RLCS, Revista Latina de Comunicación Social 64 - 2009

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 12º – 3ª época - Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
Facultad y Departamento de Ciencias de la Información: Pirámide del Campus de Guajara - Universidad de La Laguna
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DOI: 10.4185/RLCS-64-2009-845-563-571

Economía Política y Comunicación: una aproximación epistemológica a los orígenes
Political Economy and Communication: an epistemological approach to the origins


Dra. Núria Almiron Roig [C.V.] Profesora visitante del Departamento de Comunicación - Universitat Pompeu Fabra - nuria.almiron@upf.edu

Resumen: La distancia que separa a los economistas políticos de la comunicación europeos –de corte eminentemente marxista– de los norteamericanos –con un activismo político más liberal–, así como la confusión epistemológica y metodológica sobre lo que es y no es la economía política de la comunicación  la cultura (EPCC) que la disciplina arrastra desde sus inicios (probablemente en parte a raíz de esta ausencia de consenso y de base común), ha conducido a algunos a hablar de la necesaria refundación de la misma, o incluso de su superación.
Por el contrario, este artículo argumenta que se no se trata de redefinir a la EPCC sino de recuperarla en toda su dimensión como enfoque crítico con vocación de exhaustividad e influencia de la filosofía moral. Para ello, este texto pretende volver a las raíces históricas del enfoque, haciendo especial énfasis en los economistas clásicos, a los que se propone redescubrir para la EPCC y para la economía política en general. Y todo ello con el objetivo de poner de manifiesto la enorme riqueza que atesora un enfoque epistemológico infrautilizado y, sin embargo, armado con un enorme potencial democratizador.

Palabras clave: Economía política de la comunicación; filosofía moral; economistas clásicos.

Abstract: The gap that separates the European political economists of communication –more Marxist-rooted– from their American counterparts –who tend to profess more liberal political ideas–, as well as the epistemological and methodological confusion, which has burdened this approach from the beginning, about what is and what is not the political economy of communication and culture (PECC) (probably due to this lack of consensus or of a common basis), have led some scholars to talk about the need for refounding the approach or even to declare it obsolete. On the contrary, this paper argues that the point is not to redefine the PECC but to recover its true dimensions, to reclaim it as a critical approach that aspires to comprehensiveness and is influenced by moral philosophers. With this aim in mind, this paper goes back to the historical roots of the approach, especially emphasizing the role of the classical economists. That is, we propose to rediscover the classical economists for the PECC and for political economy in general. In all of this we have a main purpose: to stress the enormous wealth contained in an epistemological approach that has been underexploited in spite of its vast democratizing potential.

Keywords: Political economy of communications; moral philosopy; classical economists.

Sumario: 1. Introducción. 2. Redescubrir a los economistas clásicos para la EPC. 3. La ruptura con la tradición clásica: Marx y los neoclásicos. 4. Herederos del clasicismo que han influido a los economistas políticos de la comunicación. 5. Conclusiones. 6. Referencias bibliográficas. 7. Notas.

Summary: 1. Introduction. 2. Rediscovering the classical economists for the PEC. 3. The break with classical tradition: Marx and the neoclassical economists. 4. Heirs of  classicism with influence on the political economists of communication. 5. Conclusions.  6. Bibliographical References. 7. Notes.

Traducción supervisada por el traductor William McGrath

1. Introducción

Aumentar y diversificar el tipo de perspectivas adoptadas en la investigación en comunicación es imprescindible a tenor de la elevada concentración en unas pocas áreas que la investigación en este campo ha experimentado, y sigue experimentando, especialmente concentrada en la historia de la comunicación, la prensa y la semiótica o, más recientemente, en los aspectos más técnicos de las tecnologías de la información y la comunicación y sus presuntos efectos sociales.

Esta focalización de la investigación, centrada sólo en unos pocos ámbitos, ha tenido lugar a expensas de otras aproximaciones epistemológicas que podrían aportar una enorme riqueza y vigor a la disciplina. Una de las perspectivas de estudio menos impulsadas, y que más pueden aportar a los estudios de comunicación, ha sido la economía política de la comunicación y la cultura (EPCC).

