por otra parte). Dicha cruzada contra lo falso que vemos, de vez en cuando, anunciada en grandes titulares en los medios de comunicación, es, en primer lugar, parte de un simulacro o escenografía mediáticos que trasciende, por supuesto, el ámbito de la comunicación y que permite, entre otras cosas, segregar dos grandes campos discursivos mediante un procedimiento en el que de la misma lógica de poder –y diríamos también de los mismos actores– emergen, a la vez, la enfermedad y su cura: la posverdad y su supuesto antídoto. Lo “falso” se excluye de la lógica discursiva global para aislarlo en un gueto de discursos falsos y generadores de falsedad, declarando la inocencia del resto del sistema comunicativo. Las implicaciones de esto son evidentes. La primera de ellas: se desvía la atención de la lógica del propio sistema de comunicación y de los vínculos estructurales entre verdad y mentira, para centrarla en supuestos reductos de mentira que, por oposición, determinan espacios discursivos intachables y puros. Se insinúa así un espacio de transparencia discursiva que pretende estar más allá de la retórica y de la mediación para reflejar la realidad tal cual es. Esta naturalización de ciertas formas de discurso calificadas de verdaderas frente a formas de discurso falsas es de orden, como parece evidente, profundamente demagógico y recupera viejos dogmas realistas en torno al tópico de la representación como duplicado del mundo, sin cuestionar que lo que pretendidamente se “duplica” es fruto de una específica coyuntura histórica y de poder, no un “hecho objetivo” o natural situado más allá de lo histórico. Esta forma de realismo fue bien caracterizada por Jean François Lyotard (2012: 17), como aquel “cuya única definición es que se propone evitar la cuestión de la realidad implicada en la cuestión del arte.”

En segundo lugar, en el discurso sobre la posverdad y su vínculo con las formas de mediación se pone el foco en Internet y las redes sociales como espacio dilecto del engaño y la tergiversación, sugiriendo, a contrario, que existen espacios de mediación “angélicos”, libres de intereses y libres de manipulación.

En tercer lugar, se enfatizan la bonhomía y la honestidad del emisor veraz en lugar de poner el foco en la capacidad y en las competencias del receptor para descodificar discursos inevitablemente atravesados por intereses políticos, económicos, etc.

El concepto de posverdad presupone, por tanto, por oposición al de fake, la existencia de reductos discursivos prístinos, despolitizados y de orden cuasi religioso.

Se sostiene, por ejemplo, a modo de prueba de la existencia de la posverdad, que la validez de las evidencias clásicas (por ejemplo, grabaciones, fotografías, etc.) ha caído en desuso, y se dice que Donald Trump ya no se sonroja por negar algo que había sido grabado o fotografiado. En ningún momento se cuestiona el frágil estatuto probatorio de una grabación o de una fotografía, sea analógica o digital.

En suma, la noción de posverdad y sus aledaños –fake news, etc.-, que ha florecido a la sombra del gran árbol de Internet y de la supuesta cacofonía y superabundancia informativas que se le atribuyen, presupone y postula la de transparencia discursiva y la existencia de relatos simple y llanamente verdaderos. Como he escrito en otro lugar: “El concepto mismo de transparencia implica una supuesta negación del relato como estructura retórica intencional, destinada a la creación de efectos y basada en un sistema de desigualdades y restricciones enunciativas, en nombre de lo que podríamos denominar un supuesto striptease sistémico que operaría más allá de las determinaciones y condicionamientos culturales, en un entorno global y transcultural (o multicultural). Frente a la noción clásica de espectáculo (que denota artificiosidad y se concibe como claramente cultural y discursiva), se enuncia una especie de vuelta a la naturaleza y a la espontaneidad de los orígenes, algo que, cuando se aplica al contexto de los mass media, espacio retórico y artificial por antonomasia, no puede entenderse sino como mera metáfora de un orden del relato cada vez más cerrado, restrictivo y dogmático bajo la apariencia de la infinita variedad y una irrestricta libertad de elección” (Carrera, 2017: 45). 

2. El eterno retorno de los “hechos objetivos”

Buena parte de las aproximaciones al concepto de posverdad son de orden doctrinario, no de orden emancipatorio, y se basan en la idealización de unos tiempos idos que, se dice, ya no volverán, para obviar, precisamente, que esos tiempos no son tan idos como parece y permitirles seguir operando sin restricciones bajo la coartada de lo nuevo, legitimándose así, en nombre de una supuesta revolución de valores, situaciones que antes resultaban conflictivas o polémicas. Las mentiras pasadas se transforman directamente, a la luz del sol de la posverdad, en verdades. La posverdad reinante en las redes sociales, según este argumentario, devuelve la inocencia a los discursos de los mainstream media y de otros emisores “con autoridad”, la pseudociencia convierte en inocentes y definitivamente verdaderos y no falsables los discursos consideraderados “científicos” y así sucesivamente.

Si acudimos a la definición que de posverdad da la RAE, nos damos cuenta de lo poco novedoso de un fenómeno que es tan viejo como la humanidad: “Distorsión deliberada de una realidad, que manipula creencias y emociones con el fin de influir en la opinión pública y en actitudes sociales”.

Pero hay, evidentemente, algo nuevo, y lo nuevo es, precisamente, que se pretenda que el fenómeno es nuevo. Declarándolo tal se consigue, entre otras cosas, focalizar la atención en fenómenos subsidiarios desde el punto de vista sistémico, como las llamadas fake news, que no cabe duda de que son bastante menos peligrosas y eficaces en términos de manipulación que las que se siguen tomando por verdaderas.

