Revista Latina de Comunicación Social 19 – julio de 1999

Edita: LAboratorio de Tecnologías de la Información y Nuevos Análisis de Comunicación Social
Depósito Legal: TF-135-98 / ISSN: 1138-5820
Año 2º – Director: Dr. José Manuel de Pablos Coello, catedrático de Periodismo
Facultad de Ciencias de la Información: Pirámide del Campus de Guajara - Universidad de La Laguna 38200 La Laguna (Tenerife, Canarias; España)
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Del tráfico a la mediación: configuración identitaria y oportunismo comunicativo

(3.912 palabras - 8 páginas)

En Colombia, los medios viven de los miedos.

Jesús Martín-Barbero

Héctor D. Fernández L'Hoeste, Ph.D. ©

Assistant Professor of Spanish- Georgia State University (EE. UU.)

fernandez@gsu.edu

Dicen que venían de Cali / en un carro colorado / traían cien kilos de coca / a Nueva York y Chicago / así lo dijo el soplón / que los había denunciado (...) / Dicen que eran extranjeros / otros que de Bogotá / o tal vez de Medellín / y hasta de Cali serán / la verdad nunca se supo / nadie los fue a reclamar.

"Los duros del cártel", adaptación

de un corrido de Paulino Vargas,

"La banda del carro rojo" (1975)

El propósito de esta ponencia es, independiente de puntos de vista enjuiciadores de la incidencia moral del fenómeno, estudiar el narcotráfico como una práctica social que, siguiendo a Martín-Barbero, sirve de mediación global. Partiendo de diversos planteamientos, del cubrimiento de los medios o de la implementación de rutas alternas de comunicación intercontinental, es factible argumentar la naturaleza propiciatoria de esta práctica en la configuración de la materialidad y expresividad del medio. Mi ponencia busca examinar cómo, a través del seguimiento de un fenómeno delincuencial, fruto de la inescrupulosidad de algunos y de la carencia de oportunidades de otros, los medios han logrado canalizar la información y situarse en el rol definitorio de identidades. En síntesis, dado su carácter protagónico, el tráfico ilegal de estupefacientes sirve de coyuntura que contribuye a la manipulación del mensaje y a la solidificación del medio en su rol interlocutor de la masa.

Según Martín-Barbero, el medio reproduce una forma particular de ver las cosas y consolida la presencia de un sujeto cultural —la burguesía, la clase dirigente, los movimientos populares— como dueño del poder. A su vez, la mediación denota el rol cohesivo del medio, mediante el cual el público se reconoce e identifica mientras comparte la experiencia conductora a la formación del imaginario. De igual manera, se puede afirmar que los medios, a medida que reafirman la estatura de un nuevo agente social como enemigo del orden establecido o nuevo detentador del poder, aprovechan dicha presencia para consolidar el carácter aglutinante de su quehacer, la validez de sus juicios, e invocan, mediante sus versiones de la figuración de dichos agentes, nuevas fórmulas de interpretación identitaria, constituyéndose, de paso, en cómplices del sistema.

Mi ponencia, lo aclaro, se refiere al estudio de la mediación, es decir, a la dinámica facilitada mediante la labor del medio, y no al fenómeno que sirve de excusa al mismo. La presencia del narcotráfico a partir de la década del setenta, violentando barreras geopolíticas con singular destreza, es algo incuestionable. En el curso de poco tiempo, ha logrado un grado de representatividad social insospechable para las previas estructuras del poder, mitificándose de manera acelerada (mediante corridos, novelas, series de televisión o filmes). Incluso hoy en día, pese al asedio de fuerzas opositoras, domina buena parte del comercio entre los hemisferios, innova constantemente en materia de rutas de comercio e infringe la ley a su antojo. Mi meta, por el contrario, es analizar su representación, no desde una perspectiva nacional, sino como sujeto cultural global. Esta tarea conlleva examinar su figuración como partícipe en la fijación de imágenes culturales y sociales: los mercados víctimas, los mercados viciosos; los productores victimarios, los productores fruto de la desigualdad. Propongo, por tanto, un nuevo entendimiento de una práctica que, de tener significación eminentemente económica, pasó a desempeñar un papel notable a nivel de imaginarios.

