![]() |
Revista Latina de Comunicación Social 7 julio de 1998 |
| Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social |
|
[Junio de 1998] La ciudad de los encuentros. Breve reflexión sobre La Habana (6 páginas) Dr. Adrián Alemán de Armas © Profesor de Historia de la Comunicación. Universidad de La Laguna Cuando la distancia deja de ser un fin, caminar se convierte en un aprendizaje. Andar una ciudad es desandarla, deconstruirla y mirarla hasta que ceda sus misterios. Alejo Carpentier
Acabo de leer 'Las comidas profundas', del cubano Antonio José Ponte (Éditions Deleatur, París, octubre 1997). La magia de lo real sigue estando presente en los nuevos narradores cubanos aunque de otra manera, de forma diferente a la de Alejo Carpentier:
El libro me lo trajo Wilfredo Cancio de Miami. Vino a principios de junio a leer, en mi Universidad, su tesis doctoral sobre el periodista Alejo Carpentier en su faceta costumbrista. Wilfredo me trajo en su espléndido trabajo un conocimiento de Alejo que sólo se podía intuir desde la lectura de algún libro de ediciones recientes, recapitulando aquella visión del turista cubano en La Habana. Y fue en 'El amor a la ciudad' (Alfaguara, Madrid, 1996), donde reconstruí su dimensión humana. Lo había presentido en la Plaza de Armas, cuando de la edición 'Letras cubanas', de 1976, encontré en los tenderetes de los libros de reventa 'El reino de este mundo' y 'El acoso' y al siguiente día en un atril de mi amigo el poeta redescubrí 'Concierto barroco', en la misma edición y año. Eran títulos rotundos de libros leídos hacía ya tiempo y que no volví a ver en mis anaqueles. Me senté en el patio del Hostal Valencia, Obrapía esquina Mercaderes, donde las chicas de color baldeaban las losas del pavimento y las basas de las columnas como en el mejor momento colonial. Entre tropicolas, café colado en manga por la otra mulata, Persia, la frágil camarera, logré acomodarme protegiéndome de la inmensa humedad de aquella tarde enormemente plomiza de febrero:
Y no me resultaba cómodo con el 'Concierto barroco' leído allí, tan lejos de cuando se escribió, leído con la carga emocional de una Habana deslumbrante dentro de su opacidad; contado desde la lujuria de escenas impensables después de la revolución. La austeridad del hotel, las tacitas negras con los platos negros y su interior de porcelana blanca con las palabras Café Cubita en negro sobre blanco. El rostro de Enrique, mulato con violín, o el de Jacinto, negro prieto con guitarra. La mirada profunda de Persia, los tristes ojos verdes de José paseando lentamente su mono azul bajo un mandil de cuero, engrasado de los pies a la cabeza por la mecánica de la cocina y los servicios, chorreando brillos por su rostro coronado por menudos rizos plateados. O la profesionalidad lenta y segura de doña Ana Mildre, educada para la hostelería en Moscú, rigurosa y perfecta. Con aquella nueva cadencia debida el ritmo marcado por las frases de 'Concierto Barroco', descansando el libro sobre la mesa, percibiendo el intenso rumor de un autobús que vomitaba turistas a la puerta, escuchando por enésima vez 'Comandante Che Guevara', desgranado por la guitarra de Jacinto, el violín de Enrique y la voz de Alberto, economista y cantante lírico, surgieron mis primeros compases de balada escrita en pentagrama negro, con negras notas:
Y no veía la diferencia entre los colores y las formas. Sólo podía intuir la multitud de pares de ojos que me seguían con su mirada en los atardeceres por O´Relly o por Obispo. Ojos de cuerpos calientes por el calor de las barbacoas, que han de salir a tomar algo de aire en las noches templadas cerca del Malecón o allá arriba en el Parque Central, bajo el bulevar junto al hotel Inglaterra. Aquellos pares de ojos como los del poema de Baudelaire que trataban de descubrir el por qué de las cosas, después de tanta revolución. Cuando ellos también saben que al fin y a la postre todos somos iguales porque también se los ha dicho José Martí en La edad de oro:
Y seguro que el cubano que de la hermosura de una isla y de una gran cultura, tiene muchas cosas que decir y muchas cosas en que pensar. A mí me lo sugirió una postal de comienzos de siglo y luego otra y después otra. Eran postales remitidas, o simplemente coleccionadas, que he podido comprar, a hurtadillas, en la Plaza de Armas. Una trata la imagen de la calle Obispo en 1904, justamente el año en que nace Alejo Carpentier. Supongo que la postal tiene varias lecturas, pero me resultan inseparables la vista de la calle y los textos, superpuestos, escritos con bellísima caligrafía, como traslapos en un lienzo donde la insistencia le da textura y calidad a la obra. Por septiembre hará 94 años que fue puesta en correos; junto a los rótulos serigrafiados en los toldos y señalados sobre las puertas de los comercios, se podrá leer Ferretería o Aparatos Eléctricos e intuir más toldos, más anuncios, más vida, más comercio. La postal recibida en la estafeta de correos a las 8 P.M. del día 11 de septiembre de 1904 y