La EPCC combina la perspectiva histórica, las relaciones de poder (o economía), el análisis estructural y una componente ética que constituyen una aproximación heterodoxa y multidisciplinar tan indispensable como única para comprender la realidad moderna. Probablemente se trata de la única aproximación que proporciona los instrumentos críticos necesarios para profundizar en las acciones de los agentes sociales hegemónicos en la actual esfera de la comunicación y la información, y obtener una visión y una comprensión global, o cuanto menos lo más exhaustiva posible.

No obstante lo anterior, por la dificultad implícita de su aparato de análisis, forzosamente multidisciplinar (que requiere del investigador un dominio en varios campos), y, por supuesto, por su carácter intrínsecamente crítico (que limita su financiación), la EPCC se ha mantenido siempre como un enfoque de estudio minoritario dentro de las ciencias de la comunicación. En algunos casos demasiado estrechamente vinculada a perspectivas marxistas que, habiéndolas y habiendo enriquecido la perspectiva, no son en absoluto su única ni principal influencia.

Lo anterior ha conducido a un estadio de confusión epistemológica y metodológica sobre la EPCC – en parte espoleado por el debate/división entre europeos y norteamericanos de las décadas de los 70 y 80 – que aboca a algunos a hablar de su refundación, mientras otros hablan directamente de su superación y unos terceros, muchos, demasiados, se declaran, actualmente, economistas políticos, a la par que realizan un trabajo acrítico o que no tiene en cuenta las relaciones de poder en la sociedad, cuando no las dos cosas a la vez, desvistiendo así a la perspectiva de sus mejores y más distintivos ropajes. ¿Deberíamos pues redefinir la EPCC en la actualidad a tenor de todo ello?

Este artículo no lo cree así. Las razones son varias pero principalmente el enfoque con vocación global de la EPCC sigue siendo necesario, incluso lo es hoy más que nunca, porque no lo ofrece ninguna otra perspectiva epistemológica. Y sobre todo, y muy especialmente, porque es el único enfoque crítico que se propone abordar el porqué (los análisis culturalistas críticos se centran en el qué se dice en los medios de comunicación; los estudios críticos de políticas de comunicación abordan el cómo organizar mejor la estructura comunicativa; los estudios críticos sobre audiencias y efectos nos informan del quién, pero nadie, excepto la EPCC, busca el porqué suceden y se organizan las cosas como suceden y se organizan). [1]

Por ello, este texto defiende que se no se trata de redefinir a la EPCC sino de recuperarla en toda su dimensión como enfoque crítico con vocación de exhaustividad e influencia de la filosofía moral. Con este fin, aquí se pretende volver a las raíces históricas del enfoque, haciendo especial énfasis en los economistas clásicos, a los que se propone redescubrir para la EPCC y para la economía política en general. Y todo ello con el objetivo de poner de manifiesto la enorme riqueza que atesora un enfoque epistemológico infrautilizado y, sin embargo, armado con un enorme potencial democratizador.

2. Redescubrir a los economistas clásicos para la EPCC

Es bien sabido que los fundamentos de la moderna disciplina económica se encuentran en la obra de los filósofos morales ingleses y escoceses del siglo XVIII, aquellos primeros economistas que bautizaron el campo de estudio que estaban engendrando como “economía política”: esencialmente, Adam Smith (1723-1790), David Ricardo (1772-1823), Thomas Malthus (1766-1834) y John Stuart Mill (1806-1873). De ellos se afirma, especialmente de Adam Smith, que representan la culminación del pensamiento de los filósofos morales de la Ilustración escocesa.

Y, precisamente, sobre los dos pilares de la Ilustración basaron estos primeros economistas políticos su trabajo: esto es, en la racionalidad cartesiana y el empirismo baconiano. La ciencia económica moderna les ha bautizado desde entonces a todos ellos como los fundadores de la disciplina económica o economistas “clásicos”.