El narcotráfico es, ante todo, una experiencia de transgresión, mediante la cual se subvierten dictámenes esencialmente burgueses. Su auge ha significado una renegociación de la balanza del poder, con un efecto notorio sobre la diagramación de las identidades regionales. Según es de esperarse, al "combatirlo", al comunicar su participación bajo una óptica determinada, de cierta manera, se legitiman una serie de valores convencionales. En resumen, la evolución del protagonismo de esta práctica viene a ser tanto el resultado del arribismo de algunos medios, generando y reafirmando estereotipos grotescos (Hollywood y su aprovechamiento de la temática cinematográfica, con la consecuente distorsión identitaria), como de otros, que aprovechan para promocionarse mediante estrategias efectistas o lecturas miopes, ausentes de ética (artículos de prensa teñidos de nacionalismo oportunista, según se verá a continuación). De esta manera, la labor comunicativa se reduce a una consideración reductiva de una práctica de origen antiautoritario, rival de la hegemonía tradicional y manipuladora de las masas, cuyo único posible beneficio ha sido el cuestionamiento de una moral conformista. De hecho, más allá de la presbicia informativa, la configuración identitaria de un pueblo, llámese colombiano, estadounidense o mexicano, deja de ser una encrucijada sociopolítica, para convertirse en un espejismo, en el producto de una distorsión masiva que sirve para afianzar la relación entre el medio y su público.

Antes de proseguir, reitero mi anterior aclaración: el corte local de las siguientes lecturas es fortuito, pues gran parte del estudio ostenta una calidad universal; en otras palabras, mi argumentación no es, ni pretende ser, de índole autóctona. El primero de los casos a tratar se refiere a un reciente análisis en la prensa colombiana de la significación cultural del fallecido jefe del cartel de Medellín y al correspondiente afán de otorgarle un sitio adecuado dentro del contexto de la historia contemporánea. El 30 de noviembre de 1998, un semanario de gran circulación en el país, publicó, a manera de balance, un reportaje sobre el impacto de Escobar en la cultura nacional. A nivel de motivación, la estética del informe, partiendo de una tenebrosa imagen a dos páginas del recién abaleado cadaver del narcotraficante, era muy explícita. La fotografía, en blanco y negro, intentaba darle algo de seriedad a una imagen esencialmente grotesca, haciendo pasar por sobriedad el despliegue sensacionalista de la nota. Sin lugar a dudas, la finalidad del texto era extirpar el germen del mito, sepultar de una vez por todas al macabro personaje y, haciendo borrón y cuenta nueva, postular una nueva versión de la cronología nacional. Al consagrarle un puesto en la historia "oficial" del país, el objeto era, en términos de imaginario, contrarrestar cualquier posibilidad de resurrección del protagonismo del crimen organizado y la acompañante legitimación antisocial. Para fundamentar esta nueva periodización, ventajosa para los estamentos más tradicionales de la sociedad, el artículo se amparaba en aspectos elementales de su propuesta. La diagramación del reportaje, por ejemplo, enmarcaba el texto escrito, a la manera de un ribete de luto. En el margen superior, se incluía un seguimiento pormenorizado de crímenes y atentados resultantes del enfrentamiento entre el narcotráfico y el Estado; en el margen inferior, aparecía un desfile de las portadas de la revista dedicadas, de una u otra forma, a la imagen del capo. Se incluían además entrevistas y testimonios de algunos de los directos responsables del deceso del narcotraficante, al igual que transcripciones de grabaciones del capo con su familia y demás colaboradores. Todo el material destinado a corroborar, de una u otra forma, la lectura tras el reportaje.

