Revista Latina de Comunicación Social 20 – agosto de 1999

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 2º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
Facultad de Ciencias de la Información: Pirámide del Campus de Guajara - Universidad de La Laguna 38200 La Laguna (Tenerife, Canarias; España)
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La virgen, en una taza de café

(1.600 palabras - 4 páginas)

Germán Mendoza Diago ©

Periodista (Cartagena de Indias, Colombia)

 

Todos los días, el periodista debe enfrentarse con apariciones de la Virgen en el fondo de una taza de café, enormes anacondas que se tragan entero a un fornido tolimense de 22 años, una mujer de barrio miserable que leyó entre las escamas de un sábalo el número ganador de la lotería o con cualquier otro hecho de una realidad inverosímil que, como dijo Gabriel García Márquez en su discurso de aceptación del Premio Nobel de Literatura, "vive con nosotros y determina cada instante de nuestras incontables muertes cotidianas".

Para el racionalismo y el pragmatismo calculador, tales sucesos ejemplifican puntualmente la clásica definición de noticia que se ejerció durante décadas: "Noticia no es que un perro muerda a un hombre, sino que un hombre muerda a un perro".

Nuestra realidad, dice también García Márquez, "sustenta un manantial de creación insaciable pleno de desdicha y de belleza". Esa creatividad ha estado poblando nuestros periódicos, revistas, emisoras radiales y canales de televisión, unas veces con desdichada concesión facilista al escándalo, pero muchísimas otras con la riqueza de la palabra progenitora de realidades alternas que contribuyen al registro auténtico de la historia.

Este siglo y su frenética modernización tecnológica han facilitado la búsqueda de información puntual, permitiéndonos tener a la mano la exactitud en los datos numéricos, la detallada precisión en los hechos y la rigurosa literalidad en las citas, que garantizan informaciones documentadas y sólidas. La red mundial informática es depositaria de una inconmensurable cantidad de afirmaciones, descripciones, revelaciones, testimonios, enunciados y estadísticas, aunque una porción muy grande de tal acervo sea pueril y frívolo. Lo cierto es que el rigor minucioso y la preocupación obsesiva por la veracidad factual tienen suficientes bases sobre las que sustentarse.

Una herramienta tan poderosa debería incrementar varias veces el potencial creativo del periodista, al ahorrarle el tiempo que demandan las indagaciones, de manera que pueda dedicarlo al encuentro personal con los protagonistas y a la cuidadosa observación de los escenarios.

Lastimosamente, en lugar de intensificar su percepción de la rica realidad circundante, la tecnología ha conseguido desviar el asombro del periodista hacia las maravillas ilusorias de la informática.

Hasta hace dos o tres lustros, la rica imaginación de la que nos enorgullecemos los latinoamericanos era la columna vertebral de la creación periodística. Titulares ingeniosos, deliciosas crónicas que retrataban una realidad poblada de cotidianidades y de utopías. La palabra no era un escueto instrumento de comunicación, sino una forma de asociar circunstancias y sueños, garantizando la preservación de nuestra capacidad de reflexión en el silencio.

El desencadenado vigor del presente, el ímpetu de nuestra vida actual que se deshace en la consumación de citas, plazos y metas pueriles, enterró bajo gruesas y pesadas losas de pragmatismo la vocación mágica que heredamos de innumerables vertientes raciales.

Lo terrible es que el periodista de hoy se está olvidando incluso de ejercitar la factualidad escrupulosa para lo que verdaderamente sirve, es decir, para sustentar la exploración afectuosa del carácter de los personajes, para refrendar la descripción de los ambientes y para apuntalar la interpretación personal de los acontecimientos. Se obsesiona por la minuciosidad en los datos, pero no como complemento a la explotación del ángulo más revelador de las historias, sino como forma de construir torres de cifras inútiles que convirtieron a muchos periódicos en una caricatura esquelética de la realidad.

El periódico propaga el discurso excluyente que reduce nuestra realidad a cifras de inflación, crecimiento económico, PIB, tasa de cambio, encaje marginal, DU, relegando a segundo plano las reales condiciones de vida de individuos concretos.

Hay periodistas que desestiman el sencillo ejercido de vivir de cada individuo -lleno de temores, apetencias, afán de saber qué le pasa al prójimo-, en aras de una ponderada visión clasificadora y racional de la vida. Estos periodistas se enfrentan a la díscola, contradictoria y arisca realidad con esquemas analíticos.

¿Creerán en serio que le dan a su audiencia o a sus lectores una respuesta a la pregunta de cómo hace las cosas la gente?

Están dando simplemente hechos, decantados en el crisol de los esquemas que tratan de explicarlos, con lo cual pierden cualquier asomo de auténtica realidad.

Eluden penetrar en las culturas, los comportamientos y las actitudes de los individuos que hacen posible que las instituciones o el poder funcionen.

También quedaron atrás, al parecer, las maniobras sintácticas que extendían el diverfimento de la palabra a la propia vida, donde el verbo verdaderamente se encarnaba, y la realidad de los periódicos iba corriendo a la par que la realidad de la existencia.

