Revista Latina de Comunicación Social 2 – febrero de 1998

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 1º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
Facultad de Ciencias de la Información: Pirámide del Campus de Guajara - Universidad de La Laguna 38200 La Laguna (Tenerife, Canarias; España)
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Errores del texto periodístico, de José Manuel de Pablos

Extraordinario rigor lingüístico de un manual. Un excelente diccionario de dudas complementario a los otros ya existentes

Dr. Humberto Hernández

Catedrático de Escuela Universitaria

Facultad de Ciencias de la Información

Universidad de La Laguna

Me corresponde la presentación del libro Errores del texto periodístico del profesor De Pablos Coello, con quien comparto una preocupación constante por el creciente deterioro que sufre el idioma y la necesidad de que nuestros alumnos -futuros profesionales de los medios- adquieran una sólida formación lingüística. Complace mucho, desde luego, contar con aliados como él en estos momentos de despreocupación ante la lengua: ya son muchos los adversarios.

Seguramente algunos estarán pensando que voy a utilizar esta presentación como pretexto para culpar una vez más a los periodistas de todos los males que sufre nuestro idioma. No voy a hacerlo así, tan sólo trataré de poner los puntos sobre las íes y determinar cuál es su cuota de responsabilidad, pues todos en mayor o menor medida, como usuarios de la lengua estamos comprometidos con la tarea. Por eso, quiero dejar desde ahora constancia de mi valoración y reconocimiento hacia los medios y, en especial, a los muchos profesionales que con constancia y rigor loables realizan su labor de una manera ejemplar.

Nuestra prensa -dicho sea de paso- no es, precisamente, tan nefasta como algunos la han querido presentar; hay muchos aspectos positivos que merecerían ser destacados, aunque a veces las críticas de los lectores críticos y las de lingüistas y filólogos puedan dar la idea contraria.

Pero por las razones que sean, es indudable, que estamos en un momento de insensibilidad idiomática, como ha advertido más de una vez Fernando Lázaro Carreter. Se observa un deterioro generalizado de la lengua y, desde luego, todos somos responsables.

"Nunca en los periódicos han escrito tantos y tan mal". Y esto, que conste, no lo digo yo; lo afirma un periodista, Cándido, de gran renombre en el periodismo español. Ciertamente, no sólo escriben mal los periodistas y no sólo a ellos hay que culpar del deterioro idiomático; pero es que al periodista, por ser un intermediario directo que ejerce un fuerte impacto sobre el ciudadano, hay que exigirle más responsabilidad lingüística.

Hoy, y creo que nadie puede ponerlo en duda, los modelos lingüísticos de la sociedad no son los grandes escritores, sino la prensa, la radio y la televisión. Esto quiere decir que la influencia de los medios de comunicación sobre los usuarios del idioma es mucho mayor, y, por supuesto, más rápida, que cualquier otra que se pudiera ejercer: ni la de los profesores, ni la de los grandes maestros se le pueden comparar. El periodista tiene una autoridad decisiva sobre los lectores y oyentes, quienes, en general, no se cuestionan el uso que el profesional hace del lenguaje; por el contrario, el ciudadano medio suele admirar al periodista y reproducir su forma de escribir y su forma de hablar, tal vez por una exagerada reverencia hacia la letra impresa del periódico, ante la pantalla o el receptor.

No soy de los que piensa que los periodistas tienen un mal nivel lingüístico. Creo que son muchos, quizá una notable mayoría, los que poseen un buen conocimiento de la lengua, que es su principal instrumento de trabajo. Sin embargo, da la impresión de que no se justifica esta opinión con la exagerada preocupación que mostramos muchos haciendo de los profesionales de los medios objeto constante de nuestras críticas. Pero no es exagerada si se tiene en cuenta la enorme repercusión que tienen los errores -o las desviaciones- que aparecen en la prensa, su enorme trascendencia y el gran mimetismo de los destinatarios. Muchas personas que jamás se han aproximado a una obra literaria es muy posible que lean diariamente numerosas páginas de varios periódicos. Considérese nada más cuál es la tirada de los más conocidos best-sellers frente al número de ejemplares de periódicos que todos los días se imprimen en las rotativas de nuestro país.

