Revista Latina de Comunicación Social

Reflexiones



 

Cuando el camino se empieza a torcer

Manuel Hernández Díaz

Aunque parece que en los últimos años está tomando un rumbo totalmente distinto, no debemos olvidar que el periodismo es una ciencia. Y lo es porque cumple los requisitos necesarios para ser considerado como tal: es una forma de conocimiento producida a partir de observaciones y razonamientos ordenados de forma metódica. Toda información elaborada que quede fuera de esta definición tendrá que ser catalogada de otra forma, pero nunca como periodística.

Los profesionales de los medios de comunicación han batallado durante años para que su profesión adquiriera el status que ahora ostenta, pero muchos de ellos se han olvidado de lo pedregoso que fue el camino y parecen estar echando todo un trabajo de décadas por la borda. La obra El periodismo herido, de José Manuel de Pablos Coello, es un ejemplo ilustrativo de esta tendencia que amenaza hoy más que nunca con derribar los cimientos de tan noble profesión.

La publicación en la que se ha basado el estudio es nada más y nada menos que el prestigioso diario El País. Sin embargo, son tantos y tan variados los atentados encontrados en sus páginas, que ese prestigio del que siempre ha hecho gala el conocido periódico madrileño queda muy en entredicho y debilitado. No es necesario mirar con lupa ni exhaustivamente algunos contenidos para darnos cuenta de manera inmediata de que algo no encaja.

El diario de referencia, el que nació de la mano de la democracia en España, ha sufrido una paulatina pérdida de calidad de tal calibre que ha terminado por utilizarse como muestra de lo que un periodista nunca debe hacer. El camino cuesta abajo parece ser también sin frenos, y todo esto ocurre ante la atenta mirada de sus dueños, centrados en otros menesteres al parecer más suculentos como se deduce de su forma de actuar.

El absoluto desinterés por el lenguaje

Uno de los principales errores que se observa se centra en el uso que algunos periodistas de El País realizan del lenguaje, la herramienta básica de los profesionales de los medios de comunicación. Parece increíble que a estas alturas todavía se aprecien errores tipográficos dentro de las páginas de un diario del calado del estudiado en El periodismo herido,  pero más flagrante aún es que aparezcan fallos ortográficos.

La llegada de las nuevas tecnologías a las redacciones tenía que haber supuesto una revolución, una mejora del proceso y de los resultados. Casi 30 años después vemos que no ha sido así. En cuanto a la elaboración de las informaciones, es obvio que el tiempo requerido para ello ha disminuido considerablemente, y que lo que antes precisaba un esfuerzo sobrehumano hoy se saca adelante con un puñado de horas de trabajo. Las consecuencias de este hecho,  que a priori se presentaban positivas, han dejado en ridículo las teorías de aquellos que defendían una mejora de resultados a partir de la implantación de esas tecnologías.

Esos supuestos efectos beneficiosos no han aparecido por ningún lado, y el más perjudicado ha sido, como siempre, el lector. Lo que se ha ahorrado en tiempo de trabajo se ha perdido en cuanto a estilo, cuidado del lenguaje y respeto por los usuarios del periódico. Es fácil apreciar que se ha sacrificado la calidad del producto final en favor de una optimización económica. La ausencia de las recordadas figuras de los correctores, el lector y del atendedor, tan poco valoradas por ciertos medios tras la llegada fulgurante de las nuevas tecnologías, se está dejando sentir de una manera hiriente. Los textos ya no son corregidos (si acaso se les da un repaso mediante ese confuso invento denominado “corrector ortográfico” que incluyen algunos procesadores de texto) y lo redactado se convierte inmediatamente en lo publicado. No existe ningún filtro que se encargue de velar por los intereses del lector y ese es el verdadero problema de El País, incluso por encima de la dudosa preparación académica de alguno de sus redactores.

