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académica de los periodistas que acceden a los medios de comunicación hasta su relación con las fuentes, pasando por su salario y por la calidad de las piezas publicadas. O por lo menos esta es la idea que se encuentra en el imaginario colectivo de los periodistas locales.
La realidad es que no hay estudios que acrediten esta “revolución” periodística: la única aproximación es la que se hace en este libro, que sugiere que los acontecimientos de 1994 dejaron “como huella visible mínimas transformaciones en el trabajo periodístico local, en se responsabilidad social o en su filosofía”. Ante la inexistencia de trabajos que se aproximen a la figura del periodista chiapaneco, esta obra, escrita por cinco autores, pretende bosquejar sus condiciones sociales, profesionales y laborales.
Entonces, ¿sucedió algo con el periodismo chiapaneco en 1994? Todo el estado se llenó de periodistas nacionales e internacionales, pues Chiapas se convirtió en foco informativo de primer orden. Los periodistas locales entraron en contacto con periodistas de todo el país y de todo el mundo, pudiendo comparar sus condiciones laborales y sus rutinas de producción de información. Además, algunos periodistas chiapanecos se convirtieron en corresponsales de medios nacionales o internacionales, mejorando de manera relevante sus condiciones laborales.
Hasta ese momento (aunque también después), el periodista chiapaneco era despreciado por el medio del que dependía: casi ninguna publicación pagaba a su personal (el libro habla de “periodistas” y “reporteros”) por su trabajo. En lugar de eso, el reportero recibía una credencial para que, con ella, buscase sus propios recursos. Y, ¿de dónde obtenía esos recursos, si su medio no le paga? Fundamentalmente del Gobierno del Estado de Chiapas. Así, si el gobernador de turno se asegura un trato favorable por parte de los periodistas y el periodista se asegura el sustento.
Quince años más tarde la situación no ha variado sustancialmente. El principal punto fuerte del periodismo chiapaneco con respecto a aquel momento es la formación de sus periodistas: la creación de la licenciatura en Ciencias de la Comunicación a principios de los noventa desplazó paulatinamente a los reporteros que habían aprendido el oficio de manera empírica, muchos de ellos con una formación básica.
El periodista licenciado demanda un salario (aunque sea realmente bajo) y no suele aceptar como pago los chayos o peines (“subvenciones” del gobierno). ¿Podemos hablar, por lo tanto, de que en Chiapas el caciquismo ha desaparecido del periodismo chiapaneco, o de unos medios de comunicación plurales y libres? No. Los gobiernos han dejado de comprar a los periodistas y han optado por una fórmula más sencilla: comprar a los medios.
En los últimos años han proliferado multitud de publicaciones donde lo que menos importa es encontrar públicos o anunciantes, ya que un convenio con el gobierno estatal es lo que asegura la viabilidad económica del medio.
Si no importa el lector, poco importará el periodista, que se limitará a ser un vocero de los sucesivos gobiernos, del mismo modo que los medios de comunicación se convierten en órganos propagandísticos. En este contexto, el máximo perjudicado es el ciudadano, que carece de información y, por lo tanto, la democracia es sólo aparente, una burda mentira.
Como mal menor, los chiapanecos no leen los periódicos. De tal manera que este flujo de propaganda no llega a la sociedad, incumpliéndose las ideas de McCombs y Shaw, pues aquí la agenda mediática no configura la agenda social. Los medios de comunicación apenas influyen en la realidad cotidiana, pues forman parte de un circuito cerrado de producción y consumo por parte de las elites políticas: el gobierno y algunos funcionarios difunden las noticias y el gobierno y algunos funcionarios consumen las noticias por ellos generadas. El periodismo pierde toda función social al desconectarse de las necesidades de las personas.
Los periodistas chiapanecos tienen muy difícil revertir esta situación. A pesar de que sus condiciones educativas, sociales y laborales han mejorado en los últimos 15 años, una encuesta llevada a cabo por los autores del libro sobre 158 comunicadores chiapanecos revela que las dificultades en la profesión son aún muy grandes. Bajos salarios, horarios laborales muy amplios, imposibilidad de elaborar una agenda basada en criterios profesionales…
El periodista medio, a pesar de tener estudios universitarios, recibe un salario mensual en el entorno de los 400 dólares estadounidenses. Está, además, casado, lleva siete años o más en su empresa y no está afiliado a ninguna organización profesional.
¿Será posible un cambio en el manejo de la comunicación de masas en Chiapas? De lo que podemos estar seguros es de que la calidad de la democracia chiapaneca, en particular y mexicana en general depende de ello. Más allá de la existencia de elecciones, una democracia no será más que una farsa si se priva a los ciudadanos del conocimiento de la situación de su entorno y del funcionamiento de las instituciones que deberían representarlos, si se les impide escuchar opiniones críticas u otras alternativas de organización política, social y económica.
El lector crítico se preguntará por la mayor o menor similitud de la situación mediática chiapaneca con otros contextos, por ejemplo Europa o Estados Unidos. Los países más desarrollados han desarrollado estrategias refinadas para controlar el discurso y la opinión publicada, con el agravante de que en muchos de ellos sus ciudadanos son consumidores de medios de comunicación en una mayor proporción. El discurso mediático juega entonces un papel más importante en la configuración de la agenda social y en la ideología de los ciudadanos: políticos y empresarios utilizan también los medios de comunicación para legitimar sus políticas, mejorar sus beneficios económicos y mantener el statu quo. Chomsky o Van Dijk han dedicado gran parte de su obra a hablar de ello. |