RLCS, Revista Latina de Comunicación Social 64 - 2009

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 12º – 3ª época - Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
Facultad y Departamento de Ciencias de la Información: Pirámide del Campus de Guajara - Universidad de La Laguna
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DOI: 10.4185/RLCS-64-2009-854-682-693

Tensiones políticas y culturales en el surgimiento de la prensa moderna en Latinoamérica. El caso del diario La Nación

Political and cultural tensions in the sprouting of the modern press in Latin America. The case of the newspaper La Nación

 

Lic. Carlos Ernesto Espeche [C.V.] Profesor titular del Seminario Taller de Periodismo y Planificación en Medios de Comunicación - Universidad Nacional de Cuyo, UNCu, Argentina - eespeche@fcp.uncu.edu.ar

Resumen: El trabajo se sitúa en el área de investigación de comunicación e historia. Analiza las condiciones históricas presentes entre dos momentos en la historia del periodismo latinoamericano del siglo XIX: la prensa desarrollada con los procesos independentistas, que se caracterizó por la explicitación de su rol político en el debate de ideas y la puja por el poder; y la prensa comercial, que al calor de los avances técnicos se profesionalizó y encontró en la idea de neutralidad informativa una eficaz herramienta de enmascaramiento para la disputa ideológica. Fue en momento signado por el debate entre escritores y reporteros, las tensiones entre ficción y realidad y la confrontación política acerca del rol de los periodistas.

Palabras clave: Prensa; política; cultura; ideología; Latinoamérica.

Abstract:  This work locates in the area of investigation of communication and history. It analyzes the present historical conditions between two moments in the history of the Latin American media in the century XIX: the press developed with the processes of liberating, it was characterized to make explicit its political roll in the discussion of ideas and it bids up it by the power; and the commercial press, that to the heat of the technical advances it was professionalized and it found in the idea of informative neutrality an effective tool of camouflage for the ideological dispute. It was at moment signed by the discussion between writers and reporters, the tensions between fiction and reality and the political confrontation about the roll of the journalists.

Keywords: press; policy; culture; ideology; Latin American.

Sumario: 1. Introducción. 2. Método. 2.1. Estrategias metodológicas. 2.2. Recolección de información. 2.3. Procedimiento. 3. Resultados. 3.1. El impacto del desarrollo industrial capitalista en la prensa latinoamericana. 3.2. Tribuna de doctrina y profesión de fe. 3.3. En nombre de la “objetividad”. 3.4. El proyecto político. 4. Discusión y conclusiones. 5. Referencias bibliográficas.

Summary: 1. Introduction. 2. Method. 2.1. Methodologic Strategies. 2.2. Information Harvesting. 2.3. Procedure. 3. Results. 3.1. Impact of the capitalist industrial development in the Latin American press. 3.2. Tribune of doctrine and profession of faith. 3.3. In the name of the “objectivity”. 3.4. The political project. 4. Discussion and conclusions. 5. Bibliographical references.

Traducción supervisada por la doctora en Filosofía Alejandra Ciriza,
Universidad Nacional de Cuyo (Argentina)

 

1. Introducción

El diario fundado por Bartolomé Mitre, La Nación, expresó desde sus inicios una bisagra entre dos momentos en la historia del periodismo argentino y latinoamericano: la prensa desarrollada con los procesos independentistas, que se caracterizó por la explicitación de su rol político en el debate de ideas y la puja por el poder; y la prensa comercial, que al calor de los avances técnicos se profesionalizó y encontró en la idea de neutralidad informativa una eficaz herramienta de enmascaramiento para la disputa ideológica.

El debate entre escritores y reportas, las tensiones entre ficción y realidad y la confrontación política acerca del rol de los periodistas, tuvieron una importancia decisoria en la última mitad del siglo XIX, en el periodismo en general, y en La Nación en particular.

El presente trabajo pretende encontrar en los orígenes del diario La Nación insumos necesarios que aporten, en lo general, al entendimiento del encuadre político y cultural en el que surge la prensa moderna en Latinoamérica; y en lo particular, a desentrañar la matriz fundante que marcó hasta el presente la intencionalidad editorial de una de las herramientas ideológicas más eficaces que posee una facción bien definida de los sectores dominantes en Argentina.

2. Método

El trabajo se sitúa en el modelo teórico – metodológico de Intencionalidad Editorial. El mismo asume la dialéctica objetividad-parcialidad como esencia de los procesos periodísticos, reconoce a la lucha por el poder como la razón de ser del periodismo y ubica al periodismo como especificidad del género de la propaganda. Determinar metodológicamente la Intencionalidad Editorial de un proceso periodístico implica develar la parcialidad de grupo o clase que se presentan como verdades de validez universal. Para ello necesario trascender el análisis discursivo del medio para realizar una triangulación dinámica entre el plano simbólico (el discurso), el plano de la materialidad del medio (sus relaciones políticas e intereses económicos) y las características del propio hacer periodístico.

2.1. Estrategias metodológicas

La investigación se realizó bajo la forma de estudio de casos. Se explica esta elección a partir de reconocer en el diario argentino La Nación un modelo paradigmático de la prensa latinoamericana surgida al calor de los avances tecnológicos de finales del siglo XIX.

2.2. Recolección de información

Se trabajó con fuentes documentales (material de archivo) y bibliográficas (estudios sobre la prensa del siglo XIX y sobre el contexto socio-político de la época). En cuanto a los documentos relacionados con el tema, se recurrió a archivos de viejas ediciones del diario, seleccionados y consultados a partir del previo reconocimiento de hitos históricos y fechas claves.

2.3. Procedimiento

Una vez definido el problema de investigación, se relevó y sistematizó el material bibliográfico disponible sobre el tema. Posteriormente se detectaron las categorías teóricas más relevantes. A partir de un estudio sobre el contexto histórico político de la región, se determinaron algunas fechas claves, para luego consultar los archivos documentales  y determinar la posición editorial del medio.

3. Resultados

3.1. El impacto del desarrollo industrial capitalista en la prensa latinoamericana

El fuerte desarrollo industrial capitalista modificó radicalmente la historia del periodismo. En 1814, Friedrich Koenig crea la primera imprenta movida a vapor. En 1867, Hippolyte Marinoni inventa la rotativa para imprimir en papel continuo, en 1886 Ottmar Mergenthaler aplica la linotipia por primera vez en el New York Tribune. En 1815, Charles Havas establece una agencia de venta de noticias. En 1844, gracias a Samuel Finley Breese Morse, la paloma mensajera es reemplazada por el telégrafo y en 1850, inicia su actividad la primera línea telegráfica entre Inglaterra y el continente europeo. En 1858, se inaugura en Nueva York el primer cable telegráfico trasatlántico.