El pasotismo que muestra el diario madrileño en este sentido es tan evidente que ni las innumerables quejas de los ciudadanos parecen afectar lo más mínimo. El supuesto defensor del lector se posiciona rápidamente a favor del periódico e intenta defender lo indefendible argumentando valores tan gastados como “la prisa” o la “escasa formación” de los periodistas (resulta irónico que se utilice como excusa, ya que El País es el que decide a los miembros de su plantilla). Las faltas de respeto al lector en cuanto al uso inadecuado de la lengua se suceden una tras otra, en una tendencia que no es más que la punta de un iceberg de gran volumen.

Un Libro de estilo que no se usa para nada

La aparición de erratas y la utilización nefasta del lenguaje en ciertas ocasiones son sólo un complemento más de otra de las directrices que se está imponiendo en El País: la vulneración de su Libro de estilo. Con la elaboración de este documento se pretendía dotar al diario de unas pautas y patrones básicos que sirvieran a sus redactores para hacer un periodismo de calidad. El contenido de sus páginas es ciertamente una buena declaración de intenciones, donde se han tenido en cuenta aspectos lingüísticos, ortográficos y estilísticos. Con el paso de los años, el Libro de estilo de El País, otrora referente indiscutible para muchos otros periódicos, ha quedado simplemente en un buen recuerdo que se ha olvidado para siempre.

Sería muy complicado señalar qué puntos de este Libro de estilo son los que no se ponen en práctica en las páginas de El País. Resultaría más sencillo lo contrario: destacar lo que sí se lleva a cabo. El redactor tiene el deber de conocer de principio a fin cuáles son los contenidos de este escrito, ya que las informaciones que produzca han de ceñirse a lo reflejado en esas páginas. Incluso, aunque no supiera sus obligaciones, acudir al sentido común podría sacar al periodista de más de un futuro quebradero de cabeza. Sin embargo, aplicar la lógica (fundamento principal del Libro de estilo de El País) parece ser una costumbre poco arraigada entre algunos profesionales del periodismo.

Las incesantes inconcordancias en los textos, los títulos más que discutibles, los deberes del informador que se saltan a la torera, el uso sensacionalista de determinadas palabras o fotografías, la erotización de los mensajes... son sólo algunos de los ejemplos de los artículos quebrantados una y otra vez por algunos periodistas de El País, aunque también sería justo indicar que sí hay otros que se preocupan por ser fieles a unos cánones.

El periodismo de investigación (una de las más altas esferas que se puede alcanzar dentro de la profesión) ha de regirse por unas normas que si son incumplidas darán como resultado un claro ejemplo de lo que es el antiperiodismo. El Libro de estilo detalla con claridad qué pasos debe ir dando el investigador desde que aparece una primera pista hasta que se publica el texto, pero son muchos los casos en los que el periodista omite alguno de ellos de manera deliberada y sin ningún tipo de contemplación. Como se afirma en el título de la obra, se hiere al periodismo, y cada vez el daño se está volviendo más profundo e irreversible.

La responsabilidad del periodista

El papel que en todo este entramado juega el periodista es elemental. Si bien es cierto que en la mayoría de los casos (y no sólo en el de El País) está atado de manos y sus acciones son en mayor o menor medida dirigidas por la dirección del medio para el que trabaja, la destreza del informador debe ser un elemento clave para combatir esa corriente. La profesionalidad será la que en última instancia dirija al periodista al éxito o al fracaso en su labor.

El informador ha de concienciarse del poder que tiene en sus manos. Los medios de comunicación son capaces de enardecer a las masas o acallarlas con un simple chasquido de dedos, y éste es un precepto fundamental a la hora de prever las consecuencias de determinadas informaciones. Lanzar una acusación fundamentada y demostrar con hechos ciertas actuaciones poco acertadas de algunas elites de poder puede suponer para el periodista un verdadero problema. En ese punto se encontrará en la disyuntiva de elegir entre sacar a la luz la verdad o salvaguardar alguna información que podría tener más efectos devastadores que beneficiosos.

En El periodismo herido encontramos algunos casos (como el acontecido tras el fallecimiento de Lady Di y que dio lugar al conocido como “síndrome de Buckingham”) de que las respuestas de esas elites pueden ser positivas (lo que debería animar al reportero a ejercer su derecho a la libertad de información sin ningún tipo de temor), pero encontramos otros (véase lo ocurrido tras la liberación de Ortega Lara y el posterior secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco como respuesta radical de la banda terrorista ETA) en los que ese “efecto I” invita a la cautela al periodista y cohíbe sus actuaciones.

