Revista Latina de Comunicación Social 40 – abril de 2001

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 4º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
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[marzo de 2001]

El tratamiento informativo de El País sobre la Cumbre de Seattle

(8.923 palabras - 17 páginas)

Lic. Sonia Puertas Sánchez ©

La Laguna

 

Javier Valenzuela, enviado especial de El País junto con Fernando Gualdoni a la Cumbre de la Organización Mundial de Comercio (OMC), celebrada en Seattle del 30 de noviembre al 3 de diciembre de 1999, se preguntó, en el primer artículo que escribió desde el estado norteamericano, por la naturaleza de los disturbios registrados en las calles y que fueron protagonizados por miles de manifestantes.

El periodista no fue capaz de establecer qué movía a las cerca de 40.000 personas llegadas a Seattle desde diferentes puntos del planeta a responder de semejante manera. Todos ellos protestaban por la celebración de la denominada Ronda del Milenio y por sus contenidos de debate.

Aún menos, ni él ni su compañero, fueron capaces de relacionar las protestas con asuntos como el AMI (el Acuerdo Multilateral sobre Inversiones que no fue nombrado ni una sola vez por los articulistas), el intento de prohibir las subvenciones a la agricultura, el deterioro de las condiciones de vida de los trabajadores (tanto en los países pobres como en los ricos), la degradación medioambiental o la inestabilidad social y política en numerosos países.

En general, el nivel explicativo de El País sobre lo que se negoció en la Cumbre fue muy bajo. "Sociólogos e historiadores tendrán que explicar por qué la OMC ha concentrado en su Cumbre una catarata de descontento y hasta odio no vista en EE.UU desde hace años", (1) afirmó Valenzuela. Sin embargo, como veremos, no es necesario ser ninguna de las dos cosas para proceder a tal explicación. Tan sólo se requiere un poco de esfuerzo.

Durante los cuatro días que duró la Cumbre de Seattle, los periodistas de El País, en consonancia con los editoriales de este periódico, bailaron al son que tocaban el resto de los medios de comunicación internacionales, pasando de una crítica excesiva y gratuitamente despectiva hacia los manifestantes a una condescendencia que llegó a aparentar incluso simpatía. La misma que mostraron sobre la marcha la mayoría de los líderes del planeta ante la magnitud de la protesta. (2) Eso sí, la vaciedad de contenidos se mantuvo a lo largo de unas crónicas que duraron prácticamente una semana y que respondían a una mezcla de tergiversación y falta de conocimientos.

¿Fracaso de la Cumbre de Seattle?

La Cumbre de Seattle, que reunió a 135 países, representaba para Bill Clinton una cuestión de prestigio. El mandatario pretendía acabar su legislatura con un broche de oro en forma de donación de nombre –el suyo- a la última ronda librecambista antes de 2000, que esperaba extenderse durante tres años. Sin embargo, tanto él como sus asesores sufrieron un serio revés en el terreno de la publicidad de cara a las elecciones presidenciales de 2000, al acabar la reunión sin importantes avances en este sentido.

Así las cosas, los grandes medios de comunicación concluyeron que la Ronda del Milenio resultó un fracaso, cuando en realidad no supuso sino un pequeño varapalo al orgullo del Partido Demócrata norteamericano y no ha hecho más que poner de manifiesto las contradicciones propias del capitalismo especulativo de los últimos decenios.

Los resortes de la globalización, la imposición del librecambio en aquellos sectores económicos del mundo desarrollado a los que el mismo beneficia, la pérdida de soberanía de los estados o el avance de las políticas neoliberales -consagradas gracias a la extensión del pensamiento único-, siguen adelante. Se trata de un proceso imparable cuya expresión política es la reducción a su mínima expresión de las diferencias entre partidos hasta el punto de enfrentar a conservadores y socialistas por un espacio común denominado tercera vía y que ni la falta de entendimiento entre la trilogía EE.UU, Europa-Japón y los países del tercer mundo ni la protesta de miles de manifestantes ha podido frenar. Obviando lo primero, Valenzuela, que aparentó no haber oído hablar del reduccionismo político ni del creciente grado de abstención electoral que éste provoca, no sabía explicarse qué movía a protestar a miles de personas en Seattle cuando "a favor de la globalización están ahora las izquierdas y derechas institucionales de Occidente, desde el laborista Tony Blair al conservador José María Aznar, pasando por el centrista Bill Clinton". (3) El periodista, haciendo un alarde de sutileza, conseguía ver diferencias en las políticas de estos partidos y, sin embargo, era incapaz de entender a los que denominó "grupos minoritarios de todo el espectro político" (4) que, entre otras cosas, protestaban en Seattle por las graves desigualdades económicas globales. Valenzuela puso de manifiesto su desconocimiento, por ejemplo, de que en esta época de internacionalización de la economía y muerte de las ideologías y, por tanto, de las alternativas políticas, la tan celebrada caída del muro de Berlín ha supuesto para los países de Europa oriental y la Comunidad de Estados Independientes (compuesta por países de la extinta URSS) algunos de los mayores aumentos jamás registrados en el coeficiente de Gini, que mide la desigualdad de ingreso entre la población de un país. Una dinámica a la que tampoco han escapado los países de la OCDE, en especial EE.UU., el Reino Unido y Suecia, según datos de la ONU. (5)

Por más que los principales medios de comunicación hablasen durante la Cumbre de fracaso, el comercio mundial presenta un futuro espléndido para los países más avanzados y difícil –para no variar- para los más pobres. O, lo que es más correcto, espléndido para las empresas de capital transnacional que operan en el mundo y difícil para los trabajadores asalariados del planeta cuyos derechos y condiciones se están degradando de manera significativa, con independencia del país (pobre o rico) en el que residan.

Las implicaciones que las diferentes rondas que persiguen la liberalización (siempre auspiciadas por unos estados interesados en la exclusiva liberalización de un producto en el que son competitivos mundialmente) han tenido y tienen sobre la protección del medio ambiente, la explotación de mano de obra infantil –y adulta- por las multinacionales (el 70% de ellas estadounidenses y tan sólo un 5% pertenecientes a la familias más pudientes de los países pobres), la comercialización de alimentos modificados genéticamente y la extensión del número, así como el empeoramiento de las condiciones de vida de las personas más pobres, por usar el listado que emplearon Valenzuela y Gualdoni, son claras y están perfectamente documentadas. Sin embargo, los periodistas afirmaron que "de los miles de manifestantes que ayer intentaron volver a tomar Seattle, la mayoría no tenía una idea clara de la relación entre la OMC y sus protestas. Tal vez por ello, las reivindicaciones eran de lo más variadas e iban desde la protección del medio ambiente hasta las denuncias de la explotación de la mano de obra de niños por las compañías multinacionales, pasando por la oposición a los alimentos transgénicos y el temor a que una mayor liberalización sea dañina para los pobres". (6)

La falta de preparación sobre el tema de los reporteros quedó puesta de manifiesto a la luz de sus informaciones parciales, incompletas e, incluso erróneas en algunos casos y, sobre todo, adaptadas a las exigencias de la propaganda oficial del momento. Así, y para referirnos a esto último, si los manifestantes fueron presentados en el primer artículo escrito por Valenzuela como un irresponsable conjunto de provocadores y agitadores contra los que la policía se vio obligada a ejercer una dura represión (7) conforme avanzó la Cumbre y la mayoría de los dignatarios representados en ella trataban de ganarse tanto la simpatía de esos ‘pequeños gritones’ que llenaban las calles, como la de los miles de personas sobre las que llamaron la atención en todo el mundo, variaron el tono de sus escritos pasando a presentarlos como víctimas de la arbitrariedad policial.