Previamente, en 1848, diversos diarios de Nueva York se unen para fundar la agencia de noticias Associated Press. Hay una globalización informativa en marcha. Las noticias se difunden con mayor rapidez y son controladas por poderosos grupos económicos. La idea queda sujeta a los nacientes amos de la prensa. En 1851, se crea la agencia británica de noticias Reuters. En 1867 aparece la máquina de escribir que aceleró y simplificó la labor periodística. En 1836, el periódico francés La Pressecomienza a insertar publicidad en sus páginas. Esto reduce un 50% el costo de la suscripción e introduce otra novedad: el periódico dependiente de los anunciantes.

La revolución científico-técnica va internacionalizando la economía. Hay nuevas relaciones de producción, un nuevo fenómeno de recolonización y un nuevo periodismo. La moderna tecnología contribuye en el ámbito periodístico a la creación de la gran empresa y a la fragmentación de mercado: medios para distintos públicos, con mensajes específicos para cada uno de ellos. Aparece la teoría del "periodista objetivo" y la “neutralidad informativa”.

Desde una postura liberal como la que ostenta Carlos Cossio se reconoce esta realidad: "La mínima base económica comienza a hacerse inalcanzable para un individuo aislado. El costo creciente de las máquinas perfeccionadas, las corresponsalías en el extranjero para ampliar el noticiario, amén de otros aspectos de menor cuantía, determinan que la base económica de la empresa periodística derive hacia la constitución de sociedades para reunir el capital necesario y a un estado de concordancia sobreentendida con la banca para poder recurrir al crédito.

La empresa periodística se define así, cada vez más netamente, como una empresa comercial que debe redituar un mínimo de ganancia al capital invertido, so pena de caer en bancarrota. Con ello va a aparecer el escritor mercenario que por un sueldo que recibe escribe indistinta­mente en pro de una causa que en pro de otra, en reemplazo de aquél que se entregaba a su vocación, que corría su aventura personal lleno de fe y que defendía una causa con la que estaba identificado (...) Transformada la empresa periodística en empresa comercial, el periódico deviene una mercancía. Pero las mercancías han de colocarse al alcance de los consumidores. En el caso del periodismo esto significa que la difusión de los diarios depende de que desciendan al nivel de las masas". (Horvath, R. 2003)

Mientras el siglo XIX sudamericano “se caracteriza por un periodismo revolucionario que hacía que las publicaciones de diferente signo político se centraran en la emancipación; en Europa y América del norte el escenario periodístico estaba vinculado con una serie de factores que empiezan a perfilar cada vez con más fuerza el proceso de afianzamiento de la sociedad burguesa”. Así, “la coyuntura industrial apuntala el capitalismo burgués de la mano de la consolidación del industrialismo y su consecuente urbanización. Contexto que, junto con la ampliación de la democracia política y el acceso a la educación, favorece tanto la formación de un nuevo proletariado como el ascenso de una capa media” (Alonso, B. 2007).

Sin embargo, América Latina tendrá a finales del siglo XIX sus primeras experiencias de gestación de una prensa moderna, que paulatinamente se irá alejando de su formato de barricada e incorporando las premisas esenciales de un modelo profesionalista y objetivista. En Argentina, esta etapa concuerda con la constitución de un Estado Nacional que puso fin a casi un siglo de disputas que comenzaron con las luchas por la independencia.

3.2. Tribuna de doctrina y profesión de fe

La Nación fue fundado en 1870. Durante los primeros cinco años actúa como vocero del Partido Liberal, dominado a su vez por la familia Mitre, dueña del diario.

El diario mitrista representará la visión de la clase liberal agroexportadora que buscaba consolidar las bases del nuevo Estado. En este clima, La Nación surge  como “el defensor de un dogma y una doctrina de gobierno y, fuera de él, batiéndose en la prensa como en los comicios, como en el tumulto, como en el campo de batalla, para conseguir el triunfo definitivo”. (La Nación, Manual de estilo, 1997) Se define, en su eslogan como una “tribuna de doctrina”, ante ésta presentación, cabe recordar a las tribunas de las arengas de la Antigua Roma y, de acuerdo al manual de estilo, se debe evocar a la tribuna parlamentaria de los regímenes democráticos, tomando a la prensa como extensión del parlamento.

Como sector dirigente, entonces, se presentó, y sigue haciéndolo, como una herramienta para la instauración del “debate crítico racional”, propio de una elite ilustrada que tiene en sus manos el destino de la sociedad. Coincide en sus formas con la porción de lectores que pretende influir: los sectores educados de los estratos sociales altos.

"Profesión de fe", fue el título del editorial del primer número de Los Debates, el emprendimiento periodístico iniciado en Buenos Aires el 1 de abril de 1852 con el cual Bartolomé Mitre llamaba a "todas las opiniones a batirse en el terreno pacífico de la inteligencia y de la ley". Su primer párrafo se destaca por su exageración: “El escritor público es el gladiador generoso del pensamiento, que escribe día a día, a la faz de todo un pueblo y sobre la arena sangrienta del periodismo, las páginas calorosas que hacen vibrar de entusiasmo el corazón de las masas”. (Alonso, Paula, 2003)

Sólo contados escritores públicos podrían ser considerados "gladiadores generosos", el periodismo rara vez era un arenero de sangre y, en el siglo XIX, sus páginas -aunque "calorosas"- escasamente podían llegar a las masas y más escasamente aún hacerlas vibrar con entusiasmo. Los "gladiadores" eran más bien hombres polifacéticos que hacían de la escritura pública una de sus tantas aristas en un mundo donde la política se llevaba a cabo a través de una multiplicidad de formas, la mayoría de ellas -la violencia, las elecciones fraudulentas o incluso este tipo de publicaciones periodísticas- hoy desacreditadas.