La posverdad cumple una función de reclamo y de pantalla de humo al mismo tiempo. Compele a centrar la atención en determinados fenómenos secundarios y sirve para ocultar a la vista aquello que verdaderamente es relevante en términos discursivos, en términos de lógica mediática y en términos políticos, económicos y culturales. Santificando el supuesto tiempo que la precedió –y que, de hecho, sigue, en esencia, vigente, aunque se pretenda periclitado- convierte el contexto actual en una especie de no man’s land, sin nombre en sentido estricto, excepto como postrimería (¿por qué no hablar, si no, directamente, de 'era de la mentira' en lugar de 'era de la posverdad'?), sin remedio y, por tanto, niega a los individuos que habitan en él toda posibilidad de intervención sobre un entorno que se define únicamente en términos del que le precedió, pero que ya no es el que le precedió. Aunque pudiese parecer todo lo contrario, la noción de posverdad y la articulación discursiva que la envuelve, son de raigambre profundamente dogmática. En la posverdad ya no hay verdad, pero, y esto es lo escalofriante, tampoco hay mentira. No puede haberla, porque la mentira, como hemos dicho, sólo tiene sentido en un ecosistema en el que la verdad se considera una entidad profana. De no ser así, no hablaríamos de mentira, sino de herejía. Pero parece que estamos volviendo a la era de las cruzadas, de la verdad como entidad sagrada y de las herejías. 

Al igual que ocurre con el propio medio de Internet, bajo una determinada lógica de poder, el hecho de que lo que parece un medio selvático y plural se esté convirtiendo progresivamente en un sofisticado mecanismo de censura, control y reducción de la pluralidad discursiva, así la noción de posverdad, perfectamente integrada en esta lógica, sugiere un mundo sin valores, en el que todo vale, cuando, realmente, los valores cada vez son más firmes y dogmáticos y, por qué no decirlo, en más ocasiones de las que sería deseable, de raigambre claramente conservadora. El concepto de posverdad per se quizás permitiría otra articulación (que implicaría necesariamente un desarrollo conceptual que, por el momento, está ausente), una articulación antidogmática que pusiese el énfasis en los medios de comunicación y en la representación en general como dispositivos retóricos que funcionan para crear efectos de sentido que, siempre, tienen implicaciones políticas, económicas, culturales y vitales. Entonces dejaríamos de preocuparnos tanto por la Verdad con mayúscula, para preocuparnos, por ejemplo, de cómo somos seducidos en términos de relato, a través de qué mecanismos, y prestarnos o no. Lo más importante, en el fondo, no es si alguien dice la verdad o miente. No es eso lo que debería preocuparnos, sino la lógica que subyace a formas específicas de enunciación. ¿Qué fuerzas o qué lógica están detrás de esa puesta en escena de la verdad o de la mentira? ¿Cuáles es la lógica que lleva a un sujeto a la palestra pública en tanto mentiroso? ¿Cuál la que desencadena la representación de lo verdadero y de lo falso? Porque, si nos remitimos al dicho bíblico, “el que esté libre de pecado que tire la primera piedra”, es verdad que algunos han pecado más que otros, pero, seguramente, muchos de ellos han escapado y escapan a la lógica de la posverdad y su repertorio ejemplificante. 

Cuando se busca el antídoto para la posverdad, se apela a “los hechos”, instancia peliaguda donde las haya, y se apela a los hechos como si estos fueran entidades pre-discursivas, independientes y ajenas al discurso. La definición del Oxford Dictionary da por supuesta la existencia de eso que denomina “hechos objetivos”, al definir la posverdad como ‘relacionada con o denotando circunstancias en las que los hechos objetivos son menos influyentes en la formación de la opinión pública que las apelaciones a la emoción o a la creencia personal”.

En primer lugar, la mayor parte de las veces, lo que denominamos “hechos” son, en realidad, “hechos discursivos” o fragmentos de mediación. Pensemos de qué se componen, esencialmente, los denominados relatos de no ficción (periodísticos o documentales). Se trata de declaraciones, fragmentos descontextualizados de mediación (audio, vídeo, fotografías), imágenes re-mediadas y sometidas a un nuevo régimen retórico por su mera inclusión en un contexto discursivo determinado o por la glosa que de ellas se hace. No hay hechos, o mejor, no hay hechos significativos fuera de un discurso que los hace emerger como tales. Los hechos no pertenecen ni a un mundo objetivo ni a un mundo subjetivo, sino al mundo del relato y del discurso, y es en tanto hechos discursivos como hay que valorar su entidad. La mentira no se refuta con hechos, sino con argumentos y documentos [1]. Y, por otra parte, como hemos dicho, la piedra de toque es siempre la lógica que hace que esos discursos y no otros entren en escena. Esa lógica de “agenda”, de capacidad de establecer la agenda pública, es la lógica del poder, no la de la verdad. Cuando intentan convencernos, de manera consciente o dejándose arrastrar por la “palabra del año”, de que vivimos en la era de la posverdad, porque las mentiras y los bulos circulan a gran velocidad en las redes y no tenemos manera de contrastar la información y de verificarla, podríamos afirmar con idéntica contundencia que nunca la hemos tenido. En términos informativos, por parte del usuario, lo que se produce no es ni verificación ni contraste de discursos que caen mayoritariamente fuera de su posibilidad exploratoria y de verificación (sean de orden político, científico o económico) y que, aunque tuviese los medios y el poder para verificar alguno de ellos, tendría también que tener el poder de convertir su discurso en públicamente relevante, es decir, de acceder a aquellos foros desde los que se establece la agenda pública y se determina el estatuto de emisor “autorizado”.