Si bien es cierto que la escuela clásica no es la primera escuela de pensamiento en abordar el análisis de la sociedad en términos económicos (los fisiócratas franceses se les adelantarían en unos pocos años), [2] no lo es menos que el trabajo de estos economistas clásicos es el que pone los cimientos de la economía moderna –aunque la ciencia económica hegemónica hoy se haya alejado de forma más que sustancial de sus preceptos, como veremos más adelante.

Como es conocido, estos primeros economistas basaron su análisis en tres tradiciones que les eran muy cercanas: la tradición de la filosofía política de Locke (con las ideas del interés propio, la propiedad privada y la teoría del valor); en el pensamiento mercantilista (y su noción de valor de intercambio) y, cómo no, en los fisiócratas franceses (y su noción del laissez faire, laissez passer). Tradiciones y corrientes de pensamiento que convergirán en los autores clásicos mediante unas teorías que han sido sobresimplificadas desde entonces por la mayoría de manuales de economía, los cuales sólo en contadísimas excepciones exponen el verdadero fondo de la teoría clásica.

Y este fondo no es otro que Smith, en realidad, atacaba la noción del interés propio de Hobbes y rechazaba la visión de que el papel del Estado debía limitarse a la defensa nacional; que Ricardo y Mill prestaron mucha atención a las consecuencias distributivas del mercado libre, especialmente en lo relativo a las desigualdades y condiciones de explotación que generaban; que el segundo, Mill, impulsó profundamente la expansión de la educación y el control de la natalidad, así como los derechos de la mujer en general; o que todos ellos, en mayor o menor grado, comprendían el poder de la división del trabajo en la creación de riqueza y se dedicaron a desmitificar buena parte de las ideas enraizadas en las anteriores escuelas de pensamiento.

Frente a lo anterior, lo que la mayoría de los manuales nos cuentan es que Adam Smith inventó el concepto de la “mano invisible” que autoregula los mercados libres; que Ricardo desarrolló la noción de la “ventaja comparativa”, esto es, que es posible aumentar el nivel económico mundial si cada país se especializa en lo que mejor sabe hacer; y, en definitiva, que todos ellos promocionaban en mayor o menos grado el no intervencionismo gubernamental en el mercado como un método para garantizar la paz entre las naciones comerciantes.

Sin embargo, si leemos con detenimiento la obra de estos clásicos lo que descubrimos es una argumentación mucho más matizada y con una carga intelectual mucho más pesada, por consistente y social, que las de aquellos que sólo ofrecen una versión restringida de esto economistas clásicos, como sucede con los autores neoliberales contemporáneos, a pesar de que estos últimos afirmen que el neoliberalismo actual está anclado en los postulados del siglo XVIII. Todo lo contrario, el análisis nos desvela muchas más afinidades de los clásicos con lo que hoy seguimos denominando económica política y con las actuales corrientes críticas de pensamiento, por sorprendente que pueda parecer.

A esta labor de redescubrimiento se dedica Matthew Watson (2008) con resultados muy fructíferos. Para Watson, en la obra de autores como Smith y Ricardo hay mucho más de lo que habitualmente se divulga, y no tiene nada qué ver con el neoliberalismo.

En el caso de Smith, Watson destaca la necesidad de analizar por separado las dos vertientes de su reflexión: su análisis ontológico de su análisis deontológico. En el primero, Smith describe cómo el mundo en que vivía funcionaba acorde a unos principios de organización económica liberales. En el segundo, Smith describe cómo debería funcionar el mundo según unos principios filosóficos liberales.

