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Investigación pdf – metadatos 739 – Creative Commons
DOI: 10.4185/RLCS-62-2007-739-160-169
Cómo citar este artículo / How to cite this article:
Camiñas, T. (2007). Valores en alza: guerras, propaganda mediática,
cultura del miedo y hedocinismo, en Revista Latina de Comunicación
Social, 62, páginas - pages 160 a 169 Recuperado el ____ de ____________ de ______ de:
http://www.revistalatinacs.org/200713Tasio_Caminas.htm
DOI: 10.4185/RLCS-62-2007-739-160-169
[Revisor I: El artículo reseña diferentes eventos globales de carácter
militar, aportando una buena síntesis de fechas, hechos y sus correlaciones
con la mitología del terror, como indicadores de una cultura hedocínica
que atenta contra los derechos elementales del hombre y sus libertades.
Algunas reflexiones sobre el esteticismo de la política
nos hacen pensar sobre los escandalosos niveles de alineación que
están logrando la industria bélica y sus correlatos ideológicos,
sean de la ficción cinematográfica o de la propaganda gubernamental. Revisor II: Con un extenso análisis de acontecimientos bélicos o terroristas, el autor o autora nos quiere demostrar el poderoso instrumento que son los medios de comunicación para expandir una estrategia del miedo que afianza el conservadurismo de la sociedad frente a reales o ficticias amenazas. Aunque se podría haber aprovechado el artículo para indagar sobre el concreto papel de los medios y sus métodos –en lugar de limitarse a señalar que es portavoz de los intereses gobernantes o de sus propios fines comerciales–, el artículo, como se destaca ya en su título, pretende ahondar más en los valores, es decir, en la simbología nada inocente que se esconde detrás de fotografías, titulares y textos que los medios publican sin reparar en que están convirtiendo la información en propaganda. Revisora III: Este artículo analiza y reflexiona, con una visión crítica, la utilización de un acontecimiento (los atentados del 11-S) como plataforma de consolidación de un discurso propagandístico basado en el miedo y que favorece la carrera armamentística y el histórico enfrentamiento entre Oriente y Occidente. Texto bien argumentado y de exposición elocuente, ofrece una reflexión sobre el “esteticismo de la política” y la alienación lograda por los intereses gubernamentales y la industria bélica.]
Valores
en alza: guerras, propaganda mediática, cultura del miedo y hedocinismo
Rising bonds: wars, media propaganda, culture of fear and ¨hedocynicism¨
Artículo
recibido el 27 de marzo de 2007
Sometido a pre-revisión el 29 de marzo de 2007
Enviado a revisión el 5 de abril de 2007
Devuelto a su autor tras primera revisión externa el 1 de junio
de 2007
Sometido a segunda revisión el 6 de junio de 2007
Aceptado el 10 de junio de 2007
Galeradas telemáticas a disposición del autor el 1 de julio
de 2007
Visto bueno del autor el 2 de julio de 2007
Publicado el 5 de julio de 2007
Dr.
Tasio Camiñas Hernández © [C.V.]
Profesor del Departamento de Comunicación Audiovisual y Publicidad
Universidad de Málaga
tasio@uma.es
Resumen:
Este artículo es una reflexión crítica basada en
el estudio de los acontecimientos derivados del 11-S vistos a través
del discurso de los expertos reflejado en la prensa española de
referencia. En este análisis se ha observado la evidencia de un
discurso propagandístico oficial que es diseminado a diario por
las empresas de comunicación globales y los poderes político
y económico para imponer una cultura del miedo y de guerra permanente
en una sociedad sumergida en dos valores en alza: el cinismo y el hedonismo
(hedocinismo). Los acontecimientos del 11 de septiembre de
2001 iniciaron esta nueva era de guerra contra el terrorismo,
que ha provocado un nuevo enfrentamiento entre Oriente y Occidente, un
choque de fanatismos religiosos (cristianismo radical frente a islamismo
radical), y que puede desembocar en una tercera fase de la globalización
basada en una nueva etapa de disuasión armamentística a
escala mundial.
Palabras clave: guerra;
terrorismo; 11-S; propaganda; miedo; medios de
difusión.
Abstract:
This article is a critical reflection based on the study of the events
of September 11, 2001 as presented by experts in the Spanish press of
reference. This analysis shows evidence of an official propagandistic
discourse imposed by the global media companies as well as by the political
and economic powers to promote the culture of fear and war within a society
deeply rooted in two rising values: cynicism and hedonism (henceforth
"hedocynicism"). The September 11 events initiated a period
of "war on terrorism" characterised by a new conflict between
the East and the West, the clash of religionism (radical Christianity
versus radical Islamism) and a third phase of the globalization, this
time based on global armament deterrence.
Keywords: war; terrorism; September 11, 2001; propaganda; the
culture of fear; commercial media.
Sumario:
1. Introducción. 2. Los medios comerciales de difusión y
el imperio del cinismo. 3. La mitología bélica estadounidense.
4. El espectáculo / negocio del miedo y el terror. 5. Conclusión.
6. Bibliografía y fuentes.
Summary:
1. Introduction. 2. Commercial media and the empire of cynicism. 3. The
USA war mythology. 4. The performance/ Fear and terror business. 5. Conclusions.
