Revista Latina de Comunicación Social

Reflexiones



Nostalgias del buen periodismo

Lourdes Rodríguez

Magnífica la iniciativa de realizar un trabajo de forma científica que recoja ejemplos tan relevantes de cómo un medio de prensa, que se erige en ejemplar y modélico, transgrede continuamente las normas básicas que establece la doctrina periodística y que él mismo propugna y abandera en su propio Libro de estilo.

Aunque, como su autor manifiesta, inicialmente no se trate de un análisis exclusivo del diario El País, la realidad es que el enfoque de El Periodismo herido se reduce, prácticamente, a este medio, obligado, pienso, por dos razones fundamentales: la incidencia de las transgresiones y el carácter modélico del medio para el periodismo, o viceversa.

La obra empieza con un análisis y una reflexión de su autor muy precisa de cómo la llegada de internet al periodismo, en contra de lo que se pueda pensar, no fue tan bendecida como, quizás, lo fuera para otras disciplinas.

La innovación tecnológica tuvo un precio en periodismo
La implantación de esta nueva dimensión tecnológica significó que muchos profesionales pasaran a engrosar las filas del paro. La figura del corrector desaparece (no sin ningún coste y de ahí, precisamente, el nacimiento de gran parte de los errores objeto de estudio de esta obra); el periodista, hasta entonces, básicamente redactor y creador de noticias, se convierte en “chico para todo” adoptando, además, el papel de corrector y de compositor de textos. Le faltó asumir la venta del producto.

Este hecho no supuso un incremento en los honorarios del periodista. Está por demás, sin embargo, mencionar el beneficio que pudo proporcionar a las empresas periodísticas. A la postre, los descuidos en que se llevó a cabo la transición desembocaron en una merma importante de la calidad final del producto, que no pasó inadvertida a los lectores que veneraban el periodismo de calidad realizado hasta entonces y por el que aún suspiran.

Las faltas de ortografía, las erratas mecanográficas, los problemas de sintaxis y puntuación, los errores de concepto, la mala aplicación de parámetros tipográficos y la innecesaria repetición de palabras –todo ello constatado en El Periodismo herido–, errores impresos para siempre en las degradadas páginas de los diarios, concretamente El País, constituyen el precio a pagar por las prisas en adoptar nuevos y más económicas sistemas de producción.

Los lectores, incrédulos, se manifiestan. No es admisible un atropello que ya no es esporádico y, en las secciones de los propios diarios (defensor del lector, cartas al director…) comienzan a aparecer alusiones a la mala praxis periodística.

Pero la degeneración sufrida en esta nueva etapa tecnológica del periodismo no sólo abarca dimensiones como las descritas hasta ahora, que podríamos definir “de forma”, sino que va más allá, llega a lo más íntimo, lo más intrínseco al periodismo por definición y que se materializa en los denominados “tipos de periodismo”.

Me refiero a esas fallas informativas que recoge “El Periodismo herido” que ponen colorado a un medio que publica asuntos que desconoce o que conoce de oídas, sin una comprobación mínima, enmascaradas en una supuesta corresponsalía. Esto es grave. Es desinformar. Es falta de respeto a la profesión y al público. Una actitud temeraria y desafiante a la propia continuidad de la empresa que se la juega, cuando de todos es conocido el dicho de “se descubre antes a un periodista, perdón, mentiroso que a un cojo” (Por ejemplo, el hecho publicado en El País el 7 de junio de 2000, recogido en la obra que nos ocupa, referente a un accidente mortal en Cuéllar).

Los lectores se sienten traicionados
La desconfianza que genera en el lector el pillar a un medio in fraganti se debe tener en cuenta. Pasar de la certeza de que el periódico llega a tus manos para cerrar el objetivo diario de una empresa periodística de servir a la comunidad ofreciendo información veraz, a descubrir que no por leer la prensa vas a estar informada, es lamentable. Lees prensa para conseguir el conocimiento y la orientación que sirva de guía en la vida, en tus decisiones, tus opciones y resulta que descubres que puede que todo sea infundado, manipulado o falso y que tus apoyos ya no sean tan firmes como creías. Te sientes perdida y, la verdad, no hay derecho, se debería permitir.