La decisión debe estar en manos únicamente del periodista, quien debe medir los riesgos y calibrar sus opciones. Si ha sido responsable y un buen profesional no tendría que temer a ningún tipo de represalia ni 'reprimenda' de las instituciones o personas citadas en su información. Desgraciadamente, la nueva ola que parece invadir el periodismo y que se manifiesta con fuerza en El País nos demuestra que estos idílicos planteamientos son una rara excepción. A veces pesan más el deseo de una exclusiva o las ansias desmesuradas de vender, que la ética y los códigos deontológicos se aparcan y se ponen en marcha estrategias tan dañinas para el periodismo como el sensacionalismo y el amarillismo.

Los responsables de algunos medios, de manera desafortunada, no sólo son incapaces de frenar el cada vez más creciente uso de estas tácticas, sino que parecen alentar a sus trabajadores para que las cultiven. Los rumores, los bulos y las insinuaciones parecen haberse impuesto a la documentación, la investigación y la profesionalidad, con lo que no resulta extraño que muchos hayan empezado a dudar de cuál es la verdadera misión que cumplen los medios comunicativos en nuestra sociedad.

El futuro de la prensa

Los cauces por los que parece discurrir el futuro de la prensa (ciñéndonos a su concepción más tradicional) no son del todo satisfactorios. Las nuevas tecnologías (qué, si no) parecen amenazar de nuevo a los periódicos impresos, ocupando las ediciones digitales una parte del mercado que antes estaba copada exclusivamente por los diarios en papel. La comodidad y la inmediatez que proporciona internet parecen combatidores demasiado poderosos para las ediciones impresas, que ven como poco a poco sus ventas van disminuyendo. Sin embargo, si realizáramos un análisis más profundo, concluiríamos afirmando que no es ésta la única causa desencadenante de esa previsión tan poco halagüeña para el futuro de la prensa.

La competencia feroz entre los medios de comunicación ha sido uno de los factores que ha propiciado el asentamiento definitivo de dos enemigos acérrimos del periodismo: amarillismo y sensacionalismo. El 90% de las informaciones publicadas coinciden plenamente en cuanto a sus contenidos entre unos medios y otros, por lo que ese 10% restante significa, en teoría, la única manera de marcar la diferencia y de ser diferente a los demás. Es en ese instante cuando la manipulación se pone en marcha y se intentan buscar historias cuanto más rocambolescas, polémicas y antiperiodísticas mejor. Parece que lo importante no es informar y mostrar la realidad al público, sino vender, facturar y embolsarse ingentes cantidades de dinero.

Además, son numerosas las situaciones conocidas por la opinión pública en las que un medio de comunicación es dirigido por personajes que sólo buscan sus beneficios propios y que se ponen al servicio de intereses políticos y comerciales. Aquí no estaríamos hablando ni siquiera lejanamente de periodismo, que debería ser el eje sobre el que giraran los medios de comunicación. El cuidado de las pautas estilísticas, la calidad del producto final, la opinión del lector y la imagen que proyecta el medio ya no importan, ahora lo que prima es la ley del “favor por favor”. Muchos medios (incluyendo entre ellos a El País, aunque no es el único diario relevante que lo hace) se sirven de su posición de privilegio para mover determinados hilos según el viento sople para un lado u otro.

Muchas de las claves que pronostican un futuro complejo y borroso para la prensa (incluso podríamos añadir aquí al resto de medios de comunicación, pues las tendencias demostradas por El País se han expandido como la pólvora) se pueden entender analizando críticamente lo que hoy está pasando con el periodismo. Son demasiados los elementos que se han desviado del camino por el que deberían ir, y en El periodismo herido podemos observar la gran mayoría de ellos.

* Reflexiones de estudiantes universitarios, tras la lectura del libro El Periodismo, herido / Estudios que delatan divorcio entre prensa y sociedad: "El País", como referente , de José Manuel de Pablos, Madrid: Foca Investigación.