Revista Latina de Comunicación Social 42 – junio de 2001

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 4º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
Facultad de Ciencias de la Información: Pirámide del Campus de Guajara - Universidad de La Laguna 38200 La Laguna (Tenerife, Canarias; España)
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ÁMBITOS. Nº 5. 2º Semestre de 2000

Oralidad y cultura. La comunicación y la historia como cosmovisiones y prácticas divergentes

Dr. Jesús Galindo Cáceres ©

Universidad de Colima (México)

Red de comunicación compleja

I.- La comunicación y la historia, como dos perspectivas de configuración del tiempo divergentes. Cosmovisión y práctica

El lenguaje sigue siendo un misterio para la mirada contemporánea, así lo fue en el pasado y aún con el conocimiento de superficie que de él tenemos no conocemos todavía su secreto más íntimo, el origen de su emergencia, el núcleo que lo configura en su aparición revolucionaria su forma práctica e inmediata ha sido registrada en múltiples materiales, y es hoy, con el mundo puesto a girar a una velocidad nunca antes concebida, que algunos de sus componentes internos aparecen con mayor claridad, y entonces parecería que estamos más cerca del centro de su incógnita fundamental, porqué existe el lenguaje, porqué va unido tan básicamente a lo que entendemos como forma humana.

Sabemos que todo empezó en algún momento en que la figura de lo humano tuvo una transformación el lenguaje aparece a tiempo que la conciencia, que la religión, todo aquello que entendemos como humanidad. Y desde un principio tuvo la expresión como vehículo primigenio. El cuerpo y los objetos a su alcance fueron portadores de sentido, pero el signo maduró y alcanzó a la voz, a la palabra articulada, y entonces emergió al mundo virtual de la representación en toda su plenitud. Todo fue nombrado, inventado, hecho presente en su ausencia, creado, construido por la genealogía de la palabra, y lo humano empató su evolución a su competencia oral, a la magia del lenguaje vivo de la voz y sus órdenes de lo posible.

Siendo una forma humana la oralidad también tiene diversas formas. Aquí vamos a privilegiar dos, la que se configura en el mundo moderno y premoderno, y la que se configura en el mundo contemporáneo, llamado posmoderno. La guía para comparar las tres puede ser la modulación del tiempo social, en cada una se concibe y se construye el tiempo en distinto modo.

La forma premoderna privilegia un mundo cerrado que se caracteriza por su gran estabilidad. Los seres humanos premodernos se enfrentan a lo obscuro del cosmos y resuelve esta ansiedad con respuestas universales al movimiento y al cambio, ordenando al mundo social en formas fijas y estables. De esta manera hacen frente a lo inefable y al peligro. La religión tiene su apogeo como el texto que incluye todas las respuestas a lo incuestionable. La vida social se reduce a ciertas fórmulas de comportamiento y percepción que deben garantizar un orden casi estático frente a un universo amenazante y cambiante. Todo cambio se explica por lo que no cambia, una suerte de garante divino del orden en la aparente multiplicidad caótica de la naturaleza y sus mundos contextuales.

La oralidad de la premodernidad es una configuración de la repetición, una forma que se reitera ritualmente para reproducir una textualidad construida por los conformadores del mundo, con la religión como aval, con el control férreo de lo controlable ante lo desconocido en movimiento. De ahí provienen formas de la oración, de la canción, del proverbio, del libro sagrado, del conjuro. De lo que se trata es de mantener en cierto orden al cosmos mediante una oralidad ritualizada y bajo el control de ciertos textos y sus administradores y promotores.

El mundo premoderno es un mundo sin historia en movimiento, contiene algún texto del origen, y después promueve la inmovilidad bajo la promesa de alguna forma de salvación. El mundo moderno introduce al cambio en la vida social y en la oralidad, inventa la historia como una figura del proceso, y controla al tiempo a la vez que lo gestiona. El mundo moderno inaugura la oralidad como lectura del mundo, como interpretación, como posibilidad de variantes construidas a partir de ciertas reglas. La modernidad expande la idea de gramática, ciertos principios finitos que contribuyen a lo infinito. El tiempo se abre y a la vez esta bajo control.