Por tanto, los hechos no preceden al discurso; los “hechos” sólo emergen cuando un discurso los necesita en el contexto de una estrategia retórica y persuasiva (entiéndase este último adjetivo no en un sentido negativo, sino aludiendo a una serie de elementos y mecanismos discursivos al servicio de la efectividad de un relato cualquiera que sea y sean cualesquiera sus objetivos). Hay que tener en cuenta, inevitablemente, que lo que conocemos como información se ha basado siempre mucho más en la fe que en la corroboración de supuestos hechos que, como se ha dicho, están generalmente fuera de nuestro alcance y experiencia directa; se ha basado en la autoridad y confianza que atribuimos a determinados mediadores. “Ver para creer” no es, en modo alguno, la lógica que se aplica a la información, por eso resulta paradójico que se apele a los hechos como antídoto de la posverdad. Los hechos a los que se alude (en el fondo, una manera de referirse a determinadas configuraciones discursivas en las que la instancia referencial --instancia también de orden discursivo por supuesto-- juega un papel determinante) no son accesibles para todos y, además, la información siempre es, por naturaleza, incompleta; en cualquier momento, nuevas informaciones pueden cuestionar lo que se daba por sentado. Volviendo al “ver para creer”, la mayoría de las veces no hay nada que ver. Sólo vemos a través de eso que se denomina interpretación o representación. Como bien decía Oscar Wilde (2013: 63), en este caso refiriéndose a la representación artística y a los modos de recepción y anteojos culturales y experienciales de los que nos dota: “Mirar una cosa es muy distinto de verla (…) En la actualidad, la gente ve nieblas, no porque haya nieblas, sino porque poetas y pintores le han enseñado a ver la belleza misteriosa de tales efectos. Podrá haber habido nieblas en Londres desde hace siglos. Seguramente las hubo. Pero nadie las veía, y por lo tanto nada sabemos de ellas. No existieron hasta que el Arte las inventó”.

3. Europa y la posverdad

El concepto de posverdad es el fruto más refinado, precisamente, de la denominada era de la posverdad que, por lo demás, no es un hecho ni sociológico, ni cultural, ni mediático, ni da cuenta de cambios estructurales ni revolucionarios en un determinado sistema socio-político y económico. Se trata de un efecto discursivo, de una estrategia retórica para hacer visible –esto es, para dotar de eficacia, no sólo cultural, sino política y económica– la niebla, glosando a Wilde, pero declarándola al mismo tiempo no un efecto de sentido de base eminentemente representacional y no sólo factual, sino lisa y llanamente, un hecho, una realidad última e inapelable. 

En muchas ocasiones, se dice que el problema está en la presunta desintermediación que ha traído consigo Internet: todo el mundo opina y esa cacofonía informativa es el fermento perfecto para las fake news y la posverdad. Pero, curiosamente, cuando se apela a dos “hechos fundacionales” de la era de la posverdad, se habla del Brexit y de Donald Trump, es decir, se recurre a eventos y personas directamente vinculadas con la esfera del poder político, esfera que siempre ha influido en la agenda de los clásicos gatekeepers. Aunque parecen multitud las voces que se manifiestan en Internet, los que tienen capacidad de generar material susceptible de ser viralizado o visto masivamente son muy pocos, y no tan diferentes de los tradicionales que operaban ya en el sistema de medios precedente. Que Trump lance sus proclamas en Twitter, no quiere decir que prescinda de los medios tradicionales en modo alguno. Más bien son dichos medios los que hacen que lo que se dice en Twitter se vuelva susceptible de generar opinión pública. En Internet son muchos los que se hacen eco y viralizan, pero escasos los que tienen capacidad de emisión efectiva. En este sentido, poco ha cambiado; lo que sí se ha incrementado es la escala, el alcance y el impacto de aquellos que tienen capacidad para activar la lógica viral.

Por otra parte, como se he dicho, esta supuesta quiebra de la verdad y el repentino advenimiento de sus postrimerías, tiene menos que ver con cuestiones ontológicas o teóricas que con cuestiones políticas, económicas y, por supuesto, de modelaje y gestión de la opinión pública. 

No es extraño que Trump, un político, sometido por tanto al estricto mandato del cronos electoral, o el Brexit, con los políticos protagónicos anexos, sean las dos pruebas  (paradójicas evidencias) que sistemáticamente se ponen sobre la mesa cuando se anuncia que la hora de la posverdad ha llegado irrevocablemente. Curiosa ontologización de lo temporal por antonomasia. Pero no sin razón, a nuestro entender. Hay un componente utilitarista y pragmático muy potente en ese supuesto evento de dimensiones bíblicas que amenazaría con exiliar de una vez por todas la mítica Verdad de la faz de la tierra.

En ambos casos, Trump y el Brexit, lo que sistemáticamente se cuestiona (y cuyo cuestionamiento se pretende avalar mediante la mera postulación de la llegada de la posverdad) es una cierta idea de Europa. El Brexit se ha convertido, rápidamente, en un cuestionamiento de la idea de Europa y sabido es que Trump considera que “la Unión Europea es un enemigo” [2]. Al mismo tiempo que hemos visto proliferar libros y artículos sobre la posverdad, se han multiplicado las publicaciones sobre el ocaso de Europa en las que se axiomatiza, sobre una magra o cuasi inexistente base argumental, en realidad, al igual que ocurre con la posverdad, “la muerte de Europa”. Un sinfín de artículos y libros como The Decline and Fall of Europe (2012), The Strange Death of Europe (2017), After Europe (2017), etc. redundan sobre esa misma idea.

Todos estos obituarios tienen algo en común: el interés por declarar, de una vez por todas, que la idea de Europa es sólo pasado, que no hay futuro y que se zanja la discusión. 

La postEuropa y la postverdad son dos eventos discursivos íntimamente relacionados.

