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Revista Latina de Comunicación Social 2 febrero de 1998 |
| Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social |
| Webditorial · febrero de 1998 Jóvenes (y humildes) investigadores Hace unos pocos años, en la Complutense de Madrid, a las puertas de donde se celebraba un congreso organizado por el Departamento de Filología Española de la Facultad de Ciencias de la Información, había una pequeña mesa. Era una de esas mesas portátiles, metálicas, para comer en el campo o playa; también de las utilizadas en la calle para pedir firmas a los transeúntes a favor de alguna causa benéfica contra algún tipo de maléfico poder o para la venta de baratijas. Era una mesa humilde. Mi curiosidad me detuvo ante la mesa sin pretensiones. Allí, un pequeño grupo de estudiantes exponía libros para su venta. Mi primera impresión era la natural: una librería cercana o una editorial especializada aprovecha el acontecimiento (aquí, los cursis del castellano pondrían el erróneo "evento", que nos asalta del inglés) para sacar su mercancía. Mas había algo singular en los ejemplares de aquella mesa: todos los tomos eran iguales, se trataba de un único libro, así que no casaba con la idea de la editorial que vende sus producciones o la librería que expone ejemplares para la venta. Era la mesa donde se vendía el libro con las actas de una de las primeras jornadas de la Asociación de Jóvenes Investigadores en Comunicación. No era un negocio. Así fue mi primera relación anónima (con la que algo aprendí) con un grupo que hoy ha añadido el calificativo de Internacional al nombre de su agrupación, celebró tres congresos en Madrid y se hizo itinerante. La AIJIC celebró en 1997 su cuarto congreso en Bellaterra (donde tiene su sede la Autónoma de Barcelona) y seguirá su gira académica por aquellas universidades dispuestas a acoger a los futuros profesores de comunicación social de la universidad española e iberoamericana. Algún día sus congresos se celebrarán en la otra orilla, la americana. En aquella mesa, un grupo de doctorandos de la Complutense -hoy, seguramente, doctores algunos de aquellos chicos y chicas- vendían su libro y alababan su proyecto de asociación de jóvenes investigadores. Su proyecto ya es una realidad, una humilde realidad. En este mes de febrero del 98, los componentes de la AIJIC se van a reunir en la Universidad de La Laguna, para celebrar su quinto congreso, al que humildemente llaman Jornadas. Es de lamentar que para este tipo de reunión de jóvenes no haya ayudas oficiales. La Asociación celebra su congreso pero no lo organiza, ¿cómo es eso? Por la humildad tantas veces señalada líneas arriba. Nada impide que un grupo, del tipo que sea, decida reunirse en un congreso, para lo que ha de organizarlo. La AIJIC actúa de otra manera, de una forma sencilla: entrega humildemente la responsabilidad de la organización a una facultad o a sus departamentos de comunicación social. Claro que de esa manera queda asegurado el nivel y el contraste científico de los trabajos que se vayan a exponer. La AIJIC cede protagonismo y gana humildad; cede el poder de decidir quién sí y quién no y gana respetabilidad; no entra en juego alguno y obtiene credibilidad. Hace las cosas bien este grupo de jóvenes investigadores en comunicación social. Lo que dejan patente es su humildad, condición básica en todo tipo de investigador, del tipo que sea su trabajo. [Lo malo de tanta humildad científica se traduce después en el desprecio gubernamental por todo lo que suene a universidad, a investigación científica, pero ése es tema para otro día, no obstante lo cual lo dejamos apuntado, antes de animar a un despertar ante el desprecio] En un departamento que hacía una entrevista a los candidatos al doctorado, sin decirlo ni dejarlo patente se calibraba la humildad de los aspirantes. Había uno que sin necesidad citaba varias veces a Eco y cuando escribió su nombre dejó escrito Humberto Eco. Su memoria fotográfica era excelente... Se le preguntó por el sentido de la humildad y la soberbia en el investigador según Eco. De hecho, el autor del palimpsesto El nombre de la rosa lo que alaba es la humildad y no la soberbia, que descarta por el canto que hace a la necesaria humildad de todos nosotros. Aquel soberbio candidato -que no pasó de tal categoría, su máximo nivel- estalló y dejó patente a los profesores de aquella comisión su inutilidad para la humilde investigación científica. No pasó de allí, como dije, pero su soberbia le animó a gastar en tribunales más de lo que cuesta hacer una tesis doctoral y pasar luego por esa costumbre medieval de pagar una comida la comisión. Los jóvenes investigadores se reúnen en su cita anual y lo van a hacer en la facultad más periférica de todas, en unas salas que dan al extenso y abierto océano Atlántico, en una pirámide. Es seguro que van a ser acogidos con el mismo calor con el que fueron recibidos en Bellaterra y en la Complutense, como en los próximos años serán recibidos en Valencia, País Vasco, Sevilla, Santiago o Salamanca. Éstas parecen ser las cinco universidades que desean inscribir su nombre junto a la pequeña historia de una asociación que está dando ejemplo de buena forma de actuar: con tanto interés podrán negociar y, sin humildad entonces, obtener ayudas para el viaje de sus asociados, muchos de ellos todavía estudiantes de doctorado sin ingresos. Desde Latina, bienvenidos a este cruce tricontinental de caminos (africano, americano y europeo) que es Canarias, Tenerife, La Laguna; que nunca los integrantes de la AIJIC olviden la necesaria humildad de sus labores investigativas, que se beneficien de uno de los más hermosos trabajos, cual es el de la reflexión y colaboración en el avance del conocimiento en el amplio campo de las ciencias de la información. Bienvenidos desde el ciberespacio. Dr. José Manuel de Pablos Coello Catedrático de Periodismo (ULL) Editor de Latina |
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