A mi entender, el fin de este cubrimiento era aprovechar al personaje como eje de sentimiento nacional, como eje de un dolor compartido, experiencia que, al fin de cuentas, valida un entendimiento particular del imaginario y patrocina un proyecto concreto de nación. En otras palabras, el hecho de haber experimentado —de haber sufrido— los desmanes del enfrentamiento entre el crimen organizado y el Estado, permiten que la audiencia se identifique con una versión preferencial de los hechos. El narcotráfico deja de ser percibido en su dimensión más notoria, como catalista de una crisis de valores y exacerbador del culto al dinero, y comienza a ser interpretado de manera más acomodaticia, como piedra angular de un capítulo de la colombianidad. Desafortunadamente, al ignorar el desagregamiento de la identidad nacional, el reportaje pierde consistencia. La guerra entre el Estado y el narcotráfico fue ante todo, bien lo documentan las imágenes incluidas en el artículo, enumerando estallidos y muertes en Medellín, Bogotá y Bucaramanga, un acontecimiento del país interior. En otras latitudes, más olvidadas por el discurso del poder y por tanto menos integradas a la comunidad imaginada de la nación oficial, el enfrentamiento adquirió otros matices; su impacto fue, al igual que una tardía incorporación a la modernidad centralista, un eco más remoto. Este desfase, producto de una desigualdad establecida, nos remite a ideas de Martín-Barbero, que nos recuerdan la importancia de no disociar diferencia y desigualdad en el quehacer comunicativo. El inconveniente reside, como siempre, en interpretar la realidad nacional a partir de un paradigma que, si bien es patrocinado por los medios, dado su afianzamiento en este orden, resulta cada día menos fehaciente, pues, haciendo caso omiso de la globalización y del exacerbamiento de regionalismos, desdeña el descentramiento de la esfera pública nacional. En resumen, el problema radica, en vez de tomar en cuenta las múltiples vivencias del episodio, en referirse a la memoria cual si se tratara de una totalidad inmanente. Ver la crisis a partir de este esquema, polariza y resta viabilidad a la argumentación del artículo. El pasado en forma de historia, al cual el medio intenta darle coherencia organizativa, se ha visto, a lo largo del presente siglo, transformado en espacio patrimonial, de manera que cada quien —en este caso, los sectores menos favorecidos— reclama su derecho a la memoria. El resultado, bien lo conocemos, es la representación fragmentada de lo nacional.

La apropiación de la figura de un archienemigo del Estado es característica. Es el producto de la pugna por representar. Lo prioritario, dada su importancia como ámbito de producción del sentido de lo social, es lo político; lo vital es lograr una lectura que enfatice las dimensiones políticas de la transgresión —en este caso, el desdén del orden establecido y las repercusiones implícitas para el ciudadano común y corriente. Para llevar a cabo esta tarea, el medio deberá constituir, reemplazando a la política en su función principal. Al perderse la fe en el Estado, a causa de la fragilidad en evidencia durante las arremetidas del crimen organizado, se exige el reemplazo. La desconfianza en el statu quo, propiciada por un Estado endeble, conduce a una carencia de fe en el progreso y, por tanto, en una dimensión futura, actitud equivalente a descartar cualquier esperanza de modernidad. Siendo relegado a una función administrativa, el Estado pierde su dimensión simbólica; el medio lo sustituye e intenta ejercer el papel de diagramador del mapa cognoscitivo de la identidad. Las alternativas se hacen patentes: momificar el pasado, meta lograda al "congelar" los acontecimientos recientes —como en este reportaje, "matando" a quienes infringen la ley—, o enfatizar el presente —es decir, haciendo caso omiso del narcotráfico como indicio de injusticia social—, con consecuencias lamentables para la población.

Los medios, en su eterno afán de cumplir con el deber comunicativo, se remiten a diario a una multiplicidad de arquetipos, favoreciendo a menudo los modelos de la antigüedad. En el ámbito delincuencial, la gran matriz narrativa ha sido la tragedia. La historia contemporánea, al igual que muchas otras, puede ser vista desde la perspectiva de la ficción de crimen, en la que la muerte funge —triste ironía— de pulsión creativa. Por ende, es consecuente que una imagen sinónima de sufrimiento —el caso del mafioso— sea aprovechada con ligereza y se preste a esfuerzos de renovación de la esfera pública. En una sociedad en la que prima la violencia, los desmanes antisociales son codificados como tragedia, como parte del drama que integra, en sí, la historia de lo nacional. Ésta ha sido una práctica recurrente de los medios hegemónicos (cabe recordar el cine de Coppola y su idealización de la mafia). De ahí que, una vez traducida al contexto latinoamericano, tan propenso al melodrama, aparezca revestida de características peculiares: las imágenes de llanto, la validación del machismo, los secretos de familia, etc. El drama, al desdeñar una linealidad temporal y afianzarse en lo cíclico, en la idea del eterno retorno, ofrece ventajas para el recuento de una crisis persistente, como la propagada por el narcotráfico. Finalmente, el planteamiento del reportaje, al apoyarse en la figuración del medio —en el hecho de ofrecer portadas de la misma revista como prueba de la relevancia del personaje—, se ampara en una estratagema diseñada en torno a la ingenuidad del público, que, al consumir la información, colabora con la estrategia y reconoce la autoridad del medio. Al entregarse a sí misma como prueba, rasgo delator de la autosuficiencia de la publicación, se matan dos pájaros de un tiro.