El editorial continúa diciendo: “El que discute no combate. El que discute por la palabra escrita o hablada  renuncia a dirimir su cuestión por las vías del hecho. La discusión es inherente al sistema parlamentario, y es no sólo inherente sino esencial, como lo hemos dicho ya. La discusión es lo que constituye verdaderamente al gobierno parlamentario. Discutir es, pues, rendir homenaje a la razón”. Este fragmento refleja, justamente, la naturaleza de estos escritos. Cada línea de sus oraciones contiene el concepto "discusión" (como verbo o sustantivo), ya que discutir fue el objetivo de la prensa del siglo XIX. Decir que esta prensa era política, de opinión o partidaria sería una redundancia, aceptada y legítima. Aunque informara, ésa distaba de ser su meta. (Alonso, Paula, 2003)

La prensa había irrumpido con fuerza en América Latina con los conflictos políticos e ideológicos que rodearon la Independencia, y continuó siendo a lo largo del siglo, y aún entrando en el siguiente, uno de los principales ámbitos de discusión pública y una de las principales formas de hacer política. La importancia fundamental de la prensa durante el siglo XIX no radica en la cantidad de impresos ni en su número de lectores, sino en que la prensa era el vehículo de proyectos, el instrumento de debate, el propulsor de valores, uno de los principales medios de hacer política, de reproducir y construir imágenes de la sociedad.

El diario de Mitre manifiesta por entonces un periodismo portador de la impronta del "partido de los notables". Éste se constituía a través de círculos instruidos y pudientes que fundaban –bajo la dirección de clérigos y profesores, de abogados, de médicos, maestros y farmacéuticos, de fabricantes y terratenientes– clubes políticos, organizaciones coyunturales y asociaciones con fines electorales. El número de políticos profesionales era reducido, era para los "caballeros", la política en sí era una ocupación secundaria y los diputados les rendían informes frecuentes a los periódicos.

El proyecto del "raciocinio" no se limitaba a la organización de las informaciones. La opinión era parte fundamental de esos diarios cultos, redactados en parte por escritores, por ejemplo, Juan María Gutiérrez fue redactor fundador de La Nación Argentina, antecedente directo de La Nación. Tampoco estaba excluido en absoluto el ánimo pedagógico, puesto que era consustancial al proyecto mismo que se quería difundir, incluso en cuanto a identidad nacional.

La función educadora-racionalizadora –o civilizadora, como preferiría, sin duda, Sarmiento– era también expresada por J. A. Saco en Cuba, sosteniendo que los periódicos debían "mejorar las costumbres de la población rústica publicando máximas morales y buenos consejos sobre economía doméstica, los descubrimientos importantes, las máquinas y mejoras sobre la agricultura, los métodos de aclimatar nuevas razas animales y perfeccionar las que ya tenemos".

De acuerdo con Habermas, afirma Rotker, la prensa –con la consolidación del Estado burgués– se fue desprendiendo de tal carga de opinión para atender sus beneficios con el criterio de cualquier empresa comercial. En el caso de América Latina es difícil afirmar que el inicio de la prensa comercial esté directamente relacionado con la "consolidación del Estado burgués", consolidación discutible aún hoy. Además, el liberalismo económico prefirió en muchos países de este hemisferio los regímenes totalitarios y tardó en desligar la función comercial de la estatal.

Lo que sí es cierto es que hacia la década de los ochenta, la prensa latinoamericana sufrió un cambio similar al de los escritores: ambos empezaron a dejar de ser tan sólo difusores del predicado estatal para buscar su propio espacio discursivo. (Rotker, Susana, 2005)

En la historia del diario La Nación el momento de cambio fue muy claro. Luego del fracaso del golpe de Estado contra el presidente Nicolás Avellaneda, encabezado por Mitre, la línea editorial se vio obligada a cambiar para sobrevivir, puesto que sus dueños entraron en franco conflicto con los intereses políticos estatales. Así, para 1883, en plena etapa de José Martí como corresponsal en Nueva York, apareció publicada la siguiente "profesión de fe": “Desde la clausura y el encarcelamiento de Mitre tomó La Nación la delantera de todos los demás periódicos de Buenos Aires.

La administración dio a la empresa, exclusivamente política hasta aquella fecha, un carácter comercial, y el diario, sin dejar de mantener su bandera, entró en un terreno más sólido, encauzándose en la corriente de avisos de que estaba apartado, y que es la principal fuente de que vive el periodismo”. (Rotker, Susana, 2005)

Esta "profesión de fe", advierte Rotker, no debe confundir el carácter comercial con el de una empresa cuyo producto de venta es la noticia. Si se relee con atención su concepto de "delantera", se ve que ésta tuvo más bien que ver con que ya desde 1877 era el periódico más moderno de América Latina: había incorporado el servicio del telégrafo y dedicaba casi 50% de su espacio a anunciar productos nacionales para la exportación y novedades importadas de Europa y Estados Unidos. El carácter comercial del periodismo era, en aquel momento, ser facilitador del comercio, no sólo por el rentable espacio ocupado por los avisos, sino porque gran parte de la información se refería a la actividad mercantil y exportadora-importadora.

El espacio gráfico cambió tanto como la dirección. Hasta ese momento las noticias viajaban en barco durante semanas: eran enviadas desde Francia o Inglaterra hasta Portugal, para desde allí emprender el recorrido marítimo hacia Buenos Aires, con escalas en Río de Janeiro y Montevideo. La sensación de instantaneidad que dio el telégrafo, en cambio, incentivó el deseo de internacionalismo y modernización, tan acorde con los intereses del sector importador. Lo del internacionalismo fue casi inevitable para los lectores de La Nación: este diario, ya en 1881, contaba con corresponsales en África (John Roe), en la guerra del Pacífico (Brocha Gorda), en Francia (Ernesto García Ladevese), Italia (Aníbal Latino), Inglaterra (G. Z.), y la actualidad argentina era comentada por el escritor de origen francés Paul Groussac.

Además, solían aparecer informaciones fronterizas sobre Chile y Uruguay: lo único prácticamente ausente del panorama en ese momento es el resto de América Latina, salvo alguno que otro dato sobre el canal de Panamá. (Rotker, Susana 2005)

Las modificaciones de los periódicos en sí iban a ser lentas. Surgió la figura del reporta, como consecuencia directa del lenguaje de las noticias telegráficas; como se quejaba Manuel Gutiérrez Nájera: "El telegrama no tiene literatura, ni gramática, ni ortografía. Es brutal". No obstante, se mantenía el editorial en primera página y la publicación de textos literarios y folletines, especialmente de traducciones. Además, la "objetividad" de las noticias telegráficas convivía con relatos científicos que parecían salidos de la literatura fantástica, ejemplos éstos, agrega Rotker, del tránsito de entonces a través de la frontera entre lo cotidiano y lo irreal.