6. Bibliography and sources.
1. Introducción
El acontecimiento
que propulsó la maquinaria propagandística global hacia
el siglo XXI fue el de los atentados terroristas del 11 de septiembre
(11-S) de 2001 en Washington y New York. Tras ese suceso se produjo, el
7 de octubre de 2001, el bombardeo de Afganistán por parte del
Ejército estadounidense y la posterior caída del régimen
talibán, tras la llamada operación Justicia Infinita/
Libertad Duradera y, meses después, el ataque de las
fuerzas aliadas contra Bagdad y la ocupación de Irak, en el marco
de la llamada guerra contra el terrorismo. Ésta fue
organizada y puesta en marcha por expertos del Pentágono, el Departamento
de Defensa y asesores de marketing y relaciones públicas de empresas
que trabajan para el Gobierno estadounidense con el fin de expandir la
democracia americana y el libre mercado en Oriente Próximo
y en otras zonas del planeta. Tal estrategia, si bien había sido
ideada con bastante antelación a los hechos del 11-S, quedaría
ratificada con la aprobación de la Estrategia para la Seguridad
Nacional puesta en marcha por el Gobierno de Bush, en 2002. Incluso, el
New York Times ya había advertido que representantes políticos
republicanos señalaron estar dispuestos a usar la excusa del terrorismo
para desarrollar una agenda política radical de derechas (Chomsky,
2003: 217).
Esa guerra preventiva, contestada por millones de ciudadanos
en todo el mundo, contó desde el principio con el apoyo de líderes
europeos como el británico Tony Blair, el español José
María Aznar o el italiano Silvio Berlusconi. Esta alianza se plasmaría
y recordaría por la foto de la cumbre de las islas Azores, en la
que aparecían junto al presidente George W. Bush el ahora presidente
de la Comisión Europea, José Manuel Durao Barroso, Tony
Blair y el propio Aznar. Éste, imbuido de la gracia de todo estadista
que aspira a pasar a la historia, llegaría a decir entonces, y
lo recalcaría después, que España, con su nueva alianza
con Estados Unidos, dejaba de estar, por fin, en el rincón
de la historia.
La guerra contra Irak, motivada en la falsedad propagandística
de las armas de destrucción masiva que albergaba el
régimen de Saddam Hussein, sigue su curso, aunque oficialmente
terminó con victoria estadounidense tras la llegada
de Bush al portaaviones Abraham Lincoln, ubicado en aguas del Golfo Pérsico,
a primeros de mayo de 2003. Aquel performance publicitario no fue sino
una mala representación, igual que lo había sido el torpe
derribo de la estatua de Saddam en la plaza del Paraíso de Bagdad,
el 9 de abril del 2003, actos de mero simbolismo mediático puestos
en marcha por el aparato de propaganda de Bush. Uno de sus referentes
era la propia cadena de televisión árabe Al Jazzera, que,
según Charlotte Beers, la encargada por Bush de vender al mundo
la guerra contra el terrorismo, sabía presentar los
acontecimientos con una mezcla elegante de emoción y drama (Snow,
2003: 90). Ya advirtió Walter Benjamín que toda guerra lleva
implícito el concepto de victoria, que es lo que simbólicamente
interesa a Estados Unidos a la hora de ejercer la violencia sobre otros
Estados. Es reprobable toda violencia mítica, que funda el
derecho y que se puede llamar dominante. Y reprobable es también
la violencia que conserva el derecho, la violencia administrada, que la
sirve. La violencia divina, que es enseña y sello, nunca instrumento
de sacra ejecución, es la violencia que gobierna (Benjamín,
1991). Y quizás, basándose en esta creencia, es por lo que
George W. Bush ha sido definido por los medios de comunicación
estadounidenses como un cristiano redimido y, en virtud de
su cargo de presidente del país más poderoso del mundo,
el país elegido por Dios, es el encargado de liderar las huestes
del bien contra las del mal en el mundo (Galtung, 1999).
Pero volviendo a la acción del 11-S y sus consecuencias hay que
hacer alusión inequívoca al efecto dominó que ese
hecho concreto ha tenido después en el escenario global de la guerra
contra el terrorismo. La versión española del 11-S
tuvo su réplica en los atentados de la estación de Atocha
en Madrid, el 11 de marzo del 2004 (11-M), un hecho que se produjo tres
días antes de unas elecciones generales, las del 14 de marzo, que
desembocaron en un castigo de la mayoría silenciosa
a Aznar y su Gobierno por apoyar la guerra iraquí y enviar soldados
españoles a la misma. Aunque también influyó, al
parecer, en ese resultado favorable a José Luis Rodríguez
Zapatero, el líder del PSOE, la forma en que el Gobierno popular
gestionó la crisis provocada por los atentados, atribuidos en principio
a la organización terrorista vasca ETA. Esta estrategia de la conspiración
ha sido sostenida hasta la actualidad por elementos implicados entonces
en el gobierno conservador español y ha contado con el apoyo explícito
de algunos medios de comunicación conservadores, como El Mundo,
Abc o La Razón.
El
espectáculo mediático de esa guerra política de bandos
entre populares y socialistas en España sigue vigente hoy día,
una lucha repleta de acusaciones e injurias y que pone en duda el alcance
real político y social de la democracia española. Además,
se espectaculariza ante la opinión pública por
televisión un juicio que enfrenta a los supuestos autores e ideólogos
de los atentados de Madrid y a la justicia española, mediatizado
por declaraciones políticas sobre el terrorismo, los terroristas
y, en menor medida, sus víctimas. En este periodo, como ha ocurrido
desde la etapa de la Transición, el debate esencial de la política
española sigue siendo el terrorismo, sea éste de carácter
nacionalista o islamista. Entretanto, ETA y su brazo político Batasuna
promueven una tregua que busca un rearme social del entorno abertzale
en las elecciones municipales del 27 de mayo de 2007, y ante el fracaso
de ese proceso, ETA decide, el 5 de junio de ese año, romper dicha
tregua y volver a la lucha armada. La política española
es un bucle perfecto y el hecho terrorista es el que mueve de su silla
a los altos cargos de la Administración cuando llegan las elecciones.