Los países pobres y su demonización

Los medios de comunicación como El País lograron asentar la desinformación sobre la Cumbre de Seattle, no sólo hurtando al lector numerosas explicaciones sino revalorizando aspectos de la misma que han sido utilizados como una cortina de humo. Así, a partir del tercer día de las negociaciones comenzó a cobrar peso la idea de que el "fracaso" de la Cumbre había dejado de ser responsabilidad de la falta de entendimiento entre los países ricos para señalarse, en su lugar, el descontento de los países pobres con el giro que tomaban las conversaciones. Según El País, los países ricos estaban a punto de anunciar una iniciativa conjunta para ayudar a los países pobres a ser más competitivos en los mercados mundiales (en el mundo real, un procedimiento muy utilizado para aumentar la competitividad de los países pobres ha sido reducir salarios y degradar las condiciones laborales) y Clinton hacía su aparición en Seattle para pedir "derechos laborales mínimos para todo el tercer mundo". (8) "No se trata sólo de bajar las barreras comerciales", afirmó el líder mediático, "sino también de subir los niveles de vida", (9) pero sin especificar a qué sectores había que hacer aún más ricos.

Según Javier Valenzuela, los asesores del presidente se apresuraron a "restar importancia" a sus declaraciones para no alarmar a los países pobres que no cumplen con los derechos de los trabajadores. Pero, ¿podía un país de estas características alarmarse cuando lo único que Clinton sugirió –ni siquiera fue una propuesta- fue acabar con "las formas más aberrantes de trabajo infantil"? El mandatario acababa de firmar una convención en este sentido que no compromete a EE.UU. en absoluto y que, aunque había sido redactada por la Organización Internacional del Trabajo (OIT) hacía seis meses, esperó a firmar cuando las cámaras de televisión fueron lo suficientemente numerosas y las elecciones estaban lo suficientemente cercanas. Dicha convención establece el "objetivo moral [que no real, por tanto] de abolir la explotación de niños en actividades como la prostitución, la pornografía, el tráfico de drogas y los trabajos peligrosos". No había por qué preocuparse: como todos sabemos, trabajar durante once horas al día cosiendo zapatillas no resulta una actividad peligrosa, todo lo más tediosa.

Los periodistas erraron al señalar al verdadero perjudicado en caso de que una disposición contra la explotación laboral infantil hubiera prosperado. No son los países pobres los que se benefician de ésta y otros tipos de explotación, sino las multinacionales de capital europeo y estadounidense que operan en los estados pobres del planeta y que, aparte de los sueldos de miseria que allí pagan y que ni tan siquiera permiten subsistir a los trabajadores, desearían (y para eso están foros como la OMC) exportar sus mercancías al primer mundo sin ninguna clase de aranceles. Hablamos de las 200 empresas más importantes del mundo que controlan el 25% de la actividad económica del planeta, aunque sólo emplean al 0,75% de la mano de obra de la población laboral mundial, como puso de manifiesto el secretario general de UGT, Cándido Méndez, en un artículo de opinión publicado por el propio El País. (10) Lo que, usando una simple regla aritmética, quiere decir que el día que estas corporaciones se hagan con todo el mercado –como parece ley natural- sólo darán empleo al 3% de la población activa mundial.

Es verdad que las clases dirigentes de los países empobrecidos tienden a alinearse con las necesidades de las multinacionales, bien por afinidad ideológica (la educación en las mismas escuelas y universidades), económica o por imposición pura y dura de las políticas de ajuste estructural que mediatizan las directrices económicas de los países ‘en tratamiento’, sobre todo de los subdesarrollados. Políticas que son desarrolladas por instituciones como el Fondo Monetario Internacional o el Banco Mundial, que tienden a sentirse más cómodas tras la imposición en estos gobiernos de políticos títeres que sólo representan los intereses de la clase pudiente. Así, por ejemplo, los dirigentes paraguayos forman parte de ese 20% de la población del país que concentra el 62,3% de la riqueza frente al 20% más pobre que se reparte el 2,3% de la misma. (11) Pero, ¿qué sanciones podían esperar los estados pobres de un país, EE.UU., que se ha destacado por negarse a ratificar muchos de los tratados sobre derechos laborales de la OIT? A EE.UU. sólo le interesa la situación de los derechos humanos en casos como el de Cuba en donde, por ahora, no han podido instalar maquiladoras ni posee mano de obra sin derechos laborales.

Ni ésta ni otras consideraciones evitaron que los países pobres se convirtieran finalmente, y en virtud de su supuesta disconformidad con esta ‘noble iniciativa’, en los verdaderos boicoteadores de la Cumbre. Hablamos de unos países que no sólo soportan graves problemas sanitarios sino que los están viendo agravados gracias a la nueva legislación de patentes lograda por los países ricos, que salvaguardan así sus derechos de protección de la propiedad intelectual a costa de la salud de buena parte de los habitantes del planeta. El resultado de esta legislación es el "robo silencioso de siglos de conocimientos de algunas de las comunidades más pobres de los países en desarrollo", afirma la ONU. Institución según la cual en 9 países de África la esperanza de vida se reducirá en 17 años en 2010 y que sostiene que los derechos de propiedad intelectual, que EE.UU., Europa o Japón acudieron a proteger a Seattle, "van en desmedro de la seguridad alimentaria, los conocimientos indígenas, la diversidad biológica y el acceso a la atención de salud". (12)

Intencionadamente o no, los periodistas no interpretaron correctamente un simple guiño electoral de Bill Clinton.