Curiosamente, lo que se concibe como síntomas de no retorno y decadencia de Europa, bien podrían considerarse elementos constitutivos y constructivos (que no deletéreos) de esta misma idea de Europa que se declara superada. Leemos en The Strange Death of Europe: “El último acto se produjo debido a dos concatenaciones simultáneas de las cuales ahora es prácticamente imposible recuperarse. La primera es el movimiento masivo de personas hacia Europa (...) La segunda concatenación (es) el hecho de que, al mismo tiempo, Europa ha perdido la fe en sus creencias, tradiciones y legitimidad (...) Europa está ahora profundamente abrumada por el sentimiento de culpa por su pasado (...) también hay un problema en Europa de cansancio existencial y una sensación de que tal vez para Europa la Historia se ha acabado” (Murray, 2017: 2-3), síntomas que se resumen, según el autor, en una “cansancio civilizatorio existencial”. Los argumentos son tan viejos y manidos como la “vieja Europa” a la que pretenden sepultar. Europa ha sido, por definición, un crisol de culturas, capaz de asimilar y apropiarse de las tradiciones más diversas. Lo que puede hacerla peligrar no es lo Otro, sino, precisamente, lo Uno. Esto en lo que respecta al primer argumento. En lo que concierne al segundo, el mito de la cultura “cansada”, “decadente”, aplastada por el peso de su propio pasado, omite que toda cultura es, en esencia, operación de reapropiación, no supuesta novedad ex nihilo. Pero hay algo que llama la atención cuando se trata, en el discurso mainstream, tanto de la posverdad como de lo que denominamos post-Europa: en ambos casos se apela a conceptos estáticos, supuestamente atemporales. Se concibe la identidad (europea) como una noción fija, inamovible y la verdad como una noción estática, universal y dada de una vez por todas. En ambos casos, se omite el hecho de que tanto la identidad (y esto sirve en términos políticos, culturales e individuales) como la tan mentada verdad no son instancias fijas y ahistóricas, sino, precisamente, dispositivos que articulan el cambio, permitiendo a culturas e individuos sobrevivir en entornos caracterizados por la mutación.

Eso que se denomina identidad, en relación con la cultura europea, y a diferencia de lo que ocurre con otras formas culturales, consiste, precisamente, no en un compendio contenudista de relatos cerrados en sí mismos, sino, de hecho, en un metarrelato que se articula según reglas específicas de producción y reapropiación que administran la convivencia de discursos que pueden incluso llegar a ser, desde el punto de vista del contenido, incompatibles o contradictorios.  Lo que caracteriza la cultura europea, por tanto, no es la adhesión a una narrativa precisa; sus dogmas no se sitúan en el ámbito de la adherencia a un relato concreto, con exclusión de todos los demás, sino en el de la administración de la convivencia de los relatos y de los sistemas de recepción de los mismos, de tal manera que ningún relato concreto pueda reivindicar su exclusividad y su verdad absoluta por encima de los demás. Esta es, por otra parte, la fortaleza de dicha estructura cultural, aunque algunos quieran revestirla de debilidad y pérdida de valores. La naturaleza metatextual que define la “identidad” europea no debe ser confundida, en modo alguno, con el relativismo. Lo que se pone en valor, por tanto, no es un conjunto de dogmas textuales, sino un dispositivo de administración discursiva que se basa en la conciencia del relato como artefacto retórico y político. Fuera de esta concepción de los relatos, que hace de éstos, cualesquiera que sean, artefactos de construcción política (política en el sentido más noble del término), sólo existe el dogma y la adhesión incondicional a preceptos temporales que se revisten de eternidad. La identidad europea no es simplemente un conjunto de dogmas o preceptos, el mínimo común denominador que unifica una diversidad manifiesta de tradiciones y relatos, lo uno en lo diverso, etc.; es una metanarrativa que cuestiona, precisamente, la infalibilidad de cualquier narrativa específica. Podríamos decir que la conciencia retórica es lo que quizás mejor defina la noción de cultura europea. En Aurora, escribía Nietzsche(1999: 364-365) que “la serpiente que no puede cambiar de piel sucumbe. Lo mismo los espíritus a los que se les impide cambiar de opinión; dejan de ser espíritus”. Probablemente la interpretación más generalizada de enunciados de este orden, en la que se han apoyado también quienes cuestionan tanto la existencia de Europa como los que postulan el advenimiento ineludible de la posverdad, apele al relativismo, a la falta de valores, al cinismo, al oportunismo, etc. Pero deberíamos detenernos un momento en lo que en el aforismo de Nietzsche sigue a la imagen del “cambio de piel”: el espíritu que se sitúa ante la posibilidad de cambiar de opinión. Esto es, el espíritu no dogmático, el espíritu crítico. Y por tal hemos de entender aquél que, sistemáticamente, pone en cuestión la inocencia de los relatos en nombre, precisamente, de ciertos valores. Una cultura que cuestiona la transparencia discursiva y afirma el inevitable substrato ideológico de toda diégesis, no puede considerarse, precisamente, falta de valores. Su tolerancia no se basa en el relativismo ni en la incapacidad para discriminar. Más bien todo lo contrario. La posibilidad de “cambiar de opinión” implica asumir que ningún relato puede reclamar para sí la verdad en términos absolutos. Los defensores de la posverdad, obviamente, dan por supuesto lo contrario. Se lamentan porque el relato mendaz ha enterrado el relato verdadero y, al mismo tiempo, postulan, aunque sea para entonar su réquiem, que éste ha tenido lugar alguna vez en algún pasado utópico. Se añora un supuesto estadio dogmático y en su lugar se instituye un nuevo estadio dogmático en el que toda metadiscursividad es eliminada en tanto elemento constitutivo de determinadas formas culturales. En el fondo, su verdad y su posverdad son una y la misma cosa, el rostro del dogma. El discurso sobre la posverdad es eminentemente conservador y, bajo el simulacro del orden que se derrumba, afirma un orden mucho más estricto, en el que no hay lugar para otros enunciados, porque cualquier enunciación alternativa es declarada falsa y fruto, precisamente, de ese estadio de posverdad. Afortunadamente, el discurso sobre la posverdad –igual que el discurso sobre la verdad- son solamente discursos y, como tales, pueden y deben ser confrontados retóricamente. El “rapto de Europa” que los teóricos de la posverdad parecen querer acometer omite un detalle importante: uno de los pilares básicos de la cultura europea es la asunción de que ninguna identidad se construye obviando, negando o declarando falsa o mendaz la presencia implacable de lo Otro y del Otro.