La gramática es la forma de la modernidad, el punto clave ahora no es el control a través de textos y de su lectura única, sino de las reglas que contribuyen lo posible. Quien configura las reglas y las administra tiene el control, la capacidad de dominación. Sobre todo si hace públicas ciertas reglas y otras las mantiene bajo supervisión exclusiva de lo privado.

El mundo moderno se mueve e invita al movimiento. Hay truco, algunos son los encargados de definir el orden del movimiento y otros sólo serán capacitados para desarrollar ese movimiento así sintetizado. Pero la vida social se transforma, y la oralidad con ella. La charla, la tematización, aparecen como formas emergentes de la interacción. De hecho, la interacción emerge como forma de construcción de lo social, siempre bajo ciertas reglas y bajo ciertos dominios vigilados y controlados. Pero el mundo se mueve.

El aroma de la democracia bajo la forma del diálogo negociador y concertador, se difunde por todo el planeta a través de la dominación europea del llamado sistema mundo. Los textos sagrados, las formas fijas de la ritualización, son sustituidas por nuevas formas rituales de la discusión y la configuración de sentido por consenso dialógico, no por dogma autoritario. La oralidad pone en marcha las formas de la comunicación bajo normatividad prescrita y controlada. Pero la caja de pandora se había destapado.

Unos pocos siglos después, en comparación a los ciertos o miles de años de la premodernidad, el esquema moderno tiene sus primeras crisis, las que lo llevarán a la situación de transformación que vive en la actualidad. El que todo fuera posible a partir de unas reglas fijas no aguanta la presión del ímpetu perverso que llega desde la revolución estética en el arte. La noticia es que las reglas pueden cambiar, que la creación puede mutar en formas casi infinitas, por tanto no es necesario ni deseable el mantenerse bajo el rigor de normas fijas o más o menos estables. El arte dispara la noticia hacia todo el cosmos, poco a poco la novedad llega a diversos ámbitos de la vida cultural y política. El mundo del orden fijo y eterno está estallado, pero también el orden del mundo normado y guiado por unos cuantos. La posmodernidad aparece como un demonio que todo lo destruye a su paso. Todo principio de orden es puesto a juicio, los criterios de verdad son desmantelados, al igual que lo fueron los de belleza y sentido. El universo parece que se colapsa, las formas emergentes hace unos cien o ciento cincuenta años, que parecían la promesa de nueva vida, están en ruinas, bajo la corrosión de la crítica y la creatividad sin límites.

La oralidad llega de esta manera a una situación que no le es desconocida, pero para la cual no está del todo capacitada, la comunicación. No hay reglas que todos conozcan del todo para todo el tiempo de la creación y de la invención. Ahora hay que ponerse de acuerdo sobre todo, todo el tiempo. El mundo se desplaza de la seguridad sobre todo, todo el tiempo. El mundo se desplaza de la seguridad del texto y el ritual fijos, a la incertidumbre vivienda como forma común incluso deseable. Al tiempo que una parte del mundo se mueve en las normas y en los dogmas, otra parte del mundo se mueve en todas direcciones y lo disfruta, la comunicación gana espacio al tiempo que el silencio del poder se agita en gritos que lo aislan.

II.- La historia y el programa posible de la modernidad. La oralidad textual y sus variantes gramaticales

La primera imagen de la oralidad es la vida cotidiana. Los seres humanos intercambian valores semióticos para ocupr al mundo en distintos ámbitos, para preparar la acción, para evaluarla, para recrearla, para disfrutarla. Hablar configura al mundo de la acción humana. Al observar la vida social de hoy en cualquier espacio urbano permite confirmar la importancia de la oralidad. La forma oral construye la vida social, le da fondo y temática, asunto, perspectiva, horizonte, sentido. Pero hace falta ir más al detalle para observar lo que la oralidad es un nuestros días, y para intentar un catálogo de todas las diversas formas de su acción.

Los lugares sociales más constructivos tienen enormes competencias orales, tematizar la vida y sus situaciones permite representarlas e intervenirlas en forma virtual, como ensayo, antes del experimento de la ejecución de lo posible. El potencial creador de la oralidad en este sentido es enorme. Pero hay más. Los lugares sociales más cercanos a lo que llamamos felicidad también están cargados de oralidad, en ellas se verifica la afectividad y sus juegos de representación y de afirmación emotiva. Y todavía más, la oralidad es el momento de la destensión de la presión cotidiana en la risa, en el humor, en la visión desnuda en la seriedad hecha una comedia. La oralidad nos acompaña todo el tiempo en nuestro contacto y nuestra composición de lo humano día a día.