Los irresponsables

La gran sorpresa de la Cumbre de Seattle la dieron los miles de personas que han tomado conciencia del papel que este tipo de encuentros tiene dentro del sistema de acumulación existente. Unas 40.000 personas llegadas de todo el mundo hicieron oír sus voces para protestar ante una de las manifestaciones (la Cumbre) de un fenómeno (el de la globalización) en que todos jugamos un papel, activo o pasivo, y que a todos nos afecta de una u otra manera: en nuestras condiciones cotidianas de trabajo, al hacer la compra o al acudir al médico, sin ir más lejos.

Y es que los medios de comunicación han evitado escrupulosamente hablar de una de las principales consecuencias del neoliberalismo: el desmantelamiento del estado de bienestar allí donde ha existido y la imposibilidad de implantarlo donde nunca nació. (13) En una economía global en la que las fusiones y adquisiciones transfronterizas de empresas alcanzaron, en 1997, un volumen de 236 mil millones de dólares (mientras que, en 1993, no llegaron a los 70 mil millones), son corrientes las reducciones de personal y los despidos. La ONU reconoce que "los mercados pueden ir demasiado lejos y reducir actividades no relacionadas con el mercado fundamentales para el desarrollo humano", (14) como los servicios públicos.

Conforme las protestas de los manifestantes tuvieron eco internacional, éstos fueron considerados una baza más a jugar por los dirigentes de los estados desarrollados, formados por países con democracias nominales en las que la opinión pública y la celebración de elecciones hacen aún necesaria cierta imagen de consenso y unión nacional. En este sentido, el apoyo de los sindicatos resultaba decisivo para el Partido Demócrata estadounidense y su candidato a la Casa Blanca, Al Gore.

Fue entonces cuando las protestas recibieron un amplio tratamiento informativo, sobre todo porque sirvieron para relegar a un segundo plano los términos de las negociaciones de Seattle y la verdadera naturaleza del fracaso de la Cumbre. No nos engañemos, fueron las graves desavenencias que enfrentaron a los distintos bloques de países ricos, dentro de la tercera conferencia ministerial de la OMC, las únicas responsables de la falta de acuerdo y no los países pobres -ni los manifestantes-, como podía leerse en los titulares de los últimos días en El País.

El verdadero logro de las acciones de miles de personas en las calles de Seattle no es el de haber conseguido deslucir la reunión de medio centenar de presidentes y directores generales de grandes empresas norteamericanas a favor del ‘libre comercio’ ni el de haber impedido la celebración de una grandiosa apertura. Ni siquiera el haber deslucido la ceremonia de clausura, como sentenció El País, sino la de traer un poco de luz sobre el gobierno en la sombra que representan las instituciones de Brentton Woods, así como llamar la atención sobre ellas de buena parte de la opinión pública mundial, que nunca había cuestionado el papel de este tipo de organizaciones supranacionales.

Por ello, tanto Bill Clinton como los delegados de la UE se apresuraron a hacer coincidir los intereses que defendían con los de los manifestantes. Ni siquiera el Vaticano escapó a esta dinámica al hacer pública una declaración según la cual "los potentes en Seattle quieren decidir las políticas internacionales sobre el comercio sin escuchar a la sociedad civil". Siempre comedida y diplomática, la curia vaticana prefirió llamar al orden a las naciones ricas "potentes" en vez de reconocerlas como prepotentes. (15) En este despliegue de paranoia que obligaba a los responsables de las iras de la población a contravenir sus propias premisas, el único político coherente fue el director general de la OMC, Mike Moore, que, siguiendo su adscripción laborista y los postulados ortodoxos a rajatabla, afirmó que la actuación de los manifestantes es "contraria a los pobres y a los países en vías de desarrollo". (16) Un sin sentido que los medios de comunicación como El País se aprestaron a repetir acríticamente.

El País presentó en principio a los manifestantes como una "disparatada" (17) (en palabras de Valenzuela) pandilla de lo más variopinta. Los fines de sus protestas eran, según un editorial, "sumamente contradictorios: desde la supresión de las trabas comerciales para beneficiar a las economías en vías de desarrollo al más estricto proteccionismo, pasando por la defensa del medio ambiente o de normas sociales que de aplicarse a rajatabla asfixiarían a las economías de los países que se pretende ayudar [sic]", (18) completando el aserto de Moore.

Que entre los 40.000 manifestantes reunidos en Seattle existieran diferentes lecturas de las implicaciones de la globalización, que unos pusieran el acento en uno de sus aspectos y otros en otros e, incluso, que algunos cientos de ellos no dominasen el tema (algo a lo que están condenados, por ejemplo, los lectores que se informen exclusivamente a través de El País) es lógico. En cambio, que la dirección de El País, afirme que existen normas sociales que de aplicarse a rajatabla asfixiarían las economías de los países en desarrollo resulta alarmante. Si para El País los derechos humanos quedan supeditados a la buena marcha de la economía, como, por otro lado, defienden numerosos economistas, en especial los que trabajan para el Fondo Monetario Internacional, como mínimo deberían ser coherentes con este tipo de postulados en el resto de sus informaciones y asumir –como defienden los economistas más ortodoxos-, que el mercado no puede funcionar con eficacia plena ni producir beneficios si se permite que factores ajenos a los puramente económicos influyan en los intercambios.

Una premisa que, además, como bien explicó en el mismo diario Cándido Méndez, (19) es completamente falsa. La prohibición del trabajo infantil, la abolición del trabajo forzoso, la universalización del derecho de sindicación y de negociación colectiva y la no discriminación en el empleo, entre otras cosas, no sólo no pueden suponer trabas al progreso de ningún país, sino que han de ser consustanciales al mismo.

Sin embargo, conforme los políticos del mundo desarrollado presentes en Seattle tomaron conciencia del poco rendimiento que podían obtener de las negociaciones, no sólo en materia económica sino electoral, no tuvieron reparos en "simpatizar" con los manifestantes. El País siguió su estela: al cuarto día de la Cumbre, la acción de la policía que, en principio, y según el propio periódico, se había limitado a golpear a una panda de ‘hipientos’ que formaban una "enfebrecida muchedumbre" (20) amenazante, se trasformó en una acción "feroz" que se "ensañaba" contra unas manifestaciones que, por obra y gracia de El País, de repente se habían convertido en "unas protestas que arrancaron pacífica y festivamente". (21)

Lo cierto es que la actuación de la policía, reforzada por la Guardia Nacional y por cientos de soldados estadounidenses, fue desorbitada y violó algunas de la normas más elementales del respeto a los derechos humanos. Muchos manifestantes y algunos viandantes fueron brutalmente reprimidos y medio millar detenidos, maniatados y hacinados en algunos casos en autobuses en los que fueron retenidos, de pie, ¡unas diez horas!, hasta que fueron trasladados a comisaría.

