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Revista Latina de Comunicación Social 22 octubre de 1999 |
| Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social |
| [Junio de 1999] Violencia en medios (1.880 palabras - 6 páginas) Lic. Javier H. Contreras Orozco © Una de las formas más ciertas de la clásica prensa amarilla José Manuel de Pablos
Desde que en 1898, se realizó una avorazada competencia entre dos periódicos en la ciudad de Nueva York, Estados Unidos, lo que dio nacimiento a lo que posteriormente se conocería como prensa amarilla, hasta la fecha se ha ido desarrollando más esa desfiguración en la prensa. La catalogación de amarillismo como sinónimo de sensacionalismo, exageración o sobreexposición de un hecho noticioso -o no noticioso-, se ha ido ampliando a medida que crecen las demandas de la propia sociedad usuaria de los medios y a las reglas del mercado. La primera, por la escasez de valores donde la máxima aspiración de un conjunto social es la permisividad y el relativismo que son características de la actual sociedad. La segunda, indudablemente una de las principales causas del amarillismo en la prensa: el afán desmedido de ganar en el mercado, sin tener principios que normen la esencia misma del periodismo que es la de informar. De esta manera, parece ser que las nuevas reglas de muchos medios de comunicación es estar elaborando todos los días una propia realidad, como si se tratara de un menú. Así, la construcción de la realidad social que se ha asignado a los medios es una realidad que, lejos de ser una agenda para los gobernantes, se convierte en un mercado de noticias, donde la ley de la oferta y la demanda son los únicos ingredientes de la información. En ese afán se da actualmente la prensa amarilla. Sin embargo, hay varios ejemplos muy claros de cómo se manifiesta esa distorsión. Es en la política donde tiende naturalmente a darse más este fenómeno, partiendo de que aquella es una actividad humana que norma las relaciones entre gobernantes y gobernados; por medio hay valores de poder o de ejercicio de autoridad. Para ejercer una autoridad, se requieren instrumentos que legitimen la acción y para mantener el poder se acude -muy frecuentemente-, a estrategias amorales como elementos para retener y controlar el ejercicio del poder. Es en la política donde la prensa amarilla tomará nueva forma. Si partimos de que uno de los signos de nuestros tiempos es la ambición por el poder, pero auxiliados de elementos más sofisticados para el control de la comunicación masiva, como la televisión y la prensa; y en segundo lugar, que la pasión de la política se ha convertido en el poder mismo, desplazando -en muchos casos- la vocación de servir conforme los intereses del bien común. Comunicación y violencia El otro término -violencia- es de por sí fuerte por la carga emocional que conlleva. Si los medios de comunicación los unen constantemente, entonces tendremos un "molotov", fácilmente manipulable o "vendible" en los medios para alcanzar mayor cobertura o incrementar sus ventas. La expresión violencia suele utilizarse, más que como un sustantivo, en su forma de adjetivo (violento/a), es decir, acompañando a ciertos sustantivos como "procedimiento" o "medio". A pesar de que un conjunto de adversarios de los procedimientos violentos insiste en considerar la violencia como una fuerza con capacidad para generar efectos perversos, y propone para superarla una fuerza alternativa, que es la de "no violencia", lo bien cierto es que en el lenguaje ordinario solemos referirnos a los medios violentos de los que hacen uso las personas, más que a la violencia en sí misma, considerada como un sujeto de la acción (1). Un procedimiento violento es, entonces, aquel en el que se utiliza la fuerza para obtener un fin, en contra de la tendencia natural de la cosa sobre la que se aplica la fuerza. Dos elementos son, pues, esenciales al proceder violento: el uso de la fuerza y el intento de cambiar la tendencia natural de algo. Como cuando se dice "violentar el sentido de un texto" o "tener que hacerse violencia" para comunicar a otro una noticia desagradable. Aplicado a las relaciones personales, un procedimiento es violento cuando con él se trata de forzar a alguien para que haga lo que no quiere hacer de modo natural, trátese de violencia física o verbal. Quienes se han dedicado a estudiar de fondo el fenómeno de la violencia, establecen que a la violencia se le suelen asignar tres funciones:
Para quienes, ante determinadas situaciones se preguntan si no les queda más recurso que la violencia como instrumento o como forma de comunicación, a la hora de valorar las consecuencias de su decisión tienen que contar con que, una vez desatado la espiral de violencia, también se ha dado carta blanca inevitablemente a los sádicos para que ejerzan como tales. Esto ocurre en los cuerpos policiales, en los ejércitos, en los grupos terroristas, en las guerrillas, y sobre todo en los grupos paramilitares, escuadrones de la muerte, etc., que una vez permitidos o puestos en marcha, son totalmente incontrolables. "La violencia, entendida como medio para comunicar un mensaje, es un procedimiento éticamente legítimo en aquellas ocasiones en que una persona o grupo ha intentado todos los medios pacíficos para obtener justicia, y aquellos <a quienes corresponde> ni siquiera quieren escuchar su mensaje. En tales casos, con la violencia se busca ser reconocido como interlocutor válido, ser tenida en cuenta una persona en la toma de decisiones que le afectan. Los 'culpables' no son entonces tanto los que desencadenan la violencia física como los que ya habían desencadenado la violencia estructural" (2). Otra función de la violencia -la instrumental- ha merecido un amplio tratamiento ético. A lo largo de la historia se la ha considerado como en sí misma indeseable, como un medio perverso, cuyo uso sólo se legitima si con él se pretende evitar una violencia mayor. En este sentido, es el sociólogo alemán Max Weber quien da forma a la tradición medieval de la guerra justa y a la de la legitimidad de quitar la vida al tirano cuando no gobierna atendiendo a la tarea que Dios le ha encomendado, al afirmar que ninguna tradición ética ha podido dejar de justificar un mínimo de violencia: la indispensable para contrarrestar una violencia mayor. Para otros, con la óptica desde América Latina, los planteamientos son también en torno a cómo explicar la violencia y su relación con los medios de comunicación, donde aparece aquella como una nueva forma de distorsión amarillista de lo que acontece en la realidad social. Se han realizado estudios encaminando propuestas hacia tres frentes esenciales:
¿Cómo informar?, sigue siendo la pregunta fundamental. Frente a una violencia desbordada y escenificada en actos de muerte, masacres, secuestros, enfrentamientos armados, tomas de poblaciones, atentados dinamiteros que se dan a lo largo y ancho del mundo, las propuestas éticas han coincidido en varios presupuesto básicos: condenar cualquier tipo de violencia terrorista, viniere de donde viniere. No hacer apología de la misma. No magnificar a sus autores. No permitir la manipulación de los informadores. Y respaldar a las instituciones legítimamente constituidas en su labor en provecho de la paz y en contra de los violentos. A este respecto, se discute el deber ser en el tratamiento de hechos de violencia, sin que ello vaya en contravía del derecho a la información y de las normas que lo consagran. Esta supone lo siguiente: 1.- Informar verazmente sobre los hechos terroristas, sin ningún tipo de sensacionalismo o amarillismo. 2.- Dar a esta información el espacio adecuado, nunca sobredimensionado en relación con la magnitud o gravedad del hecho. 3.- Procurar tendencialmente reducir el espacio reservado a los hechos, actividades o noticias terroristas (4). Ahora bien: ¿qué sucede cuando la violencia adquiere carta de nacionalidad en algunos medios de comunicación, como forma de sustentar su estrategia de mercadotecnia?. En el caso concreto de México, muchos medios se han ido por varias vertientes dentro de la violencia comunicacional: los hechos violentos los han convertido en filones de venta o, en el caso de las televisoras, en incremento del 'ratings'. México ha estado convulsionado violentamente desde el año de 1994, con una serie de hechos que, por sí solos, atraen la atención, pero que magnificados por los medios de comunicación han impactado en el comportamiento de la sociedad e inclusive en los resultados electorales. El 24 de marzo de 1994 fue asesinado Luis Donaldo Colosio, quien era candidato del Partido Revolucionario Institucional, y millones de mexicanos se sintieron impactados y atrapados en una espiral de violencia, completando el cuadro otro asesinato político en la persona del segundo dirigente de ese mismo partido político. Después, en la realización de las elecciones, el PRI logró históricamente una votación muy elevada y sin ningún cuestionamiento en la transparencia o limpieza de las jornadas electorales, como constantemente sucedía en México. A este ingrediente se le agregaba otro hecho violento, que era la aparición de la guerrilla del Ejército Zapatista de Liberación Nacional, que tuvo una reseña diaria y permanente de la prensa nacional e internacional. Un análisis para buscar las causas del comportamiento electoral de los mexicanos a través del lente de sucesos violentos con una gran difusión en los medios masivos de comunicación nos dio como resultado que se había tratado del "voto del miedo". Hubo un miedo en los electores a que ante tanta violencia reflejada en los medios de comunicación pudieran seguir más hechos semejantes. La prensa amarilla obtuvo un efecto más, algo así como hace más de cien años, cuando los periódicos 'The New York Journal' y 'The World' lograron que un país entrara en guerra, por medio de una exageración, invención y explotación emocional de los lectores. |
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