Al reducir su obra a la noción de la “mano invisible” estamos leyendo sólo al Smith ontológico. Sin embargo, en diversos puntos de La Riqueza de las naciones (1776) Smith deja bien claro a qué se refiere cuando habla de la autoregulación económica liberal. Ésta es vista sólo como un ideal y en absoluto pretende ser una descripción de las condiciones que uno debería esperar encontrar en el mundo real. Perderse este matiz es perderse al verdadero Smith, puesto que el autor inglés deja bien claro al respecto al menos tres cosas:

- Que para alcanzar el mercado ideal, el “precio de mercado” de los productos en circulación en la economía debería ser igual a su “precio natural” (aquel basado en el coste de fabricarlo o labour cost);

- Que en el mundo real lo anterior no sucede, el “precio natural” no predomina y el “precio de mercado”, siempre por encima, se impone;

- Y que la causa de lo anterior es el comportamiento de la clase empresarial (business class), a la que acusa de actividades que impiden la existencia de condiciones liberales en el mercado buscando sólo la obtención de beneficios y, por lo tanto, asegurándose que el “precio de mercado” siempre supere al “precio natural”.

Watson prosigue su reivindicación de Smith indicando que es al Smith deontológico, tradicionalmente desatendido, al que debemos leer. Algo fácilmente observable en sus observaciones sobre la constitución del individuo como un agente moral de The Theory of Moral Sentiments (1759). En este texto Smith no deja lugar a dudas:

- La vida en una sociedad liberal exige de ciertos criterios morales para ser coherente con ella y tolerable;

- Es preciso diseñar instituciones sociales que garanticen una cierta moderación en la acción de los actores.

La conclusión de una lectura de Smith desapegada de las versiones tradicionales es que sólo descontextualizando la noción de la “mano invisible” es posible convertir a este autor en un bastión del liberalismo basado en el mercado libre. Ciertamente, Smith consideraba la economía organizada en base al mercado como potencialmente beneficiosa pero siempre y cuando se erradicaran las actividades iliberales de la clase empresarial, y poniendo especial énfasis en la necesidad de que los individuos desarrollaran valores morales (como la decencia). En realidad, con la excepción de los cinco primeros libros de La Riqueza de las naciones, el resto de su obra refleja una preocupación constante por los efectos potencialmente corruptivos de la economía de mercado sobre el individuo como agente moral.

Tomar la noción de la “mano invisible” como una metáfora de respaldo acrítico al libre mercado, y a su capacidad para autoregularse solo, es tergiversar a Smith. En realidad, si adoptamos su análisis deontológico como reflexión central de su obra (al fin y al cabo es el que propugna valores, mientras su liberalismo ontológico se limita a una descripción que el autor no tiene porqué compartir) lo que obtenemos es a un Adam Smith más próximo al pensamiento crítico que al neoliberal, en la medida que incluye dos de los principales elementos del primero: negarse a asumir las relaciones sociales de capitalismo como algo dado; y mostrar una preocupación constante por los efectos sobre la moral de los individuos que ejerce la reiterada exposición a la cultura de la economía de mercado.

Watson es igual de contundente en su reivindicación de David Ricardo. Este autor, divulgado principalmente por su defensa de la noción de la ventaja comparativa antes citada como argumento en defensa del libre mercado (On the Principles of Political Economy and Taxation, 1817), ha visto su reflexión igualmente descontextualizada. Poco o nada se recuerda de su vigorosa denuncia de la influencia que un puñado de terratenientes ejercían en su época sobre la política comercial, como tampoco de su indignación contra la continuidad de la Ley del grano (Corns Law), que beneficiaba a las clases adineradas que, a su vez, utilizaban sus cargos parlamentarios para defender esos privilegios una vez las guerras napoleónicas, la causa que dio lugar a esta ley, llegaron a término.

Profundamente significativo es que Ricardo recibiera el apoyo de las clases trabajadores (del campo y de las fábricas) y fuera objeto del ataque de los terratenientes. Estos últimos vivían de rentas excesivas y la simple posesión de estas mismas rentas les garantizaba su posición de influencia para mantener sus privilegios y, todo ello, denunciaba Ricardo, simplemente por haber nacido en el seno de una familia poseedora de tierras.