¡Qué papel tuvo el debate cultural en La Nación? En los inicios de la publicación, “el material cultural no aparece claramente discriminado del resto de la información. Con los años se le va otorgando un espacio particular, cada vez más amplio, en el que convergen artículos de crítica de cine, comentarios de libros, notas sobre música y arte en general. Esta progresiva diferenciación de contenidos se corresponde con el “proceso de departamentalización” de los diarios que comienza en el transcurso de los primeros años del siglo XX” (Risco, A. M., 2008)

La diagramación del folletín es clara y separa este texto del resto de la página; no ocurre lo mismo en los demás casos: la diagramación es la misma para editorial, noticias, ensayos o cuentos. Se infiere cuál es el editorial porque está ubicado en la primera columna, pero la confusión es propicia cuando se trata de distinguir ficciones de opiniones o informaciones, aunque estas últimas están al menos a menudo antecedidas por un sumario; no hay diferencia en la presentación de un cuento o de un artículo de opinión, acentuándose la posible confusión por el hecho de que informaciones y relatos literarios no siempre van firmados o cuentan sólo con las iniciales del autor.

Además, junto al estilo noticioso más breve y seco de algunas de las secciones telegrafiadas, se publicaban larguísimas polémicas personales que parecen surgidas de otra época del periodismo.

El periodismo hispanoamericano no había encontrado aún su autonomía discursiva. Los corresponsales fijos de La Nación eran básicamente los grandes escritores del mundo hispanoamericano; los más destacados, incluso por la extensión del espacio gráfico que se les otorgaba, eran José Martí y Emilio Castelar.

En La Nación se encuentra otro ejemplo llamativo de la falta de límites discursivos o genéricos claros: daba cabida por igual a textos científicos que hoy pueden ser leídos como ficciones, como a artículos políticos que fueron leídos como literatura pura. Así, cuando Martí describió las elecciones presidenciales en Estados Unidos (1888), los editores del diario titularon su crónica como "Narraciones fantásticas".

Las observaciones anteriores son vitales para la consideración de la crónica como intermediaria entre el discurso literario y el periodístico pero, en definitiva, como género literario. Así, es necesario incluso recordar textos modernistas que, de ser publicados primero en los diarios, pasaron a ser leídos como cuentos, despojados luego del elemento actualidad. 

3.3. En nombre de la “objetividad”

La idea de objetividad, “que se debe al concepto estadounidense del periodismo moderno donde los hechos y las opiniones están claramente diferenciados, nos indica que los periodistas deben circunscribirse a los sucesos, aportando todos los puntos de vistas posibles que haga al receptor (lector, oyente o televidente) formarse una idea lo más aproximada posible de lo que sucedió y que es así narrado por el periodista” (Pérez Ariza, C., 2007). Afirma Víctor Ego Ducrot que la dicotomía objetividad-subjetividad no sólo es insuficiente sino que es errónea a la hora de analizar los procesos periodísticos. La naturaleza de los mismos surge más bien de la relación dialéctica que existe entre la mencionada dicotomía y la establecida entre parcialidad-imparcialidad.

Al tratar el fenómeno periodístico como un componente del género propaganda (con sus particularidades) por su necesaria inscripción en la dialéctica del poder, el autor sostiene que el discurso periodístico no tiene otra alternativa que ser objetivo. Pero entendiendo la objetividad, no en el sentido de la neutralidad, sino en el sentido de referencia a hechos susceptibles de ser confirmados y constatados a través de fuentes directas o indirectas, testimoniales o documentales. De no ser así, de no remitirse a fuentes, simplemente no es periodismo, pertenece a la propaganda en sentido amplio.

Así como la objetividad (en el sentido que la define este autor) es un componente del hecho periodístico y su herramienta distintiva en el campo de la propaganda, el periodismo necesariamente será parcial, como lo es toda actividad humana desde el punto de vista cultural antropológico. Además se entiende la parcialidad no como aceptación de una parte en detrimento del todo, sino como asunción de una posición propia del periodista y/o del medio ante el complejo y multifacético entramado de hechos sobre los que trabaja la práctica periodística. En consecuencia, señala Ego Ducrot, el hecho periodístico es necesariamente objetivo, y es necesariamente parcial.

En esa dialéctica se apoya el discurso periodístico del bloque de poder, al que pertenece La Nación, para incurrir entonces en un "error" deliberado. Este “error” es alejar el concepto de objetividad respecto de su necesaria referencia a hechos comprobables, al convertirlo en sinónimo de su supuesta “imparcialidad”. Dicho de otro modo, comenzó a enmascarar su propia parcialidad (discurso de clase o de grupo) en objetividad (en discurso universal). (Ego Ducrot, Víctor, 2005)

Las líneas anteriores aportan un conjunto de elementos de relevancia para comprender la función desempeñada por el paradigma de la objetividad en el campo periodístico a partir de finales del siglo XIX. Presentada como neutralidad, la objetividad enmascara una determinada parcialidad que es presentada como valor universal. Este es justamente el nuevo modo en que los medios de comunicación se insertan, determinados por los avances industriales promovidos por el sistema capitalista a finales del siglo XIX, en el debate por el poder y en la disputa del sentido común.

Ahora bien, La Nación nace como un medio que no oculta su parcialidad. Pero el debate en torno a la profesionalización del periodista y la cada vez mayor primacía de los textos informativos comienzan a ganar espacio en el medio. Como dijimos anteriormente, el papel jugado por los escritores (fundamentalmente los modernistas) en los primeros años de existencia del medio empieza a entrar en contradicción a partir del inicio de la etapa comercial.

En 1889 se encuentran afirmaciones como la siguiente: “El periodismo y las letras parece que van de acuerdo como el diablo y el agua bendita. Las cualidades esenciales de la literatura, en efecto, son la concisión vigorosa, inseparable de un largo trabajo, la elegancia de las formas (...). El buen periodista, por el contrario, no puede permitir que su pluma se pierda por los campos de la fantasía”. (Rotker, Susana. 2005)

Hasta los ochenta, el diario era, además de tribuna de doctrina, el lugar de las letras. Luego la práctica de la escritura se diversificó, llegando a competir en su interior una nueva división del trabajo. Es interesante, porque a la par, el escritor ocupaba un lugar destacado dentro de la modernización de los diarios, tanto que La Nación incluyó dentro de sus innovaciones justamente a figuras de las letras. Estas innovaciones eran fuente de prestigio y no de escasos roces, porque al mismo tiempo existía la fuerte tendencia a que no se firmaran con nombre propio las notas –hasta Martí fue durante un tiempo para La Opinión Nacional de Caracas, "M. de Z." y los mismos modernistas solían recurrir a pintorescos seudónimos– y, a la vez la creciente exigencia de una escritura cada vez más informativa y menos literaria.

