p Revista Latina de Comunicación Social 62 – 2007

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 10 – 2ª época - Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
Facultad de Ciencias de la Información: Pirámide del Campus de Guajara -

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Reseña

 

UNIVERSIDAD NACIONAL DE CORDOBA (Argentina)
CENTRO DE ESTUDIOS AVANZADOS
COMUNICACIÓN Y CULTURA CONTEMPORANEA
Lic. Susana Sanguineti
sanbra@arnet.com.ar


Cuando el no lugar se mete dentro de la casa.
Reseña del libro de Marc Auge, Los no lugares



Los no lugares, el libro, es en sí mismo un no lugar. Al menos para mí, que en este momento me he convertido en su “reseñadora” y me siento como los habitantes circunstanciales del no lugar que Auge describe: seres sin identidad que sólo la adquieren cuando sacan un boleto o exhiben una tarjeta de crédito. Esa sensación de “ajenitud”, de distancia; ese sentirse fuera del pensamiento habitual, del imaginario que el lector posee de la relación entre el libro y el uno- lector (relación que es una especie de trance amoroso donde la apropiación de tiempos y espacios durante el tiempo de lectura es de tal magnitud que llega a borrar los de la realidad) es exactamente lo que pasa con la lectura de Los no lugares. El buscar el lápiz para marcar aquellos párrafos que se intenta resaltar se convierte en el mismo gesto del que en el aeropuerto entrega su boleto para subir al avión.

Augé comienza el desarrollo de su exposición con un planteamiento de 'Lo cercano' y 'lo de afuera', apoyado en la mirada de antropólogos y etnólogos sobre la antropología del aquí y del ahora.

El etnólogo en ejercicio es aquel que se encuentra en alguna parte (su aquí del momento) y que describe lo que observa o lo que oye en ese mismo momento (Auge, Los no lugares, 15/16).

Aclara Augé que cuando el etnólogo habla del pasado sin ser contemporáneo del hecho que relata es, sin embargo, contemporáneo de la enunciación y del enunciador. Y las palabras del informante son igualmente válidas si se refieran al presente o al pasado.

El planteamiento aborda la labor de los etnólogos europeos que analizan lo cercano, es decir, su propio entorno, en contraposición con los que centran el estudio etnológico en sociedades lejanas. Es evidente que al lector ajeno a la sofisticación del pensamiento europeo, específicamente el francés, puede resultarle difícil comprender el meollo de la cuestión planteada. Porque pareciera que esas sociedades lejanas que estudian los etnólogos europeos son las nuestras, o algunas de las nuestras, que aparecen de pronto distintas y transformadas en su visión.

En un estricto intento de síntesis podemos decir que Augé afirma que lo que se necesita realmente es saber si hay aspectos de la vida social contemporánea que puedan circunscribirse a una investigación antropológica en la misma forma que han abordado las cuestiones de parentesco, alianzas etc., los antropólogos del afuera. No pone en duda el método, pero afirma que no debe confundirse con el objeto de la antropología que sufre cambios, “deslizamiento de los centros de interés” los llama Augé, que impiden a las disciplinas ser exclusivamente acumulativas por lo que se atenta entonces con la continuidad.

Pero, dice Augé, el centro de la investigación antropológica, el único objeto intelectual lo constituye “el otro”, a partir del cual puede definir diferentes campos de la investigación. Es el otro en presente, es el otro simultaneo y en varios sentidos. Bajo la lupa antropológica “caen” todos los otros: el otro exótico, el que no es el otro idéntico con el cual construimos un nosotros preñado de semejanza; el otro íntimo “que está presente en el corazón de todos los sistemas de pensamiento y cuya representación, universal, responde al hecho de que la individualidad absoluta es impensable” (Augé, 26). Es impensable porque el otro intimo en su representación es una construcción social, es una representación del vínculo social que le es consustancial a la antropología, es una expresión de la sociedad con la que se identifica (o es identificado).

Hablábamos en párrafos anteriores de “deslizamiento de los centros de interés” de la antropología y del riesgo de que ese fluir, digamos, le hiciera perder su continuidad. No es versatilidad caprichosa de la antropología sino transformación acelerada del mundo contemporáneo que le hace volver los ojos a la disciplina en un intento de reflexión sobre la categoría de la alteridad.

Una de esas transformaciones es el tiempo, nuestra forma de percibirlo y usarlo. El tiempo conduce a modificaciones tales como concentraciones urbanas, traslación de sectores de población. Estaríamos hablando de la aceleración de los medios transportes, de la vida ciudadana, del movimiento cotidiano de una multitud que se traslada durante horas para llegar a sus puntos de trabajo pero, creo y por lo tanto agrego, que estamos hablando también de la perversión del sistema laboral con jornadas de trabajo tan extensas que modifican a su vez la perspectiva del sujeto con respecto a los tiempos de ocio, a los tiempos de convivencia hogareña, de percepción del afuera.