Éste es, sin embargo, un buen ejemplo de la labor del medio como interpelador, reemplazando al Estado en su función de traductor de la idea de nación a una experiencia cotidiana. El reportaje intenta inaugurar un espacio y un tiempo: post-Pablo Escobar, post-cartel de Medellín y post-enfrentamiento entre el narcotráfico y el Estado. Con este fin en mente, el texto representa el conflicto como drama, como forma-relato o capítulo de la novela nacional. El obstáculo está en que, al intentar inaugurar este espacio, se confunde la memoria con la fidelidad al pasado. Es decir, no se rescatan los aspectos de la memoria relevantes a una realidad actual, en la que la crisis fomentada por el narcotráfico ha sido suplantada —o, en mejores términos, aprovechada— por otros factores desestabilizantes (la guerrilla, los paramilitares, etc., en el caso colombiano) y en la que las lecciones fruto del enfrentamiento con los antisociales habrían de cumplir una función pedagógica para la clase dirigente.

En recientes publicaciones, Martín-Barbero distingue entre estos dos tipos de memoria: la del pasado, de orden estático, y la vinculada a una nuestra actual forma de ser, de caracter más inestable. La representación de este reportaje se fundamenta, casi exclusivamente, en la memoria del primer tipo. A partir de ahí, intenta dirigirse al público; por ende, la inefectividad de su propuesta. El medio, al evidenciar diferencia y desigualdad, habría de abogar por mayor tolerancia y, en lugar de patrocinar visiones esquematizadas, estimular una convivencia más equitativa. El artículo en juego, en cambio, al enfatizar el deceso del nefasto personaje y relegarlo a un pasado "histórico", de museo, al despreciar su importancia como síntoma de una sociedad disfuncional, pierde la oportunidad de apoyar un discurso más incluyente, y fundamenta, de hecho, una lectura maniquea de los hechos, en la que la única alternativa posible para las fuerzas establecidas es la de acabar con el mal de raíz. Al aprovecharse más para la legitimación del medio que para un cumplimiento equilibrado del ejercicio comunicativo, la experiencia, que debería de significar una monumental lección de crítica, termina siendo desperdiciada.

El segundo caso a colación es aún más palpable. Consiste en el reciente escándalo a raíz de un documental de origen británico, también relacionado con el narcotráfico colombiano. El filme, llamado The Connection, fue emitido en octubre de 1996 en Gran Bretaña, y algunos apartes aparecieron en junio de 1997 en los EE.UU., a través del programa 60 Minutes de la cadena CBS. En diciembre de 1998, la compañía productora, Carlton Communications PLC, fue multada por la suma de 3,2 millones de dólares, al comprobarse al menos 16 falsedades en el documental. Entre ellas, el hecho de emplear particulares para representar el rol de narcotraficantes, con el fin de falsificar entrevistas con miembros de un cartel, y de mentir en cuanto a la argumentación central de su historia: el develamiento de una ruta de contrabando de estupefacientes para el mercado británico. A raíz del escándalo, dos figuras fueron responsabilizadas: el productor del documental, un ciudadano colombo-francés de nombre Marc de Beaufort, y una colaboradora colombiana, Adriana Quintana Quintero.

Una de las facetas más interesantes del caso es la disparidad de las versiones internacionales, originadas en medios angloparlantes —cables de la Associated Press, en su mayoría—, y el escaso cubrimiento colombiano (artículos de El Espectador). En la totalidad de las notas internacionales se responsabiliza al productor y a su colaboradora, pero, pese a mencionarse la respuesta de la casa distribuidora y el dictamen de un panel de ética en contra del productor, un señalamiento tácito recae sobre la investigadora colombiana. En las versiones colombianas aparecidas en la prensa capitalina, por el contrario, la colombiana aparece como víctima y como adalid de una nacionalidad vejada. Su suerte en el exterior es una ratificación estereotípica de los apuros de una emigración improvisada, matizada por el acostumbrado espíritu aventurero, rasgo que posibilita una identificación inmediata entre los lectores colombianos y la protagonista. Los artículos, pese a no referirse a una desgracia física, nuevamente esgrimen una argumentación sesgada, sustanciándose en el sentimiento trágico de lo nacional. Según su versión, el escándalo es el fruto de los esfuerzos de la investigadora por denunciar los abusos del productor, quien aparece como el malo de la película, empeñado en aprovecharse a nivel comercial de la mala imagen nacional en el extranjero.