La identidad, por lo demás, en su acepción más habitual y generalizada, no es la piedra de toque para afirmar o negar la existencia de eso que podemos denominar “cultura Europea” en sus diversas manifestaciones. Considérese, por ejemplo, el caso del relato cinematográfico: “El cine europeo es, en muchos de sus más genuinos representantes, un cine quijotesco: sin subjetividades propiamente dichas, sin arraigo. No es un cine sobre “el Hombre”, es un cine sobre el partir, la errancia y el desposeimiento, acometiendo su particular subida al Monte Carmelo, perpetrando su propia geografía, su exploración, no de la subjetividad, sino de la otredad. Incluida la otredad del relato (Don Quijote). De una errancia voluntariamente desposeída de rictus épico, que no de poesía, que se consuma en los suburbios del campo de batalla, en los suburbios de la Acción” (Carrera, 2016a: 62-63). Afirmaba Julia Kristeva, respecto a la cuestión de la identidad europea y la repercusión del Brexit: “Pero Europa, entre las otras culturas que se reparten la globalización, es una tradición cultural única en relación con las otras, porque, en nuestro caso, una filosofía se ha creado de acuerdo con la cual la identidad no es un culto, sino una interrogación. Un cuestionarse. Toda esta dimensión de la cultura europea es extremadamente importante: problematizar las identidades [3]». Tzvetan Todorov, en un texto dedicado a la “identidad europea”, hacía hincapié en elementos propios de la cultura europea y refractarios a una aproximación inmovilista a dicha noción, relacionados con la reinterpretación, la reutilización, el amalgamaje, la conversión y adaptación conceptuales y otros mecanismos de reapropiación cultural que permitirían a los europeos “ser capaces de adaptarse rápidamente a las circunstancias cambiantes”: “Una de las características de la tradición europea es precisamente el ejercicio del pensamiento crítico: todos los valores pueden ser sometidos a examen (…) la unidad de la cultura europea reside en su manera de gestionar las diferentes identidades regionales, nacionales, religiosas y culturales que la constituyen (…) la identidad espiritual de Europa no consiste en una lista de nombres propios o en un repertorio de ideas generales, sino en la adopción de una misma actitud frente a la diversidad” (Todorov, 2008: 288 y ss).

Volviendo a la conexión entre los discursos sobre la posverdad y los discursos sobre el “declive y caída” de Europa o la inviabilidad identitaria de la “idea” de Europa, conviene precisar, resumiendo lo dicho, que Europa es más que un mínimo común denominador temático que permitiría, de algún modo, unificar tradiciones diversas. Europa es, ante todo, como se ha dicho, un dispositivo cultural que se define en términos metatextuales y dialécticos, no en términos puramente identitarios. No se articula en términos dogmáticos por la asunción o identificación con un relato concreto, sino como un conjunto de reglas que administran la convivencia de distintos relatos. Es evidente, por tanto, que el único “dogma” o la única interdicción son los que afectan a aquellos relatos que nieguen, en nombre de la exclusividad o de la “verdad”, el derecho a existir del Otro (relato).  En este sentido, la “idea de Europa” que aquí se plantea se opone a la noción misma de posverdad, ya que no se fundamenta en ningún dogma o verdad absoluta, sino, precisamente, en el cuestionamiento sistemático de los discursos que se proclaman últimos, puros y excluyentes. El terreno de la hibridación, del mestizaje y del remake es el de la política, no el de la revelación.

4. Internet y la posverdad

Si hacemos un recorrido rápido por la línea argumental de diversos textos que abordan la cuestión de la posverdad, encontraremos un campo semántico común que se aglutina en torno a tópicos como: Trump, Brexit, negacionismo (science denial), declive de los medios de comunicación tradicionales, propaganda, mentiras, fake news, hechos alternativos, posmodernidad, desinformación, medios digitales, redes sociales, debilidad de las instituciones democráticas, etc. En un artículo publicado en el diario El País, Francesc Arroyo [4] sostenía que “hay acuerdo general: no es lo mismo la posverdad que la mentira. Lo primero es un intento de manipulación de la realidad y supone crédulos voluntarios; lo segundo, una afirmación que contradice los hechos y que busca engañados involuntarios. Hasta hace cuatro días mentir estaba mal visto (…) Mentir ha dejado de ser reprochable”. Como antes hemos dicho, es poco probable que nos encontremos ante un cambio de estatuto “ontológico” de la mentira. Si se profundiza un poco en el argumentario al uso sobre la posverdad, podrá detectarse que es el entorno mediático digital el que, de alguna manera, funciona sistemáticamente como trasfondo y al que se alude de forma directa o en su vínculo con otras instancias, por ejemplo, políticas. Internet ofrece la puesta en escena perfecta de este simulacro que es la posverdad. Pese a que, como ha sido dicho, la supuesta cacofonía de la red y la pluralidad de fuentes tienen más de espejismo que de realidad. Internet es un entorno comunicativo mucho más controlado por las lógicas del poder y del capital de lo que pudiera parecer a primera vista. No obstante, existe y ha existido un interés discursivo cierto en presentarlo como un espacio desregulado y selvático. El discurso sobre la posverdad deriva, en parte, de esta asunción falaz de Internet como medio anárquico en el que la “autoridad” discursiva habría perdido pie y los relatos “institucionales” (científicos, periodísticos, etc.) habrían sido marginados por opiniones variopintas e infundadas capaces de aunar en torno a ellas la aquiescencia pública. Mientras tanto, la política es situada, estratégicamente, como el espacio dilecto de la mentira y el refugio de la posverdad. Afirmaciones como la que sigue, que están a la orden del día, ejemplifican este sentir: “El ascenso del social media como fuente de noticias desdibujó aún más las fronteras entre información y opinión a medida que la gente compartía historias procedentes de blogs, sites alternativos de noticias y Dios sabe de dónde más, como si fuesen verdaderas. A medida que la campaña presidencial de 2016 se calentaba, había más y más contenido sesgado en redes sociales (…) Podíamos clicar en noticias que nos decían lo que queríamos oír (…) en oposición al contenido factual de los medios tradicionales que habría sido menos digerible. Sin ser consciente de ello, la gente podía alimentar su deseo de sesgo de confirmación (…) directamente, sin molestarse en frecuentar las fuentes de noticias tradicionales. ¿Para qué pagar la suscripción a un periódico cuando puedes obtener tantas historias como quieras de amigos que tienen tanto que decir sobre los acontecimientos en los que estás interesado? (McIntyre, 2018: 94).

