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Sociedad Latina de Comunicación Social - ISBN: 978-84-9941-001-2 |
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POÉTICA DEL ESPACIO UNIVERSITARIO MI UNIVERSIDAD Y LA CIUDAD Por: doctora Sara Marcela Bozzi, directora Comunicación Social, Universidad de Cartagena. La torre del reloj público en la boca del puente, da las primeras campanadas cuando la ciudad apenas despierta. Lentamente, y desde distintos ángulos, se despereza la gente joven… Algunos, procedentes de lugares lejanos, Málaga, Cantagallo, Santa Catalina o Magangué, vienen, como diría una canción Caribe, locos de contento con su cargamento para la ciudad. Pero, ¿qué les brinda esta? Sin duda, la posibilidad de educarse para mejorar su calidad de vida. La Universidad que alguna vez fue una capilla, está rodeada de la sabiduría que emana de las imprentas, de las plazas coquetas junto a la muralla y el mar, de aquel teatro en forma de herradura donde aún habitan la música y la poesía. Las calles que conducen al claustro, con sus aceras desgastadas por el uso, sus viejas paredes y su alegre algarabía, han sido contadas y cantadas mil veces por el “Tuerto” López y el historiador cartagenero Donaldo Bossa Herazo en su libro “Nomenclator Cartagenero”. Desde sus páginas, estos autores retrataron la parsimonia de la Plaza del Estudiante, donde se reúnen los jubilados a tomar tinto y a embolarse los zapatos, mientras los estudiantes se pasean con los libros bajo el brazo. También captaron el misterio de la calle de Nuestra Señora de la Soledad, desde donde salía la procesión de la Capilla de San Agustín…Los secretos a voces de la Calle del Porvenir, que deriva su nombre del periódico que se editaba en una de sus casonas, y los murmullos de la Calle del Tablón, donde Espinosa De los Monteros, fundó la primera imprenta cartagenera en el año de 1772. El arquitecto Alberto Samudio Trallero escribía hace cinco años un polémico ensayo en la revista Unicarta. En el número 98, el mencionado autor esbozó un certero artículo sobre “La ciudad soñada. Aciertos y errores en el desarrollo urbano de Cartagena”, en donde plantea desde su campo de saber enriquecido con el uso de exquisitas metáforas tan propias de la retórica y poética de nuestros intelectuales, necesidades de reordenamiento urbano tan críticas como la de liberar la “ceñida cintura de la mulata Cartagena”, esa faja de tierra estrangulada entre el caño de Bazurto y el cerro de la Popa, de las presiones del poblamiento. Su tesis se sustenta en la necesidad de aprender las lecciones de la historia, insistiendo en que los cartageneros son negados para ello, tales como la generada por la construcción del mercado público justamente en la mencionada cintura, provocando un “problema de congestión urbana nefasto para el desarrollo de la ciudad” en su calidad de centro de abastecimiento mayorista y mercado central para el área de mayor población de la urbe. No obstante, podríamos decir igualmente, desde la deconstrucción del imaginario de la verdad como esencia, plantear otro corolario: que llevamos quinientos años tratando de construirla y que entre aciertos y desaciertos, podemos mostrar por lo menos, incansables esfuerzos pasados de generación en generación, por hacer de Cartagena una ciudad digna de su historia, de su belleza y de su inigualable y atractiva magia, que no radica únicamente en el paisaje y la arquitectura, sino también en su naturaleza multicultural. En la calle de San Agustín, funcionaron durante muchos años los Laboratorios Román, los más antiguos de Colombia. Estaban ubicados en las dos casas bajas que fueron propiedad de los Marqueses de Villalta. Y en la esquina de la Plaza del Estudiante, frente a la entrada principal de la Universidad, nació el insigne cartagenero Fernando De la Vega, quien fuera rector de la institución. La Plaza del Estudiante, llamada anteriormente Plaza de San Agustín, recuerda a pueblos del Sur de España como Morón, Osuna, Zafra o Almendralejo, pues tiene los mismos tejados, la magia secreta que sólo tienen las gentes que alguna vez fueron moras y aún no lo han olvidado. Por eso, pasear por el centro histórico que circunda a la Universidad, es degustar sus ruinas, admirar su cultura, observar su trayectoria, aspirar sus aromas… Es sentir el dolor de sus muros resquebrajados por el tiempo, entender los lenguajes, admirar sus imágenes y preguntarnos por sus personajes: Bolívar, Santander, Núñez, Dávila Flórez, Artel. Pasear por el entorno de la Universidad es, también, pararse un instante en aquel rincón mágico y tratar de adivinar qué secreto nos esconde, interrogar a un caminante sobre su significado y, una vez