Revista Latina

Reseñas de libros - 2010

PERIODISTAS SOMETIDOS: LOS PERROS DEL PODER

Francisco Rubiales Moreno.  
Editorial: Alnuzara, 2009- ISBN: 978-84-92573-64-6 - 238 pág.

Reseña realizada por Alberto Ardèvol Abreu

“Los periodistas están en la línea de fuego. Tenían la obligación de ser ‛perros guardianes’ de la democracia, pero muchos se han convertido en ‛perros del poder’” (pág. 32).

Periodistas sometidos: los perros del poder es el último libro de una trilogía que parte de Democracia secuestrada y continúa con Políticos, los nuevos amos. ¿Quién podría hacer un buen prólogo para uno obra con este título? Rubiales nos sorprende desde las primeras páginas, pues escoge para tal labor a Luis María Anson. ¿Será otro Luis María Anson, una coincidencia de apellidos? No, es el Luis María Anson de la Real Academia Española, del Abc y de

sometidos

La Razón, el monárquico y liberal-conservador, el histórico periodista que presidió Efe. En la agencia también trabajó Rubiales, que, desde posiciones igualmente conservadoras, reflexiona en este libro en torno a la situación del periodismo en los primeros años del siglo XXI. Rubiales ha sido corresponsal de guerra en  Guerra del Yom Kippur de 1973, en la Revolución Sandinista en 1979 y en la Guerra Civil de El Salvador en 1980. Además, ha dirigido las delegaciones de Efe en Cuba, Centroamérica e Italia y participó como director de Comunicación en la Expo’92. Esta rica vida profesional le permite construir un interesante anecdotario que salva un libro que, por lo demás, hace pocas aportaciones o ninguna al prolijo debate sobre el divorcio entre prensa y sociedad, entre medios de comunicación y democracia o, lo que es lo mismo, la alianza entre prensa y poder.

Rubiales confiesa que se curó de su izquierdismo en Cuba, donde trabajó en la delegación de Efe en La Habana. No nos dice, en cambio, en qué posiciones acabó al sanar de su “enfermedad”, aunque podemos vislumbrar que el periodista andaluz escribe desde el liberalismo conservador, o desde la democracia cristiana liberal. Es por esta razón que a lo largo del texto podemos encontrar posturas dogmáticas en aspectos como la distinción entre lo verdadero y lo falsol el bien y el mal, lo malo y lo bueno: “‛Verdadero’ y ‛falso’ son muchas veces sinónimos de ‛bueno’ y ‛malo’” (pág. 71).

Y aunque Rubiales afirma que la objetividad periodística es tan falsa como imposible, dedica poco después un capítulo entero a la verdad. “Desde el principio de los tiempos, todas las culturas han incorporado a la verdad como parte del bien y como una de las fuerzas positivas, enfrentada siempre a la mentira y al engaño, patrimonios del mal” (pág. 61). Olvida Rubiales, no obstante, decirnos a qué verdad debe apuntarse el periodista.

Para complementar su discurso, critica reiteradamente el “relativismo moral”, que contrapone de manera dicotómica a “la verdad”, empleando una dialéctica más propia de un sermón que de un libro de comunicación. No debe sorprendernos, pues, que Rubiales acuda a La Biblia para reflexionar en torno al oprobio o a Jesucristo para explicar el concepto de verdad.

Pero, ¿qué diferencia hay entre objetividad y verdad? Como afirma Burguet en Las trampas de los periodistas,  no tiene sentido diferenciar una de otra, y ambas no sirven sino como coartada de la manipulación informativa e instrumento al servicio de los intereses político-ideológicos de las clases dominantes. Paradójicamente, Rubiales arremete a lo largo de todo el libro contra la politización de los medios y la manipulación informativa.