A Watson le parece claro, y también nos lo parece a nosotros, que el modelo de economía liberal propugnado por Ricardo está basado en el reconocimiento de la existencia de un sistema de clases en la sociedad que determina, y emponzoña, las relaciones entre los individuos (ver The Works of David Ricardo, 1846). No tener en cuenta esta consideración, como hacen aquellos que sólo le consideran un bastión del libre mercado, sólo puede deberse a la ignorancia o a una instrumentalización ideológica de su obra, pues de ello se desprende un Ricardo más cercano al pensamiento crítico que al neoliberal.

Y es que el objetivo último perseguido por Ricardo cae por completo en el campo del pensamiento crítico: porque Ricardo desea utilizar la teoría económica para subvertir el orden social establecido. No es ningún secreto, por otra parte, que Marx tomará de Ricardo su noción de una sociedad dividida en clases, su denuncia de una clase que obtiene más beneficios de la economía que otra y su convicción de que es el poder político que ostentan las clases más privilegiadas el que les permite mantenerse en esa posición.

Watson no ahonda más allá de estos dos autores en su redescubrimiento de los economistas clásicos, pero similares procesos de contextualización podríamos hacer para el resto de padres de la llamada “economía política” indicados al inicio de este apartado.

De Thomas Malthus (An Essay on the Principle of Population, 1798) se repite hasta la saciedad la imagen de un demógrafo catastrofista y profundamente equivocado en sus predicciones de un futuro de hambrunas provocado por el crecimiento geométrico de la población, frente al mero crecimiento aritmético de la producción de alimentos. La revolución agrícola posterior dejaría sin validez sus teorías, cuentan la mayoría de manuales. Sin embargo, Malthus partía de una profunda preocupación por una variable, la poblacional, cuyo volumen, en el umbral de los 7.000 millones para todo el planeta en 2009, se confirma hoy indefectiblemente como el principal obstáculo para su propia supervivencia (ver huella ecológica en Globalfootprintnetwork.org y Meadows et al 1975 y 2004).

John Stuart Mill, por su parte, reivindicado tantas veces como padre del pensamiento liberal, fue igualmente un férreo defensor de los derechos humanos (de la mujer y contra la esclavitud) y uno de los mayores críticos del comportamiento de la Inglaterra colonial, que conocía muy bien por su trabajo en la British East India Company (ver Autobiografía, 1873). Su defensa de la libertad individual incluía límites bien precisos que no requieren de una lectura meticulosa de sus obras para ser identificados, pues se destilan de todas y cada una de sus palabras, profundamente impregnadas del peso de la virtud moral que identifica a todos los llamados “clásicos” de la disciplina económica. Definirle estrictamente como un defensor de la libertad de mercado es, de nuevo, un ejercicio de ignorancia o de instrumentalización ideológica.

Todos estos postulados deontológicos, críticos y cargados de exigencias éticas, constituyen un legado de gran valor para la economía política actual, especialmente para la que aquí nos ocupa, la del ámbito de estudio de la comunicación, notablemente desorientada e indeterminada actualmente en la definición de sus límites. Es preciso, no obstante, antes de proceder a justificar tal afirmación, recordar la ruptura producida tras ellos y su evolución hasta nuestros días. Para ello debemos volver a Watson.

3. La ruptura con la tradición clásica: Marx y los neoclásicos

Matthew Watson realiza un ejercicio de clarificación que, no por evidente, deja de ser de gran utilidad. Para ello es preciso retroceder hasta finales del siglo XIX, momento en que se produce la escisión en la teoría económica que marcará nuestra comprensión futura de la sociedad desde entonces.

En esa época, y como reacción a la economía clásica, emergerán dos respuestas principales en forma de teorías económicas alternativas al clasicismo: la de los neoclásicos (que incluso cambiará la denominación del ámbito de estudio por el de simplemente “economía” o economics) y la de aquellos autores que conservarán las preocupaciones de los economistas políticos (y no tendrán inconveniente en mantener la etiqueta de “economistas políticos”) pero romperán con ellos en su análisis. En suma, una división entre aquellos que eliminarán la política de su campo de estudio (y con ello, se separarán de la filosofía moral, que dejarán para trato exclusivo de filósofos) y aquellos que conservarán la dimensión política en su análisis de lo económico (esto es, la dimensión moral, siendo tachados de ideologizados o poco científicos a partir de ese momento).