La conciencia y respeto al trabajo realizado debe sentirse desde cuatro posiciones: la del propio autor, su estima personal; la de la sociedad o población lectora a la que se dirige como cliente y como ciudadanía; la de miembro de una empresa (cuando se trate, si se da el caso, de periodistas que, a título personal cometen faltas, a espaldas del empresario) porque puede dañar su imagen o su negocio; y la de la dimensión corporativa, como miembro de una profesión que puede ser perjudicada por la mala praxis, que el resto de periodistas debe repudiar en primer lugar.

El Periodismo herido me ha permitido conocer la cantidad y calidad de los atropellos periodísticos que se pueden constatar en los medios, sobre todo, en El País y, por lo que veo, ningún medio cierra, de momento, por estas causas. No entiendo, pero parece que todo vale y las consecuencias de un trabajo mal realizado no llegan.

Me pregunto si el lector ha aprendido a discernir lo auténtico de lo que no lo es, si no da importancia a estos hechos, si se siente impotente, si se rinde por comodidad… Si existe fanatismo de seguidores, incondicionales. Si el castigo de no comprar de forma individual no es suficiente y por eso siguen las tiradas y ventas en auge. ¿Qué es?

La profesionalidad debería reinar en todas y cada una de las disciplinas que se desempeñen, pero la falta de ella no se calibra lo mismo en cualquier campo. Me explico: si un especialista en mecánica de coches no cumple, el afectado siempre será una, dos o cientos de personas, muchas, muchísimas incluso a lo mejor, pero nunca masas. Por tanto, es más exigible la profesionalidad de alguien cuya labor repercute en un amplio espectro de personas, masas, que a alguien que se dirige de forma mucho más individualizada. Eso dejando aparte la formación académica, la ética y otros aspectos.

Si la capacidad de un medio no es suficiente para abarcar todas las noticias, habrá de hacer una selección. Si lo que pretende es ahorrar (no parece necesario en el caso de la empresa analizada, aunque es lo que sugiere el autor de la obra: comentario páginas 55, 56…), pues tendrá que, honestamente, asumirlo y prescindir de “trabajar”, lo que suponga un gran desembolso, pero sin ”meter goles” de publicar al respecto como si lo hubiera “trabajado”. Es decir, figurar, pero sin gastar y de paso, mentir.

Los síndromes del periodismo
Otro de los aspectos de suma importancia que me revela la lectura de El Periodismo herido es la trascendencia del desconocimiento, o la falta del debido respeto, a las repercusiones de los denominados “síndrome Buckingham” y su hermano “efecto I”

Es curioso comprobar que popularmente se opina respecto a estos fenómenos, a sus consecuencias, más bien, desde la total ignorancia, y, al final, resulta que están tipificados y perfectamente determinados y estudiados. Me explico. Haces un seguimiento a una noticia tipo la muerte de Diana de Gales –ejemplo que utiliza El Periodismo herido– y observas la transformación de la conducta de la casa real, tras la presión mediática y comentas entre tu gente, pero sin mucho conocimiento: “La reina cede porque los medios de comunicación la han obligado”. No era desacertado. Existe un fenómeno efecto-causa, “síndrome de Buckingham”, que precisamente debe su nombre al fenómeno Diana, que lo explica todo.

“El efecto I”, que también nos define la obra muy bien ilustrado con los casos de información en temas de terrorismo, es otro ejemplo de cómo la presión de los medios tiene unas consecuencias, pero, en este caso, negativas. La ligereza del periodista al mencionar temas que se pueden interpretar como provocación obliga a actuar a un sector que, probablemente, no hubiese actuado, si no hubieran existido esos comentarios o noticias, llegando, en casos, a desenlaces fatales.

La magnitud de los efectos de ambos fenómenos debe ser muy tenida en cuenta en todo caso por los periodistas. Hacer uso de este poder, si sirve para promover cambios positivos de actitud que la sociedad demanda (síndrome de Buckingham). Abstenerse de hacer comentarios o declaraciones que puedan incitar o provocar efectos negativos (efecto I), máxime si son innecesarios o sólo usados para garantizar la venta u otros intereses.

Existe un tercer síndrome, que también tiene su poder y sus repercusiones, mezcla de los dos anteriores, que se caracteriza por la capacidad de presión que ejerce la prensa sobre los gobiernos legítimos para inducirlos a la toma de decisiones más comprometidas. Es el "síndrome Washington”. Los tres tipos de síndrome aparecen descritos en el capítulo 5 de la obra.