Desde la perspectiva del autor, las nuevas tecnologías están jugando y jugarán un papel central en la regeneración de los medios de comunicación. “Gracias a las nuevas tecnologías, los periodistas ya no son imprescindibles como mediadores” (pág. 111). Esta idea se contradice más adelante, al afirmar que “sin los periodistas, los ciudadanos no tienen capacidad de cambiar las cosas” y que “los ciudadanos [...] carecen del poder y de la influencia para forzar la regeneración” (pág. 164).

Añade que “este nuevo periodismo [el periodismo para internet] es más libre, escapa al control de las empresas mediáticas y conecta con valores en alza que sí están cerca del ciudadano y de la sociedad civil” (pág. 113). Desde su perspectiva liberal, la mejor receta para conseguir una información veraz, independiente y libre es la de mantener a los poderes públicos lejos de internet, y que sus contenidos se controlen por autorregulación y por responsabilidad de los usuarios.

Olvida Rubiales que la llamada revolución digital y la sociedad de la información no son sino lugares comunes a los que acuden las elites político-económicas para consolidar su statu quo: las tecnologías per se no tienen la capacidad de cambiar el contexto político, económico, social y cultural, sino más bien todo lo contrario. Y, como demuestran Almiron y Jarque en El mito digital, los discursos sobre la capacidad redentora de las nuevas tecnologías suelen esconder una ideología fundamentalista en lo tecnológico y conservadora en lo político, social y económico.

Para el autor, las opciones políticas no son determinantes “desde la óptica de la libertad”. Rubiales relativiza la importancia de la ideología política al afirmar que “cuando un ciudadano asume la libertad con plenitud ya no es de derechas ni de izquierdas, sino ético, demócrata y libre, que ocupan lugares mucho más elevados y nobles que la militancia partidista” (pág. 121).

Este discurso parece contradecirse con las ideas que defiende unas páginas más adelante: “los grandes poderes prefieren un mundo sin ideologías y sin valores inamovibles, aparentemente dirigido por una sociedad carismática y desideologizada, pero sometida al control de los grandes intereses que ellos representan” (pág 165).  ¿Las derechas y las izquierdas no son un conjunto de ideologías? Y, por otro lado, ¿cuáles son los “valores inamovibles” que debe mantener la sociedad?

A lo largo del libro, Rubiales pierde en algunas ocasiones su talante “apolítico” y convierte sus preferencias ideológicas en dogma y en valores superiores. Así, nos ofrece una muestra de estos valores-refugio, que deben sostenerse en el nacionalismo (español) y el amor a la patria y sus símbolos, la religiosidad (católica), el antihedonismo y la superioridad de la civilización occidental: “El mundo está plagado de periodistas servidores de la mentira, como aquéllos [...] que silencian en España que el Estatuto de Cataluña atenta contra la Constitución, la igualdad, la solidaridad y la decencia de la democracia” (pág 81).

“Las grandes conquistas de los antepasados y los símbolos nacionales, aunque hoy nos parezca inconcebible, llegaron a tener un gran valor” (pág. 70). “Cuando abrazamos una religión lo hacemos porque creemos que es la ‛verdadera’ y siempre preferimos lo ‛auténtico’ a lo que es falso o imitado” (pág. 71).  “La virtud [...] ahora se relaciona con el gasto, el ocio, el consumo desenfrenado, el hedonismo, el relativismo moral y la permisividad en todas sus facetas” (pág. 54).  “Aunque algunos gobiernos [...] diseñan asignaturas de Educación para la Ciudadanía, en realidad no tienen interés alguno en formar auténticos ciudadanos” (pág. 96). “Sin fuerza moral ni convicciones para oponer a sus enemigos, Occidente es un pelele agonizante. Sus enemigos, que sí tienen ideas y la convicción suficiente para morir por ellas, se lo echan en cara: ‛ustedes aman la vida, pero nosotros no tememos a la muerte’, claman los terroristas islamistas” (pág 154). Qué peligroso resulta el discurso de la verdad y la objetividad cuando se pretende hacer pasar las opiniones por hechos ciertos e indiscutibles.