Los primeros, los neoclásicos, se alimentarán principalmente del utilitarismo de Jeremy Bentham y basarán su doctrina en esencialmente los siguientes postulados, siguiendo a Watson:

- El énfasis en el individuo como unidad primaria de análisis;
- El mercado como estructura principal de organización;
- La eliminación de las preocupaciones clásicas: la historia, la vocación de análisis global para toda la sociedad, la filosofía moral y la praxis (la vinculación o compromiso del analista con la sociedad);
- La sustitución de la dimensión política por la búsqueda de la objetividad (la economía será ungida como ciencia)
- La investigación empírica del mercado como pieza fundamental para la construcción teórica;
- La matemática como el lenguaje de conceptualización principal;
- Y la restricción del trabajo a uno más de los factores de producción (no el único ni el más importante).

William Stanley Jevons (1835-1882) y Alfred Marshall (1842-1924) serán los que definirán el paradigma en sus inicios. Jevons será de hecho quien proponga el nuevo nombre de economics y defina a la economía como el estudio de la mecánica y utilidad del interés propio ("A General Mathematical Theory of Political Economy", 1862). Marshall contribuiría a esta definición destacando su preocupación por describir el equilibrio de fuerzas en la sociedad de la economía así como su desvinculación de cualquier ley natural (Principles of Economics, 1890).

El terreno para considerar a la economía como una ciencia matemática estaba así servido y en él no había margen para vínculos pasados con viejas disciplinas no científicas, como la sociología, la ciencia política o la historia. Los economistas deberían estudiar deseos expresados a través de preferencias, y no necesidades determinadas por la filosofía moral. Huelga decir que esta visión economicista de la organización material de nuestra sociedad se ha impuesto hasta nuestros días, no sin fuertes tensiones en su propio interior, fruto de las diferentes ramas de pensamiento que han florecido en su seno.

Desde los keynesianistas (John Maynard Keynes, Arthur Cecil Pigou, Joan Robinson), menos proclives a aceptar la supremacía del individualismo y del mercado, hasta los monetaristas (Milton Friedman), afamados defensores de políticas practicadas por los gobiernos más conservadores del Reino Unido y Estados Unidos, principalmente, durante la segunda mitad del siglo XX –rebautizados como neoliberales o neoconservadores en la última década. Todos ellos, keynesianos y monetaristas (socialdemócratas o neoliberales), representan lo que hoy en día viene en denominarse visión ortodoxa de la economía o economía ortodoxa.

Frente a ellos, la corriente de los pensadores que mantuvieron las preocupaciones de los clásicos, a pesar de su ruptura epistemológica con ellos, es tan plural como controvertida en su definición. Para algunos el rol preeminente sólo puede otorgarse a Marx [3]

y los autores marxistas o neomarxistas que le siguieron y que mantuvieron en su análisis los principales postulados clásicos que podemos resumir en cuatro grandes preocupaciones:

- La incorporación del análisis histórico;
- El deseo de abarcar la comprensión de la totalidad social;
- La guía permanente de la filosofía moral (o la ética o el valor social);
- La intervención social (o praxis).

Para otros, como es el caso de Watson, la teoría marxista es sólo una de las corrientes de pensamiento herederas de los postulados clásicos, pues estos también pueden encontrarse en los autores institucionalistas (aquellos que creen que las instituciones pueden modelar el mercado y que en realidad lo están haciendo a favor de las grandes corporaciones), en los movimientos sociales (especialmente el movimiento feminista y los medioambientalistas) e incluso en autores conservadores no neoliberales (aquellos que priman en su análisis el objetivo de expandir la libertad individual pero manteniendo los postulados, o límites, clásicos).