El frondoso potencial creador empezó a resquebrajarse en el instante en que empezaron a publicarse en los periódicos reseñas precedidas de adjetivos encerrados en signos de admiración, adjetivos como ¡insólito! o ¡increíble!

Esa tajante frontera entre el hecho esperado, racionalmente previsible, y el hecho asombroso, restringió las posibilidades, cerró caminos que pudieron haberse explorado hasta horizontes inimaginables.

El periodismo empezó a distanciarse de la vida cotidiana, arrastrando consigo la capacidad de la propia gente de asimilar lo inverosímil como corroboración de lo posible, y convertirlo en material reservado a otras dimensiones peligrosas para el sosiego.

¿Qué debe hacer ahora un periodista que escribe sobre la desaparición de una persona, que entrevista a sus familiares y conocidos, persigue pistas y evidencias, relaciona hechos, aventura hipótesis, cuando un sacerdote se le acerca y le propone una meditación profunda para tratar de ponerse en contacto con el alma del desaparecido, y que éste le diga si el cuerpo que solía albergarla sigue con vida?

Ningún reportero se anima a preguntarle al protagonista del último escándalo político qué soñó la noche anterior, aunque todos sabemos que la mitad de nuestra vida nos la pasamos soñando.

No se considera importante conocer si el héroe deportivo cree en premoniciones, a menos que la intención no sea escribir una nota seria y responsable.

¿Por qué no hemos de prestar atención a las corazonadas de un protagonista de la noticia, sí los pálpitos son para nosotros otra forma de conocimiento, a veces más certera e iluminadora que los hechos evidentes?

A la par que fue agudizando su sentido, de la desconfianza, el periodista abandonó su asombro, esa inocencia que penetra con mayor profundidad que cualquier indagación sistemática y constante.

La pesquisa y la recopilación de datos factuales se concentra casi siempre en lo degradante y lo deshonroso. Lo que pueda servir para construir titulares estrepitosos con letras enormes o informes de televisión escandalosamente repugnantes, cuya fórmula de estremecimiento está compuesta de sangre, sadismo, insulto, vulgaridad y pornografía.

El contexto temático de esta bienal, el fin de un milenio y el inicio de otro, cayó como las noticias, en manos de la monomanía economicista que lo convirtió en hito comercial. A los creadores de las infinitas campañas que enaltecen tal coyuntura de calendario les tiene sin cuidado que para más de la mitad de los terrícolas ese acontecimiento histórico sea implemente el cambio de un día a otro. Que el año 2000 de la era cristiana será el 1420 de la hégira para 1.100 millones de musulmanes, el 5760 para 7 millones de judíos, el 4698 para 1.300 millones de chinos y el 2554 para otros millones de budistas.

No importa, es el fin de siglo y el fin de milenio y no podemos abstraernos a las desenfrenadas celebraciones en los puntos más significativos del planeta. No importa, ya se ha demostrado que la gente no quiere leer textos largos, sino esquemas resumidos, que le describan la realidad en términos conceptuales al extremo.

Si vamos a reflexionar sobre las perspectivas del periodismo de fin de milenio, rescatando sus virtudes y advirtiendo de sus acechos, si vamos a proponer nuevas vías de acción, si vamos a encontrar un lenguaje común y si vamos a echar a andar iniciativas, la primera estrategia es recuperar lo que Gaston Bachelard llama "el carácter dinámico de la exageración imaginaria". Y seguir su consejo de "volverse aéreo, de romper con una materia demasiado rica o de imponer a las riquezas materiales, sublimaciones, liberaciones, movilidades".

Tomás Eloy Martínez, ese gran maestro del periodismo, advierte que al lector o al televidente "no se lo distrae con fuegos de artificio o con denuncias estrepitosas que se desvanecen al día siguiente, sino que se lo respeta con la información precisa. Cada vez que un periodista arroja leña en el fuego fatuo del escándalo está apagando con cenizas el fuego genuino de la información".

Si la magia americana, la insólita cotidianidad que tanto asombró a los conquistadores y que sigue asombrando a los racionalistas, es básicamente la mezcla de aspectos socioculturales, mitologías, creencias religiosas y tradiciones populares; si aprendimos durante siglos a convivir familiarmente con ella, reprimiendo la coherencia inhumana, parece injusto que el patrimonio periodístico de fin de siglo sea algo diferente a un ejercicio en el que lo racional y lo irracional sigan en plano de igualdad y en el que la actualidad pueda medirse y reseñarse con el mismo desparpajo con que los cronistas de hace cuarenta años trataban los asuntos del mundo y los asuntos del corazón.

Propongo un punto de partida: recuperar el otro sentido de las palabras, su fuerza emotiva, para consolidar su fuerza significativa, de manera que, con la misma eficacia con que nos han servido para difundir claridad y comprensión, nos sirvan para perpetuar la vigencia de los sueños.

Trabajo presentado en la II Bienal de la

Comunicación, celebrada en la Universidad

de Cartagena (Colombia), en mayo de 1999


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Mendoza Diago, Germán (1999): La virgen, en una taza de café. Revista Latina de Comunicación Social, 20. Recuperado el x de xxxx de 200x de:
http://www.ull.es/publicaciones/latina/a1999eag/
57diago.htm