Ello motivó numerosas protestas que se han concretado en la interposición de varias denuncias ante tribunales de justicia de Seattle por el comportamiento de un alcalde que tendrá también que responder ante algunos de sus vecinos ajenos a la protesta, apaleados en las puertas de sus casas tras el cierre del radio de unas 50 manzanas en torno a la sede de la Cumbre. Varapalos de los que no se salvaron tampoco algunos periodistas a pesar de estar acreditados, víctimas todos de la histeria colectiva de las autoridades y de la falta de democracia en un país que realiza elecciones presidenciales cada cuatro años. La acción policial/militar se recrudeció con la presencia de Clinton en Seattle el miércoles día 1 de diciembre quien, en el salón de plenos de la sede de la OMC abogó por escuchar a los manifestantes mientras éstos recibían una lección doble de disciplina y ‘urbanidad’, por un alcalde que también afirmó comprender sus sentimientos en defensa del medio ambiente. En el colmo de la insensatez, la CNN daba a conocer que se habían desplegado 160 soldados de las Fuerzas Especiales enviados por el Pentágono con objeto de actuar en caso de un ataque terrorista con armas químicas o biológicas.

El debate

Durante la celebración de las negociaciones de Seattle y en los días previos, El País dedicó numerosos artículos –muchos de ellos firmados por supuestos especialistas en el tema- al papel jugado por la OMC. Las opiniones fueron variopintas: Sin embargo, el periódico no dejó de alinearse con las que sostienen la necesidad de la existencia de este foro que sirve para defender las ventajas económicas de los países desarrollados y cuyo fin primordial es seguir defendiéndolas a través del desmantelamiento de toda la protección con la que los países más pobres pretendan resguardar sus producciones nacionales. (22) Así, días antes de la celebración del encuentro y bajo el epígrafe de ‘Debate’, El País presentaba dos visiones contrapuestas sobre el mismo asunto. (23) En el lugar más destacado se reprodujo un artículo del economista José Juan Ruiz, que abogaba por la necesidad de una institución como ésta y trataba sobre las bondades del comercio internacional liderado por las grandes empresas transnacionales. Al pie de éste apareció otro artículo firmado por Riccardo Petrella, consejero de la Comisión Europea y profesor de la Universidad Católica de Lovaina, en el que, por contra, se ponía de manifiesto la negación de la soberanía de los estados que supone el imperio del capital mundial compuesto por unas 60.000 empresas multinacionales y dominado por un centenar de megaempresas.

Según explicó este autor, "en la lógica del capital mundial, las nuevas negociaciones [de la OMC] deben permitir la eliminación de todas las barreras al comercio de bienes, de servicios (incluidos la salud y la educación) así como el refuerzo y la extensión de derechos de propiedad intelectual jugando con la soberanía de los estados en materia de seguridad alimentaria, de derechos sociales, de política educativa, etc". (24) Como señaló Petrella, el papel de la OMC no es otro que consagrar la libertad de comercio y velar por su primacía sobre cualquier otra regulación que, por cuestiones sociales, medioambientales, económicas o culturales, ponga límites al comercio.

Ruiz defendió las "inapelables ventajas de renunciar a los aranceles y otras barreras comerciales". "En los últimos 45 años", escribió, "el valor de las exportaciones mundiales se ha multiplicado por 100". Algo que, "pese a los elegantes modelos de libro de texto que persuasivamente argumentan a favor del libre cambio y la evidencia histórica no ha convencido a todo el mundo", lamentaba. "A lo largo de este periodo, el número de conflictos comerciales entre naciones [traducido: la imposición del librecambio de unos países sobre otros] ha aumentado sosteniblemente, haciendo imprescindible la aparición de un organismo multilateral para fijar las reglas del juego y tratar de dirimir los conflictos", afirmaba refiriéndose al Acuerdo General sobre Aranceles y Comercio (GATT) y a su sustituto desde hace ya seis años, la OMC que, con la Ronda del Milenio, en la que estuvieron representados 135 países, celebró su novena reunión. Estas organizaciones han auspiciado sucesivas rondas liberalizadoras desde los años cincuenta. El economista no reparó en artificios para poner de manifiesto las supuestas virtudes de la liberalización: "Este fuerte crecimiento de los flujos comerciales se ha traducido en un aumento de la presión competitiva que, tal y como prometieron Adam Smith y Ricardo, ha mejorado la reasignación planetaria de recursos", (25) afirmó sin pudor pasando por alto la realidad. Por poner sólo un ejemplo cercano, la de que, en Europa oriental y la Comunidad de Estados Independientes, "los datos relativos a la desigualdad de ingreso indican que estos cambios fueron los más rápidos de los que ha habido constancia jamás. En menos de un decenio, la desigualdad de ingreso, medida por el coeficiente de Gini, aumentó en un promedio de 0,25-0,28 a 0,35-0,38. (26) La creciente desigualdad de recursos divide a los trabajadores del planeta entre los que pueden reclamar un sueldo digno y los que están condenados a vender su trabajo por un sueldo de miseria trabajando en condiciones de neo-esclavitud para sostener la principal ventaja comparativa de su país (la mano de obra sin derechos) frente al resto del mundo.

Ignorando el mundo real, la dirección de El País asumió estos presupuesto al puntualizar en el artículo de Petrella que "las opiniones expresadas en este artículo comprometen únicamente a su autor", nota que el diario no consideró necesario incluir en el texto del primer articulista, José Juan Ruiz.

¿Dónde está la democracia?

"Democracia: ¿Dónde están nuestras voces?", rezaba una de las pancartas que los manifestantes enarbolaron durante esos días. Además, los ejemplos de falta de coherencia con la doctrina librecambista fueron también evidentes dentro de la Cumbre. Uno de ellos lo tuvimos en las posiciones del gobierno español, representado en Seattle por la secretaria de Comercio, Elena Pisonero, y por el ministro de Economía y vicepresidente del gobierno, Rodrigo Rato, quienes, en contra de la demanda de 25 países representados en la OMC, se negaron a que se prohibieran las ayudas a la pesca. La defensa de estas ayudas no impidió a los políticos españoles criticar otras medidas proteccionistas, como las ayudas agrícolas de EE.UU., siguiendo el tipo de política que critica la explotación de los trabajadores de la United Fruit cuando esta compañía amenaza la producción platanera nacional, pero no la que sufren las personas que trabajan para Nike (a falta de una importante industria de calzado deportivo en nuestro país, seguramente).

La hipocresía es común en la OMC. La verdadera defensa del libre comercio significaría, como demandaron en la Cumbre de Seattle Honduras, Panamá, Colombia, Costa Rica, Venezuela, Guatemala y Nicaragua, el desmantelamiento de la protección de la que gozan las producciones europeas de plátanos. Pero aunque la denuncia a la práctica comunitaria procedió de estos países del tercer mundo cuyos gobiernos (integrados por personas que poco tienen que ver económica y culturalmente con sus conciudadanos) están interesados en la ampliación de este mercado, conviene no olvidar que los principales beneficiarios de esta apertura serían de nuevo las multinacionales norteamericanas que controlan el mercado suramericano de fruta.

