Revista Latina de Comunicación Social 20 – agosto de 1999

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 2º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
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¿Hacia dónde va la ciudad? Apuntes para la construcción de ciudadanía en Barranquilla

(2.555 palabras - 5 páginas)

Lic. Pamela Flores Prieto ©

Directora del Departamento de Comunicación Social de la Universidad del Norte

Barranquilla (Colombia)

paflore@ayacan.uninorte.edu.co

 

Las investigaciones de las dos últimas décadas tendientes a esclarecer la problemática de los procesos urbanos han abordado la ciudad desde tina nueva perspectiva que intenta aprehender el fenómeno desde las construcciones simbólicas originadas en el imaginario colectivo de sus habitantes.

Condenados como estamos a lo urbano, hemos dejado, felizmente, de plantearnos utopías de regreso a la naturaleza para enfrentar, ojalá no demasiado tarde, la disgregada, inasible e impostergable tarea de construir ciudad.

Y nos preguntamos, entonces, ¿qué es la ciudad? ¿Desde dónde aprehender el intrincado tejido de relaciones que la conforma? ¿Desde dónde asumir la multiplicidad de culturas que se yuxtaponen en su interior, cuando la ciudad, como ya lo han puesto de presente entre otros, Martín Barbero, Armando Silva, Juan Carlos Pérgolis, es tejido de relaciones imaginarias, red de sueños, encuentro de relatos y rumores, de memorias y olvidos?

La ciudad es el espacio en donde nos reconocemos cada día en nuestra realidad caótica y precaria, pero también en donde nos imaginamos desde el deseo, desde lo que quisiéramos ser y no somos. Por eso, a la ciudad que se vive y usa con miedo se opone la ciudad del encuentro. A la ciudad que agrede, la ciudad que ama. Esta ciudad deseada, invisible pero cierta como las ciudades de Calvino, es la que buscamos incesantemente y, con frecuencia, sin saberlo, en el transitar cotidiano, en la mirada que ve más allá del caos urbano y es la que anhelamos construir si no ya para nosotros, sí para nuestros hijos, para que las generaciones futuras puedan habitar una ciudad que verdaderamente lo sea.

Pero si bien, el imaginario colectivo nos presenta las metáforas y símbolos que crean los habitantes para conjurar la carencia o el miedo, construir ciudad requeriría de una racionalidad que posibilite el ejercicio de ciudadanía, lo cual supone un proceso pedagógico que capacite a los habitantes para el debate y la participación. Sólo en la superación de la inmediatez es posible pensar un proyecto común que mejore la calidad de vida de los habitantes y permita la apropiación del entorno urbano, no ya desde la resignación o la confrontación sino desde la reflexión y la solidaridad.

Estar en la ciudad

En el caso de Barranquilla, una simple y rápida observación nos ilustra acerca del abandono de la mayoría de plazas y parques, la falta de zonas verdes, la ausencia de espacios de encuentro, la disminución paulatina de la esquina como lugar de conjunción del sentir, del estar y del transitar la ciudad, la desaparición de la puerta de la calle como espacio para la convivencia, en fin, la pérdida incesante de la ciudad a medida que ésta crece bajo el signo de una indecible indolencia. Y, sin embargo, la ciudad se usa terca y continuamente, Pero se usa mal.

Observaciones de campo realizadas en 15 parques, 12 plazas y 8 centros comerciales muestran que Barranquilla es una ciudad que se usa precariamente: las calles hacen de canchas, mientras los vehículos transitan por ellas con dificultad. Los niños imaginan parques mientras juegan en espacios deteriorados; las plazas simulan ser lugares para el estar mientras sus usuarios intentan, no del todo eficazmente, ignorar el ruido, el miedo o el simple malestar que producen.