Semejante diferencia no resta lo siguiente: en ambos casos, los medios ejercen de mediadores del imaginario configurador de la identidad. En el caso colombiano, es evidente que tratamos con un acto de solidaridad identitaria. También es innegable que el afán de defensa nace, en parte, del hecho que la protagonista sea una investigadora y esté vinculada al sector de la comunicación. Cito textualmente de uno de los artículos: "Esto le llamó la atención a Adriana, a quien le gusta la investigación y le apasiona el periodismo" (1). Luego, la denuncia de la injusticia perpetrada es doblemente relevante, por la afinidad de nacionalidad y de disciplina, y en realidad equivale a una autoalabanza, a una autolegitimación del medio. Como es de esperar, al articular una apretada defensa de la nacionalidad y del quehacer periodístico, la prensa local pinta un cuadro tendencioso, maquillado con extremismos. El resultado es una nota que, si bien cumple con informar, deja muchas cosas por aclarar (la opinión de los actores del documental, por ejemplo).

En el caso internacional, pese a denunciarse la falsedad del material, la noticia enfatiza la culpabilidad del medio reproductor —el programa de televisión norteamericano, en la mayoría de los artículos—, de manera que el resultado final, más que atacar la irresponsabilidad de los actos, sea consagrar el espacio televisivo como guardián de información veraz y confiable. Lo destacable del caso es que, dentro de una tradición de verosimilitud, sea una excepción, además de la integridad de los comunicadores al reconocer su error. En pocas palabras, la noticia no es que el documental sea falso; la noticia radica en quién lo transmitió. Con esta observación en mente, es de esperar que la mayoría de los encabezamientos, reproduciendo la dinámica hegemónica, fustiguen con mayor insistencia al medio norteamericano, validando su predominio en el campo comunicativo. Cabe recordar: una de los rasgos más significativos de lo hegemónico es el involucramiento de una continua renegociación del dominio; de ahí que, como táctica de defensa de la hegemonía, se aproveche la denuncia de errores para autenticar la supremacía del noticiero norteamericano. La malinterpretación de la identidad colombiana, pese a su estelaridad en el documental, queda relegada a un segundo plano. Es más, nadie aboga en su contra o ataca la injusticia implícita, puesto que hay cosas que se dan por aceptadas: la connotación tras la nacionalidad, el ingenio de los carteles, la factibilidad comercial del mercado, etc. La historia, al fin de cuentas, sirve para justificar la postura del medio en su rol comunicativo. Las circunstancias específicas de los hechos involucrados se prestan, antes que nada, de excusa a la legitimación del medio.

Pese a la diferencia en la aproximación, la similitud en el aprovechamiento de la historia es un ejemplo que confirma, por encima de la tensión entre periferia y metrópoli, una dinámica globalizadora. Es cierto que, aunque todas las versiones tengan afinidades tecnológicas —todas fueron divulgadas en Internet—, priman las circuladas en el lenguaje hegemónico (el inglés), y el impacto de las de habla castellana —según recientes encuestas, la cuarta lengua en Internet— es de efecto controlado; más que nada, de consumo local. Sin embargo, a pesar de la distancia jerárquica, ambos planteamientos, muy a su manera, reflejan más el ensimismamiento del medio que una atención al cubrimiento juicioso de la labor informativa. Bien lo ha dicho Martín-Barbero, refiriéndose a Colombia, el desarrollo tecnológico de los medios de comunicación es incongruente con la polarización e incomunicación política existente en la sociedad, una máxima que, al contemplar los anteriores casos, adquiere mayor congruencia.