El poder de los medios y la ética periodística
Los capítulos que dedica el autor al periodismo como forma de poder y a la ética del periodismo, o más bien a la falta de la misma (7 y 8) no tienen desperdicio. En esta parte central del libro se critica, siempre con El País como referente, las formas propagandísticas que, muchas veces, toma el periodismo.

Parece realmente difícil que un medio no contamine o intoxique sus páginas con alusiones, informaciones o conductas que defienden intereses ajenos a su función y a su deber primordial: la comunidad. La pura y simple narración informativa al servicio de la sociedad.

En este punto tiene mucho que ver el tipo de editor o dueño del medio. El perfil informativo que tome el periódico dependerá, principalmente, de si se trata de un editor empresario, heredero, patrón o intruso, según la clasificación usada por el autor. Cada uno de estos tipos de editores tendrá (o carecerá) de su propia ética y sus principios y éstos van a ser los que conduzcan a mantener una línea más o menos, digamos profesional, digna.

La prensa, por tanto, y sin que nadie lo haya remediado, ha dejado de servir a la sociedad para pasar a servir a los intereses de un patrón. Así se origina el nacimiento de la empresa mediática en la que el margen de actuación del periodista se ve muy reducido y las posibilidades de respetar su código profesional están por debajo de las directrices que le marca su jefe y dueño empresario.

Por lo general, lo que conduce al desastre informativo va a ser la dependencia y supeditación o vinculación a agentes extraños o ajenos (políticos, empresarios … ) al periodismo en sí. Esto obligará a dejar a un lado la imparcialidad en pro de un beneficio, más o menos personal, económico o ideológico, pero que nunca será el de la comunidad, conllevará la pérdida del derecho constitucional de la sociedad a una información veraz y neutra

Tal como dice el autor de El Periodismo herido, la teoría de la libertad de expresión se va al traste, se queda amordazada o, peor aún, sigue ahí enmascarando y propugnando actitudes totalmente interesadas que nada tienen que ver con el periodismo.

En el plano cultural, el autor hace una demostración de cómo la prensa y el periodismo en general son una vez más víctimas de la frivolidad de los intereses de los dueños empresarios que no permitirán que despunte ningún tipo de investigación periodística, por nimia que sea, si no le interesa (caso de los estudiantes de periodismo de Sevilla ante el descubrimiento de estafa de una empresa de adelgazamiento; cap. 9 ), mientras que se permitirá malgastar el espacio cultural de radio, por ejemplo, en temas sin el más mínimo interés periodístico o cultural (ejemplo, el debate de los bebedores de cerveza con bigote; cap. 9).

Ni siquiera es fiable, y me entero ahora, algo tan simple como la clasificación de los mejores libros o mejor programación televisiva (caso de revista cultural de El País, Babelia o la distinción de las mejores películas de Canal +; cap. 9) que tampoco escapa a los principios propagandísticos e interesados de cualquier empresa privada.

Por cierto, increíble la anécdota que sucede con la publicación en Babelia de una noticia basada en una inocentada (cap. 9). Bárbaro. Incumplidos todos los preceptos profesionales una vez más; esta vez para acabar resultando el hazmerreír de todo el mundo. ¡Qué ridículo!

Otra forma de cultura
El Periodismo herido nos hace ver cómo se cuela el amarillismo en las páginas de los diarios. Interesante la observación que puede pasar inadvertida, pero que, efectivamente, demuestra que este estilo no recomendable, va calando. Si el imperativo es vender…

El Periodismo herido, instructivo
En definitiva, resumiendo, destaco lo que ha significado para mí la lectura de El Periodismo herido. De nada sirven los libros de estilo, si no los vamos a respetar. No existe el periódico ejemplar o, por lo menos, no va a ser El País. El espectador observador y culto se molesta con la forma en que se está desarrollando el periodismo, pero no parece contar con armas para combatirlo; se manifiesta, pero no ve cambios. Los intereses mediáticos, como otros, se imponen. Casi todo, o más, lo que coloquialmente, se pueda comentar acerca de la evolución (o acaso más oportuno, involución) del periodismo se puede encontrar, en una recopilación analítica, constatada y metódica que podemos encontrar en las páginas de este libro de justificado título, El Periodismo herido.

* Reflexiones de estudiantes universitarios, tras la lectura del libro El Periodismo, herido / Estudios que delatan divorcio entre prensa y sociedad: "El País", como referente , de José Manuel de Pablos, Madrid: Foca Investigación.