Aún así, los métodos informativos empleados por los
principales medios de comunicación para difundir las secuelas del
terror en España fueron y han sido similares a los usados cuando
sucedieron los atentados de Estados Unidos: confusión y manipulación
oficial de la información, censura y autocensura de los medios,
guerra informativa y dialéctica que sirve como cortina de humo
de la hipotética realidad. De esta situación se aprovechan
tanto el poder político como los propios medios comerciales de
comunicación. Asimismo, se difundió un discurso por parte
de los medios y los expertos que emanaba sobre todo emotividad, miedo,
drama y patriotismo cara a la opinión pública, en lugar
de presentar cuestiones claves y una visión crítica sobre
la realidad internacional, exactamente igual que los medios trataron los
hechos derivados del 11-S (Camiñas, 2003).
No le ocurriría lo mismo que a Aznar a Tony Blair en Gran Bretaña,
un país que, como Estados Unidos, tiene arraigado en la memoria
colectiva el recuerdo de la guerra, debido a su pasado colonialista. Pese
a las disputas parlamentarias y los enfrentamientos con algunos medios
de comunicación, como la BBC, por cuestiones relacionadas con la
guerra de Irak, Blair ganaría de nuevo unas elecciones generales.
No obstante, cuando estaba en su mayor cuota de popularidad y celebraba
en Escocia con los representantes del G-8 su liderazgo europeo y se hablaba
de la posibilidad de condonar parte de la deuda a los países del
Tercer Mundo, tuvieron lugar los atentados del metro de Londres, el 7
de julio de 2005 (7-J).
Posteriormente, se volvieron a producir nuevos atentados fallidos en el
metro londinense el 21 de julio, que crearon a su vez una psicosis de
atentados terroristas en otras ciudades europeas. Y el día 22 de
julio la policía británica abatía a tiros a un ciudadano
brasileño, Jean Charles de Meneses, a quien confundía, según
la versión oficial, con un terrorista, en una estación de
metro londinense.
2. Los medios comerciales de difusión
y el imperio del cinismo
El terrorismo de carácter islamista y la guerra contra el
terrorismo volvían a estar de nuevo en el primer lugar de
la agenda política internacional con el apoyo incondicional de
los medios comerciales de difusión occidentales. Estos irían
desvelando día a día las historias personales de los nuevos
terroristas islamistas de Leeds de ascendencia pakistaní,
la existencia de posibles nuevas células terroristas escondidas
en el Reino Unido y en otros países europeos, y la supuesta facilidad
con que algunos ciudadanos atraviesan las fronteras y los controles de
los aeropuertos (donde todos somos vigilados y cacheados) sin ser detectados
por las fuerzas de seguridad, pese a ser todos sospechosos y mensajeros
de una conversación preventiva del Estado que tiene como último
fin nuestro control (De Pablos, Mateos, 2004).
Posteriormente,
en agosto de 2006, los medios oficiales volverían a alertar a la
población sobre el miedo terrorista, cuando dijeron haber frustrado
un supuesto atentado múltiple que un grupo islamista se disponía
a acometer con explosivos líquidos en varios aviones de la línea
Londres-New York. Tras esta noticia se reforzarían de nuevo las
medidas de seguridad en los aeropuertos de Occidente, justo en pleno periodo
vacacional, y el presidente Bush aparecería en la prensa acusando
a los grupos islamistas de fascistas, recordándonos
de nuevo que Estados Unidos estaba en guerra contra el terrorismo y para
defender la libertad. Y en pleno mes de junio del 2007 se anunciaba otro
intento de un grupo terrorista islamista radicado en Estados Unidos de
atentar contra los tanques de combustible del aeropuerto John F. Kennedy
de New York, en lo que sería, se dijo, un atentado de mayor repercusión
incluso que el 11-S, según especificaban los medios.
Todo un discurso emotivo e interesado para desplegar la estrategia del
miedo y la desconfianza que va calando en las conciencias del ciudadano
medio, que cree y sospecha, como si fuera un policía orweliano,
que cualquier vecino puede ser un terrorista. Esa era una de las claves
que pretendían enseñar a la ciudadanía las diferentes
leyes antiterroristas (del tipo de la USA Patriot Act estadounidense)
puestas en marcha en casi todos los países occidentales tras el
11-S. Por ello, como ha expresado el filósofo Emilio Lledó,
la globalización de los mensajes manipulados sobre terror e inseguridad
que fluyen por los medios de comunicación sirven para globalizar
las noticias y el terror, para incorporar el terror a nuestra mente poco
a poco, para aterrorismarnos, y permitir la existencia y el
imperio de los imbéciles y su cólera. Por esa razón,
la creación del terrorismo, como peligro universal, es una
de las fuentes más lucrativas para mantener encendido el fuego
de la guerra, así como la propaganda y la obsesión
por la seguridad que la acompaña, basadas en el lenguaje del miedo
(Lledó, 2005:15).
Todos estos hechos, que se han convertido en la imagen cotidiana que repiten
y reflejan los medios comerciales de difusión desde los atentados
del 11-S, ponen de manifiesto que esos global media, como empresas multinacionales
que son, ostentan un poder extraordinario en el mundo actual, mayor si
cabe que el que nunca han tenido. Configuran, en definitiva, un único
poder global que no tiene contrapoder, quizás sólo comparable
al que disponen hoy en día el resto de las multinacionales que
gobiernan el llamado mercado global. Hoy, los medios comerciales de difusión
se han liberado de las ataduras del servicio público, e incluso
han logrado que el derecho de información deje de ser legítimamente
un servicio público, pues cada vez con mayor evidencia sirven a
causas políticas y económicas representadas por los intereses
de las grandes corporaciones, como han señalado Edward Herman y
Robert McChesney (Herman, 1997), que, a su vez, casi siempre coinciden
con los intereses de las elites gobernantes en el poder.