Solamente en los centros comerciales se puede estar en la ciudad. Las razones que da la gente para preferirlos son las mismas que en otras ciudades de América Latina: son cómodos, seguros, funcionan. El centro comercial conjuga la plaza de hecho, la arquitectura de muchos de ellos la refleja); el parque muchos poseen zonas de juego infantiles que sí funcionan) y la esquina. Allí, el encuentro o el transitar son posibles. Y como dichos espacios se multiplican en todos los estratos de la ciudad, los usuarios -sobre todo si son jóvenes- tienden cada vez más a reconocerse y así, de alguna manera, el centro comercial también recupera la noción de barrio.

Denominar los centros comerciales, centros artificiales o a sus zonas para transitar simulacros de calles es nombrarlos desde la nostalgia. Y es ignorar que su imaginería corresponde a las relaciones de poder de presente, así como la iglesia, el ayuntamiento y las casas principales que rodeaban la plaza tradicional concretaban las relaciones de poder de la premodernidad.

El problema que nos plantea que el centro comercial sea el único espacio del estar es el del abandono de lo público y -el hecho de que lo privado asuma, en consecuencia, el vacío que dicho abandono- ocasiona. Lo mismo ocurre con la renuncia a lo que en Barranquilla se denomina la puerta de la calle. Espacio tradicional del estar para compartir, cuando no se ha eliminado del todo, se enreja, se delimita, convirtiendo un ámbito destinado a la inclusión del otro, en uno excluyente y marginante. En Barranquilla, como en la mayoría de las ciudades de América Latina, el estar es asumido entonces desde la precariedad. Pero como el clima, la importancia que para el barranquíllero tiene el estar con los otros, la necesidad del intercambio oral, forma privilegiada de expresión en la ciudad, incitan a la calle, la ciudad se sigue usando a pesar del deterioro, de la pobreza de sus calles, plazas y parques y las tiendas, esquinas y puertas de la calle continúan siendo espacio de encuentro.

Percibir la ciudad

¿Cómo perciben los barranquilleros su ciudad? Sorprende encontrar que de 400 habitantes encuestados, menos del 5% asocia la ciudad a olores agradables. En el imaginario del barranquillero, la ciudad huele a basura, humo de carros, alcantarilla o, en el mejor de los casos, a comida o a ron. Barranquilla suena a pitos, motores de carros, picos y los colores a los cuales se asocia no son sólo el amarillo (como el sol o la arena), el rojo (el calor, la alegría) o el azul (el cielo, el mar) sino también el gris (exceso de cemento, pero también de tristeza) y el negro (el cual es referible casi exclusivamente a estados anímicos). Con excepción de la calle 84 que, inequívocamente, se asocia a fiesta, las calles raras veces tienen asociaciones gratas: La 82 es intransitable; la 72 se asocia a prostitución, la Vía 40, a soledad, la Circunvalar a muerte, Murillo, a peligro, el Paseo Bolívar, a ruido y calor sofocante. La 76 es la calle adonde todos los estratos acuden a resolver las penurias cotidianas en las casas de empeño. Se salvan, a veces, la 43 que, aunque para algunos es intransitable por el tráfico, para otros es ancha y llena de árboles, y la 46 que, aunque llena de buses, es percibida por muchos como factor de descongestión. Las cualidades masculinas o femeninas de las calles también están dadas en razón de factores más bien negativos. Murillo, más que masculina, es machista: excluyente. Tanto los trabajos como las diversiones que allí se realizan son de hombres (talleres de mecánica y bares). La 82 es femenina porque es frívola, la Vía 40, masculina porque es ruda, y la Circunvalar, femenina por peligrosa. La 72 es para muchos homosexual, en todo caso, promiscua; la 76 es femenina porque "allí se dejan las cosas que uno tiene", sea en las casas de empeño o en los bares; y el Paseo de Bolívar es masculino porque allí se vende y se compra, se suda o se roba.