Con todo, el episodio más embarazoso en el terreno de la democracia fue el de la división interna de la UE constatada cuando los dos políticos designados como negociadores en la Cumbre, el comisario de pesca, Franz Fischler, y el de Agricultura, Pascal Lamy, fueron desautorizados por los gobiernos de los quince países miembros de la Unión –que se enfrentaron así a la Comisión Europea-, en especial por los ministros de Medio Ambiente de Francia, Italia, Dinamarca, Bélgica y el Reino Unido. Todos ellos hicieron patente su enfado y disconformidad con Lamy y Fischler en un comunicado, tras la concesión que ambos realizaron, en nombre de Bruselas, de negociar con EE.UU. la liberalización del comercio de alimentos modificados genéticamente (siendo Estados Unidos el principal productor mundial de los mismos).

El cinismo, el oscurantismo y la desigualdad del peso de cada país en las negociaciones han convertido a la OMC en un ejemplo de democracia nominal que nada tiene que ver con la real. La OMC, compuesta por el momento por 135 países (tras el ingreso de Estonia hace poco y con China en puertas de hacerlo), es un ejemplo perfecto del multilateralismo hipócrita que no hace sino reflejar en su estructura de poder el actual reparto económico, político y militar del mundo, como aseguró el catedrático de economía Luis de Sebastián (27) quien, tras reconocer esta realidad, acabó sin embargo el artículo publicado en El País asegurando: "La alternativa real a la gestión multilateral y democrática del comercio internacional, por medio de la OMC o instituciones similares, no sería el comercio igual y justo por el que luchan las ONG, sino un comercio internacional sometido únicamente a la ley del más fuerte". De Sebastián olvidó que son ya los más fuertes los que imponen el orden del día en los foros internacionales. Desatino superado por Paul Kennedy, que escribió: "Si las conversaciones de la OMC logran reducir aún más las barreras al comercio, estaremos todos tan entrelazados que los enormes problemas y esperanzas del 60% de la población mundial se convertirán también en los problemas y esperanzas de la minoría rica". (28) Sin embargo, por el momento, el que Tom Hanks haya dicho públicamente que se avergüenza del sueldo que recibe por cada película, o el que Bill Gates haya decidido donar parte de su fortuna cuando muera, no parecen colmar las esperanzas de los cientos millones de personas que pasan hambre en el mundo.

A pesar de que Kennedy o El País eviten mencionarlo, las barreras al comercio se han reducido formidablemente en el último decenio mientras que, de forma paralela, las desigualdades económicas de la población mundial se han incrementado espectacularmente. La diferencia de ingreso entre el quinto de la población mundial que vive en los países más ricos y el quinto que vive en los más pobres era de 74 a 1 en 1997, es decir, superior a la relación de 60 a 1 de 1990 y a la de 30 a 1 de 1960. Las 200 personas más ricas del mundo duplicaron con creces su activo neto en los cuatro años anteriores a 1998 en más de un billón de dólares. Los activos de los tres principales multimillonarios son superiores al PNB combinado de todos los países más empobrecidos y sus 600 millones de habitantes. Por el contrario, casi 1.300 millones de personas viven con menos de un dólar diario y cerca de mil millones no pueden satisfacer sus necesidades básicas. Las diferencias de ingreso entre la gente y los países más pobres y los más ricos han continuado ampliándose a pesar de (¿o gracias a?) los avances del libre comercio. El aumento de la desigualdad entre ricos y pobre no es coyuntural, según la ONU, mantiene una tendencia que se consolida desde hace casi dos siglos. (29)

Ricos contra pobres

La OMC es una organización pensada, dirigida e instrumentalizada por los países ricos en detrimento de los pobres. Las reglas de esta institución se proponen, discuten y aprueban primero en el grupo de los cuatro llamado QUAD y formado por Canadá, EE.UU., UE y Japón, "cuyos gobiernos son objeto de continuas y enormes presiones [y también apoyados, sobre todo financieramente de cara a las elecciones] por los grandes grupos multinacionales, bien por separado bien organizados en estructuras como la TABD (Trasatlantic Business Dialogue)", en palabras del asesor de la UE Ricardo Petrella. (30) A su vez, los países pobres, endeudados con los ricos, reciben fuertes presiones de estos y las instituciones crediticias internacionales para poner sus mercados al servicio de los intereses creados.

Muchas de las 135 naciones que integran la OMC fueron excluidas de la selectiva ronda de consultas previas a la Cumbre de Seattle, celebrada en Ginebra (en donde se encuentra la sede general de la institución). Incluso El País ha reconocido que el secretismo preside buena parte de sus negociaciones, (31) así como las de su antecesora, el GATT, nacida en 1947. Este oscurantismo responde a un problema claro: el de que si los ciudadanos estuvieran realmente informados de lo que se debate en este foro, aparte de darse un paso hacia la democracia real, muchas de las disposiciones tomadas no habrían salido adelante. Ese fue el caso del Acuerdo Multilateral sobre Inversiones (AMI), que El País no mencionó ni una sola vez en sus crónicas informativas ni en sus editoriales, que tuvo que ser paralizado ante la contestación ciudadana que desencadenó su salida a la luz tras una filtración divulgada en Internet.

Como reconoce la propia ONU -sin asomo de autocrítica-, "los pobres y los países pobres tienen escasa influencia y poca voz en los foros mundiales. El más importante e influyente es el G-7, cuyos miembros controlan las instituciones de Brentton Woods con sus derechos de votación, así como el consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, al ocupar tres de los cinco puestos permanentes". (32)

Conclusiones

"Los países en desarrollo intentan separar comercio y derechos laborales" rezaba el titular de El País del día 4 de diciembre sobre la Cumbre de Seattle. Los supuestos voceros de la ‘opinión pública mundial’ habían optado por demonizar a los países pobres como los boicoteadores de la Cumbre de Seattle. El argumento era, como ya hemos visto, además de falaz, inconsistente. Para empezar, con este encabezamiento El País afirma la necesidad de vincular el comercio con los derechos laborales, algo que, sin embargo, ha quedado claro que no postula en el interior de sus artículos ni en su línea editorial.