Y ese
es el caso de George W. Bush (o su padre y alter ego, George Bush) y su
equipo de Gobierno, cuyos miembros pertenecen desde muchos años
atrás a organizaciones y empresas relacionadas con el negocio del
petróleo, la industria de la guerra o los lobbys financieros, como
el vicepresidente Dick Cheney, el ex Secretario de Estado de Defensa Donald
Rumsfeld, la Secretaria de Estado Condoleezza Rice o el defenestrado (por
nepotismo hacia su pareja) presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz,
por citar sólo algunos casos. Éstos y otros altos cargos
de la Administración estadounidense durante los últimos
cuarenta años han sido discípulos de Henry Kissinger, el
rey de los cínicos, como definen a este arquitecto
de la política exterior norteamericana algunos de sus biógrafos.
Esta clase política cuenta además con el apoyo constante
de innumerables fundaciones privadas y de expertos, pues,
como diría Norman Birnbaum, gran parte del mundo universitario
estadounidense, en las áreas de las ciencias naturales y sociales,
está integrada en la maquinaria imperial (Birnbaum, 2007:18).
Por todo lo señalado, podemos establecer que con la representación
icónica en directo del 11-S se inició desde Estados Unidos
una estrategia de persuasión emotiva de carácter global
que perdura hasta hoy. Por vez primera, la retórica de la violencia
terrorista fue usada como una estratagema no sólo de confrontación
política (el llamado choque de civilizaciones o de fundamentalismos,
como han pretendido definir la situación actual distintos analistas)
sino como ritual pseudo-religioso y emotivo de escala planetaria. No en
vano, se dio a conocer el acontecimiento en un directo globalizado y con
toda la simbología icónica y de exorcismo social capaz de
perpetuarse en el imaginario colectivo de unas masas cautivas por el espectáculo
mediático.
El hecho terrorista visto como una representación suprema de la
violencia social, -que sucede ante las cámaras de televisión
y se consume como cualquier otro producto en el mercado cultural planetario
del miedo-, se ha exhibido sistemáticamente en múltiples
escenarios y con distintas pautas, que se asemejan a los propios escenarios
de las zonas de guerra mediáticas. Asimismo, se ha puesto en escena
otro capítulo más de la historia y la mitología estadounidenses
basadas en el argumento de la lucha del pueblo elegido, encarnación
religiosa del Bien, contra cualquier tipo de barbarie interior o exterior,
el enemigo común, representado primero por el enigmático
Bin Laden y su red Al-Qaeda de islamistas radicales y posteriormente por
el Eje del Mal y todos sus correligionarios terroristas. Aunque, tanto
las representaciones del redimido George W. Bush en este teatro del mundo,
como las actuaciones de los demonios Bin Laden o Saddam, configuran
un reparto más propio de las películas creadas en Hollywood
sobre el agente James Bond o el maligno Fu Manchú.
Pero no debemos olvidar la otra realidad. Cuando los actuales dirigentes
instalados en la Casa Blanca y el Pentágono elaboraron el Proyecto
para el Nuevo Siglo Americano, en 1997, ya explicaban con todo detalle
la importancia que tendrían las guerras futuras y el Ejército
estadounidense para consolidar y extender la hegemonía americana
tan lejos como fuera posible. Asimismo, como explicaba el escritor William
Rivers Pitt, señalaban el papel que debían desempeñar
las grandes corporaciones de medios, que no era otro que vender
la guerra permanente como algo beneficioso, yendo por todo el mundo mostrando
cada combate (Rivers Pitt, 2003: 7). En suma, lo que se había
gestado con anterioridad y se puso en marcha el 11-S, además de
una nueva campaña bélica y de dominio geopolítico
y económico de gran relieve, por parte de Estados Unidos y sus
aliados occidentales, era otra guerra propagandística y de manipulación
de la verdad y del lenguaje de tal magnitud que habría que buscar
un precedente histórico semejante en los acontecimientos previos
a la I Guerra Mundial. Tras los atentados del 11-S, en la respuesta dada
por Estados Unidos, primero en Afganistán y luego en Irak, se trataba,
además, de quedar por encima del enemigo no sólo en el ámbito
bélico y disuasorio sino en el plano espectacular, como ha apuntado
el escritor Sánchez Ferlosio (Ridao, 2007: 56-57).
No en vano, como diría Sami Nair, todo hoy desde el poder se mide
en metáforas, por eso el lenguaje es un comportamiento que crea
pensamientos y, por tanto, es totalitario, ya que siempre sintetiza una
relación de fuerzas del yo o el nosotros
frente al otro o los otros, nuestros supuestos
enemigos. Y de eso saben lo necesario en los medios de difusión
masiva cuando recogen los mensajes del poder político y los repiten
sistemáticamente, tal es el caso de ideas como choque de
civilizaciones, guerra preventiva o guerra contra
el terrorismo, conceptos que están cargados de estereotipos
e intencionalidad engañosa. Ahora bien, si todo se desarrolla como
pronosticaba en la década de los ochenta el ideólogo conservador
Samuel Huntington, ahora estamos viviendo el periodo de las guerras
musulmanas (Huntington, 1997), que durarán unos treinta años,
y después es muy probable que el mundo entre en otro estadio que
se parecerá mucho a una nueva guerra fría o
periodo de disuasión atómica entre Estados Unidos y otra
de las potencias emergentes, que puede ser Rusia o la China renacida como
potencia comercial de primer orden.
