| Reseñas de libros - 2010 |
| Los márgenes, como punto de partida Editores A. Enrique Carretero Pasin y Juan R. Coca, 2009 Sociologías de los márgenes. Libro homenaje a Juan Luis Pintos de Cea-Naharro Huelva: Hergué editorial, 351 páginas Reseña de Samuel Toledano
Acertada desde la elección del título, esta obra colectiva consigue su propósito anunciado ya desde la primera página: rendir un homenaje en vida a un profesor que se ha caracterizado por saltarse sistemáticamente las fronteras de cualquier disciplina del saber. Lo paradójico de su irreverencia académica, como prueba el contenido de sus extensas publicaciones, es que la "red de gente inquieta" que busca profundizar en aquellas cosas ocultas por la sociedad nunca alcanza una posición destacada, reservada siempre a los profesionales más “afectos” a cualquier régimen" (p. 17). El lenguaje directo con el que Pintos conversa con Juan R. Coca, en una entrevista que abre este volumen -muy ilustrativa y merecedora de más espacio-, supone la constatación de esa personalidad "plural, independiente y situada intelectualmente en los límites o los márgenes de la sociología", con la que los editores, el propio Coca y Enrique Carretero, definen al homenajeado (p. 14). El problema, sin embargo, estriba en que esa irreverencia académica que vemos está permanentemente marginada, excusada en ocasiones por el rigor metodológico pero ocultando en muchos de los casos un severo problema de endogamia. Siguiendo la línea marcada desde el título, el obstáculo de ser marginado, o situarse voluntariamente en los márgenes, puede y debe ser visto desde una perspectiva positiva, para lo cual es necesario reconocer previamente la propia ignorancia: "Cada vez que doy un paso en un campo del conocimiento me doy cuenta de cuántas cosas ignoro". Lo que Pintos defiende, tras esa afirmación, es un "diálogo" entre las diferentes ciencias, conocedoras de que andan buscando "algo que no tenemos, de lo que no disponemos" (p. 18-9). El planteamiento de Pintos es recogido por todos los autores que aquí le rinden homenaje, que siguen su estela para cuestionar "los cotos cerrados que son las universidades" y criticar la falta de estudios de las religiones en el ámbito universitario (Díez de Velasco, p. 68) o para denunciar las arbitrariedades que se pueden cometer -en este caso con Pintos- en un entorno en el que lamentablemente priman las “puñaladas para disputarse el sitio” (Castro, p. 51). Los apuntes de Castro y Díez de Velasco deben ser vistos como la justa reivindicación a una trayectoria que se ha construido con obstáculos, sin los cuales, y paradójicamente, no se podría comprender el legado académico de Pintos, como tampoco las semblanzas de su itinerario biográfico, completado aquí por Allones (pp. 39-42), Bedoya y Restrepo (pp. 43-7), Carretero (pp. 55-62), Soto (pp. 71-9) y Trillo (pp. 81-5). En todas estas semblanzas, trazadas con una evidente carga de emotividad, prima una narración de elementos biográficos o cualidades personales de Pintos que, pese a la repetición de algunos datos, ofrecen algunos extractos que sintetizan la mencionada y paradójica marginación de la red de inquietos -pensadores- en detrimento de los destacados y afines a cualquier régimen, en una escenificación de la clásica disyuntiva entre Heráclito y Parménides. “Decir que si algo ha interesado a Juan-Luis Pintos y hasta podría decir que es un vicioso de ello es práctica la manía de pensar. Es un firme agitador y propagandista de esta actividad tan exclusiva de los seres humanos y que si no se ejercita los va reduciendo a la anodina pasividad que posibilita su manipulación y a ser dirigidos por otros con fines que escapan al control de los individuos […] Él prefiere hablar de que cada uno es responsable de su historia y en esta aventura hay que estar atento porque tendremos que tomar decisiones a menudo y tal vez cambiar el rumbo que traíamos” (Castro, 53) Situados en los márgenes que acertadamente nos presenta este libro, trasladamos su legado a diferentes campos de las ciencias sociales, recogidos en la segunda parte de este volumen y que da sentido a esta obra. Sólo la aplicación y la utilización de sus planteamientos sobre los márgenes o los imaginarios en investigaciones