También cometemos errores el resto de los usuarios, incluso los más competentes. He detectado muchos en obras literarias, algunas de ellas galardonadas con prestigiosos premios. Muchos escritores actuales utilizan, por ejemplo, el verbo "incautar" como transitivo en lugar de la forma "incautarse de algo", otros hacen uso de "adolecer" -cuyo significado es 'padecer una enfermedad o tener un defecto'- con el sentido de 'carecer', y en no pocas obras aparecen conjugados de forma errónea verbos como "satisfacer", "prever" o "adecuar". Pero, ¿cuántos somos los que nos detenemos en la lectura de las páginas de un diccionario o utilizamos nuestros ratos de ocio para otra cosa que no sea leer la prensa, oír la radio o ver la televisión? Probablemente, por esta razón, estos errores librescos no sean tan nefastos -no por ello disculpables- por llegar a un menor número de lectores y, con toda seguridad, a los menos permeables para aceptarlos sin discusión.

Mayor efecto negativo causan estos usos poco recomendados cuando aparecen en las páginas de un periódico o en cualquier otro medio de comunicación de masas; no tanto si estos pertenecen a los suplementos culturales, que suelen ser las menos leídas. No me resisto a comentarles algunas perlas aparecidas en un ABC literario, en las que se reproduce, como primicia, el prólogo del reciente libro El dardo en la palabra de Fernando Lázaro Carreter, libro que aprovecho para recomendar vivamente y que merecería un comentario más detenido. No voy a hacerlo, pero no estaría de más resaltar la importancia de la obra y las atinadas observaciones del ilustre académico.

Pero vayamos al texto en cuestión. En la entradilla que precede al citado prólogo se dice lo siguiente:

"Fernando Lázaro detecta, comenta y zahiere desde hace veinte años las expresiones y usos espúreos, innecesarios, que empobrecen el castellano de los medios de comunicación".

Aparte del insólito uso del verbo "zaherir" (significa 'humillar a una persona o mortificarla con palabras o con obras'; sólo se puede zaherir, en consecuencia, a las personas y no las expresiones o los usos), me llamó la atención la presencia del incorrecto adjetivo *espúreo: su forma correcta es espurio (del lat. spurius) 'bastardo, adulterado'. Pero más me sorprendió la forma que se utiliza del verbo satisfacer, ya en el texto que constituye el prólogo y puesto en la pluma de Lázaro Carreter; dice así hablando de los neologismos:

"Las innovaciones son de origen indígena o importadas. No pueden merecer objeción alguna las necesarias, las cuales se producen por cambios y novedades que la sociedad toma en préstamo de otras lenguas para designar cosas y acciones que ha incorporado a sus modos de pensar y de vivir. Tal vez satisfaciera poder despegarlas de su original foráneo y ponerles etiqueta propia".

Así aparece conjugado satisfacer en el texto que se atribuye a Lázaro (p. 21 del citado suplemento literario) ¡Cuántas veces me he detenido en explicar la conjugación correcta de este verbo! ¿Podrían todas mis clases de español normativo combatir la presencia de estos errores en páginas tan selectas?

Y ustedes se estarán preguntando si este error lo cometió efectivamente don Fernando en el prólogo de un libro de esta trascendencia, y, aunque extraño, no es imposible: sólo cometemos errores quienes hacemos uso de la lengua; quienes no hablan ni escriben jamás podrán incurrir en ellos. Pero no, no lo cometió Lázaro Carreter, como era de esperar: en el prólogo de su libro figura la forma correcta: "Tal vez satisficiera poder despegarlas de su origen foráneo..." (en la p. 24 del prólogo). Con toda seguridad, lo que ocurrió fue que al teclista que transcribió el texto no le sonó muy bien ese "satisficiera" y trató de enmendarle la plana al ilustre profesor corrigiéndole lo que no precisaba corrección alguna.

El problema es que lo escrito escrito queda, y hasta puede suceder que algunos que ya hubieran leído el prólogo que aparece en ABC no lo vuelvan a leer directamente en el libro: habrá quedado la forma incorrecta como forma válida, no sólo por el prestigio de la letra impresa sino, además, por el de la figura de nuestro insigne académico.

Pero a más usuarios del idioma llegan otros muchos textos periodísticos en los que los atentados contra el idioma se multiplican; no habría que hacer profundas indagaciones para encontrar estos usos espurios en las páginas de nuestra prensa local ni en las de los más prestigiosos diarios nacionales. Y para no cansarles con ejemplos que ya todos conocemos, comentaré tan sólo la siguiente anécdota: hace unos meses el propio profesor De Pablos me invitó para que pronunciara una ponencia en un congreso que se celebró en esta Facultad sobre el español en los medios de comunicación; confieso que me bastó un solo ejemplar de periódico publicado en los días anteriores para ejemplificar la serie de fenómenos que yo había estimado como más representativos de las tendencias actuales de nuestro idioma.