Quizás,
por eso, en estos años ha empezado a cobrar protagonismo en los
medios de comunicación occidentales un nuevo discurso de la disuasión
y el miedo, derivado de la apuesta de Estados Unidos de instalar un escudo
antimisiles en la República Checa y Polonia y que enfrentó
a las potencias aliadas con Rusia en la cumbre del G-8 celebrada en Alemania
en junio de 2007. Este discurso -atemperado al final de esa cumbre tras
la propuesta de Vladimir Putin de utilizar un escudo antimisiles conjuntamente
con Estados Unidos en Azerbaiyán- iba unido a otro, que recogían
los medios de comunicación, relativo al cambio climático
y que, supuestamente, ya ha puesto a China en clara oposición frente
al resto de países industrializados, salvo Estados Unidos. Esos
países, con Alemania a la cabeza, pretenden reducir las emisiones
de gases de efecto invernadero, sobre todo el dióxido de carbono
(CO2), y hacer valer los preceptos del Protocolo de Kioto más allá
incluso de la fecha de expiración del mismo, en 2012. Pero Estados
Unidos impone introducir en el debate el ámbito comercial de las
tecnologías ambientales para favorecer a sus industrias y China
dice haber apostado por el desarrollo industrial, aunque para ello proponga
la construcción de centenares de centrales nucleares en su territorio
(Reinoso, 2007). No obstante, el discurso del cambio climático
puede llevar adosado un nuevo desarrollo a escala planetaria de la energía
atómica, lo que unido al supuesto papel que están desempeñando
dos Estados parias como Irán y Corea del Norte con
sus programas nucleares, podría conducir a las potencias nucleares
a entrar en un nuevo periodo dominado por el discurso interesado del miedo
a la guerra nuclear.
Como
señalaba Noam Chomsky en una de sus obras recientes, los proyectos
para mantener los arsenales nucleares y realizar pruebas en este ámbito
reciben en la actualidad cinco veces más presupuestos de las arcas
del Estado en Estados Unidos que los programas derivados del control de
este tipo de armas. Incluso, antes de anunciar la Estrategia para la Seguridad
Nacional, Bush impulsó programas para el desarrollo de armas nucleares
ofensivas que sirvieran para alentar a la industria militar y para
derrotar decisivamente a sus oponentes. En mayo de 2003, el Congreso
norteamericano aprobó estos programas abriendo la puerta al desarrollo
de una nueva generación de armas nucleares que, posiblemente, renueve
la carrera de armamentos, ya que otras potencias querrán igualar
o contrarrestar la capacidad de Estados Unidos. Esos síntomas se
pusieron de manifiesto en la cumbre del G-8 celebrada en junio de 2007
en Alemania, donde el presidente ruso Putin se opuso al escudo antimisiles
que Estados Unidos pretende situar en Polonia y la República Checa.
Y ya se ha debatido en numerosas ocasiones que la militarización
del espacio supondría un serio peligro para la destrucción
tanto de Estados Unidos como de otros países (Chomsky, 2003: 222).
Y por
si estos avisos no fueran lo suficientemente potentes, los medios de comunicación
se hacían también eco de una nueva guerra de espías
y mafias, al estilo de las mejores historias recreadas durante la guerra
fría. Las noticias sobre la muerte del antiguo espía
y disidente ruso Alexandr Litvinenko, asesinado en noviembre de 2006 en
Londres, tras ser supuestamente envenenado con un isótopo radioactivo
por otro espía ruso, Andréi Lugovói, se sucedían
en los medios occidentales y ponían en evidencia un conflicto diplomático
entre Londres y Moscú, en pleno proceso de abandono del poder por
parte del principal aliado de Bush, el primer ministro británico
Tony Blair (Gómez, Fernández, 2007:3).
3.
La mitología bélica estadounidense
A la hora de hacer un análisis de la historia de Estados Unidos
hay quienes ven la presencia permanente del mito de la guerra en esa sociedad
como una necesidad. Según el escritor británico Ziauddin
Sardar y la antropóloga Merryl Wyn Davies, América
surgió de la guerra, se consolidó y se construyó
como nación mediante la guerra, se expandió y emergió
como imperio por medio de la guerra y ahora mantiene su hegemonía
global gracias a la guerra. Incluso antes del 11-S ya había hecho
la guerra a casi la mitad de las naciones del planeta, pues su economía
es una economía de guerra. Las imágenes y metáforas
de la guerra impregnan cada aspecto de la vida social y cultural, sus
películas, los programas de televisión, los videojuegos,
la moda, los juguetes de los niños, los programas sociales y la
retórica política. Y, en estos momentos, se ha impuesto
el concepto de guerra preventiva y la doctrina Monroe del
siglo XIX, que promueve la guerra como un hecho prioritario para dominar
el hemisferio en el nuevo contexto globalizado. Por ello, para América
la guerra es más que una necesidad, es su razón de ser (Sardar, 2001: 25).
Por eso, el 11-S, que se quiso mostrar al mundo como un hecho extraordinario
y único en la historia por su repercusión mediática/propagandística
y por sus consecuencias, tampoco fue tal, pues si bien presentó
algunas características técnicas y psicológicas de
impacto totalmente novedosas, su implementación en el ánimo
social tuvo sin duda reminiscencias simbólicas y emotivas de hechos
parecidos ocurridos no mucho tiempo atrás. Además, la industria
mítica y cultural norteamericana de Hollywood se venía encargando
sistemáticamente de recordarnos en sus películas y series
comerciales, desde hace años, que Estados Unidos estaba siendo
acosado y amenazado por un enemigo exterior (las escenas de
aviones y helicópteros chocando contra grandes torres de edificios
y provocando explosiones de fuego han sido una constante).
Ese enemigo ya no era el agente comunista de los países del Este
dispuesto a dejar en cualquier ciudad americana una bomba nuclear, como
ocurría en tiempos de la guerra fría. Ahora,
el nuevo enemigo común, el terrorista global que utilizaba las
autopistas de la información e internet con total impunidad para
establecer contactos, tenía cara de rasgos árabes y portaba
un arma (de destrucción masiva) que amenazaba con utilizar para
crear el terror entre la población americana. Ese mensaje de ficción
repetido de forma sistemática, en una especie de replay, se parecía
a veces demasiado a los hechos ocurridos en la realidad-ficción
del 11-S.