Esos tiempos y espacios de “ traslado”: trenes, aviones, andenes, aeropuertos, estaciones terminales son algunos de los que Augé llama "los no lugares".

Marc Augé, en contraposición, se refiere al lugar antropológico:

...es al mismo tiempo principio de sentido para aquellos que lo habitan y principio de inteligibilidad para aquel que lo observa. El lugar antropológico es de escala variable. (Augé, 58.

Se los considera identificatorios, relacionales e históricos.

Es identificatorio cuando es constitutivo de la identidad individual como el lugar de nacimiento, por ejemplo. Pero ese lugar da lugar a relaciones de coexistencia. Cuando se conjugan identidad y relación podemos hablar de lugar histórico. El que allí vive reconocen en él señales que escapan a la historia como ciencia. Es el lugar que han construido los antepasados.

El habitante del lugar antropológico viven en la historia, no hace historia. (Augé, 60).

El lugar antropológico es lugar de encuentro, de cruce. Pueden ser itinerarios que pasan y recorren distintos lugares de reunión, caminos que conducen de un lugar a otro en los cuales los individuos se reconocen dentro de un espacio que le es propio; encrucijadas donde los hombres se citan; lugares de reunión como los mercados, ciertas plazas, ciertas calles, siempre las mismas, donde bailan los celebrantes espontáneos en carnaval.

Todas estas relaciones que se establecen en el lugar se concretan también, obviamente, en el tiempo. Es distinto el tiempo de marcha de un itinerario que el de exposición de una feria, o el de celebración o actividad ritual que son de una sacralidad alternativa. Ciertos lugares y tiempos, tiempos y lugares de ritos recreados, crean una memoria que los vincula con lo sagrado y cuando el participante los recorre, no solo toma conciencia del grupo del cual forma parte sino de las celebraciones precedentes.

Las ciudades nuevas no tienen esos lugares animados por una historia antigua, reiterada, más lenta que las que propone la nueva ciudad, sin encrucijadas, sin itinerarios.

Particularmente creo que esas ciudades nuevas terminan construyendo esos lugares de encuentro, esos espacios significativos. Porque el hombre que viven en una comunidad pequeña (generalmente el caso de las ciudades nuevas) es individuo-vecino y como tal y siempre en carácter de hipótesis, gregario en búsqueda del otro que viven dentro de su misma frontera.

Los hombres buscan unos y saben los otros, lo que significan esos lugares antropológicos y, si no, pruebas al canto, todas las ofertas turísticas, todos los carteles indicadores de lugares antiguos que impregnadas de mercantilismo no dejan de ser una forma de aludir desde el espacio presente a los lugares del pasado.

El lugar antropológico es lugar de palabra intercambiada, de complicidad de compañeros de espacio y tiempo, de intimidad y reconocimiento en un lenguaje compartido, de sentido inscripto y simbolizado.

La modernidad no los borra, sino que los pone en segundo plano dice Starobinsky (Augé, 82). Perduran como las palabras que los nombran y son fieles indicadores del tiempo que sobrevive.

Pero antes de hablar de los no lugares como contrapuesto al lugar antropológico, en caso de que así pueda considerárselo deberemos entrar en la oposición entre lugares y espacios, como lo propone Certeau.

El espacio es un lugar practicado, un lugar transitado. Ejemplifica diciendo que la calle es un lugar geométricamente diseñado y denominado por los urbanistas. En el lugar los elementos coexisten en cierto orden, en el espacio en cambio, se mueven, se desplazan los protagonistas y “animan” el lugar, de la misma forma, agrego, que el escenario recién se convierte en espacio vivo cuando lo surcan los actores y lo invaden las palabras.

El espacio sería entonces espacio existencial, por las relaciones de un ser con el mundo desde ese lugar; por la palabra “atrapada en la ambigüedad de una ejecución”. El término -espacio- es abstracto y da lugar a que se lo use para designar cosas tales como espacio aéreo, publicitario, espacios en los medios, lo que, en cierta forma, pone en evidencia los motivos temáticos que se instauran en esta época contemporánea y la abstracción que los amenaza, “como si los consumidores de espacio contemporáneo fuesen ante todo invitados a contentarse con palabras vanas”, dice Augé (p. 89).

Vuelvo a la concepción de Corteau sobre el espacio y su práctica. Dice:

Practicar el espacio es “repetir la experiencia alegre y silenciosa de la infancia; es en el lugar, ser otro y pasar al otro”.

Augé agrega algo que nos parece importante repetir en su propia letra:

La experiencia alegre y silenciosa de niñez es la experiencia del primer viaje, del nacimiento como experiencia primordial de la diferenciación, del reconocimiento de sí como uno mismo y como otro, que reiteran las de la marcha como primera práctica del espacio y la del espejo como primera identificación con la imagen de sí. (Augé, 89).

Muy distinta esta forma de concebir la práctica del espacio que la de los viajes estructurados y organizados que se intenta reconstruir luego a través de las fotos. La pluralidad de lugares que se visitan muchas veces en esos viajes pareciera agobiar al hombre con una sensación de desarraigo: la ruptura entre el viajero-espectador y el espacio del paisaje que contempla, recorre o fotografía, le impide reencontrarse en un lugar y reconocerlo como tal.