posteriores constituyen el más efectivo homenaje que se puede hacer a un investigador. Todas estas aportaciones, presentadas en una obra colectiva, complican una trabajada edición donde aún se pueden pulir algunos estilos y capítulos, marcados por una difícil lectura y necesitados de una pequeña corrección posterior. Estas extensiones de la obra de Pintos, aquí presentadas conjuntamente, se podrían dividir en dos bloques fundamentales: la exposición y debate sobre conceptos teóricos y la aplicación de los imaginarios sociales en diferentes contextos. La creación del Grupo Compostela de Estudio sobre los Imaginarios Sociales, en el cual están integrados varios de los autores que participan en este volumen, es una sólida prueba de la repercusión que el concepto de imaginarios ha tenido en el estudio de la sociología. Así, ya al final del libro, el artículo de Sánchez Capdequí nos introduce en este concepto, un diálogo imaginario con Pintos que nos aproxima a los mitos, la observación, la realidad y, obviamente, los imaginarios: “El conjunto de creencias, supuestos y valores que aporta a cada sociedad unidad y coherencia de fondo” y que, “asusta”, ya que obliga a la sociedad a “incorporar en sus marcos de convivencia a la provisionalidad, la precariedad, la contingencia y la duda: como decía Castoriadis, la finitud y la muerte” (pp. 305-6). La aportación de Sánchez Capdequí, más apropiada por su carácter introductorio al principio de este segundo bloque, nos recupera un debate sobre la construcción de la realidad, planteada desde hace décadas por numerosos autores, como Berger y Luckmann (La construcción social de la realidad, 1968, Buenos Aires, Amorrortu) y su realidad como algo objetivado, construida por un orden de objetos que han sido designados previamente. En palabras de Sánchez Capdequí, una realidad social es, “antes que nada, una realización social, deudora de una observación que organiza el conjunto heteróclito de la experiencia” (p. 307). La relevancia de estos imaginarios necesita, sin embargo, una oportuna comparación con el concepto de representaciones sociales, que invita a Pérez a afirmar que ambos permiten “pensar las relaciones entre lo material y lo mental, en la evolución de las sociedades, particularizando y estableciendo el orden cultural como realidad social” (p. 297). Similar enfoque teórico, analizando el campo de estudio de lo imaginario, es el que realiza Cabrera, quien propone fijar la atención en el espacio semiótico para estudiar los límites de lo imaginario y comprender los mecanismos evolutivos de los diversos subsistemas (imaginarios) y los del sistema social en su conjunto” (p. 125). Con estos capítulos más teóricos sobre lo imaginario y su delimitación conceptual, resulta más asequible abordar los trabajos de Coca y Valero (pp. 145-159), Dubert (171-179) y Torres (pp. 329-351) que respectivamente anuncian las batallas por las realidades contrapuestas de la biotecnología (la empresarial y la romántica), un estudio de la vejez y el tamaño de los hogares en Galicia y el estudio de las enfermedades graves, también en Galicia. Los tres artículos, alguno en sus primeras etapas de estudio, contribuyen a reforzar la viabilidad de los imaginarios sociales como herramienta de análisis. Particularmente interesante es el imaginario del poder, circunscrito nuevamente a Galicia en el capítulo de Galindo, y que nos revela el papel nada casual que tienen algunos eventos políticos. Las tomas de posesiones de diferentes presidentes gallegos permite a este autor constatar la contribución de los periodistas en elevar a la categoría de históricos dichos eventos, contribuyendo así a la construcción de un consenso en la opinión pública. La colaboración de los periodistas -involuntaria en muchas ocasiones según Galindo, pero voluntaria a nuestro juicio por la apatía profesional- se convierte en esencial para garantizar que los gestos rituales -y el mito aquí incluido- afiancen la situación de dominio y, ya con la colaboración de los medios en su conjunto, “hacer visible el conflicto político, en establecer las relaciones de interpretación de distintos imaginarios”: “El poder actual necesita ser conocido y reconocido como tal, busca una omnipresencia mediática constante, una