Cuenta Rotker que Fausto Teodoro Aldrey, director del periódico La Opinión Nacional de Caracas, a la hora de revelarle al público la identidad del exitoso colaborador oculto tras las siglas "M. de Z." lo presentó como un escritor cuyo estilo "tiene la limpieza, el brillo y las irradiaciones del diamante". Él mismo, en otra carta, repitió la preferencia de los lectores hacia notas que sean "más noticiosas y menos literarias. ¿Qué es lo que quieren? No lo determinan explícitamente. Yo creo adivinarlos". En esa carta, Aldrey solicitó de Martí moderación en sus juicios políticos sobre Estados Unidos –pedido que habría de ser común también en las cartas del editor de La Nación–. Empezó a evidenciarse la dificultad del deslinde entre los roles del periodista, el escritor y el literato.

Bartolomé Mitre era insistente con los juicios políticos que podían desagradar a los lectores de La Nación y no dudó en "suprimir" párrafos de los textos martianos enviados desde Nueva York. Él asumió con toda sinceridad que el interés del diario había pasado a ser comercial, lo cual también era una novedad: “No vaya Ud. tampoco a tomar esta carta como la pretenciosa lección que aspira a dar un escritor a otro. Habla a Ud. un joven que tiene probablemente mucho más que aprender de Ud. que Ud. de él, pero que tratándose de mercancía –y perdone Ud. la brutalidad de la palabra, en obsequio a la exactitud– que va a buscar favorable colocación en el mercado que sirve de base a sus operaciones, trata, como es su deber y su derecho, de ponerse de acuerdo con sus agentes y corresponsales en el exterior acerca de los medios más convenientes para dar a aquella todo el valor de que es susceptible”. (Rotker, Susana, 2005)

Este hecho pone de manifiesto el carácter ideológico –en su sentido de enmascaramiento– de uno de los principales valores en que se asienta el periodismo moderno: la libertad de prensa.

¿Libertad de prensa? Recuerda Ricardo Horvath el concepto leninista que define a aquella como un mero fetiche burgués que se impone en el mercado, es venerado y adorado por sus propios creadores porque es el que les permite controlar las ideas. El fetiche es un objeto natural o manufacturado, ídolo, talismán al que se rinde culto. En este caso es un producto ideológico para influir a las masas. Como señala Paul Virilio "es más fácil engañar a una multitud que a un solo hombre". La libertad de prensa es ese endiosado totem patronal, arcaico garrote del cavernario grupo empresarial con el cual nos propinan golpes ideológicos. Y nos hacen creer que el dinosaurio capitalista es una simple lagartija inocente. (Horvath, R., 2003)

Lenin planteó que la llamada libertad de prensa es la libertad de propiedad, de los ricos para publicar periódicos. Se desprende de esto que la Ideología de la dominación opera a través de procedimiento de abstracción y de idealización que da cariz universal a la simple expresión de intereses particulares. El líder de la revolución bolchevique entendía por libertad de prensa a su emancipación del yugo del capital. (Lenin, V., 1985)

El diario La Nación no abandonó en su paso al esquema comercial su carácter propagandista, de hecho hasta hoy lo mantiene, aunque sí comenzó a agudizar su rol ideológico de enmascaramiento. El primero es prioritariamente desempeñado desde la opinión editorial explícita, el segundo se nutre del ocultamiento de la parcialidad propia desde el pretendidamente aséptico género informativo. En la prensa moderna aparecen ambas funciones, aunque de acuerdo al medio o al momento coyuntural alcanzan primacía una u otra.

¿Quiénes eran aquellos lectores de los que hablaba Mitre? Obviamente una elite de "personas privadas", aunque una elite menos reducida en términos cuantitativos que lo que la imaginación actual y desprevenida pueda pensar. Para esa época, posterior a la presidencia de Sarmiento, Argentina era famosa por la obligatoriedad de la alfabetización. Sin embargo, las cifras resultan engañosas: había, efectivamente, miles de alumnos censados; lo que no suele contemplarse es que el promedio de deserción escolar era de 90 a 97% durante los últimos 20 años del siglo y que una parte importante de esa deserción se verificaba durante el primero o segundo año de instrucción.

A pesar de estas cifras, el crecimiento del periodismo argentino es, por lo menos, impresionante. En 1877 el número de diarios que había era de 148, para 2.347.000 habitantes, es decir, uno por cada 15.700 habitantes: Estados Unidos apenas duplicaba esa cifra. Argentina ocupó ese año el cuarto lugar mundial en el promedio por habitante, pasando en 1882 al tercer lugar: la tirada alcanzó 322.500 ejemplares diarios, uno por cada nueve o diez habitantes.

Entre 1887 y 1890, La Nación vendía 35.000 ejemplares por día. Estas cifras reveladoras de la vastedad de la clase media argentina debían ser un atractivo para los modernistas, cuya "situación real y patética", como ha escrito Rama, fue la carencia de público. Como escritores, no tenían demasiadas alternativas para sobrevivir. La única vía moderna y efectiva consistió en vender la capacidad de escribir en un nuevo mercado del trabajo que se abrió entonces: el mercado de la escritura. Los dos principales compradores que el escritor encontró fueron: los políticos, de quienes se volvieron escribas de discursos, proclamas y aún leyes (tarea que hasta hoy han seguido haciendo); y los directores de periódicos que, como los políticos, frecuentemente los borraron en tanto personalidades, eliminando sus nombres al pie de sus escritos. (Rotker, Susana, 2005)

La función del periodismo era discutida. Aunque Martí pensaba que la prensa periódica tenía "altísimas misiones", tales como explicar, fortalecer y aconsejar, y no "informar ligera y frívolamente sobre los hechos que acaecen", lo cierto es que sus contemporáneos eran escépticos acerca de ese tipo de calificativos. Por ejemplo, Joaquín V. González decía en 1888 que "la prensa es un monstruo que devora en un día enormes cantidades de ideas", que luego son fundidas y metodizadas por el periodista "como si se tratara de una fábrica". Los culpables mayores eran: el despreciado público-vulgo que satisfacía en ese "libro diario" la "escasa necesidad de las inteligencias", el mercado de consumo que todo lo convertía en mercancía y, especialmente, la velocidad con la que se debía escribir, por la cual "la literatura periodística raras veces se levanta a las alturas de la belleza".