comprendido, seguir imaginando historias misteriosas que hemos asimilado desde la niñez… Pero la ciudad ha cambiado mucho, desde que inmigrantes de tierra fría, comenzaron a restaurar sus balcones y sus arcos de medio punto.. La plaza de San Agustín, donde se realizó la primera concentración de estudiantes de Bolívar, por allá en 1924, es hoy el lugar en donde se concentran los “culebreros” a recitar su rosario de anécdotas, donde se cruzan los voceadores de periódicos y donde los hippies exhiben sus collares multicolores. Como sostenía en otro de los apartes de su libro Secuencias de la Memoria, el doctor canario Adrián Alemán de Armas, la nueva ciudad, podría transformar aquellos espacios compartidos por generaciones enteras en un centro maquillado para el turismo, en donde no hay lugar para los mecedores en la puerta de la casa, mientras el serenatero nos cantaba un bolero.Aquella melancolía y ensoñación de casas antiguas, parecen ser cosa del pasado, y estamos a punto de perder nuestros recuerdos de infancia… Y aunque aún podemos oír desde el recuerdo el silbido del sereno, ya no podremos tomar guarapo en la tienda de la esquina. Frente a la restauración del centro amurallado, con códigos ajenos a nuestra cultura, la Universidad se resiste y conserva su torre erguida, que conserva su dignidad a través de los años, y dialoga con las calles que la rodean… Su comunicación con el mundo exterior y el bullicio de la calle, es una extraña mezcla de realidad y fantasía, actuando como marco para los sueños de las personas y lo que ellas quisieran ser. Nuestro Claustro de San Agustín fue durante mucho tiempo el “Convento Agustino” e Iglesia de Nuestra Señora de Altagracia Soledad de María, que luego se transformó en 1826 en Colegio de Cartagena de Colombia por ley sancionada por Francisco De Paula Santander. En 1885, el edificio de dos plantas y la torre fueron transformados por la mano de supuestos arquitectos que visitaron la ciudad en el Siglo XIX. Las modificaciones más notorias llegaron en 1927, cuando se adicionó el tercer nivel y se cambió la fachada de la torre con un estucado color naranja rojizo, por recomendación de Monseñor Pedro Adán Brioschi, quien hizo lo mismo con la catedral. Pero la Universidad de Cartagena habita también en la hermosa Plazuela de la Merced, en cuyo claustro, se desarrollan hoy los programas de educación avanzada. “Esta plaza y el patio del antiguo Convento de la Merced –dice Bossa Herazo-, son lugares sagrados para el cartagenero amante de sus tradiciones republicanas. Allí corrió a torrentes la sangre de las víctimas de la reacción realista.” En la Calle de la Merced, contigüa a la plaza, se imprimieron los diarios “El Mercurio” y “El Fígaro”, dirigidos por Benjamín Moreno Torralba, Lázaro Espinosa y el apasionado escritor Eduardo Lemaitre, que sería luego nombrado rector de la Universidad de Cartagena. El Claustro de la Merced, estuvo unido al Teatro Municipal, hoy Teatro Heredia, y fue una capilla que honraba a la supuesta aparición de la virgen en las murallas. Posteriormente, se convirtió en el Palacio de Justicia, centro universitario y sede de la Universidad de Cartagena, desde el año 2001. Aunque evocadores e imponentes, los viejos claustros del centro amurallado han presenciado la apertura de la universidad hacia la periferia. El “campus” universitario de Zaragocilla, donde funciona la “Ciudadela de la Salud” desde 1986, hace presencia en una zona marginada de la ciudad para contribuir a erradicar la pobreza, poniendo la ciencia y la tecnología al servicio de las comunidades. Así mismo, el moderno “campus” de Piedra de Bolívar, acoge a las facultades de Ciencias e Ingeniería y Ciencias Económicas, desde donde se divisa el mar azul del Caribe y desde donde se reciben todos los beneficios del llamado “abanico de los pobres”. *
*Dícese de la brisa que se recibe cuando el aula queda en la cima de una colina.
BIBLIOGRAFÍA
AHUMADA, RÉGULO. BREVE HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD DE CARTAGENA. MIMEOGRAFIADO, 1988. BOSSA HERAZO, DONALDO. NOMENCLATOR CARTAGENERO. BOGOTÁ, EDICIONES BANCO DE LA REPÚBLICA, 1981. BOZZI ANDERSON, SARA MARCELA; BURGOS OJEDA, ROBERTO. UNIVRSIDAD DE CARTAGENA 170 AÑOS. BOGOTÁ: DIEGO SAMPER EDITORES,1998. DE LA VEGA, FERNANDO. DESDE EL AULA, ENSYOS. CARTAGENA, IMPRENTA DEPARTAMENTAL, 1929. LEMAITRE ROMÁN, EDUARDO. HISTORIA GENERAL DE CARTAGENA. BOGOTÁ: BANCO DE LA REPÚBLICA, 1983. PIÑERES DE LA OSSA, DORA. LA CÁTEDRA HISTORIA DE LA UNIVERSIDAD DE CARTAGENA, CARTAGENA: EDITORIAL UNIVERSITARIA, 2006 URANGO OSPINA, JUAN CARLOS, FRAGMENTOS DE UNA CIUDAD QUE EMPIENZA A DORMIR. CARTAGENA: INSTITUTO DE PATRIMONIO Y CULTURA DE CARTAGENA, 2007. |