presencia social e informativa avasalladora, y de una ciudadanía que asiste al espectáculo entre pasiva y conformista” (Galindo, p. 218). En línea con los mitos de Galindo, se presenta las investigaciones de Da Silva -y su análisis de la obra Lévi-Strauss- y la de Pardo, quien también se dirige a los medios para recordar que son “agencias de sentido dado que gestionan, producen y orientan las formas de interpretación y comprensión de la realidad social” (p. 252), y que ahora, con internet, nos abre un nuevo escenario: “Los ritos y mitos contemporáneos, que se despliegan a partir de prácticas comunicativas propias de la Web, son un recurso que permite interpretar y afrontar los retos para desentrañar el conjunto coherente de discursos y prácticas en la constitución de la llamada cibercultura, cultura del conocimiento, cultura digital o virtual, entre otras formas de referenciar la realidad objeto de estudio. (Pardo, pp. 273-4) Fuera de los mitos, y aparentemente de lo imaginario, se presentan las aportaciones de Tamayo y Carretero, que ahondan en el interés de Pintos por la religión -la sociología de la religión- y analizan su papel en una época de secularización. Mientras Tamayo rechaza la incompatibilidad de lo religioso con lo público -”la religión no tiene por qué ser la expresión de todo tipo de opresiones sociales y económicas y de todas las formas de alienación psicológica: miedo, angustia, frustraciones, etc.” (p. 325)- Carretero destaca la contradicción de una modernidad donde la religión podría ser vista como una lógica al servicio de la dominación social (lectura crítica) o un “recurso cultural garantizador del orden y de la estabilidad de una sociedad” (lectura homeostática) (pp. 129-130). Subyace en ambos artículos una aparente desorientación del hombre tras la pérdida o muerte de Dios y, por tanto, una perdida de la religión como referente normativo para ver lo que está aprobado o reprobado socialmente, situándonos “insospechadamente” en una situación en la que, según Marticorena, “el pensamiento religioso no ha sido superado y desestimado porque no ha permanecido impasible, sino que se ha ido adaptando y desarrollando para cuestionar y contestar aspectos más específicos de la complejidad social (p. 23). Resulta curioso comparar a Berger y Luckmann cuando recuerdan que los roles que representan simbólicamente el orden institucional se han localizado especialmente en las instituciones políticas y religiosas, y la afirmación de Marticorena, cuando apunta que ideología y religión se atribuyen el supuesto conocimiento de la una “verdad trascendente desde la que pretenden definir la realidad social para dotarla de un sentido que oriente al individuo y cohesiones el grupo” (p. 238). Pero la verdad, en el pensamiento moderno, es algo subjetivo: está proyectada en una representación de la realidad, tal y como recuerda Foio en su disertación sobre la verdad, el conocimiento y el caos (p 204). Ante esta situación de caos -o desconocimiento de nuestra propia realidad- los artículos de Couceiro-Bueno y Bergua nos permiten cerrar un círculo, regresando a las críticas al sistema universitario, donde, lamentablemente, el tipo de enseñanza que se imparte en Occidente está basada en destrezas tecnocráticas, que provocan un enorme vacío intelectual, buscando, con un pragmatismo ruin, convertir a los ciudadanos en consumidores (Couceiro-Bueno, p. 163). La universidad, prosigue el autor, debería ser un lugar donde todo sea cuestionado, donde hasta los cuestionamientos más radicales puedan ser planteados (p. 166) y donde prime, según Bergua, un proceso de aprendizaje basado en la conversación del profesor con los alumnos, que ambos tomen nota del aprendizaje del otro cuando uno ha logrado aprender algo. De no ser así, no habría “ningún incremento de conocimiento, sólo la reproducción del existente” (p. 102). Los márgenes se presentan de esta forma como algo más que un término que rinde homenaje a Pintos. Este volumen demuestra que son viables, y necesarias, alternativas al centralismo académico, investigador y, evidentemente político. El reto empieza en aprovechar la flexibilidad de un concepto que, conscientemente situado en el exterior del sistema, puede y debe cuestionar el orden dominante. |