En todos los casos, la ciudad se siente en términos de miseria o ausencia: algo falta. Sin embargo, a la pregunta le gustaría vivir en otra ciudad que no fuera Barranquilla, el 87% de los habitantes del estrato 2 al 6 responde no. El 8% afirma que le gustaría vivir en "otra parte por un tiempo" y sólo el 5% restante preferiría vivir en otro sitio. Para el estrato 1, muchos de los cuales no son barranquilleros y han llegado por razones asociadas a la miseria y/o a la violencia "la vida es igual en cualquier parte."

Los slogans creados con la pretensión de crear conciencia ciudadana también ilustran este fenómeno: "Barranquilla es tu ciudad, siempre merece una sonrisa", o "Nadie hablará mal de ti, lo prometo", dan cuenta de ese amor un tanto cínico que relaciona al barranquillero con su ciudad. En el imaginario, la ciudad es ruidosa, pero nadie se calla. Es sucia, pero nadie la limpia. Es atestada, sofocante, caótica, pero nadie la ordena. La ciudad se siente así, pero se siente bien y es casi como si se temiera que fuera de otro modo. Porque, en últimas, lo que pareciera ser el elemento común en el imaginario colectivo es una inagotable vocación al caos, un horror al orden.

Negar la ciudad

Pero, más allá de una percepción de la ciudad en términos de penuria, está la constante actitud del barranquillero de negar la ciudad. "Barranquilla, puerto aéreo, marítimo y fluvial" es una de las primeras afirmaciones que oímos y repetimos para describir una ciudad en la cual nunca vemos el río y casi nunca el mar. En las ciudades del mundo, situadas junto a la orilla de un río o del mar, el agua es una presencia ineludible y la cotidianidad del ciudadano se construye alrededor de ella como elemento integrador y posibiIitador de descanso, distensión, ocio, ejercicio de lo lúdico.

Para los barranquilleros, el río y el mar son casi inexistentes. De hecho, hay que ir en su búsqueda, pues la ciudad creció de tal modo que podamos transitarla sin el menor riesgo de encontrarlos. De manera que la ciudad, al negarse en su condición portuaria, impidió a los habitantes apropiarse de unos espacios que, por tanto, sólo existen en el imaginario como imposibilidad.

Un segundo proceso de negación tiene que ver con el hecho de que nos han presentado a Barranquilla como una ciudad industrial. Sin embargo, durante los últimos 20 años, hemos visto cerrar más que abrir industrias y de las 180 hectáreas de la Zona Franca sólo el 19% está siendo utilizada. Y mientras Cartagena posibilita la adquisición de predios industriales a menor precio que Barranquilla, las 700 hectáreas disponibles e inutilizadas para zona industrial en la ciudad parecerían afirmar esa vocación a la negación que signa el imaginario de los barranquilleros.

Una tercera modalidad de la negación tiene que ver con la exclusión del sentido de la historia. Las ciudades conformadas a partir de procesos migratorios, como es el caso de Barranquilla, tienden a percibir la urgencia de fabricarse un pasado que fundamente su devenir. Barranquilla, por el contrario, entronizó desde sus inicios lo nuevo como valor absoluto y, en concordancia con este imaginario, eliminó, por negación, todo lo que constituyera una tradición. La expresión ''Historia de Barranquilla'' es reciente en nuestro medio, pues el imaginario que compartimos hasta hace un par de décadas afirmaba, categóricamente, que la ciudad no tenía historia. En lugar de ello, nos inventamos una fundación mítica (Barranquilla fue fundada por unas vacas que buscaban agua) y una edad de oro en las primeras décadas del siglo en la cual la naciente urbe fue pionera de un sinnúmero de procesos y modelo de ciudad. En consonancia con esto, Barranquilla eliminó, por negación, su pasado, ignorando hasta la ruina todo lo que no era nuevo y reemplazándolo cada vez por lo que sucesivamente fue considerando "moderno".

A estas negaciones habría que agregar la ignorancia, desde la oficialidad, de los procesos y problemas sociales contribuyendo a un imaginario de fragmentación y desconocimiento sustentado en estadísticas mentirosas y en el ocultamiento, a través de los medios de comunicación, de las verdaderas dimensiones de la ciudad, de su problemática real, eliminado posibles solidaridades interurbanas al deshacer el tejido social mediante el desconocimiento y el miedo.