Es similar la opinión de González Prada, especialmente en lo que se refiere al público: “el periodismo no deja de producir enormes daños. Difunde una literatura de clichés o fórmulas estereotipadas, favorece la pereza intelectual de las muchedumbres y mata o adormece las iniciativas individuales. Abundan cerebros que no funcionan hasta que su diario les imprime la sacudida: especie de lámparas eléctricas, sólo se inflaman cuando la corriente parte de la oficina central”. (Rotker, Susana, 2005)

Lejos aún en el tiempo de formulaciones teóricas como la famosa de Marshall McLuhan de "el medio es el mensaje", Martí insistía en otro tipo de actitud y de objetivo, lo cual significa, simplemente, que coexistían reportas y escritores en un mismo espacio, además de periodismos de diferentes calidades. Para él, los diarios no sólo no favorecían la pereza de las muchedumbres, sino que su deber era "hacer asistir a los teatros" a "los pobres y a los perezosos", debía "extractando en libros, facilitar su lectura a los pobres de tiempo, o de voluntad o de dinero", debía ser "útil, sano, elegante, oportuno, valiente", debía aportar a las personas lo que "puedan necesitar saber". (Rotker, Susana, 2005)

Si bien el mejor periodismo norteamericano no destacó –como las crónicas modernistas– la marca del sujeto literario, durante el siglo XIX la "objetividad" no fue una reivindicación de la especificidad de su discurso. El periodismo debía tomar partido, no ser neutral ni siquiera en la elección de las noticias: lo que primaba era el interés de los lectores locales. El tema de la "objetividad" fue esgrimido más tarde por la agencia Associated Press que, como quería vender noticias a lo largo del país, trataba de elaborarlas del modo más "objetivo" (distante) para interesar a un público más vasto. Recién hacia fines del siglo, The New York Times comenzó a tener éxito al imponer un modelo más "informativo" que el que se usaba hasta entonces.

Respecto de esta creciente primacía de los textos informativos, el chileno Camilo Taufic dice que: “No existe la información por la información misma, se informa para orientar en determinado sentido a las diversas clases y capas de la sociedad, y con el propósito de que esa orientación llegue a expresarse en acciones determinadas”. Es decir, se informa para dirigir. (Horvath, R, 2003. Pág. 33)

Para entender el contexto periodístico de la crónica hispanoamericana, dice Rotker, es vital saber que la prensa europea tendía a editorializar más y que la norteamericana privilegiaba la noticia, aunque esto último, si bien es verdadero, sea parcial. La prensa más moderna que se estaba haciendo en Occidente era el periodismo documental, entendido como una narración. Es más, la puesta en escena de la información no era mérito exclusivo de los escritores, sino que tanto en la nueva profesión de los reportas, como en el afán por contar historias, se estaba menos interesado en los hechos que en crear una escritura popular y con un estilo personal.

Hacia 1890, los periodistas se consideraban a sí mismos como científicos o artistas del realismo: entendían por tal no sólo la función mimética de los textos, sino la identificación de la "realidad" con los fenómenos externos. Esto significa que, en medio del escepticismo de la época, se atuvieron a describir lo que les revelaban las ciencias naturales, físicas o sociales.

Para Rotker la crónica modernista se distancia de la "externidad" de las descripciones, defendiendo el yo del sujeto literario y el derecho a la subjetividad. El dato es central para la definición del género: los reportas prefieren expresarse a través de las técnicas del realismo porque éste estaba más acorde con las tendencias cientificistas y les permitía diferenciarse de los literatos que los antecedieron. Los cronistas modernistas acentuaron el subjetivismo de la mirada y sobreescribieron, para diferenciarse de los reportas.

Ahora bien, la verosimilitud de una obra escrita es un elemento narrativo que no debe confundirse con la verdad; del efecto de verosimilitud tampoco se pueden derivar –puesto que se trata de esferas diferentes– conclusiones como que la ficción pertenece al campo literario y lo verdadero al periodismo.

Cuando el discurso periodístico perfiló en su autonomía el requisito de pertenecer a la esfera de lo factual -así como el discurso literario privilegió la esfera estética-, estaba apelando a un recurso de legitimación y diferenciación. El recurso de la "objetividad" –estrategia de la escritura– se fortaleció en el periodismo ya en el siglo XX con la consolidación de las agencias internacionales de noticias.

Los últimos párrafos son el contexto en el que La Nación enfrenta paulatinamente el proceso de consolidación del modelo de empresa periodística “comercial, profesional y objetivista”. Aún concluido este proceso el peso de su opinión editorial –ya claramente separada en lo gráfico del formato informativo– siguió siendo muy importante. En conjunto, estos recursos estuvieron a disposición del proyecto político y el pensamiento ideológico que el medio representa desde sus orígenes.

3.4. El proyecto político

La fundación de La Nación no puede entenderse al margen de la matriz fuertemente dogmática que caracterizó al periodismo pre-comercial. Como sucedió en la etapa posterior a la independencia nacional, en medio de las disputas por la construcción del Estado Nacional, los periódicos empiezan a jugar un papel de creciente relevancia. El escenario político en que surge el periódico de Mitre se inicia claramente con el Estado Nacional unificado a partir de la derrota del proyecto del caudillo federal Juan Manuel de Rosas y el debate protagonizado en el inicio de la segunda mitad del siglo por el heterogéneo bloque vencedor en torno al proyecto fundacional que debería signar el desarrollo de La Nación

Afirma Horvath que durante la etapa en que gobierna Rosas se da un combate ideológico en la prensa para defenderlo o atacalo. En el segundo grupo, Domingo Faustino Sarmiento tuvo un protagonismo clave. A tal punto que monta una imprenta en el ejército de Urquiza que avanza hacia Caseros y el 3 de Febrero de 1852 desaloja del poder al Restaurador. Sarmiento había creado El Zonda en 1839 en su San Juan natal. Desde su exilio en Chile participa en El Mercurio y El Progreso. Y explica: "Yo fui periodista para tener un espacio destinado a la prédica política y para ganarme el pan de cada día. Necesitaba vivir de algo, sin robar, matar ni cometer otros pecados". Y aclara: “El diario es, para los pueblos modernos, lo que era el foro para los romanos". (Horvath, R, 2003)

Mitre, también detractor de Rosas, se había exiliado en Chile, Bolivia, Perú y Uruguay, donde toma contacto con intelectuales antirosistas emigrados, como José Mármol, Florencio Valera y Esteban Echeverría. Vuelve al país en 1852 para participar junto a Urquiza y Sarmiento del derrocamiento de Rosas. Ese año funda Los Debates, diario desde donde defiende los intereses porteños frente al proyecto de Urquiza de la nacionalización de las rentas aduaneras.