Pero discutimos la afirmación que en el autor es excluyente. Creo que este despojamiento y alejamiento del lugar no afecta a todos los viajeros. Proponemos hacer una distinción entre viajero y turista, exponiéndonos a equivocarnos. Pero el viajero, el que mira solo con los ojos de la información anterior como el turista, sino con la que recibe de su ver y hacer y transitar el lugar junto con los otros, con los que lo recorren siempre; el que se siente comprendido y parte de ese grupo que transita el lugar y lo convierte en espacio; el que reactiva el lugar antropológico no provoca ni siente la ruptura y sí reconoce el lugar como tal y lo apropia en el momento que lo vive.

Ahora sí estamos en condiciones de definir “los no lugares” o al menos acercarnos peligrosamente a su total comprensión. Y decimos peligrosamente porque solo el que los vive, los ha vivido o lo ve vivir, capta la total desolación que implica la denominación.

El no lugar es el que no puede definirse como lugar de identidad ni relacional ni histórico. Pero definir por la negativa no es la forma en que desearía encarar este punto.

El no espacio es el lugar de paso, el que no da lugar al diálogo, ni siquiera a la mirada detenida. Es el lugar donde hay que apurarse a caminar, porque si no lo atropellan los que vienen atrás. Es la máquina que contesta: Si desea presentar una queja marque uno. Si desea adherirse al sistema, quemarque 2.....Si desea..... Es el semáforo que saca fotos y la máquina expendedora de tickets para ingresar al aeropuerto y luego la máquina que se lleva las maletas. Y yo creo que para nosotros países “en vías de desarrollo “ no muchos más.

Nosotros, “los en vía de desarrollo”, no podemos decir que nuestras salas de espera son espacios de individualismo preservado, en los que el hombre adquiere su identidad al sacar su boleto, porque los diálogos con el conocido o con el que se acaba de conocer no son infrecuentes. No podemos decir que deambulamos por los supermercados en silencio y con los ojos fijos en las etiquetas y que la señorita que nos recibe la tarjeta, por parafrasear a Augé, está tan silenciosa como nosotros. Generalmente en estas ciudades nuestras que no son megápolis, sí conocemos a la cajera y ella nos conoce a nosotros y se entabla el diálogo con ella y con el que con uno espera para ser atendido. Y si la identidad de unos y de otros se constituía y constituía el lugar antropológico a través de “la complicidad en el lenguaje, las reglas formuladas del saber vivir” (Augé, 104), párese y escuche ese lenguaje común, cómplice, que describe el paisaje de la existencia cotidiana (lenguaje que dicta recetas, prescribe medicamentos para la tos, cuenta historias, recomienda lugares, se queja por lo que toque ese día quejarse y se alegra ante la foto de los hijos de la supervisora de góndolas ) en los ómnibus, salas de espera, supermercados, mientras muestra el pasaporte en el aeropuerto y en el mismísimo baño de la terminal.

Creo que “los no lugares “son más bien lugares interiores propiciados por lugares de afuera, en donde el hombre se evade, donde quiere no ser más, donde quiere no pertenecer, ser uno más no diferenciado. Como el adolescente que en algún momento quiere irse no le importa donde pero solo, donde nadie lo conozca, ni lo asfixie con cariño ni con requerimientos.

Si creo con Augé que la sobremodernidad ha provocado ha borrado premeditadamente los lugares propicios para el transitar espacios, con el acto y con el verbo y ha creado otros en donde el hombre pareciera destinado a estar solo, callado envuelto en su individualidad y en donde adquiere su identidad no en el reconocimiento del y con el otro, sino en gestos ajenos a su naturaleza de hombre social. Y si no explico ahora porque afirmo que ha sido premeditadamente, es porque me desviaría del objetivo de esta reseña.

Pero creo también que cuando “el tiempo de trabajo” lo invade al hombre de forma tal que no puede pensar en ninguna otra cosa, solo adquiere o posee su identidad en los actos rituales del trabajo, incluyendo el sacar su tarjeta de crédito. El subirse al tren, un no lugar dijera Auge, es parte del mismo juego: puede seguir pensando sin ver, ni oír envuelto herméticamente en su individualidad. El camino hacia la casa no es ni itinerario ni encrucijada sino simplemente trazado de cemento que lo lleva a un lugar. A la casa, su casa, lugar antropológico sin resquicios de duda, que deja de serlo cuando el hombre se pone la ropa de entre casa, una sonrisa amplia o un ceño fruncido, prende el televisor o la computadora y se esconde detrás de la imagen ajena para seguir pensando sin interferencias, anónimamente, en soledad o en soledad acompañada, igual que lo hizo esa mañana en la sala de espera de un aeropuerto.

No hay duda entonces: el no lugar se ha metido dentro de la casa.

Susana Sanguineti