Pero también la oralidad es el momento de la desesperación, de la agresión, del conflicto, de la mentira, de la ofensa, del malentendido, de la desinformación. En la oralidad se escenifica lo mejor y lo peor de nuestro deseo y nuestro miedo. Es un escenario total, punto de partida y de llegada de la vida social.

Aquí el punto es rastrear por unos párrafos lo que está presente en nuestro comportamiento oral diario del proyecto de la modernidad. El propósito es visualizar hasta dónde nuestra vida automática está regida por un programa que se ha venido construyendo y desarrollando por dos siglos por lo menos. No es tarea fácil, pero la meta vale el intento. Y será un placer develar partes de lo sucedido en algunos vistazos a nuestro mundo alrededor.

Por una parte supongamos por un instante que el corazón del proyecto oral de la modernidad es el debate y la escritura. El debate se configura en una actividad central en el tránsito de sociedades dogmáticas autoritarias verticales, a sociedades democráticas tolerantes horizontales. El cambio es radical, en la forma prehistórica sólo algunos podrían reflexionar sobre la vida social para tener efecto público en ella, en la vida moderna existe la convocatoria a que todos los ciudadanos participen en la discusión sobre la agenda general de la vida social política, y ese libre intercambio de ideas se supone será la base de la construcción colectiva del mundo. La diferencia entre uno y otro modelo de oralidad es enorme.

Hoy día, en nuestro medio existen las dos formas conviviendo en diversos escenarios y situaciones, incluyendo los lugares oficiales de la gestión. En México, en particular, existen áreas de vida oral con gran presencia de formas premodernas, sobre todo con el contexto de la religión católica y sus oponentes. Pero no sólo en situaciones con esquemas de interpretación o lectura evidente de lo religioso sucede así, también en situaciones políticas laicas en apariencia lo dogmático y lo intolerante son la costumbre y la práctica cotidiana. Esto incluye escenarios de la vida familiar y amical tanto como los escenarios de lo eclesiástico y lo republicano. Las formas modernas no son mayoría, pero están presentes.

La tematización es un comportamiento verbal que tiene presencia en nuestro país, pero no con la extensión que sería deseable. Y por otra parte aparece con distorsiones, la queja, la crítica descalificadora, el chisme, el rumor. Parecería que la cultura moderna se ha desarrollado en México con una configuración paradójica. La libertad de opinar y de intercambiar ideas no ha llegado a los lugares de la gestión y de la creación social, se queda en las orillas. Y los lugares de la acción se han tornado de simulación, lo que rige es el dogma y lo vertical. Sucedía que lo público no se impregnaba de la forma democrática porque no había comportamientos democráticos en los escenarios de la gestión, y los escenarios de la gestión no se democratizaban porque la vida social general no era democrática. Esta imagen sigue vigente, pero ha aparecido la experiencia del cambio, la confirmación de que actitudes y prácticas dialógicas sí son más efectivas y deseables que las tradicionales dogmáticas. La cultura gramatical empieza a tener prestigio no sólo retórico sino práctico.

El punto clave de estos fenómenos es la percepción del tiempo social, y las condiciones de configuración de propuestas de vida a partir de nuevas percepciones, propuestas que se convierten en guías de acción y en hábitos. Pero la situación sigue siendo de cierta lejanía del programa de la modernidad por parte de la cultura mexicana, sobre todo en ámbitos populares, que son los mayoritarios.

El segundo elemento central en el programa de la modernidad sobre la oralidad es la escritura. Nuestro medio está aún inmerso en marcos poblacionales de alfabetismo de base o funcional. Y el mundo de arriba, de las elites, de los lugares de la dominación, está poblado de textos, lo cual reproduce las condiciones de la premodernidad, el dogma textual. El texto tiene un peso muy grande, está cargado de una sobremitificación, el que escribe y es leído adquiere rasgos de deidad, y las leyes y los dogmas tienen prestigio porque están escritos. Pocos leen y menos escriben, de ahí que el marco general siga siendo el premoderno. Y la distancia entre los que escriben y los que no escriben es gigantesca.

