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Reseña

UNIVERSIDAD NACIONAL
DE CORDOBA (Argentina)
CENTRO DE ESTUDIOS AVANZADOS
COMUNICACIÓN Y CULTURA CONTEMPORANEA
Lic. Susana Sanguineti
sanbra@arnet.com.ar
Cuando el no lugar se mete dentro de la casa.
Reseña del libro de Marc Auge, Los
no lugares
Los no lugares, el libro, es en sí mismo un no lugar. Al
menos para mí, que en este momento me he convertido en su reseñadora
y me siento como los habitantes circunstanciales del no lugar que Auge
describe: seres sin identidad que sólo la adquieren cuando sacan
un boleto o exhiben una tarjeta de crédito. Esa sensación
de ajenitud, de distancia; ese sentirse fuera del pensamiento
habitual, del imaginario que el lector posee de la relación entre
el libro y el uno- lector (relación que es una especie de trance
amoroso donde la apropiación de tiempos y espacios durante el tiempo
de lectura es de tal magnitud que llega a borrar los de la realidad) es
exactamente lo que pasa con la lectura de Los no lugares. El buscar
el lápiz para marcar aquellos párrafos que se intenta resaltar
se convierte en el mismo gesto del que en el aeropuerto entrega su boleto
para subir al avión.
Augé
comienza el desarrollo de su exposición con un planteamiento de
'Lo cercano' y 'lo de afuera', apoyado en la mirada de antropólogos
y etnólogos sobre la antropología del aquí y del
ahora.
El etnólogo en ejercicio es aquel que se encuentra en alguna parte
(su aquí del momento) y que describe lo que observa o lo que oye
en ese mismo momento (Auge, Los no lugares, 15/16).
Aclara Augé que cuando el etnólogo habla del pasado sin
ser contemporáneo del hecho que relata es, sin embargo, contemporáneo
de la enunciación y del enunciador. Y las palabras del informante
son igualmente válidas si se refieran al presente o al pasado.
El planteamiento aborda la labor de los etnólogos europeos que
analizan lo cercano, es decir, su propio entorno, en contraposición
con los que centran el estudio etnológico en sociedades lejanas.
Es evidente que al lector ajeno a la sofisticación del pensamiento
europeo, específicamente el francés, puede resultarle difícil
comprender el meollo de la cuestión planteada. Porque pareciera
que esas sociedades lejanas que estudian los etnólogos europeos
son las nuestras, o algunas de las nuestras, que aparecen de pronto distintas
y transformadas en su visión.
En un estricto intento
de síntesis podemos decir que Augé afirma que lo que se
necesita realmente es saber si hay aspectos de la vida social contemporánea
que puedan circunscribirse a una investigación antropológica
en la misma forma que han abordado las cuestiones de parentesco, alianzas
etc., los antropólogos del afuera. No pone en duda el método,
pero afirma que no debe confundirse con el objeto de la antropología
que sufre cambios, deslizamiento de los centros de interés
los llama Augé, que impiden a las disciplinas ser exclusivamente
acumulativas por lo que se atenta entonces con la continuidad.
Pero, dice Augé, el centro de la investigación antropológica,
el único objeto intelectual lo constituye el otro,
a partir del cual puede definir diferentes campos de la investigación.
Es el otro en presente, es el otro simultaneo y en varios sentidos.
Bajo la lupa antropológica caen todos los otros:
el otro exótico, el que no es el otro idéntico con el
cual construimos un nosotros preñado de semejanza; el otro íntimo
que está presente en el corazón de todos los sistemas
de pensamiento y cuya representación, universal, responde al
hecho de que la individualidad absoluta es impensable (Augé,
26). Es impensable porque el otro intimo en su representación
es una construcción social, es una representación del
vínculo social que le es consustancial a la antropología,
es una expresión de la sociedad con la que se identifica (o es
identificado).
Hablábamos en párrafos anteriores de deslizamiento
de los centros de interés de la antropología y del
riesgo de que ese fluir, digamos, le hiciera perder su continuidad.
No es versatilidad caprichosa de la antropología sino transformación
acelerada del mundo contemporáneo que le hace volver los ojos
a la disciplina en un intento de reflexión sobre la categoría
de la alteridad.
Una de esas transformaciones es el tiempo, nuestra forma de percibirlo
y usarlo. El tiempo conduce a modificaciones tales como concentraciones
urbanas, traslación de sectores de población. Estaríamos
hablando de la aceleración de los medios transportes, de la vida
ciudadana, del movimiento cotidiano de una multitud que se traslada
durante horas para llegar a sus puntos de trabajo pero, creo y por lo
tanto agrego, que estamos hablando también de la perversión
del sistema laboral con jornadas de trabajo tan extensas que modifican
a su vez la perspectiva del sujeto con respecto a los tiempos de ocio,
a los tiempos de convivencia hogareña, de percepción del
afuera.
Esos tiempos y espacios de traslado: trenes, aviones, andenes,
aeropuertos, estaciones terminales son algunos de los que Augé
llama "los no lugares".