expedida a las 7 A.M. del día 12, va dirigida a la Srta. Felina Morillo, en Puerta Cerrada 22, La Habana. Esta bella estampa de la calle Obispo dista seis años del desembarco americano y del hundimiento del Maine, casi allí mismo, un par de centenares de metros más abajo, y cuyo tema es elegido por un enamorado, o por un simpático burlón, según se lee en el reverso, para declarar su amor a la señorita Blanca Pérez que vive en la Calzada del Cerro. No pudiendo resistir el fuego de mi pasión, hoy me decido a escribir mi otra declaración. Pues es mi amor tan ardiente, tan puro, tan sin igual, que al pensar en un rival me baño en agua caliente. Inocencio Inocente. La Calzada del Cerro lleva, por ese entonces, poco tiempo luciendo su bella nueva y bella arquitectura de columnatas que como dice Alejo en su 'Ciudad de las columnas' son
Para Felina Morillo habrá dos postales más, una fechada en La Habana en 1903, representa el Paseo Carlos III de la capital de la isla y remitida a Santa Fe, Isla de Pinos por Felix Echemendía López donde la dice "Recrearse es vivir" y otra remitida desde Cienfuegos en agosto de 1920 por Barbara a doña Felina M. Viuda de Martínez. Esta última es una curiosa estampa de la estación de ferrocarril de Cienfuegos. Otra postal firmada por Oliverio Ortega está remitida a Francisca Morillo en la isla de Pinos, Santa Fe. Seguramente después de la revolución y a lo largo de tantos y tantos años, se han ido depredando secretos de amor, libros rigurosos de rigurosos anaqueles, muebles que han ido a parar a la antigua Unión Soviética o han sido cambiados por alimentos. Se han desenfundado sueños de amor, secuencias irrepetiblemente íntimas, se han visto de pronto conocidas por muchos, habiendo sido secretos bien guardados en cajitas con lazos que, la falta de alimentos y la ausencia de memoria histórica, han convertido en dólares sin importar las violaciones íntimas de amores antiguos. Sin embargo, desde esas postales, la ciudad que se quedó ensimismada en el obturador de la cámara fotográfica, no se pudo despojar de las fechas y las caligrafías. La foto coloreada hábilmente con vahídos rojos y destacadas sepias, proyecta sus sombras necesarias para soportar el caliente verano caribeño. Los toldos como sombrajos de zoco, animan al transeúnte y ayudan a los dependientes a paliar el verano y la humedad reinante que, desde Obispo, y tan cerca del mar, se desprende del puerto, donde por esa época yacía inerte e inerme el Maine, traicionado por la explosión fortuita y justificante de una guerra que expulsó a españoles y aupó a americanos del Norte. No es de extrañar que los textos y las caligrafías estén en un redondeado rotulado a la inglesa. Las otras postales sin remitente y sin texto, postales de colección, guardadas en algún cajón de una mesa oficial, para que ahora las demos a conocer. Banco del Canadá; Hotel Unión, Edificio Barraqué, vista panorámica del Parque Central y alrededores. Una visión ya añeja de esta ciudad habanera que se está quedando sin testigos. Las banderas al viento, los toldos a rayas blanco y rojas en las ventanas de oficinas. En un texto sobre ciudad escribí hace algún tiempo una breve vivencia de La Habana:
A veces me he preguntado con vehemencia qué es la ciudad, cualquier ciudad, pensando que la ciudad no existía sino que era el cúmulo de nuestro conocimiento sobre ella, el que le daba forma, con las cosas antiguas que vimos y que ya no están y las cosas modernas que nos superan y le dan otro sentido y otro ser diferente. Un día encontré una explicación en Roland Barthes, 'Semiología y urbanismo', Nueva York, 1993: La ciudad es un discurso y este discurso es en realidad un lenguaje: la ciudad habla a sus habitantes, nosotros hablamos a nuestra ciudad, la ciudad en la que estamos, simplemente al habitarla, al atravesarla, al mirarla... la ciudad esencial y semánticamente es el lugar de nuestro encuentro con el otro, y por esta razón el centro es el punto de reunión de cualquier ciudad. La Habana tiene la virtud de seguir comunicándonos en su lenguaje vivo lo que ha sido a lo largo de los años. La ciudad ha sufrido un gran deterioro después del triunfo de la revolución, guste o no guste esta aseveración. La riqueza arquitectónica de La Habana Vieja se ha visto menguada por la superocupación de sus edificios, la falta de recursos para mantenerlos mínimamente, y ahora imposibilitados a la rehabilitación, salvo concretos ejemplos. Los edificios que se nos muestran en esas postales de principios de siglo siguen allí, con sus alturas desplegadas al viento, sus molduras y cornisas como eclécticos parasoles que dan sombras y barroquizan su visión cambiante con el transcurso del sol. La Habana Vieja, a pesar de su lenta agonía, seguirá siendo para todos los que la amamos la ciudad de los encuentros. En ella nos volveremos a ver y a encontrar, en ella volveremos a soñar y de ella volveremos, también, a aprender el concepto de ciudad. La Habana Vieja es el paradigma de la modernidad. Si no, tiempo al tiempo.
|