Desde la prensa, Sarmiento reparte mandobles a diestra y siniestra. Reclama que no se "ahorre sangre de gauchos" y, así como había introducido el "tren ametrallador" para liquidar a los indios, así también apostrofa contra la "oligarquía con olor a bosta".  Al mismo tiempo se enfrenta duramente con Juan Bautista Alberdi, a quien le recrimina su apoyo a la Confederación auspiciada por Urquiza. Según el historiador marxista Milcíades Peña "junto con Sarmiento, el otro gran sentidor y sobre todo, y más que Sarmiento, teorizador del desencuentro ante la tarea de crear una gran nación y la oligarquía argentina, fue Juan Bautista Alberdi.

Esta coincidencia en denunciar a la oligarquía y percibir los problemas que planteaba el avance del capital financiero sobre el país es tanto más valiosa cuanto que se conocen la intensa hostilidad personal con que se favorecían Sarmiento y Alberdi, y es notorio que a partir de 1852 nunca coincidieron en la táctica política del momento (...). El problema real no era salvar al criollo del inmigrante extranjero sino salvar al criollo de sus viejas clases dirigentes para poder construir una gran nación con ayuda del inmigrante, porque la oligarquía sólo podía construir una gran semicolonia con ayuda de Londres.

Los más incondicionales servidores de la oligarquía en el campo histórico son estos nacionalistas papales, que se lanzan, con espada clerical en mano, contra los resultados de la política de la oligarquía, pero los imputan a Sarmiento o Alberdi o 'la masonería', y dejan en la sombra a la única culpable, intentando esconder sus manchas de jaguar cebado en carne de hombres". (Horvath, R., 2003)

Sarmiento apuesta al poder de la prensa. En 1852 aparece El Nacional desde donde ataca a Justo José de Urquiza. Éste responde editando en Paraná El Nacional Argentino. El mitrista José María Gutiérrez edita, a partir de 1862, La Nación Argentina, posteriormente adquirida por Bartolomé Mitre quien, como dijimos, el 4 de enero de 1870 –con los auspicios de la agencia norteamericana de noticias Associated Press– la transforma en La Nación. Junto con La Prensa, que había aparecido unos meses antes con la apoyatura de la United Press y la conducción del político José C. Paz, son nuestros autodenominados primeros diarios "independientes" y que proclaman la "objetividad" como norma.

En 1853, Mitre había sido designado ministro de Guerra del gobierno provincial de Buenos Aires, desde donde resistió al plan de Urquiza de unir la provincia a la proclamada República Argentina. En 1859, las tropas bajo su mando fueron derrotadas en Cepeda por las de Urquiza y Buenos Aires se unió a la Federación.  Mitre fue declarado gobernador de esta provincia en 1860 y derrotó a Urquiza en la batalla de Pavón de 1861. En 1862 fue elegido presidente de la República. Presidente y vice, Mitre y Paz, eran los dueños de La Nación y La Prensa, respectivamente, diarios que hasta hoy expresan el pensamiento conservador argentino.

En la década del 60, la elite se dividía entre nacionalistas (mitristas) y autonomistas (liderados por Alsina). Fue un periodo de centralización del poder político, con un determinante uso de la fuerza. Estos nuevos partidos representaban a la misma clase social y tenían como objetivo central la toma del poder para usufructuar el aparato estatal. Durante su mandato, Mitre fue urdiendo una política de alianzas con los sectores conservadores del interior del país buscando subordinar a las provincias a los intereses porteños.

El fundador de La Nación fue propulsor de la organización nacional que incorporó a la Argentina al mercado mundial como proveedora de materias primas y compradora de manufacturas. Había organizado una feroz campaña represiva contra los detractores del modelo agro-exportador, principalmente las montoneras del Chacho Peñaloza y Felipe Varela. Se arrasaron poblaciones enteras que intentaban una última defensa de sus artesanías ante la invasión de los productos importados. Estas fueron las primeras actividades del ejército argentino, institución creada por el propio Mitre, como ensayo de la guerra contra el Paraguay.

La Nación atacó en forma permanente a Juan Bautista Alberdi, quien había cuestionado a la guerra contra el Paraguay, guerra fratricida dirigida precisamente por Mitre. Así como Alberdi señala "tenga cuidado el señor Sarmiento, que hay una barbarie letrada mil veces más desastrosa para la civilización verdadera que la de todos los salvajes de la América desierta", con valentía plantea en contra de la opinión generalizada, que "el Paraguay representa la civilización, pues pelea por el noble principio de las nacionalidades".

El medio de Mitre tenía argumentos políticos de sobra para confrontar con Alberdi: se había expedido contra el expansionismo estadounidense y la doctrina Monroe: "Entre la anexión colonial de Sudamérica a una nación de Europa, y la anexión no colonial a los Estados Unidos, ¿cuál es la diferencia? ¿Cuál es la preferible para Sud América? Ninguna. Es decir, ni monroísmo ni Santa Alianza (...). Entre las dos alianzas santas preferimos la alianza non santa de las turbulentas repúblicas (...). ¿Qué es entonces la doctrina de Monroe? La doctrina de un egoísmo, que se expresa por su mismo nombre casualmente: Mon-roer, es decir, mi cornida, mi alimento, mi pitanza". (Horvath, R., 2003)

Pero, tanto Sarmiento como su rival Alberdi y José Hernández, serían los derrotados al triunfar definitivamente la corriente conservadora saavedrista. La denominada Generación del 80 “escribiría la historia oficial manipulando documentos, ocultando información. Sarmiento comprende tarde su error, y pese a su prédica contra el nuevo poder corrupto a través de las páginas de El Censor, muere agobiado por la derrota a manos de la oligarquía roquista”. Se silenciarán sus denuncias o, al menos, como publica Sud América deI 8 de enero de 1886, se dirá que sus posturas antioligárquicas se deben a "los extravíos de una ancianidad agresiva".

Lo mismo ocurrirá con Alberdi, tal como recuerda Milcíades Peña al señalar que desde La Nación y sus escritores a sueldo, se organizó una campaña en su contra intentando demostrar su "insuficiencia mental y moral", sin darle posibilidad de réplica en tanto y en cuanto no tenía prensa a su servicio. (Horvath, R., 2003)

Durante los gobiernos de Sarmiento y Avellaneda, Mitre conjugó su actividad política (quedó fuera de la carrera presidencial en 1874) con la dirección del diario, desde donde incidió en debate nacional. Con la Generación del 80 en auge, promueve la Unión Cívica junto a Leandro N. Alem, quien tras la Revolución del Parque de 1890 denunció la traición de Mitre y fundó la Unión Cívica Radical. El director de La Nación se había ido del país justo en esas horas cruciales al tiempo que tejió negociaciones con Julio A. Roca, actitudes ambas que le valieron esa denuncia.