En cualquier caso, lo que se pone de manifiesto con este análisis es la ausencia de vínculos reales entre las corrientes neoliberales actuales (a pesar de su constante reivindicación para sí de los autores clásicos) y la conexión, por el contrario, de los postulados del pensamiento crítico actual con las principales preocupaciones de los economistas políticos clásicos. Esta conexión, a menudo reducida exclusivamente a las raíces marxistas de la economía política, no sólo no puede ser obviada sino que supone un bagaje de gran valor para el análisis actual, bagaje reclamado por autores como Watson para la economía política en general y por nosotros, aquí, para la economía política de la comunicación y la cultura en particular.

4. Herederos del clasicismo que han influido a los economistas políticos de la comunicación

Dos economistas anglosajones del siglo XX representan de forma excelente este vínculo directo de la economía política de la comunicación con las preocupaciones de la economía política clásica: John Kells Ingram (1923-1907) y Robert A. Brady (1901-1964). Ambos ejercieron una enorme influencia entre los primeros economistas políticos de la comunicación (Dallas Smythe, Herbert Schiller, Thomas Guback o George Gerbner).

Ingram fue un seguidor de Auguste Comte a quien visitó en París y a partir de cuyas ideas construiría su crítica a la economía ortodoxa o economics. El positivismo de Comte creía que existían tres etapas de desarrollo de la mente humana: el teológico, el metafísico y el positivo. Para estar realmente al servicio de la humanidad era preciso alcanzar la última etapa, por la cual la mejora de la sociedad llegaba a través de la investigación científica. Pero esta mejora sólo podía alcanzarse subordinando la política a la moral o, lo que es lo mismo, dotando de dimensión moral al capitalismo. De este armazón teórico Ingram derivaría sus cuatro grandes críticas a la economía ortodoxa:

- Que el estudio de la economía no podía realizarse al margen del análisis de los aspectos sociales;
- Que debería revisarse la tendencia excesiva a la abstracción y a las simplificaciones carentes de realismo de los economistas;
- Que el método deductivo, usado prioritariamente, debía ser sustituido por el método histórico;
- Que las leyes económicos y las prescripciones prácticas deberían formularse y expresarse de forma menos absoluta (pues no son verdades absolutas).

Para Ingram, la economía era una rama de la sociología y tenía, por todo ello, que atender a más dimensiones que la puramente matemática, lo cual le entroncaba directamente con los clásicos. John Kells Ingram influenciaría de forma muy importante a Dallas Smythe, el fundador de la corriente anglosajona de la economía política de la comunicación, quien lo calificó como una de sus principales fuentes de inspiración. De Ingram, Dallas Smythe recogería su preocupación moral (por ejemplo, la preocupación por el Tercer Mundo y la necesidad de contribuir a la creación de un nuevo orden informacional que estableciera unas relaciones más justas y equilibradas entre las naciones).

Smythe también utilizaría las ideas de Ingram para su noción de “industria de la conciencia” (Smythe, 1977), en la que los medios de comunicación estaban insertados según el autor canadiense, y que entronca con la necesidad de evitar estudiar las instituciones de forma aislada, tal y como preconizaba Ingram –idea que, a su vez, emana de los economistas clásicos y su vocación por el análisis de la realidad como un todo imposible de fragmentar y estudiar desconectadamente.

La influencia de Robert A. Brady en la economía política de la comunicación probablemente sea todavía más desconocida, y ha sido reivindicada por Dan Schiller como una de las mayores contribuciones para esos primeros economistas políticos de la comunicación estadounidenses. Robert A. Brady se dedicó a documentar y teorizar sobre las relaciones potenciales y reales entre la tecnología y la organización social. Tal y como detalla Schiller (2006), Brady desarrolló principalmente dos líneas de investigación: estudió el crecimiento continuo de las grandes corporaciones así como el modelo de racionalización que las impulsaba; y demostró que la formación de estas grandes organizaciones y de sus lógicas de crecimiento habían construido una base estructural antidemocrática en la sociedad.