Y este asunto de la escritura es clave a la modernidad, en el escenario donde se prueba que no hay alguien superior a alguien dado que cualquier alfabetizado puede escribir y mostrar su visión del mundo a los demás como los textos sagrados. Pero la cultura moderna de la escritura no progresa, sigue manteniendo la distancia entre las clases dominantes y escritoras y las dominadas y orales, o cuando mucho lectoras.

Y aquí la dimensión de la oralidad adquiere otro aspecto. La vida oral está por debajo de la vida literaria en el mundo moderno. Y ahí sí que somos modernos. Pero el punto interesante es que el espacio de la reflexividad y la expresión del debate reflexivo tiene su base en la oralidad, y la escritura es un elemento para alimentar la oralidad, no un status superior de configuración social. Pero en la práctica no sucede así, la escritura está por delante de la oralidad y le determina su camino, como en el pasado.

Una paradoja de esta situación es que el pueblo no lee a sus escritores, pero las dirigentes sí leen a algunos y sobre todo a escritores extranjeros, con lo cual la dependencia del exterior en un sentido premoderno se refuerza. El proyecto de la modernidad vuelve a estar lejos de nuestros ámbitos cotidianos. Y las imágenes reiteran que tenemos modernidades paradójicas o distorsionadas.

III.- La comunicación y el programa posible de la posmodernidad. La oralidad hipertextual y sus emergencias enactivas

El programa de la modernidad aún no es episteme común, se ha venido desarrollando poco a poco durante cien años. En nuestro medio convive con configuraciones previas aún muy potentes. Lo moderno no es el centro del orden social general, tiene un lugar importante en ciertas formas discursivas y ciertas instrucciones políticas, así como en ciertos ámbitos sociales ilustrados, pero eso es todo, lo popular sigue siendo lo premoderno lo mismo el movimiento general social. Pero la vida contemporánea no es luz y sombra más bien es una gama amplia de claro-obscuro, algunos tonos grises muy característicos. Eso sería objeto de una investigación sobre la cultura mexicana actual.

El asunto es que ante el escenario ya complejo de la vida contemporáneo, con espacios ocupados por la temporalidad pre y moderna, se agrega una nueva red de construcción que viene de Europa y Estados Unidos, y conmueve con fuerza a muchas zonas socio-culturales, el oleaje de la posmodernidad.

Sus antecedentes son múltiples, sus focos de concentración energética pueden identificarse en el arte y la ciencia. Pero es la misma ecología de la modernidad a que le ha abierto el paso. Todo ha sido muy rápido, los nodos de lo moderno han ensayado la nueva vida al tiempo que la demografía, la economía, los movimientos sociales, y los medios de comunicación, jugaban interacciones inéditas de formas emergentes incomprensibles y muy agresivas. Su nicho está en las ciudades, en la paradoja del libre mercado y el desempleo, del consumo y la violencia, del desarraigo y las nuevas identidades. Lo moderno mutó, y todo fue distinto.

Así que la posmodernidad ya es parte de nuestro paisaje cultural, pero carece de protagonistas claros, institucionalidad, referentes comunes. Lo que se presenta es una gama de expresiones que no son fáciles de identificar, de definir, de clasificar. Y una de sus cualidades principales es la movilidad, cambian, no toman formas estables, se transforman, son efímeras y gastan energía y migran. Parecería que lo que va sucediendo es un contra flujo de la tradición, de la institucionalidad, de la fijo, de lo reconocible, de lo prestigioso, de esta manera podrían identificarse dos formas antagónicas, o por lo menos divergentes, una cargada hacia lo sólido, otra inclinada hacia lo enérgico, emergente, fluido. No es un panorama evidente, pero existe y tiende a generalizarse.

Los jóvenes, los artistas, las mujeres, los marginales, son actores sociales portadores del mensaje posmodernos, todos ellos piden cambios, se oponen a las formas tradicionales, se resisten a ellas, actúan para modificarlas o romperlas. Estamos ante una coincidencia que es estallido, pero es acción contestataria, contracultural. No toma forma en un frente, en una asociación, pero tiene un comportamiento y actitudes similares. Y lo más llamativo, se vuelve ejemplar, tiene un vector moral, crece en participantes en lugar de secarse en una secta un grupo aislado. Y tiene la participación voluntaria e involuntaria de los medios de difusión masiva, que los hacen visibles que los iluminan con sus atenciones oportunistas y noticiosas. La nueva ola tiene dos puntas, una es la información, más abundante y accesible que nunca antes, la otra es la comunicación emergente, necesaria, para poder asimilar todo el complejo contexto y su mutabilidad. De esta situación surge una nueva forma de la oralidad.