La cortina de humo comenzaba a elevarse. La incapacidad de las grandes potencias para repartirse el pastel mundial como buenas hermanas quedaba oculta, mientras Clinton era retratado por El País como el defensor de los oprimidos que, ni es, ni pretende ser -al menos de espaldas a sus votantes-. La información de El País se cimentaba en la impresión negativa que sus corresponsales habían detectado tras las palabras del mandatario sobre los líderes del mundo subdesarrollado. Impresión que se acompañaba de algunas inexactitudes y mentiras como que "EE.UU. ha ignorado los tratados internacionales lanzados por la OIT durante muchos años [hasta aquí es cierto] y ahora pretende impulsar sanciones contra los que incumplan esos tratados". (33) Tal pretensión no existía, como quedó demostrado posteriormente y como debiera haber sido evidente en el mismo instante de su discurso.

El País no sólo se limitó a desinformar por omisión sino a manipular y a mentir en sus crónicas. Tras la Cumbre, el periódico hizo balance. En portada podía leerse "La Cumbre de Seattle fracasa por miedo de los países pobres a la ‘globalización’". (34) Como si la globalización pudiera detenerse por el tropezón de Seattle y como si fuera cierta la existencia de un "deseo común de norteamericanos y europeos de vincular el comercio con el respeto a unos derechos laborales mínimos". (35) Una intención que, primero, no existe y, en segundo lugar, perjudicaría en primera instancia a las fábricas del tercer mundo que subcontratan las producciones de las multinacionales del primero –que saldrían todavía más perjudicadas-. Fábricas que están regentadas por las familias ricas de los países pobres que aparecen en las estadísticas de la ONU acaparando la riqueza de su país apoyadas, en demasiadas ocasiones, por el ejército del estado en cuestión, que se encarga de educar a los empleados díscolos que se empeñan en ir al baño cada seis horas en una jornada media de trabajo de 12. (36)

Pero las manifestaciones más graves realizadas por el diario se recogen en un editorial del día 5 de diciembre de 1999 en el cual se afirma que "el fracaso perjudica especialmente a las poblaciones de los países menos desarrollados, para los que las exportaciones constituyen la principal vía de abandono del círculo vicioso en que están inmersos". (37) El editorialista cayó en un error en el que no suelen incurrir los economistas avezados en la defensa del ‘libre’ comercio: incluir en su texto el término ‘poblaciones’.

Si bien es verdad que el comercio internacional se ha constituido en los últimos años, gracias a la intensa labor de desmantelamiento de las economías estatales más pobres (con la intervención de instituciones como el Banco Mundial o el FMI y de mecanismos como el de las ayudas económicas y los préstamos), en la única salida que el sistema ha habilitado para las economías de los países empobrecidos, también es verdad que la valoración de esta solución sólo puede estimarse en términos macroeconómicos. Hasta el momento, no sólo está por demostrar –al contrario, se ha documentado perfectamente lo contrario- que esta situación se haya correspondido con un mejoramiento de las condiciones de los trabajadores de esos países. Así, la India, considerada como un ejemplo a seguir en la apertura al comercio mundial, ha tenido en los últimos años un mayor crecimiento económico mientras que el aumento neto del empleo ha sido inexistente. "Las nuevas políticas destruyeron tantos empleos como los que crearon". (38)

El sistema se refuerza cada día. China, en proceso de ingreso en la OMC, fue invitada a participar en la Ronda del Milenio en calidad de observadora, lo que supone que en breve el país comenzará a poner en práctica un proceso de desarme arancelario que afectará al 20% de la población mundial y que ha supuesto para los países de la antigua Unión Soviética una considerable disminución del nivel de vida de sus ciudadanos.

El editorial concluía con la falsedad más destacable publicada durante los días en que se desarrolló la Cumbre, al asegurar que hay "una estrecha asociación" entre crecimiento del comercio y el desarrollo económico y la reducción de la extrema desigualdad que existe "no sólo entre las 134 naciones que integran la OMC sino también en aquellas otras que esperan su incorporación". (39)

Algunas falsedades

En conjunto, El País desvió la atención de las negociaciones de la Ronda del Milenio gracias a la instrumentalización de los manifestantes y de los países pobres. Según la recapitulación final de El País sobre la Cumbre, "los manifestantes y los países en desarrollo imponen sus criterios". (40) Algo que no se ajusta a la realidad.

Cándido Méndez aseguró en el periódico que, desde la perspectiva sindical, nadie discute la apertura de los mercados. (41) Tampoco, seguramente, los manifestantes, a pesar del empecinamiento en lo contrario de El País. Marco Polo y sus expediciones a la China nunca hubieran sido objeto de las iras populares. Sin embargo, por más que los defensores de la ortodoxia y los medios de comunicación como El País se empeñen en presentar la liberalización como el gran motor de la producción, el empleo y el desarrollo humano, lo cierto es que en la práctica ésta ha beneficiado más a las transnacionales financieras que al comercio de mercancías. El valor total de los derivados financieros durante 1997 ascendió a 12 veces el valor de toda la economía mundial. Antes de la globalización, el comercio consistía abrumadoramente en bienes y mercancías. Pero hoy ha sido superado por el mercado financiero internacional, buena parte del cual es especulativo. Esto ha hecho que las economías prosperasen y se hundiesen, ha arruinado divisas, puesto de rodillas a las economías asiáticas, atacado a la agricultura tradicional y las industrias artesanales, desestabilizado gobiernos y provocado violencia y convulsiones sociales, al mismo tiempo que beneficiaba a las economías desarrolladas y a ciertos sectores de los países pobres, como ha puesto de manifiesto William Pfaff. (42)

El País magnificó conscientemente el peso de los manifestantes en el fracaso de la ronda. Algo a lo que ayudaron algunos emocionados activistas que también se creyeron el cuento, como la directora de una asociación de derechos humanos que declaró que "en Seattle se ha escrito una página histórica, hemos conseguido frenar a las supuestamente irresistibles fuerzas de la globalización en beneficio de las grandes empresas". (43)

Tanto los redactores de El País como algunos de sus colaboradores deberían reconocer y dar a conocer a sus lectores –en contra de lo que hacen- que no existe ninguna relación necesaria de causa-efecto entre el aumento del comercio y el desarrollo socio-económico. Sobre todo cuando, en el curso de los últimos 20 años, marcados por una fuerte aceleración y expansión del comercio mundial, las desigualdades económicas entre países y grupos sociales no han hecho sino aumentar de forma considerable. Es el caso del escritor y director de la revista Libros, Álvaro Delgado-Gal, que presumía en un artículo de haber leído la "copiosísima literatura" de la Teoría de la Elección Pública y afirmaba que "las impugnaciones a la globalización revisten un carácter conservador". (44)

Las mutantes reglas del juego

"La amenaza proteccionista se ha ido fortaleciendo sin cesar", afirmaba en su artículo aparecido en El País el 28 de noviembre de 1999 el economista José Juan Ruiz. Alineado con los postulados más ortodoxos y falaces de la economía mundial, para la cual las leyes del libre mercado son algo así como la esencia de todas las libertades y –he aquí la gran falsedad- las únicas capaces de regular las relaciones humanas en términos de justicia.