Su principal preocupación era cómo reconciliar el carácter de esa industria con las instituciones democráticas e incluso llegó a detectar profundos paralelismos entre el régimen nazi y determinadas prácticas corporativas que se habían convertido en comunes en los Estados Unidos en el momento de su estudio, el periodo de entreguerras del siglo XX.

Según Schiller, la investigación de Brady influyó de forma decisiva en el periodo formativo de la economía política en los Estados Unidos al desarrollar un instrumental de análisis muy útil sobre las prácticas culturales y económicas autoritarias que habían emergido. Esta impronta antifascista de la que beben los primeros economistas políticos norteamericanos mostraba el marco de explotación económica en el que se encontraba la sociedad y se conectaba de este modo, sin beber de ella directamente, no obstante, con la corriente marxista más influyente en Europa. Pero, sobre todo, entroncaba directamente con las preocupaciones de los clásicos fundadores del análisis económico moderno.

5. Conclusiones

La relectura de los economistas clásicos o primeros economistas políticos permite detectar unas raíces que van más allá de Marx en la economía política de la comunicación y que pueden ayudar a centrar el debate sobre su necesaria o innecesaria redefinición. Aparcando la ya vieja controversia entre autores norteamericanos y europeos, estos últimos vinculados a una teoría crítica que daría lugar a una perspectiva culturalista separada en gran medida de toda dimensión económica (el blind spot que Dallas Smythe le achacaría a los estudios críticos europeos), los postulados clásicos se perfilan, frente a ello, como tremendamente incentivadores y necesarios en tiempos de un capitalismo financiero divorciado de cualquier dimensión ética.

Más que redefinir la economía política de la comunicación y la cultura, para incorporar a ella las dimensiones culturalistas europeas o a los autores no marxistas, o para cualquier componenda que imaginarse pueda para adaptarla al escenario actual, este mismo escenario, en plena crisis financiera global, parece reclamar a gritos algo mucho más simple. que nos limitemos a concentrarnos en las cuatro grandes preocupaciones de los clásicos: la historia, la ética, la totalidad y la praxis. En suma, atender al contexto histórico, tener por guía a la filosofía moral, entender lo social como un todo e impulsar el compromiso del investigador con la realidad. Cuatro tareas que pueden unir a todos los economistas políticos de la comunicación sea cual sea su tradición académica.

7. Referencias bibliográficas

Bentham, J. : Ver obras completas en: The online library of liberty.

Ingram, J. K. (1988): A History of Political Economy. En http://socserv.mcmaster.ca(Consulta en noviembre 2008).

Jevons, W. S. (1866): "A General Mathematical Theory of Political Economy", Journal of the Statistical Society, Londres.

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Schiller, D. (2006): “El legado de Robert A Brady. Orígenes antifascistas de la Economía Política de la Comunicación”. En CIC: Economía Política de la comunicación, Universidad Complutense de Madrid, Vol. 11, pp. 81-93.

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8. Notas

[1] Como ya explicó mucho mejor que nosotros Vincent Mosco en su obra de referencia de mediados de los noventa (Mosco, 1996).

[2] La fisiocracia se considera la primera doctrina económica liberal, en contraposición a las ideas mercantilistas y su fomento del intervencionismo.

[3] La crítica de Marx a la economía política clásica tiene como uno de los textos fundamentales para el análisis Los Elementos Fundamentales para la Crítica de la Economía Política – borradores de 1857 -1858, más conocidos como Grundrisse (Marx, 1989).


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Almiron Roig, Núria (2009): "Economía Política y Comunicación: una aproximación epistemológica a los orígenes", en RLCS, Revista Latina de Comunicación Social, 64, páginas 563 a 571. La Laguna (Tenerife): Universidad de La Laguna, recuperado el ___ de ________ de 2_______, de http://www.revistalatina.org/09/art/46_845_ULEPICC_01/38Almiron.html
DOI: 10.4185/RLCS-64-2009-845-563-571