Al margen de que se parte del supuesto inverosímil de un ecosistema informativo previo libre de estrategias de persuasión, seducción, medias verdades y medias mentiras y connivencias con los poderes fácticos, lo cual, ciertamente, es mucho suponer cuando hablamos de medios de comunicación, inscritos directa y estructuralmente en una lógica de poder, no meramente en una altruista lógica informativa, se olvida que los “amigos” a los que alude la cita de McIntyre no son la fuente original de las informaciones que viralizan, son canales de transmisión y difusión que operan sinérgicamente con otros, pero los que tienen el potencial de generar conversación en redes sociales, fake news, trending topics, etc. no son los “amigos”, sino emisores institucionalizados de diverso signo, incluidos los medios tradicionales. Sin embargo, se pone el foco en los usuarios que, en este caso, no son sino una interfaz que oculta el verdadero target de la argumentación. Ellos no son las fuentes. No hay que confundir la glosa y la viralización con la emisión: “El emisor, en sentido estricto, puede plantear las preguntas que dan pie al debate, decidiendo o no implicarse en el mismo, mientras que el usuario participa mayoritariamente en un debate planteado o incoado por otros” (Carrera, 2016b: 244). En Internet se han multiplicado los agentes virales intramediáticos, pero no las fuentes, ni aquellos emisores con suficiente poder como para generar conversación en torno a un tema y conformar la opinión pública. Pero, sobre todo, se omite el hecho de que Internet, como medio de comunicación, es una estructura de poder al igual que el resto de los mass media que lo han precedido. Se genera así un doble simulacro o pantalla de humo: se omite la naturaleza de la red como estructura jerárquicamente organizada y se apunta al más desprovisto de poder para operar sobre dicha estructura y sus reglas: el “usuario” privado.

En conclusión: el concepto de posverdad no da cuenta –las deficiencias conceptuales y argumentales y la precariedad teórica subyacente parecen obvias-, como se pretende, de un supuesto estadio gnoseológico y moral, sino que sirve como un instrumento de “masajeo” –retomando un término mcluhaniano- de la opinión pública, cuando no, directamente, de pantalla de humo que desvía la atención de otras cuestiones más relevantes para definir el entorno comunicativo y discursivo actual, al mismo tiempo que justifica el recurso al dogma y subraya la futilidad última de toda crítica que no asuma sus principios. Se trata de un concepto-trampa que, una vez postulado, no admite réplica y es hermético a toda crítica, salvo a aquella que acaba reivindicando, en el fondo, el dogma de las verdades absolutas, ya que incluso su supuesta negación y antítesis (que no es tal) –el imperio de la verdad- es la definición misma del dogma. En todos los casos (discurso y supuesto contradiscurso acerca de la posverdad) se procede a una naturalización de relatos específicos (y, necesariamente, tendenciosos), obviando por completo el juego de poder, retórica y persuasión que todo discurso vehicula. A fuerza de afirmar el advenimiento de la posverdad, lo que se está defendiendo, supuestamente por oposición, es la existencia de un relato prístino y angélico, verdadero, procedente de fuentes “con autoridad”, un relato que se dice transparente. Este es, en el fondo, el objetivo final o la consumación del concepto mismo de posverdad, que se ha convertido, en el momento actual, en la mejor coartada para articular discursos dogmáticos y conservadores que claman por “la vuelta al orden” parapetados detrás de proclamas morales.