Los guardianes de la ortodoxia económica no sólo disocian sin mayores problemas teoría y práctica sino que, además, ocultan las graves contradicciones del sistema que defienden. Como Ruiz tuvo que reconocer, ni tan siquiera los países que más tienen que ganar con la desregulación, es decir, los más ricos (como ha sucedido casi siempre con Inglaterra en el siglo pasado y EE.UU., la Unión Europea y Japón en éste), juegan según las propias reglas que se marcan. Así, dice, EE.UU. realiza "justificadas críticas" a la política agrícola común de la UE y, a la vez, "Estados Unidos quiere hablar de agricultura, servicios, comercio electrónico y tecnologías, pero le suena a anatema todo aquello que tenga remotamente que ver con la bien justificada propuesta de revisión de los procedimientos antidumping y de los compromisos alcanzados en la Ronda Uruguay sobre propiedad intelectual que traen en cartera los países en desarrollo".

Aunque Ruiz es capaz de observar algunos aspectos de la realidad, no logra ir más allá en el establecimiento de conclusiones, cuando lo cierto es que la regla a seguir por los países interesados en la liberalización es extremadamente simple: cada cual trata de liberalizar aquellos sectores en los que es competitivo. Es decir, cada cual trata de eliminar los aranceles de importación que pesan sobre sus productos de exportación, mientras continúa prestando protección a sus producciones más débiles.

Así, el intento de EE.UU. de eliminar las subvenciones estatales a la agricultura no prosperará mientras la UE y Japón hagan frente común para proteger sus producciones alimenticias. Pero el día en que las tres potencias lleguen a un acuerdo, o a un desarrollo similar en este campo, nada ni nadie podrá impedir que aprueben una medida de estas características que será de obligado cumplimiento para los países más pobres y, por tanto, acabará con la débil producción alimenticia interna de estos, lo que se traducirá en un aumento del hambre y la dependencia comercial en los ya hambrientos países pobres.

EE.UU. y sus socios de grupo de Cairns (18 exportadores agrícolas encabezados por Australia) atacaron a Europa por ayudar a los precios, subvencionar la exportación y por compensar a los agricultores que reducen la producción. Los europeos replican que EE.UU. subvenciona las exportaciones agrícolas, da ayudas de emergencia a los agricultores, en especial por la "emergencia" (nótese la ironía) que supone perder cuota de mercado, como bien explicó el experto estadounidense en política internacional William Pfaff, y apoya muchas exportaciones permitiendo que el pago de las mismas se realice a filiales de empresas de EE.UU. situadas en paraísos fiscales extranjeros del tercer mundo. Como concluye Pfaff, "ninguno de los bandos intenta realmente restablecer (o establecer) un mercado no distorsionado". (45) Es decir, que ni siquiera juegan siguiendo sus propias reglas.

Otro de los puntos que motivó el desacuerdo de estos gigantes fue la exigencia japonesa de que EE.UU. reformase sus leyes contra el dumping o la competencia desleal. Leyes gracias a las que Washington evita cumplir con el libre comercio que tanto dice profesar imponiendo aranceles punitivos a productos extranjeros (en este caso el acero japonés, al que impone altos aranceles de entrada) a los que acusa de tener precios inferiores a sus costes de producción. Tampoco olvidemos que EE.UU. consiguió retrasar la entrada de algunos productos españoles en su mercado, como el jamón serrano, argumentando medidas zoosanitarias. Lo que no deja de tener su gracia en un país en el que los alimentos transgénicos –algunos de ellos con riesgos cancerígenos para la salud- son comercializados por grandes multinacionales, como Monsanto, con gran éxito, gracias al apoyo institucional de un gobierno que ni siquiera permite al consumidor saber cuál de los productos que se lleva a casa ha sido modificado genéticamente.

En este contexto se explica la sanción aplicada por la OMC, a través de su Órgano para la Resolución de Desavenencias (ORD) –que decide sin contestación posible-, a la Unión Europea tras la prohibición por ésta de la comercialización de carne hormonada dentro de la UE. Esta decisión, que se tomó en la Comunidad Europea el primero de enero de 1989, fue ratificada por el Parlamento Europeo, que en 1996 la aprobó por 366 votos a favor y ninguno en contra. Ello motivó la inmediata denuncia de Estados Unidos contra la medida ante la OMC que, dos años más tarde, falló a favor de EE.UU. -que no considera los estudios médicos que desaconsejan el consumo de la carne engordada con hormonas como "ciencia segura". ¿Dónde quedan la democracia –la voluntad de los ciudadanos supuestamente representados por las instituciones comunitarias- y el derecho a la salud cuando un parlamento es obligado a retirar una ley consensuada y aprobada sin fisuras por una institución supranacional que obliga a eliminarla o a hacer frente a fuertes sanciones?

Este tipo de discusión, que instrumentaliza los riesgos para la salud en función de las necesidades económicas de cada momento, es recurrente entre los países de la OMC y en Europa ha enfrentado a británicos con franceses y alemanes a raíz de la comercialización de carne de vacuno inglesa. La defensa del consumidor apenas existe y suele ser esgrimida sólo cuando sirve a intereses espurios. "En los últimos años", afirma Pfaff , "las tiendas y supermercados europeos se han ido llenando cada vez más de verduras y frutas burdas e insípidas que, sin no están genéticamente modificadas, sólo podrían mejorarse modificándolas. Tanto Europa Occidental como América del Norte pasaron hace tiempo a una agricultura industrial de gran producción, que satura sus mercados y lucha por aumentar la cuota de mercados extranjeros. De eso tratan las guerras agrícolas. Las explotaciones familiares, la agricultura artesanal y orgánica han sido marginadas y la tradicional agricultura de subsistencia de los países en desarrollo se ha visto socavada". (46)

La primacía de los argumentos lucrativos sobre los sociales, políticos o medioambientales le pesa en ocasiones incluso a la gran potencia. Así sucedió cuando la OMC falló en contra de EE.UU., que había prohibido la importación de langostinos de Tailandia, Malasia, Filipinas y otros países del sureste asiático argumentando que los sistemas de redes que utilizaban los barcos pesqueros de la zona atrapaban también tortugas marinas.