El programa de la posmodernidad no es claro aún, quizás el de la modernidad tampoco, pero su fuerza puede describirse en su afán de lo diverso, de lo complejo, de lo creativo. Las formas que produce son inestables, pone énfasis en el creador, todos pueden ser creadores, se promueve que así sea. El efecto es de multiplicación de formas, diversificación, auge de la novedad. La velocidad en la creación se acelera, todo el metabolismo social aumenta, por tanto la energía necesaria para la producción y la recepción simbólica también se incrementa. En apariencia, el costo es alto y el resultado casi efímero. De eso se trata, el conocimiento es el valor central, la estética su guía, la creación su oficio y la comunicación su necesidad.

No hay progreso del posible programa posmoderno sin comunicación. No sería posible que toda esa expansión de lo disfrutable, de lo consumible, de lo conocible, continuara su movimiento sin momentos de mutuo reconocimiento, de encuentro, de seducción, de enamoramiento, de crecimiento común. Los protagonistas posmodernos son creativos, estallan al lenguaje y sus formas, están montados en la variación por la variación, en el desapego relativista, pero también tienen necesidad del otro, de su consentimiento, de su compañía, de su aceptación, de afecto, de su crítica. Y si bien los lenguajes son explorados en todas sus posibilidades, por separado y en montajes experimentales, la oralidad sigue siendo el vehículo de contacto por excelencia. Pero ojo, no es la misma de la modernidad o la premodernidad. Y éste es el punto interesante por entender y ensayar, el nuevo lugar de la oralidad en la nueva temporalidad de la posmodernidad. Y no hay que olvidar que todas las formas previas son parte del camino, del juego, del viaje, del ensueño posmoderno. Un mundo nuevo se abre ante nosotros y ya no somos los mismos para entenderlos.

En la posmodernidad el texto se transforma en hipertexto y el debate en exploración estética. La connotación política de la interacción no desaparece, se implica en el disfrute de la palabra y sus referentes, en el goce del otro y su percepción alterna. La política se convierte en una actividad artística, y el debate en una charla por la belleza, por la inteligencia, por el espíritu. El caso de la escritura también queda transformado, la revolución tecnológica de la interacción y la participación en la composición textual, estalla al autor solitario y mueve la forma discursiva hacia la acción discursiva, coincide el mundo de los referentes simbólicos con la acción que los explícita y construye en una forma objetiva, la creación colectiva y el texto móvil de la navegación en Internet despegan la escritura del texto y la llevan a lo efímero de una charla, el chat transfigura la posibilidad de creación simultánea y de relación on line de diversos fragmentos montados por diversos autores, en una textualidad que se borra a sí misma en el continuo del hacer y reflexionar discursivo, tal como en una charla el primer tema queda implícito y borrado por lo que sucede tiempo después, originado por él, pero también evolucionado desde él.

La oralidad de la posmodernidad une al habla y a la escritura, condensa en la misma intención a la reflexividad y a la creación, a la interacción y al contexto. Todos hablan, todos crean, todos construyen, pero no hay autor individual, sólo impulsos creativos particulares en la comunidad en movimiento de la comunicación. El peso de la historia desaparece, el pasado es un elemento más por montar, por editar, un input de información para crear, para construir. El mundo nunca fue más complejo ni más bello, ni más extraño ni más huidizo. Será desde ahí de donde emerja el futuro, ya no hay coartada. Pero ojo, los mundos previos aún existen.

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(Recibido el 6-6-2000, aceptado el 20-6-2000)


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Galindo Cáceres, Jesús (2001): Oralidad y cultura. La comunicación y la historia como cosmovisiones y prácticas divergentes. Revista Latina de Comunicación Social, 42. Recuperado el x de xxxx de 200x de:
http://www.ull.es/publicaciones/latina/2001/latina42junio/45galindo.htm