Como explicaba Jesús González Requena, los acontecimientos
del 11-S nos dejaron a todos una sensación de dejà-vu cuyo
referente eran las pantallas de cine y películas como Armagedon,
Independence Day, Deep Impact, Godzila o El Club de la Lucha, por citar
algunas de las más comerciales (González Requena, 2002:
7). Estas películas y otras más polémicas como The
Siege (Estado de Sitio) del director Edward Zwick, mostraban una narración
fílmica que se detiene en la fascinación por el caos, y
donde el Apocalipsis aparece como una posibilidad inmediata, pero desligado
de toda redención externa. En ese mundo de pesadilla, la imagen
espectacular y violenta adquiere todo su significado y ya no hacen falta
ni las palabras (esa parece ser la intención). Y eso es porque,
como dice González Requena, en la sociedad occidental los
individuos, cuando reclaman su ración de goce, sólo pueden
buscarlo ya de espaldas a las palabras, es decir, del lado de la aniquilación.
Lo que explica, también, que el lugar de los héroes esté
siendo ocupado en nuestra sociedad por los psicópatas, a pesar
de que aún hubo héroes, todos ellos ciudadanos americanos,
el 11-S. Y hubo también héroes anónimos y mediáticos
en los atentados de Londres o los de Madrid.
No obstante, para que el ciudadano medio entienda que apenas hay ya diferencias
entre la realidad y la ficción, el Gobierno estadounidense y los
de sus aliados occidentales han seguido con sus maniobras periódicas
de sensibilización provocando angustia y desconcierto entre la
población civil. Para ello, después del oscuro episodio
del ántrax (carbunco), Estados Unidos decidió, a través
de su ministro de Seguridad Nacional, Tom Ridge, poner en escena diversos
ejercicios propagandísticos (pseudo-acontecimientos)
al más puro estilo cinematográfico y simulacros de catástrofes
en medio de grandes ciudades, además de tener encendida la alerta
máxima de seguridad en las calles en periodos lúdicos y
festivos para la población, siempre, se decía oficialmente,
por el peligro de una amenaza terrorista inminente.
Así, coincidiendo con la reaparición de nuevos grupos islámicos
integristas, supuestamente vinculados a la red Al Qaeda, que perpetraron
atentados en Arabia Saudí y en Marruecos, a mediados de mayo de
2003, con decenas de muertos y heridos, Estados Unidos preparaba la defensa
de su territorio con varios simulacros gigantescos de atentados terroristas.
Uno de ellos consistió en la supuesta explosión de una bomba
atómica en medio de la ciudad de Seattle, en el Estado de Washington,
acción llevada a cabo por el grupo terrorista Glodo. Toda la población
americana pudo ver por televisión decenas de muertos
en el asfalto, autobuses volcados, coches abrasados y gente gritando desesperada,
mientras las fuerzas de seguridad y sanitarias actuaban con precisión
y se atendía especialmente a la operatividad de los sistemas de
comunicación. Sin duda, todo un espectáculo de pánico
y horror al más puro estilo realista de Hollywood para
refrescar la memoria ciudadana.
Se trataba, al parecer, de que nadie se olvidara de los acontecimientos
del 11-S y de su significado. Este simulacro incluía también
la introducción en territorio estadounidense de armas de
destrucción masiva por la frontera de Canadá, por
medio del mismo grupo terrorista. Además, en Chicago, los hospitales
se veían inundados por pacientes con una extraña gripe,
que, en realidad y en la ficción, era un patógeno genéticamente
manipulado por bioterroristas. Estos simulacros, bien representados
en los medios de comunicación, contaron con la aportación
de más de 8.500 efectivos de la policía, los bomberos y
el personal sanitario, se prepararon durante un año y medio y costaron
a las arcas federales unos 15 millones de dólares, según
explicaba El País (Townsed, 2003: 4). Y todo ello se puede
dar por bien empleado si se cumplen los objetivos de sensibilizar a los
ciudadanos para que apoyen en las urnas la política de rearme y
de seguridad nacional en Estados Unidos, impuesta por el Gobierno de Bush,
igual que se hizo en anteriores etapas y durante el largo periodo de la
guerra fría.
Estos simulacros de atentados terroristas son un ejercicio más
de la técnica propagandística de la guerra contra
el terrorismo y se producen cada vez con más frecuencia en
ciudades occidentales. Así ocurrió no hace mucho tiempo
con un simulacro de atentado que se hizo junto al Coliseo de Roma, un
escenario realmente cinematográfico y popular, y que levantó
airadas protestas contra el anterior Gobierno italiano de algunos grupos
de ciudadanos. Éstos deploran este tipo de actos por la manipulación
emocional e ideológica que representan para la opinión pública
y porque defienden que no es de justicia, ni ético ni moral, hacer
simulacros circenses sobre el terror. Pues es obvio que el terror y el
caos que produce es ya un hecho cotidiano en nuestras vidas, tal como
ha podido observarse recientemente en ciudades como Londres, Moscú
o Madrid. Pero aún así, conviene seguir hablando de tramas
terroristas escondidas o de grupos incontrolados que preparaban supuestos
atentados en aeropuertos o secuestros aéreos, lo que conlleva siempre
al fortalecimiento de unas normas de seguridad en los aeropuertos o en
las calles y a una reducción de las libertades civiles.
A veces, incluso, se hace un paralelismo sensacionalista e intencionado
desde la política y en los medios de comunicación con el
caos y el terror que producen algunas catástrofes naturales, como
el huracán Katrina tras su paso por la costa sur oriental de Estados
Unidos -Bush fue el primero en hacer mención de la guerra
contra el terrorismo mientras se despreocupaba en un principio por
la situación creada por el Katrina en New Orleans- o el tsunami
del océano Índico que arrasó las costas de varios
países en el sureste asiático, sobre todo en Indonesia,
y que provocó la muerte de más de 200.000 personas en 2004.
Otras recientes catástrofes, ocurridas a primeros de octubre de
2005, como los terremotos de Pakistán y la India o las inundaciones
en México (Chiapas), Guatemala o Bolivia, con miles de muertos
y desaparecidos, nos traen imágenes que registran en nuestro imaginario
colectivo, configurado a base de tele-realidad, que las guerras
son también historias de nuestra naturaleza catastrófica,
si bien nos recuerdan siempre que la tragedia está habitualmente
del lado de los desheredados de la tierra. Y eso, en el fondo, nos reconforta.