Aunque éste sea uno de los pocos ejemplos en contra, cuando la lucha se produce entre ricos y pobres la solución es fácil. Sin embargo, cuando el enfrentamiento deja de lado a los países subdesarrollados (cuyos dirigentes se han quejado de la marginación sufrida en la Cumbre: "Nos han tratado como animales, manteniéndonos en la oscuridad, sin decirnos nada, sin consultarnos jamás", en palabras del ministro egipcio de Comercio, Munir Zahran (47) para ser protagonizado por los grandes y potentes (para usar la terminología vaticana) la lucha se vuelve feroz. Así, el único acuerdo al que se pudo llegar finalmente en la Cumbre de Seattle fue el de no poner trabas aduaneras al comercio electrónico y a una mayor apertura del sector servicios, fundamentalmente de los financieros y de las telecomunicaciones, por lo que en ningún caso puede afirmarse, como tituló El País, (48) que la Cumbre resultó un fracaso, sobre todo para los países punteros en estas tecnologías.

Notas

(1) El País, 1, 12, 1999, pág. 69.

(2) "EE.UU. y Europa compiten por atraerse las simpatías de los miles de opositores a la OMC", rezaba el titular de la información del día 2 de diciembre de 1999 en El País.

(3) El País, 1, 12, 1999, pág. 69.

(4) El País, 1, 12, 1999, pág. 69.

(5) Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), Informe sobre desarrollo humano 1999, Ediciones Mundi-Prensa S A., 1999, págs. 38 y 39.

(6) El País, 2, 12, 1999, pág. 70. Valenzuela y Gualdoni presentaron estas reivindicaciones como irrelevantes y, sobre todo, inconexas.

(7) El País, 1, 12, 1999, pág. 69.

(8) "Clinton pide derechos laborales mínimos para todo el Tercer Mundo" rezaba el titular de ese día en una información a toda página. El País, 3, 12, 1999, pág. 76.

(9) El País, 3, 12, 1999, pág. 76.

(10) Cándido Méndez, "Por un comercio que respete y beneficie a los ciudadanos", El País, 3, 12, 1999, pág. 76.

(11) PNUD, Op. Cit., págs. 38 y 39.

(12) PNUD, Op. Cit., pág. 7, 11 y 68.

(13) "Italia estudia un recorte del estado del bienestar para cumplir con el euro" rezaba, sin ir más lejos, un titular de El País unos días antes de la Cumbre. El País, 27, 11, 1999, pág. 66.

(14) PNUD, Op. Cit., pág. 44.

(15) El titular decía. "El Vaticano acusa a los "potentes" de indiferencia". El País, 2, 12, 1999, pág. 70.

(16) El País, 5, 12, 1999, pág. 58.

(17) El País, 1, 12, 1999, pág. 69.

(18) Editorial de El País, 2, 12, 1999, pág. 12.

(19) Cándido Méndez, "Por un comercio que respete y beneficie a los ciudadanos", El País, 3, 12, 1999, pág. 76. Es uno de los pocos artículos de opinión contrarios al orden del día.

(20) El País, 1, 12, 1999, pág. 69.

(21) El País, 4, 12, 1999, pág. 64.

(22) Haití, por ejemplo, importa ya azúcar estadounidense.

(23) El País, 28, 11, 1999, pág. 17.

(24) Riccardo Petrella, "El capital mundial no puede gobernar la humanidad", El País, 28, 11, 1999, pág 17.

(25) José Juan Ruiz "Librecambismo entre corchetes", El País, 28, 11, 1999, pág 17.

(26) PNUD, op. cit., 1999, pág. 39.

(27) Luis de Sebastián, "Defensa del multilateralismo en el comercio mundial", El País, 27, 11, 1999, pág. 16.

(28) Paul Kennedy, "Mercados y sociedades, dos ámbitos inseparables", El País, 3, 12, 1999, pág. 18.

(29) PNUD, op. cit, pág. 38.

(30) Riccardo Petrella, "El capital mundial no puede gobernar la humanidad", El País, 28, 11, 1999, pág. 17.

(31) Editorial de El País, "Fracaso en Seattle", El País, 5, 12, 1999, pág. 12.

(32) PNUD, op. cit., pág. 12.

(33) El País, 4, 12, 1999, pág. 65.

(34) El País, 5, 12, 1999, pág. 1.

(35) El País, 5, 12, 1999, pág. 58.

(36) Como ha puesto de manifiesto, por ejemplo, un reciente informe interno de la compañía Nike sobre la situación de sus trabajadores en el tercer mundo. En 1995, en El Salvador, la Oficina de Tutela Legal del Arzobispado denunciaba que las trabajadoras de la empresa Mandarín Internacional, que trabaja para la empresa estadounidense GAP, eran obligadas a efectuar horas extras y castigadas si no accedían. Tenían limitado el acceso a los baños y, por cada camisa mal confeccionada, recibían golpes en la cabeza con los puños. Algunas protestas laborales fueron disueltas bajo la dirección del jefe de personal, ex coronel del ejército salvadoreño, por cincuenta "matones", los cuales, además de mostrar pistolas y cuchillos, usaron garrotes para apalear a las trabajadoras, tras lo cual se despidió a 332 personas. La información procede de tres informes difundidos en San Salvador, en 1995, por la Oficina del Arzobispado: Problemática sindical en la Zona Franca de San Marcos; Tratos crueles, inhumanos y degradantes en contra de los trabajadores y afiliados al sindicato de la empresa maquiladora "Mandarin International S. A. De C. V."; Disolución violenta de una concentración de trabajadoras de la empresa maquilera "Mandarin International".

(37) Editorial de El País, 5, 12, 1999, pág. 12.

(38) PNUD, op. cit., pág. 92

(39) Editorial de El País, 5, 12, 1999, pág. 12.

(40) Subtítulo de la información de El País, 5, 12, 1999, pág. 59.

(41) Cándido Méndez, "Por un comercio que respete y beneficie a los ciudadanos", El País, 3, 12, 1999, pág. 76.

(42) William Pfaff, "El comercio es inseparable de la política", El País, 1, 12, 1999, pág. 18.

(43) El País, 5, 12, 1999, pág. 58.

(44) Álvaro Delgado-Gal, "Reflexiones póstumas sobre la cumbre de Seattle", El País, 18, 12, 1999, pág. 17.

(45) William Pfaff, "El comercio es inseparable de la política", El País, 1, 12, 1999, pág. 18.

(46) William Pfaff, "El comercio es inseparable de la política", El País, 1, 12, 1999, pág. 18.

(47) El País, 5, 12, 1999, pág. 58.

(48) "Rotundo fracaso de la cumbre de Seattle", titular de El País, 5, 12, 1999, pág. 58.


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Puertas Sánchez, Sonia (2001): El tratamiento informativo de El País sobre la Cumbre de Seattle. Revista Latina de Comunicación Social, 40. Recuperado el x de xxxx de 200x de:
http://www.ull.es/publicaciones/latina/2001/latina40abr/106puertas.htm