Marc Augé, en contraposición, se refiere al lugar antropológico:
...es al mismo tiempo principio de sentido para aquellos que lo habitan
y principio de inteligibilidad para aquel que lo observa. El lugar antropológico
es de escala variable. (Augé, 58.
Se
los considera identificatorios, relacionales e históricos.
Es identificatorio cuando es constitutivo de la identidad individual como
el lugar de nacimiento, por ejemplo. Pero ese lugar da lugar a relaciones
de coexistencia. Cuando se conjugan identidad y relación podemos
hablar de lugar histórico. El que allí vive reconocen en
él señales que escapan a la historia como ciencia. Es el
lugar que han construido los antepasados.
El habitante del lugar antropológico viven en la historia, no hace
historia. (Augé, 60).
El lugar antropológico es lugar de encuentro, de cruce. Pueden
ser itinerarios que pasan y recorren distintos lugares de reunión,
caminos que conducen de un lugar a otro en los cuales los individuos se
reconocen dentro de un espacio que le es propio; encrucijadas donde los
hombres se citan; lugares de reunión como los mercados, ciertas
plazas, ciertas calles, siempre las mismas, donde bailan los celebrantes
espontáneos en carnaval.
Todas estas relaciones que se establecen en el lugar se concretan también,
obviamente, en el tiempo. Es distinto el tiempo de marcha de un itinerario
que el de exposición de una feria, o el de celebración o
actividad ritual que son de una sacralidad alternativa. Ciertos lugares
y tiempos, tiempos y lugares de ritos recreados, crean una memoria que
los vincula con lo sagrado y cuando el participante los recorre, no solo
toma conciencia del grupo del cual forma parte sino de las celebraciones
precedentes.
Las ciudades nuevas no tienen esos lugares animados por una historia antigua,
reiterada, más lenta que las que propone la nueva ciudad, sin encrucijadas,
sin itinerarios.
Particularmente creo que esas ciudades nuevas terminan construyendo esos
lugares de encuentro, esos espacios significativos. Porque el hombre que
viven en una comunidad pequeña (generalmente el caso de las ciudades
nuevas) es individuo-vecino y como tal y siempre en carácter de
hipótesis, gregario en búsqueda del otro que viven dentro
de su misma frontera.
Los hombres buscan unos y saben los otros, lo que significan esos lugares
antropológicos y, si no, pruebas al canto, todas las ofertas turísticas,
todos los carteles indicadores de lugares antiguos que impregnadas de
mercantilismo no dejan de ser una forma de aludir desde el espacio presente
a los lugares del pasado.
El lugar antropológico es lugar de palabra intercambiada, de complicidad
de compañeros de espacio y tiempo, de intimidad y reconocimiento
en un lenguaje compartido, de sentido inscripto y simbolizado.
La modernidad no los borra, sino que los pone en segundo plano dice Starobinsky
(Augé, 82). Perduran como las palabras que los nombran y son fieles
indicadores del tiempo que sobrevive.
Pero antes de hablar de los no lugares como contrapuesto al lugar antropológico,
en caso de que así pueda considerárselo deberemos entrar
en la oposición entre lugares y espacios, como lo propone Certeau.
El espacio es un lugar practicado, un lugar transitado. Ejemplifica diciendo
que la calle es un lugar geométricamente diseñado y denominado
por los urbanistas. En el lugar los elementos coexisten en cierto orden,
en el espacio en cambio, se mueven, se desplazan los protagonistas y animan
el lugar, de la misma forma, agrego, que el escenario recién se
convierte en espacio vivo cuando lo surcan los actores y lo invaden las
palabras.
El espacio sería entonces espacio existencial, por las relaciones
de un ser con el mundo desde ese lugar; por la palabra atrapada
en la ambigüedad de una ejecución. El término
-espacio- es abstracto y da lugar a que se lo use para designar cosas
tales como espacio aéreo, publicitario, espacios en los medios,
lo que, en cierta forma, pone en evidencia los motivos temáticos
que se instauran en esta época contemporánea y la abstracción
que los amenaza, como si los consumidores de espacio contemporáneo
fuesen ante todo invitados a contentarse con palabras vanas, dice
Augé (p. 89).
Vuelvo a la concepción de Corteau sobre el espacio y su práctica.
Dice:
Practicar
el espacio es repetir la experiencia alegre y silenciosa de la infancia;
es en el lugar, ser otro y pasar al otro.
Augé agrega algo que nos parece importante repetir en su propia
letra:
La
experiencia alegre y silenciosa de niñez es la experiencia del
primer viaje, del nacimiento como experiencia primordial de la diferenciación,
del reconocimiento de sí como uno mismo y como otro, que reiteran
las de la marcha como primera práctica del espacio y la del espejo
como primera identificación con la imagen de sí. (Augé,
89).
Muy
distinta esta forma de concebir la práctica del espacio que la
de los viajes estructurados y organizados que se intenta reconstruir luego
a través de las fotos. La pluralidad de lugares que se visitan
muchas veces en esos viajes pareciera agobiar al hombre con una sensación
de desarraigo: la ruptura entre el viajero-espectador y el espacio del
paisaje que contempla, recorre o fotografía, le impide reencontrarse
en un lugar y reconocerlo como tal.