Comprobé, además, que muchos de aquellos ejemplos con errores flagrantes no sorprendían a casi ninguno de los asistentes, y esto demostraba su gran extensión y su sorprendente penetración hasta en los estratos más cultos de la sociedad.

Son muchos los atentados lingüísticos que se producen a diario en los medios de comunicación; y lo censurable no es que se produzcan una vez, sino que se reincida en ellos. El periodista no puede escudarse en la prisa, cuando lo que en realidad ocurre es que existe una falta de un buen aprendizaje lingüístico.

Esta laxitud y despreocupación que produce el deterioro idiomático se observa de modo muy notable en el terreno del léxico: se usan palabras con sentidos que no poseen, algunas se inventan y se utiliza un buen número de neologismos, muchos de ellos por una razón esnobista y puramente mimética: se han oído de boca de otros en quienes se reconoce cierto prestigio, se reproducen sin ningún tipo de control y se convierten en clichés intolerables; y estos son muy frecuentes en los medios de comunicación. Aparecen de este modo acepciones neológicas como "vendedor agresivo", o voces extranjeras, absolutamente innecesarias como "compact", "feedback" o "feeling".

Muchos de estos problemas léxicos, otros morfológicos y algunos sintácticos han sido tratados con extraordinario rigor lingüístico por el profesor De Pablos en sus más de dos centenares de artículos que constituyen este manual que podríamos considerar como un excelente diccionario de dudas complementario a los otros ya existentes, de entre los que sobresale el ya clásico de don Manuel Seco.

La formación lingüística del profesor De Pablos, su instinto periodístico y su permanente preocupación han contribuido a que la selección de los materiales que integran su obra sea muy representativa de los fenómenos en que con mayor frecuencia incurren los profesionales de los medios, con un estilo libre, ligero y con una excelente documentación.

En la presentación de El dardo en la palabra, Luis María Anson reconocía públicamente los daños que los medios hacen al idioma. Decía, además, "Nos hacen falta más libros de estilo y más horas de estudio".

Más horas de estudio sí, pero no más libros de estilo; precisamente es el estilo lo que más se resiste a la codificación en el complejo oficio de la escritura. Mayor conocimiento de la normas gramaticales y de los usos lingüísticos es lo que se necesita: buenas gramáticas y diccionarios de uso (que ya los hay muy buenos) y de dudas y dificultades como éste que ahora acaba de ver la luz es lo que debe haber en las redacciones de los periódicos y de todos los medios de comunicación.

El hispanista británico Colin Smith cuenta en uno de sus artículos la siguiente anécdota: "Cuando yo pregunté en una oficina de prensa qué sanción suele merecer un colega cogido en flagrante error lingüístico, por ejemplo, el que sigue empedernido en su "a nivel de", "de cara a", "en el día de hoy", me dicen que "Bueno, quizás a pagar una ronda". Eso, como mínimo, digo yo; pero la segunda vez, a casa, sin sueldo, para encerrarse quince días a estudiar con duro examen oral cuando vuelva. Pero para que el asunto no termine con nota de broma, sentaremos al examinado bajo la bandera nacional con la intención de que el culpable tome conciencia de su enorme responsabilidad patriótica e internacional [...]. Los periodistas son embajadores y los queremos a todos con nota de "sobresaliente".

Es alta, en efecto, la exigencia de la lengua para los profesionales de la información. Por esta razón, la creencia con la que iniciaba mi intervención de que la mayoría de ellos posee un cierto conocimiento del idioma, no puede hacer por sí sola que nos sintamos satisfechos, "Porque en ellos no basta un buen conocimiento, sino un conocimiento excelente. Precisamente -permítaseme que haga mías estas palabras de don Manuel Seco- por estar encaramados en una tribuna visible desde todas partes, llevan consigo una alta responsabilidad. Aunque no lo pretendan, son ellos, hoy día, los principales maestros de la lengua".

Confiamos en que la situación empiece a cambiar: la celebración del Congreso de Zacatecas y publicaciones como la que ahora tengo el honor de presentar son indicios suficientes para que empecemos a sentirnos optimistas.

El profesor De Pablos con este su magnífico manual está contribuyendo de forma inestimable para que así sea.

Enhorabuena, pues, por esta oportuna publicación al autor y a los responsables de la colección.

[* Resumen de las palabras pronunciadas

en la presentación del libro Errores del texto periodístico,

en La Laguna, septiembre de 1997]


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Hernández, Humberto (1998): Errores del texto periodístico, de José Manuel de Pablos. Revista Latina de Comunicación Social, 2. Recuperado el x de xxxx de 200x de:
http://www.ull.es/publicaciones/latina/z8/
humberto.htm