5. Posmodernidad contra posverdad

El concepto de posverdad podría ubicarse en la categoría de spam conceptual. Omnipresente, viral, conceptualmente superficial y más bien huero en cuanto a sus fundamentos teóricos, su acción va encaminada a postular su propia existencia por la clásica vía, tan explotada en las retóricas publicitaria y política, pero también, aunque esto raramente se mencione, en los ámbitos educativo, teórico y científico, de la repetición, la redundancia y la autoafirmación tautológica. Detrás de este tipo de retórica está la utopía (o, más bien, distopía) de un lenguaje sin “éperons” [5]. El postulado estadio de la posverdad adquiere la vis de un eterno presente al negar, por su propia configuración, todo elemento dialéctico. Como hemos dicho antes, la posverdad, como el prefijo indica, es lo que viene después y conduce a ninguna parte. A diferencia de la posmodernidad, concepto de dimensiones profanas, la posverdad se establece como concepto pseudo-ontológico, fuera del tiempo y de la historia. La oportunidad del mismo en términos de legitimación y conservación sistémicas (incluido el sistema discursivo que la noción pretende normalizar) es obvia. Su clara vis conservadora, también. La dimensión política que está en juego, detrás del supuesto discurso “conceptual” y “objetivo” sobre la posverdad (que se reivindica como una mera descripción adaptada a los hechos), no debe pasar inadvertida. Es, entre otras cosas, una defensa del dogma (la “Verdad”, que, desde un punto de vista pragmático, suele coincidir con el discurso del poder) y una especie de adaptación de supuestos pre-democráticos o directamente antidemocráticos relacionados  con el principio de autoridad (reivindicación de la “autoridad” de la fuente institucionalizada para enunciar y negación de la relevancia pública del discurso de cualquier fuente no sancionada institucionalmente), el monopolio de la interpretación y una actualización de la vieja crítica conservadora a la sociedad de masas reciclada en crítica a los usuarios que introducen “ruido” en la red, como si ellos detentasen algún poder estructural en el sistema de medios. A través de este subterfugio se consigue desviar la atención de los verdaderos focos de poder mediático en los que se configura en realidad aquello que achacan a la actividad de unos usuarios que ni controlan ni establecen en modo alguno las reglas del juego ni la retórica de Internet, limitándose, la mayoría de las veces, a alimentar la maquinaria que agentes institucionales de diverso tipo, incluidos, por supuesto, los empresariales, ponen en marcha para implementar sus propias estrategias. Que dichos agentes lo hagan, es lícito y es lo que se espera; lo que resulta más llamativo es el aval de supuestos discursos “críticos” que revisten lo temporal y pragmático con aires metafísicos y teóricos. Lejos de sumarnos a alguna de las clásicas teorías behavioristas que consideran a los espectadores/usuarios meros peones en el juego del poder, lo que queremos puntualizar aquí es que “culpar” a los usuarios, entendidos como instancias privadas, de una lógica sistémica que claramente se sitúa fuera de su control y, por supuesto, fuera del ámbito de la privacidad, es un acto de demagogia revestido de teoría, ejecutado consciente o inconscientemente por parte de quienes enarbolan o adoptan tal tipo de discurso. La única manera de romper este círculo vicioso (la crítica de la posverdad parece implicar la asunción y defensa dogmáticas de una verdad obviamente temporal, pero revestida de universal y todo lo que esto conlleva, tanto en el ámbito teórico como en el socio-político, es decir, una clara tentación regresiva en todos los terrenos hacia formas de pensamiento con un cariz autoritario) sería articulando un discurso sobre la posverdad en la que ésta se contemplase como estrategia al servicio de quienes buscan mantener una determinada retórica de la verdad. Al cabo de la posverdad nos encontraremos con el dogma autoritario y bien conocido de la “verdad objetiva” como “correspondencia entre el discurso y los hechos”, como si los hechos fuesen entidades prediscursivas. En realidad, la mayor parte de lo que denominamos “hechos” son, como se ha dicho, fragmentos discursivos, no experiencias “directas” y autoevidentes: declaraciones sesgadas por quién las produce, imágenes mediadas una y otra vez e irremediablemente formateadas por el discurso, fragmentos de archivo, esto es, retazos de narrativas previas, etc. Para llegar a dicho destino –la verdad- desde la posverdad se camufla la auténtica naturaleza del objetivo que dicho discurso persigue, haciéndolo parecer todo lo contrario (un supuesto espacio anárquico, polifónico y relativista).

Poco tiene que ver este concepto de posverdad con el de posmodernidad, que se suele convocar cuando se habla del primero, como si se tratase de dos “virus” provenientes de la misma cepa o existiese filiación genealógica entre ambos, situándolos en el mismo espectro conceptual. La posmodernidad, en el planteamiento, por ejemplo, de Lyotard, se concebía no en términos pseudo-ontológicos, como ocurre con la posverdad, sino en términos dialécticos, es decir, como caracterización de un determinado tipo de relatos. Desde un primer momento, por tanto, la posmodernidad se sitúa en un ámbito profano y discursivo, propiamente político, y no se presenta, como en el caso de la posverdad, como un hecho ineluctable, históricamente determinado y sólo contrarrestable desde el ámbito cultual de la autoridad y el discurso único (la verdad). Además, la posmodernidad presentaba un potencial emancipador y progresista que en modo alguno encontramos en los planteamientos en torno a la posverdad.

6. En conclusión

Precisamente Lyotard, en uno de los escritos compendiados en un libro que llevaba por título La posmodernidad. (Explicada a los niños), titulado “Respuesta a la pregunta: ¿Qué es la posmodernidad?” ironizaba sobre aquellos que, rechazando de pleno las implicaciones que de la noción de posmodernidad derivaban y haciendo gala de un claro conservadurismo encubierto de “sentido común”, entonaban himnos nostálgicos por el referente perdido, el realismo o la identidad entre los hechos y los discursos. Esto debería sonarnos. La diferencia es que la noción de posmodernidad, especialmente tal como Lyotard la articuló, podía servir como muro de contención de este tipo de discursos, mientras que la de posverdad los sustenta y apoya. De ahí que deba negarse toda continuidad o filiación entre ambas nociones, entre el potencial teóricamente progresista de la noción de posmodernidad y la vis claramente reaccionaria desde el punto de vista teórico de la noción de posverdad. Recordemos algunos fragmentos del mencionado texto de Lyotard, en los que podremos reconocer muchos de los deseos de “orden”, “vuelta a la realidad” y al “referente” que el discurso sobre la posverdad ha reactivado. Dicha reactivación de la “necesidad de realismo”, un realismo, en el fondo, de factura idealista y conservadora, es cíclica: “He leído que un “nuevo filósofo” descubre lo que él llama alegremente el judeocristianismo y quiere con ello poner fin a la impiedad que, supuestamente, hemos entronizado. He leído en un semanario francés que no estamos contentos con Mille Plateaux porque preferiríamos ser gratificados con algo de sentido (…) He leído a un joven belga, filósofo del lenguaje, quejarse de que el pensamiento continental (…) haya sustituido el paradigma referencial por el de la adlingüisticidad (…) El joven filósofo piensa que, en la actualidad, hay que restablecer el sólido anclaje del lenguaje en su referente” (Lyotard, 2012: 11-12).