Sólo despertamos de ese letargo cuando el terrorismo nos sacude
cerca de nuestros cómodos hogares. Pero entonces, en vez de actuar,
corremos el peligro de aterrorismarnos (sentirnos paralizados
por el terror cotidiano que actúa como amenaza emocional persistente).
4. El espectáculo/negocio del
miedo y el terror
Como dirían, entre otros, Walter Benjamín o Guy Debord,
todos los esfuerzos dirigidos al esteticismo político culminan
en un solo punto: la guerra. Y eso es porque la humanidad es hoy más
que nunca un espectáculo de sí misma y su autoalienación
ha alcanzado un grado tal que le permite vivir su propia destrucción
como un goce estético (Debord, 2005: 9). De forma más pragmática,
el historiador estadounidense Howard Zinn señalaba poco después
del 11-S que la extraña lógica de la guerra nos muestra
que cuando las naciones no saben muy bien qué hacer ante una situación
que se les escapa de las manos lo que suelen hacer (los gobernantes) es
declarar la guerra, ya sea contra las drogas o contra el terrorismo. Pero
en esas circunstancias, lo que deberíamos hacer, decía
Zinn, es no ir a la guerra, cualquiera que sea la conjura que nos
hagan los políticos o los medios de difusión, porque la
guerra en nuestro tiempo es siempre indiscriminada, es contra los inocentes
y contra los niños, y la guerra es terrorismo magnificado cientos
de veces (Zinn, 2001).
Bien es cierto que el 11-S tuvo unas connotaciones como acontecimiento
mediático que lo hicieron único: el supuesto colapso de
los símbolos americanos (militar y económico) en vivo y
en directo, el altísimo número de víctimas en un
mismo lugar, la trágica espectacularidad de los hechos, -como señalaron
y mostraron hasta la saciedad todos los medios de comunicación
occidentales-, y la mezcla de una serie de elementos ritualizados que
convirtieron este performance en la gran noticia sensacionalista del siglo,
en el acontecimiento absoluto y sin apelación, que
diría Jean Baudrillard (Baudrillard, 2002: 17).
La realidad mostrada en dicho caso se parecía a la
ficción televisiva o cinematográfica, y la puesta en escena
mediática se asemejó bastante a los relatos del cineasta
Orson Welles, en 1938, por la cadena NBC, cuando narró la invasión
de Estados Unidos por los extraterrestres, en una versión radiofónica
de la obra del escritor británico H. G. Wells, La guerra de los
mundos. No en vano, como señalaba el sociólogo Barry Glassner,
los presentadores y narradores profesionales desempeñan un
rol importante también en la transformación de algo inverosímil
en algo creíble. Por eso, dice Glassner, la afirmación
de alarmas por parte de los medios y la glorificación, a menudo,
de expertos poco razonables son dos de los trucos utilizados dentro del
negocio del pánico y el terror (Glassner, 1999: 207).
Y resulta un tanto paradójico que este sociólogo estadounidense,
dos años antes de los acontecimientos del 11-S, igual que hemos
citado a la industria de Hollywood, al referirse a la cultura del pánico
y el temor extendida en Estados Unidos a través de los medios de
comunicación, señalara que para superar esos miedos, casi
siempre infundados, tal vez los estadounidenses deberían vivir
un shock comparable al ataque de Pearl Harbor por parte de los japoneses,
en 1941, en los prolegómenos de la II Guerra Mundial. Tal vez así
nos convenzamos de que debemos estar unidos como una nación
y hacer frente a todos esos problemas que nos llenan de negativas presunciones
sobre nuestros propios conciudadanos y las instituciones sociales. En
tiempos de elecciones, concluía Glassner, debemos elegir
a aquellos candidatos que nos presenten programas en lugar de temores.
De lo contrario, seguiremos creyendo en la invasión de los marcianos (Glassner, 1999: 210).
La utilización
de los medios americanos para crear estados de ánimo eufóricos
o angustiosos entre la población es tan antigua como los propios
medios y en tiempos de conflicto han sido movilizados siempre por los
gobiernos con ese propósito y para servir a las tesis propagandísticas
del momento. Glassner, precisamente, es uno de los teóricos que
han puesto en el debate el concepto de la cultura del miedo
que pretende hacer necesarias políticas y actuaciones inadmisibles
para los ciudadanos y justificar, por ejemplo, cualquier tipo de intervención
bélica, como en Irak. En definitiva, la política y la cultura
del miedo, auspiciada por los medios de comunicación oficiales,
no hacen sino vaciar de contenido la sociedad democrática y mutarla
en una sociedad de riesgo donde predominan dos grandes valores occidentales
que parecen estar en alza, el hedonismo y el cinismo, es decir, el hedocinismo.
Se trata, cómo no, de inventar conceptos y nuevas estructuras de
ideas que actúen como estereotipos de la realidad cotidiana.
Ciertamente, hoy día, los medios de comunicación han cobrado
un nuevo protagonismo a escala mundial, sobre todo la televisión,
y no sólo como inductores del consenso social uniformizado sino
como creadores de ese consenso, que algunos llaman pensamiento único,
ya que nos muestran su visión parcial de la realidad como mensajeros
permanentes del miedo. En esta línea discurren, también,
las reflexiones del sociólogo Enrique Gil Calvo, para quien los
medios están necesitados de identificar a los buenos de la película
con su propia audiencia mediática, a la que dicen representar y
de la que se benefician. Y es, precisamente, en la paranoica invención
de unos amenazantes villanos de la película y no en su presumible
alarmismo, donde los medios de comunicación incurren en su mayor
riesgo de peligrosidad social (Gil Calvo, 2004).