Hacía ya años que Mitre era quien detentaba la última palabra dentro de las filas conservadoras del país cuando murió, en 1906, a los 84 años. Privilegio que mantuvo La Nación durante décadas. Escribe Ricardo Sidicaro que la importancia de La Nación en el pensamiento conservador se ejemplifica en su editorial llamando a darle el poder a Yrigoyen porque no se podía “dar a los radicales la razón de una nueva revolución”.

Sostenía que los radicales en el gobierno “iban a demostrar su incapacidad pero no había que impedir que asumieran” porque la sociedad lo iba a “vivir como una situación fraudulenta”. Concluye Sidicaro que Federico Pinedo, 20 años después, dijo que “sin ese editorial de La Nación el conservadurismo no hubiese aceptado nunca la presidencia de Yrigoyen”. (Sidicaro, R. 2001, 84)

4. Discusión y conclusiones

Miceli, Albertini y Giusti sostienen, en clave periodística, un sistema de equivalencias a partir del cual la noticia pasó –con el surgimiento de la prensa comercial en Argentina– “de un modelo opinativo a un modelo informativo”. (Miceli, Albertini y Giusti, 1998). Si bien esta afirmación puede ser útil a los fines de establecer grandes paradigmas en la historia del ejercicio del periodismo respecto al concepto de noticia, resulta insuficiente desde una historia de los medios que focalice su objeto de estudio en el periodo de surgimiento de la llamada prensa moderna.

Las páginas anteriores fundamentan que el mismísimo nacimiento de la crónica informativa estuvo signado, en el caso de diarios como el naciente La Nación, por ricos debates estilísticos centrados en la tensión expresada por los escritores de la corriente modernista, que se sumaron desde la literatura al desarrollo periodístico; y los reportas, que fueron los sujetos que encarnaban la profesionalización de un oficio que se asumía desde el valor de la objetividad.

Fueron años en donde se comenzaba a promover desde las agencias internacionales de noticias el recurso ideológico del ocultamiento de la propia parcialidad convertida en objetividad noticiosa. Esta herramienta, eficaz hasta nuestros días, fue ganando terreno en un diario como el fundado por Mitre, diseñado para batallar en el escenario político. El resultado fue la asimilación de la técnica informativa objetivista, de la mano del desarrollo comercial que sustenta la pretendida independencia del poder estatal. Pero el origen doctrinario del medio, y su clara representación en la oligarquía conservadora como destinatario primordial, aseguraron que el peso de la opinión editorial sea hasta hoy muy importante.

Desde la fundación mitrista, La Nación mantuvo una orientación liberal-conservadora favorable a los intereses de la oligarquía agroganadera nacional. Esa misma línea lo colocó muchas veces en posturas antipopulares, llegando incluso a respaldar con su discurso a las dictaduras más sangrientas de nuestra historia, como la que tomó el poder en marzo de 1976.

 La expansión del diario se produjo también durante la década de 1990, luego de la compra realizada por la familia Saguier. En 1995, Matilde Noble Mitre de Saguier, viuda del ex intendente radical de la ciudad de Buenos Aires, Julio César Saguier, obtuvo el 66% de las acciones de La Nación y sus hijos, Julio y Fernan, se hicieron cargo de los puestos claves de la empresa.

Los Saguier adaptaron el diario sábana a la coyuntura de la globalización neoliberal surgida del Consenso de Washington para no perder su condición de aparato ideológico del establishment. Mientras tanto, José Claudio Escribano, que se ocupó de la redacción hasta principios de 2006, le dio continuidad a los aspectos político-ideológicos más tradicionales del matutino.

Tribuna de doctrina y profesión de fe convivieron como principios en la propia matriz periodística de La Nación. Ricardo Sidicaro sostiene que “el diario de Mitre editorializa combinando perspectivas explicativas y normativas”. Las primeras adquieren gran relevancia puesto que en su pretensión de neutralidad y objetividad es donde coloca el mayor esfuerzo intelectual. Aún en los momentos más densos de la situación política “no dejó de preocuparse por tratar de combinar su óptica ideológica propia con argumentaciones fundadas en lo que creía eran loa datos objetivos y la correcta manera de elaborarlos. Revela así la pretensión, como diría Weber, de que hasta un chino pudiese, quizás sin compartir, el fundamento de aquello sobre lo que se exponía”. (Sidicaro, R.,2001: 82)

La idea que La Nación tiene de sí mismo como actor político e intelectual al servicio de los sectores dominantes está acompañada con una vocación pedagógica que no desapareció en ningún momento de su historia y siguió nutriendo el espíritu de la tribuna de doctrina.

5. Referencias bibliográficas

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Ego Ducrot, V. (2005): “Objetividad o subjetividad. Mito del periodismo hegemónico”, en Trampas de la Comunicación y la Cultura Nº 40, Facultad de Periodismo y Comunicación Social UNLP, La Plata.

Horvath, R. (2003): Periodismo y revolución. Centro Cultural de la Cooperación, Buenos Aires.

La Nación (1997): Manual de estilo y ética periodística. Editorial Planeta, Buenos Aires.

Lenín, V. I. (1985): Acerca de la prensa y la literatura. Editorial Anteo, Buenos Aires.

Miceli, W., Albertini, E. y Giusti, E. (1999): “Noticia = negociación política”, en Oficios terrestres Nº 6, La Plata.

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Rotker, S. (2005): La invención de la crónica, México, FCE.

Sidicaro, R. (2001): “Consideraciones a propósito de las ideas del diario La Nación”, en Wainerman, C. y Sautu, R. (Comp) La trastienda de la investigación. Lumiere, Buenos Aires.


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Espeche, Carlos Ernesto (2009): "Tensiones políticas y culturales en el surgimiento de la prensa moderna en Latinoamérica. El caso del diario La Nación", en RLCS, Revista Latina de Comunicación Social, 64, páginas 682 a 693. La Laguna (Tenerife): Universidad de La Laguna, recuperado el ___ de _______ de 2_______, de http://www.revistalatinacs.org/09/art/854_ARG/55_80_Carlos_Ernesto_Espeche.html
DOI: 10.4185/RLCS-64-2009-854-682-693