Nada impediría, en principio, que el realismo se declinase de manera bien distinta y lo mismo ocurre con la noción de verdad, en lugar de convertirla en bastión de un discurso idealista en términos teóricos y ultraconservador en términos prácticos. La mayoría de los pretendidos realismos dicen poco de las estructuras profundas de la realidad que supuestamente representan; sirven más para disfrazarla o velarla que para lo contrario. Esta es la razón por la que el realismo es un arma ideológica de primer orden y un campo de batalla teórico que no se debería abandonar despreciándolo sin más. La verdad, decía Bertolt Brecht, sirve para hacer manejables las cosas de este mundo. La verdad es militante. Esa dimensión dialéctica y política de la verdad es evidente que está ausente de los discursos sobre la posverdad, que la repliegan en una dimensión pseudoreligiosa y transmundana, con un cariz eminentemente inmovilista, en cuanto identidad entre hechos (política, económica y temporalmente determinados, pero que en dichos discursos se toman por definitivos, “verdaderos”, atemporales e inapelables) y discursos. Acerca del realismo, sostenía Brecht (1970: 86-89): “El realismo no es sólo una cuestión de formas (…) no es simplemente un tema literario; es un gran asunto, político, filosófico, práctico; debe ser declarado tal y tratado como tal: como una cuestión que afecta al conjunto de la vida de los hombres”.

En suma, lo que aquí se propone es un análisis y una exégesis de la noción de posverdad como estrategia o, mejor aún, como estratagema retórica con una fuerte carga ideológica y al servicio de formas de pensamiento claramente conservadoras, tanto en lo teórico como en lo social, lo político y lo cultural. Formas de pensamiento que se caracterizan por el cuestionamiento o la negación de lo que vamos a denominar “derechos discursivos” de las antiguas “masas” y audiencias (en suma, ciudadanos) ahora reconvertidas en usuarios, en nombre de una supuesta autoridad enunciativa y de la reivindicación del monopolio institucional de la interpretación, basándose en una noción cultual de verdad y en la naturalización de una retórica específica de corte idealista, esencialista, pseudorealista y pseudoreferencial que se postula como la manera natural y genuina de decir y de contar, relegando otras retóricas a la condición de falsas, despolitizando el discurso y negando los “pliegues” del relato. La noción deleuziana de pliegue es útil en este contexto, para confrontarla con la unidad atemporal, adialéctica, con la identidad, la linealidad y el inmovilismo postulados por el discurso idealista sobre la posverdad, que presupone nociones de “pureza discursiva” que remiten a episodios de infausta memoria. El pliegue, por el contrario, representa la generación constante de diferencias, la hibridación y la apropiación, la adaptación y el remake, lo abismado: “Una diferencia que no cesa de desplegarse y replegarse” (Deleuze, 1988: 42) ¿Por qué no articular un discurso sobre realismo y la verdad a partir de la noción de pliegue? Si lo que se quisiera realmente (algo que parece obvio que no es así) fuese combatir la posverdad, bastaría con abandonar la postura esencialista y moralista al uso y adoptar una perspectiva genuinamente realista, valga la paradoja, esto es, política y ligada a la evolución de las fuerzas productivas y a la lógica del capital en un determinado momento histórico.

7. Notas

[1] Crf. Pilar Carrera y Jenaro Talens (2018), El relato documental. Efectos de sentido y modos de recepción. Madrid: Cátedra.

[2] Declaraciones realizadas durante una entrevista en el canal CBS el 15 de julio de 2018.

[3] Julia Kristeva, Les Matins de France Culture, 24 de junio de 2016. Recuperado de https://www.franceculture.fr/geopolitique/apres-le-brexit-paroles-d-intellectuels

[4] Francesc Arroyo, “La posverdad de las mentiras”. El País, 8 de junio de 2018.

[5] Nos referimos a los elementos de estilo, retomando un término utilizado por Derrida en referencia a la escritura de Nietzsche, que se oponen al simulacro del lenguaje como “espejo a lo largo del camino”, esto es, elementos refractarios a una retórica de la transparencia que, en nuestros días, adopta fórmulas renovadas y una paradójica prevalencia. Veamos la definición que de “éperon” daba Derrida: “El estilo puede, por tanto, con su espolón proteger contra la amenaza aterradora, cegadora y mortal (de lo que) se presenta Le style peut donc aussi de son éperon protéger contre la menace terrifiante, aveuglante et mortelle (de ce) qui se présente, se da a ver con obstinación: la presencia, pues, el contenido, la cosa misma, el sentido, la verdad (Derrida, 2010: 30)”. Estratagemas de la posverdad.

8. Bibliografía

Brecht, B. (1970): Sur le réalisme. Paris: L’Arche

Carrera, P.  (2016a) El irresistible encanto de la interioridad. Madrid: Biblioteca Nueva.

Carrera, P.  (2016b) Nosotros y los medios. Prolegómenos para una teoría de la comunicación. Madrid: Biblioteca Nueva.

Carrera, P.  (2017) “La sociedad sin espectáculo”, EU-topias. A Journal on Interculturality, Communication, and European Studies, vol. 13, pp. 37-46.

Deleuze, G. (1988), Le pli. Paris: Les Éditions du Minuit.

Derrida, J. (2010), Éperons. Les styles de Nietzsche. Paris: Flammarion.

Lyotard, J. F. (2012) La posmodernidad (Explicada a los niños). Barcelona: Gedisa.

McIntyre, L (2018), Post-Truth, Massachusetts: MIT Press.

Murray, D. (2017), The Strange Death of Europe: Immigration, Identity, Islam. Londres: Bloomsbury.

Nietzsche. F. (1999), Aurora, Barcelona: Alba Editorial.

Todorov, T. (2008), La peur des barbares. Au-delà du choc des civilisations. Paris: Robert Laffont.

Wilde, O. (2013), La decadencia de la mentira. Madrid: Siruela.

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CÓMO CITAR ESTE ARTÍCULO EN BIBLIOGRAFÍAS – HOW TO CITE THIS ARTICLE IN BIBLIOGRAPHIES / REFERENCES:

P Carrera (2018): “Estratagemas de la posverdad”. Revista Latina de Comunicación Social, 73, pp. 1469 a 1482.
http://www.revistalatinacs.org/073paper/1317/76es.html
DOI: 10.4185/RLCS-2018-1317


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Artículo recibido el 10 de octubre de 2018. Aceptado el 22 de noviembre.
Publicado el 29 de noviembre de 2018

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