Hoy día, la información espectáculo y la difusión
unidireccional de los hechos, supeditadas al nuevo orden global político
y mediático, resulta algo cada vez más irreal y ficticio.
El actual reality show parece asemejarse cada vez más a la realidad
cuántica explicada por el científico alemán
Erwin Schrödinger en su famosa teoría del gato vivo y muerto
a la vez. Como decía John Gribbin, el sentido común ha sido
sometido a prueba para explicar la realidad cuántica
y no ha resultado apropiado. Lo único que se sabe con seguridad
sobre el mundo cuántico es que no hay que fiarse del sentido común
y que sólo hay que creer en lo que se puede observar directamente
(
) (Gribbin, 1986:182). Y, en ocasiones, ni eso siquiera.
Ahora bien, esto es lo que ocurre con preocupante asiduidad en el mundo
desarticulado y descontextualizado que nos muestran los medios. No parece
imperar en ellos la reflexión o la búsqueda de la verdad
a la hora de mostrar la realidad de los hechos, de manera que éstos
aparecen como encerrados en una caja oscura, y cuando se abre esa caja
(la televisión) no sabemos si el gato de Schrödinger está
vivo o muerto, si es negro o blanco, todo parece ya una cuestión
de fe. También, en esta fase de la realidad mediática, convendría
analizar el trabajo colectivo de los nuevos intelectuales,
que han creado un clima favorable al retraimiento del Estado y a la sumisión
a los valores de la economía del nuevo mercado global, como señalaba
Pierre Bourdieu (Bourdieu, 1999:19).
5. Conclusión
Hoy, la situación mundial está presidida por las escasas
noticias de Afganistán o Pakistán, salvo para hablar de
los muertos habidos en recientes terremotos; las estudiadas apariciones
mediáticas de Bin Laden o sus lugartenientes, con sus supuestos
mensajes amenazadores; la guerra de guerrillas, atentados y secuestros
en Irak; la guerra, la pesadumbre y el odio en Oriente Próximo;
y la incertidumbre económica (aunque las bolsas occidentales disfrutan
de una gran bonanza) y política en otras latitudes, con distintos
frentes bélicos abiertos, sobre todo en África.
Pero el llamado nuevo orden mundial se parece demasiado al
viejo orden establecido a mediados del siglo pasado y reforzado tras el
final de la guerra fría, aunque ahora muestre una cara
más global, neoliberal y economicista, gracias, en parte, a la
manipulación sistemática y la propaganda. Decía Nancy
Snow que la guerra de propaganda es la parte más inseparable de
la nueva guerra contra el terrorismo; es quizás la
parte más oculta pero a su vez la más omnipresente. Pues,
en realidad, lo que sucede es que tenemos acceso a una gran cantidad de
información comercializada que beneficia a quienes la promueven,
a la desinformación y a la ignorancia (Snow, 2004: 23).
Pero, haciendo un largo bucle en el tiempo, antes incluso del ataque de
las tropas inglesas a Washington, en 1812; del Álamo, en 1836;
de Pearl Harbor; de la I y la II guerras mundiales, de Vietnam e Indochina
y de las actuales guerras musulmanas, que diría Huntington,
ya el cuarto presidente de Estados Unidos, James Madison, que tuvo que
vivir tiempos belicosos y de conflictos, había avisado de los peligros
de la guerra, a la que llamó el más temible enemigo
de la libertad. Madison escribió, en 1793: De todos
los enemigos de la libertad pública la guerra es, quizás,
el más temido, porque comprende y desarrolla el germen de todos
los demás. La guerra es el padre de los ejércitos y de éstos
provienen las deudas y los impuestos; y los ejércitos, las deudas
y los impuestos son los instrumentos utilizados para hacer que la mayoría
vivan bajo el dominio de unos pocos. En la guerra, además, se amplía
el poder discrecional del Ejecutivo, y su influencia para repartir cargos,
honores y emolumentos se multiplica; y todos los medios para seducir a
las mentes se unen a aquellos para sojuzgar por la fuerza, a la gente
Y se producen también desigualdades y oportunidades para el fraude
en un estado de guerra, y depravación de las costumbres y de la
moral
Por tanto, ninguna nación puede preservar su libertad
en medio de un estado de guerra continuo
(Leonard, 2002: 327).
En el largo devenir histórico, el lema de las guerras siempre ha
sido el mismo, la lucha por la libertad y la democracia. Ahora, en los
nuevos tiempos, lo que se impone es el poder simbólico de las victorias
y de la hegemonía, utilizando el espectáculo permanente
creado por los medios de comunicación. Pero, aunque millones de
personas en todo el mundo ya no se crean esa clase de mensajes y aspiren
a una paz indefinida, la guerra sigue su avance impasible como el principal
estandarte de los negocios y de las civilizaciones. Será, como
decía Norbert Elías que el proceso civilizador está
aún en una fase de desarrollo (Elías, 2000), o, parafraseando
al filósofo francés del siglo XVIII, Dietrich Holbach, que
la civilización de los seres humanos aún no ha terminado.
Dado el camino meramente mercantilista por el que actualmente discurre
el mundo, aún estallarán múltiples guerras hasta
que tal quimera civilizadora pueda llegar a suceder.
No en
vano, tras la guerra está siempre la posibilidad de la victoria
y el dominio sobre los otros, planean los negocios y las conquistas económicas
y, sobre todo, está la posibilidad de seguir haciendo creer a la
ciudadanía que nuestro avanzar dormido entre todo tipo de
escenarios y ante todo tipo de barbarie, nos asegura un futuro incierto
a la par que cruento y en un entorno deteriorado. Pero es un futuro y
ello implica una posibilidad, tal vez un cambio, una metamorfosis
(Consuegra, 2007:32). Esa es, quizás, la única esperanza
de los necios y los desposeídos en un mundo dominado por la ideología
y el imperio del cinismo.
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