Así, por ejemplo, el hecho de que en Barranquilla sea tan difícil conseguir un plano de la ciudad nos oculta la magnitud de la urbe y de su miseria. Las postales y fotografías hechas de árboles que aparecen con frecuencia en las primeras páginas de los periódicos locales nos ocultan que contamos apenas con un metro cuadrado de zonas verdes por habitante, mientras la Unesco recomienda doce. Las estadísticas oficiales aceptan que el 48% de los habitantes de la ciudad están en los estratos 1 y 2, mientras las organizaciones no gubernamentales hablan del 77%. Y las estadísticas de violencia y criminalidad crecen, mientras se sigue hablando del "ambiente pacífico que nos caracteriza". Y, entonces, ¿qué nos queda?

Pensar la ciudad

Con todo, la última década ha sido especialmente reveladora. Por un lado, la magnitud de la problemática social nos ha obligado a reconocer las múltiples ciudades que conforman Barranquilla. La insistencia, desde diversos sectores, incluida la administración distrital, de la existencia del suroccidente nos ha instado a pensar la ciudad desde una perspectiva menos excluyente. El caos urbano se ha vuelto, en virtud de su gravedad, motivo de preocupación de la administración y la ciudadanía. La violencia, que parecía ajena a muchos sectores, invade paulatinamente todos los espacios con lo cual, al miedo se suma la necesidad de, al menos, no seguir escamoteando las condiciones que promueven los conflictos sociales y de asumir la ciudad desde perspectivas más racionales y realistas.

De ahí, la necesidad de pensar un proyecto de educación ciudadana el cual requeriría no sólo de unos mensajes pedagógicos sino, sobre todo, de unos ejercicios que permitieran en forma experimental que los ciudadanos ejercieran el poder diferenciando las formas patológicas de ejercerlo de las que no lo son. Es decir, que tendríamos que redefinir el ejercicio político cotidiano y resemantizar el imaginario de lo público entendido en nueva ciudad no como aquello que es de todos sino como lo que es de nadie.

Pero, ¿quién y desde dónde estaría interesado en un proyecto de ciudad para todos? La mayoría de los habitantes de la ciudad, inmersos en la inmediatez de un imaginario signado por el cinismo y la ausencia, desconocen que en estos momentos se decide, desde la administración distrital, y con la participación de unas pocas instancias, el futuro de la ciudad a través de lo que se ha denominado el Plan de Ordenamiento Territorial. La imposibilidad de participar no se debe solamente a que no haya interés desde los diferentes poderes, a que no existan los mecanismos de participación, sino a que, desde la precariedad de sus imaginarios, los habitantes -que no ciudadanos- no cuentan con un conocimiento sobre la ciudad que les permita participar en el debate.

Pensar ciudad tiene, entonces, que equivaler a comunicar ciudad. Esto hace imperativa una estrategia de comunicaciones que construya un nuevo imaginario para que, desde las diversas instancias gubernamentales y no gubernamentales, podamos construir ciudadanía. Un imaginario que nos permita soñar la ciudad desde la razón, imaginarla desde el interés colectivo y empezar a sospechar su belleza.

Ya en el siglo IV a. C., Platón asoció lo bueno a lo bello. Al pensar la ciudad, esta relación resulta ineludible.

Trabajo presentado en la II Bienal de la

Comunicación, celebrada en la Universidad

de Cartagena (Colombia), en mayo de 1999


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Flores prieto, Pamela (1999): ¿Hacia dónde va la ciudad? Apuntes para la construcción de ciudadanía en Barranquilla. Revista Latina de Comunicación Social, 20. Recuperado el x de xxxx de 200x de:
http://www.ull.es/publicaciones/latina/a1999eag/
55pfp.htm