Pero discutimos la afirmación que en el autor es excluyente. Creo
que este despojamiento y alejamiento del lugar no afecta a todos los viajeros.
Proponemos hacer una distinción entre viajero y turista, exponiéndonos
a equivocarnos. Pero el viajero, el que mira solo con los ojos de la información
anterior como el turista, sino con la que recibe de su ver y hacer y transitar
el lugar junto con los otros, con los que lo recorren siempre; el que
se siente comprendido y parte de ese grupo que transita el lugar y lo
convierte en espacio; el que reactiva el lugar antropológico no
provoca ni siente la ruptura y sí reconoce el lugar como tal y
lo apropia en el momento que lo vive.
Ahora
sí estamos en condiciones de definir los no lugares
o al menos acercarnos peligrosamente a su total comprensión. Y
decimos peligrosamente porque solo el que los vive, los ha vivido o lo
ve vivir, capta la total desolación que implica la denominación.
El
no lugar es el que no puede definirse como lugar de identidad ni relacional
ni histórico. Pero definir por la negativa no es la forma en que
desearía encarar este punto.
El no espacio es el lugar de paso, el que no da lugar al diálogo,
ni siquiera a la mirada detenida. Es el lugar donde hay que apurarse a
caminar, porque si no lo atropellan los que vienen atrás. Es la
máquina que contesta: Si desea presentar una queja marque uno.
Si desea adherirse al sistema, quemarque 2.....Si desea..... Es el semáforo
que saca fotos y la máquina expendedora de tickets para ingresar
al aeropuerto y luego la máquina que se lleva las maletas. Y yo
creo que para nosotros países en vías de desarrollo
no muchos más.
Nosotros, los en vía de desarrollo, no podemos decir
que nuestras salas de espera son espacios de individualismo preservado,
en los que el hombre adquiere su identidad al sacar su boleto, porque
los diálogos con el conocido o con el que se acaba de conocer no
son infrecuentes. No podemos decir que deambulamos por los supermercados
en silencio y con los ojos fijos en las etiquetas y que la señorita
que nos recibe la tarjeta, por parafrasear a Augé, está
tan silenciosa como nosotros. Generalmente en estas ciudades nuestras
que no son megápolis, sí conocemos a la cajera y ella nos
conoce a nosotros y se entabla el diálogo con ella y con el que
con uno espera para ser atendido. Y si la identidad de unos y de otros
se constituía y constituía el lugar antropológico
a través de la complicidad en el lenguaje, las reglas formuladas
del saber vivir (Augé, 104), párese y escuche ese
lenguaje común, cómplice, que describe el paisaje de la
existencia cotidiana (lenguaje que dicta recetas, prescribe medicamentos
para la tos, cuenta historias, recomienda lugares, se queja por lo que
toque ese día quejarse y se alegra ante la foto de los hijos de
la supervisora de góndolas ) en los ómnibus, salas de espera,
supermercados, mientras muestra el pasaporte en el aeropuerto y en el
mismísimo baño de la terminal.
Creo
que los no lugares son más bien lugares interiores
propiciados por lugares de afuera, en donde el hombre se evade, donde
quiere no ser más, donde quiere no pertenecer, ser uno más
no diferenciado. Como el adolescente que en algún momento quiere
irse no le importa donde pero solo, donde nadie lo conozca, ni lo asfixie
con cariño ni con requerimientos.
Si
creo con Augé que la sobremodernidad ha provocado ha borrado premeditadamente
los lugares propicios para el transitar espacios, con el acto y con el
verbo y ha creado otros en donde el hombre pareciera destinado a estar
solo, callado envuelto en su individualidad y en donde adquiere su identidad
no en el reconocimiento del y con el otro, sino en gestos ajenos a su
naturaleza de hombre social. Y si no explico ahora porque afirmo que ha
sido premeditadamente, es porque me desviaría del objetivo de esta
reseña.
Pero creo también que cuando el tiempo de trabajo lo
invade al hombre de forma tal que no puede pensar en ninguna otra cosa,
solo adquiere o posee su identidad en los actos rituales del trabajo,
incluyendo el sacar su tarjeta de crédito. El subirse al tren,
un no lugar dijera Auge, es parte del mismo juego: puede seguir pensando
sin ver, ni oír envuelto herméticamente en su individualidad.
El camino hacia la casa no es ni itinerario ni encrucijada sino simplemente
trazado de cemento que lo lleva a un lugar. A la casa, su casa, lugar
antropológico sin resquicios de duda, que deja de serlo cuando
el hombre se pone la ropa de entre casa, una sonrisa amplia o un ceño
fruncido, prende el televisor o la computadora y se esconde detrás
de la imagen ajena para seguir pensando sin interferencias, anónimamente,
en soledad o en soledad acompañada, igual que lo hizo esa mañana
en la sala de espera de un aeropuerto.
No hay duda entonces: el no lugar se ha metido dentro de la casa.
Susana
Sanguineti
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