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Revista Latina de Comunicación Social 4 abril de 1998 |
| Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social |
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Webditorial 2 abril de 1998 Proto, ¿qué? Eso es lo que se parecen preguntar algunas instituciones ante el protocolo. Para muchas, el protocolo es una actividad reducida a sentar en una mesa a su presidente en el lugar de honor, de no dejarlo en mal lugar cuando hay varios pares con los que la figura de su jefe puede competir. El protocolo parece que es algo má la mejor organización de cualquier tipo de encuentro para que cada cual esté en su sitio, para facilitar los contactos o las negociaciones, para que el visitante se quede con la mejor impresión. Lamentablemente, muchas veces no sucede de esa manera. En ocasiones, una institución hace todo tipo de gasto para realizar una actividad y después aparece una serie de circunstancias que lo arruinan de alguna manera; mientras, puede darse el caso de otra actividad de este tipo sin tanta necesidad de inversión en sus preparativos, que acaba mejor que aquella y, por ello, sus resultados finales son de más alto nivel. Cuestión de protocolo, de saber qué hace falta en cada momento. Veamos un caso: un ministro de Ghana hace una visita de negocios a una región de un país europeo cercano. En los preparativos, cualquiera se puede imaginar el presupuesto de viajes, hoteles, comidas y demás atenciones al ministro y séquito, media docena de personas. Se trata de abrir mercados en el país africano y en ese viaje de promoción y conocimiento interviene la oficina de la región de ese país europeo en Ghana. Además, el becario de la Cámara de Comercio local se incluye en el viaje, de forma que en teoría todo parece que va a salir bien y así sale, pero ustedes verán pronto que podría haber salido mejor, al menos la sesión del viaje que vamos a comentar. Una de las tardes de la visita, el ministro y su séquito van a un polígno industrial, para conocer tres empresas. Sólo en una de ellas aparece la bandera de Ghana en los mástiles de su entrada, lo cual es un serio defecto de protocolo. Esa tarde se levanta viento y la bandera del paín anfitrión, muy deshilachada, se medio suelta del mástil y queda prendida por uno solo de sus puntos de amarre, con lo cual se pueden imaginar el espectáculo; hubiera sido mejor que no hubiera habido banderas. Los africanos no hablan inglés, pero nadie se ha ocupado de que junto a los visitantes haya un traductor; el problema se va resolviendo porque los técnicos de las empresas lo hablan, pero uno de los millonarios dueño de una de las compañías visitadas no lo habla, así que pueden imaginar el nuevo espectáculo del pobre hombre intentando comunicarse por medio de su alto empleado, pendiente éste de sus explicaciones técnicas y de los comentarios del propietario. En una de las visitas ofrecieron un refrigerio a los visitantes, pero nadie se ocupó deconocer si eran musulmanes y no podían comer, por ejemplo, jamón, aunque este caso no se dio, pero se podía haber presentado. En la última de las empresas, el ministro ghanés y el consejero regional de Industria tuvieron que aguardar junto al mostrador de recepción a la espera de la llegada de alguien de la empresa visitada, lo cual es bochornoso: todo un ministro, con su séquito oficial en un paín donde parece que hay interés comercial, parado junto al mostrador, como si se tratara de un moroso que acude a cobrar una factura pendiente. Cuando por fin llega alguien a atenderlos, no es la máxima autoridad empresarial, sino el jefe técnico y éste viene en mangas de camisa, como si lo hubieran sacado de su despacho de manera imprevista. Como el directivo de la asociación regional de empresarios industriales que acompaña a la visita. ¿Cuál debería haber sido el papel de un especialista en protocolo en un episodio como el descrito? En primer lugar, parece que exigir la presencia de un intérprete desde el primer momento y hasta la despedida de los visitantes; después, disponer de las banderas del país visitado y del de origen de los invitados, junto a las demás enseñas que aconseje el protocolo, y que estas banderas estuvieran en condiciones, bien fijas a su mástil y no viejas y deshilachadas. Tendría que conseguir que quien recibiera al ministro y séquito fuera la más alta representación de cada una de las empresas y que estas personas estuvieran a pie de puerta: es inconcebible hacer esperar a un ministro junto al mostrador de entrada, máxime si tenemos en cuenta el cansancio que se va acumulando en una visita de este tipo, por muy corta que sea. Lo mismo valdría decir si el consejero regional de Industria fuera a visitar la empresa, más si lo hace con un ministro extranjero. (La pregunta, sin demasiada mala intención, es ésta: ¿hubiera sido igual si se tratara de un ministro francés o alemán. Esa podrría ser la pregunta que se haga el ministro africano o algunos de sus asesores). Si hay un refrigerio, el especialista en protocolo debe saber qué se va a servir, ante la posibilidad en que haya algo que se pueda interpretar como no recomendable, como sería el jamón ofrecido a unos musulmanes, que también pueden ser de raza negra, detalle muy común en la África subsahariana. En definitiva, que no valen solamente las buenas intenciones si después de una actividad exploratoria como la indicada puede salir mejor y se deteriora por defectos de protocolo, algunos de los cuales hemos tratado de exponer, con la idea de resaltar la necesidad de que las instituciones no se hagan la pregunta que titula este comentario y sepan apreciar al profesional de este tipo de comunicación. Ésta es, sin duda, una gran vía de salida de profesional para periodistas o comunicadores sociales, si éstos saben aprovecharla y ocupar nichos profesionales hoy desatendidos.- J.M. de P. |
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