El libro consta de siete capítulos que pasan casi inadvertidos, pues se transforman en una amistosa charla entre el escritor y nuestra conciencia como telespectadores.
Comienza relatando su experiencia como encargado de una serie de televisión producida para dar a conocer las grandes figuras de la pedagogía. Reconoce que esto marcó su vida detrás de las cámaras, porque percibió escuetamente ese universo tal y como es, terriblemente fragmentado, sobre todo por la dimensión lacerante que le otorgan al tiempo.
El espectáculo en la pantalla es sorpresa y agilidad, mientras que lo pedagógico requiere de reflexión y cuestionamiento. De allí que se pregunta: ¿qué puede hacer un pedagogo en un estudio de televisión? Llevamos una “segunda vida” y es la que compartimos con la televisión. Ella dicta modas, recomienda tipos de alimentación, modela el lenguaje y la manera cómo enfocamos el mundo. Es un fenómeno como pocos en la historia social de la humanidad. El autor reivindica así la trascendencia del medio televisivo.
En el capítulo que titula ¿Quién hace zapping con mayor rapidez? Meirieu se convierte en nuestro espejo cuando manejamos el mando a distancia. Somos telespectadores a contratiempo. No esperamos a que finalice un bloque de información cuando ya estamos buscando más y más.
Da un ejemplo real: el corte “quirúrgico” que sufren los créditos de las películas en televisión. Por ello, desde hace tiempo ya los nombres del reparto y del equipo técnico aparecen superpuestos en las escenas. Ciertamente, el sobredimensionamiento en la rapidez del montaje, la exageración en los efectos, la búsqueda inminente de la sorpresa, en fin, el incremento de la espectacularidad no deja de ser un ruego al espectador para que no abandone la cadena.
Pero, tal como afirma el autor, este exceso cobra un precio y es la creciente vulgaridad y exhibición de lo íntimo, o como él mismo apunta: la fascinación por lo obsceno. El productor se ve así en la obligación de editar ilimitadamente los programas y suprimir todo lo que se considere un “plano muerto”. Y es que debemos sentir algo por lo que vemos en pantalla: compasión, burla, deseo, simpatía, aversión, envidia… lo que sea, pero sentir.
En el siguiente apartado, cita series de televisión que han marcado la senda de los últimos años, tales como Mujeres desesperadas, 24, Friends, Anatomía de Grey, entre otras, reconociendo que, contrario al desastre de otros géneros televisivos, la ficción representan el uso creativo del espacio mediático. Sin embargo, afirma que no es más que una visión del mundo reducida a las historias personales de un pequeño grupo de individuos.
Recuerda que la adicción a la televisión ya tenía sus antecedentes en el medio escrito: la pasión por la lectura de los folletines de Balzac publicados en las gacetas decimonónicas o el afán de los seguidores del existencialismo por conocer la última obra de Heidegger.
¿Existe una fórmula para que la televisión no impida la educación? A eso dedica otro capítulo. Lo primero que nos pide es reconocernos como telespectador. ¿Somos padres que utilizamos la televisión como guardería? ¿Hacemos prisioneros a los niños de la TV? “Seamos serios”, insiste.
No podemos denunciar la televisión si es nuestra mano derecha a diario, si no nos despegamos de ella ningún día del año, ignorando el hecho de que la mayor parte de la programación no está pensada para los más pequeños. Y es aquí donde Meirieu reclama por qué la televisión no respeta el derecho a la educación. Sobre todo porque los niños no distinguen entre lo real y lo mediático: para ellos lo que sale en la tele, es cierto.
Además, el mando a distancia fomenta su impaciencia ante la pantalla. No deja espacio al pensamiento reflexivo, ni siquiera a la imaginación. Esto lo traslada a la pantalla del videojuego y a todas las demás pantallas también. Quiere vivir con celeridad, esperando que lo sorprendan a cada instante.
Pero se pregunta el autor ¿qué pasará con este niño cuando tenga que leer un libro completo? ¿Demandará emociones una tras otras desde la página uno? El deseo es forjado en la espera. Si no, es imposible disfrutar con el objeto obtenido y deseado.
Meirieu plasma en esta sección una de sus propuestas más importantes: la educación audiovisual. Pero no cualquier modo de enseñanza sobre los medios, sino aquella que adapta los conocimientos acordes a la edad del niño.
Suscribimos a Meirieu cuando asevera que en un curso de primaria “sería inútil conformarse con explicar la función del contrapicado en el neorrealismo italiano o la aplicación del efecto Koulechov en el cine de Eisenstein. (…) Es, a través de la práctica, cómo los niños comprenden la lógica interna y la complejidad de las cosas: desmenuzando las secuencias de televisión y, sobre todo, haciendo televisión.” (p. 50).
¿Es posible unir cultura y divertimiento en televisión? Aquí ejemplifica con el hecho de utilizar grandes obras de la literatura universal para exponer fenómenos como la violencia en las sociedades. Invita a romper los formatos tradicionales en televisión. Señala y zarandea duramente a los organismos responsables de velar por el cumplimiento de las funciones de la televisión como es el caso de los Consejos Audiovisuales, concretamente el francés.
Por último, entra en el ciberespacio, en el ámbito de la televisión en la red, un capítulo que merece ser leído más que referenciado. Explica con un lenguaje cínico e ingenioso, por qué y de qué manera la televisión ha de ser reinventada, independientemente del medio por el cual sea difundida.
Es posible otra televisión, una que sea producto de la movilización ciudadana, que muestre calidad técnica y estética tanto en la forma como en los contenidos. Meirieu nos lo demuestra con un ejemplo real, el de Cap Canal, una televisión dirigida por él en la ciudad francesa de Lyo, para educar y entretener usando la inteligencia como hilo conductor. Éste es, sin duda, un libro que nos reconcilia con la televisión a través de palabras honestas, producto del poder que se hereda de la experiencia en los medios y en la educación. |