Ahora, podemos preguntarnos, ¿cuál es la manera efectiva de comunicar —o de mediar, si así se prefiere—, sin caer en la tentación de ceder a favor de la validación del medio? El riesgo nace de la premura del mediador al suplantar al político; de la imagen, al suplantar la realidad. Con temáticas como el narcotráfico, que se prestan a un juego de culpas en términos de nacionalidades e identidades, este riesgo aumenta. Ésta es la comunicación actual, de pronunciamientos en Internet que, pese a sus falencias, son circulados y consumidos de manera inmediata, y de protagonistas carentes de ideología, pero diestros en el rol de comunicadores, prestándose a narrativas incestuosas. Cuando el espacio-nación no da abasto, se recurre al espacio-mundo, progenie de la globalización. Con la rearticulación del Estado y el surgimiento de microesferas regionales y locales ligadas al estallido de la identidad nacional —gracias a catalistas como el narcotráfico—, se acelera el conflicto de la esfera nacional centralizada. Con la globalización, al converger lo transnacional y lo local, se sacrifica lo nacional. En el rechazo a una representación colectiva, se evidencia la desafección hacia las instituciones y la búsqueda de una ruptura en la masificación, a la capacidad de representar diferencia sin denotar desigualdad. Las diferencias a las que me refiero no son taxonómicas, sino las que engendran la experiencia social, las diferencias entre cómo cada quien experimenta, desde su cultura, la realidad. Son tales diferencias las que un medio centralizado, apasionado por condenar la ilegalidad, deja de tomar en cuenta. Los ejemplos anteriores han sido redactados con naciones en mente. Lo irónico está en que se lee, cada día más, desde una perspectiva universal o netamente local. En algún punto hay que conciliar ambas visiones.

 Nota

(1) Bernal, Alfonso. "Premio a montaje inglés en TV". El Espectador. 7 de mayo de 1998

Obras citadas

"60 Minutes Aired Faked Documentary." Channel 3000. 14 de mayo de 1999. <http://cheese.channel3000.com/news/stories/news-981206-170955.html>

"'60 Minutes' burned as panel finds British drug documentary fake." Free! The Freedom Forum Online. 14 de mayo de 1999.

<http://www.freedomforum.org/international/1998/12/760minutes.asp>

Álvarez, Hernando y Alfonso Bernal. "Disculpas a Colombia por un documental". El Espectador. Diciembre 13, 1998.

Benavides, Julio, et al. "Las facultades de comunicación no pueden renunciar a un proyecto de país". Signo y Pensamiento, No. 31. Bogotá: Universidad Javeriana, 1997. Pp. 51-62.

Bernal, Alfonso. "Premio a montaje inglés en TV". El Espectador. 7 de mayo de 1998.

Butterworth, Trevor. "Phony Documentary Unmasked." Newswatch Spotlight. 14 de mayo de 1999.

<http://www.newswatch.org/spotlight/981207f1.htm>

"Cinco años después". Semana. 30 de noviembre de 1998. Pp. 66-82.

"Documentary Aired on CBS' '60 Minutes' About Colombian Drug Dealers Is Fake." News Briefs. 14 de mayo de 1999.

<http://www.ndsn.org/NOVDEC98/MEDIA2.html>

Frankel, Daniel. "Brit Documentary, Run by '60 Minutes,' a Fake." E! Online News. 14 de mayo de 1999.

<http://www.eonline.net/News/Items/0,1,4012,00.html>

"Investigation says prize-winning drugs documentary a fake." Fox Market Wire. 14 de mayo de 1999.

<http://www.foxmarketwire.com/wires/1206/f_ap_1206_12.sml>

"Makers Of Faked Documentary Fined Record Millions." San Diego Source. 14 de mayo de 1999.

<http://www.sddt.com/files/librarywire/98/12/1al.html>

Martín-Barbero, Jesús. Pre-textos. Conversaciones sobre la comunicación y sus contextos. Cali: Universidad del Valle, 1996.

Martín-Barbero, Jesús, Manuel Espinel Vallejo y Antonio Restrepo Botero. La nueva representación política en Colombia. Bogotá: FESCOL/IEPRI, 1997.

Reddick, Catherine. "A Fraud Abroad." Newsweek.com. 14 de mayo de 1999. <http://www.dailydavos.com/nwsrv/issue/24_98b/tnw/today/nm/nm02mo_1.htm>

Trabajo presentado en la II Bienal de la

Comunicación, celebrada en la Universidad de

Cartagena (Colombia), en mayo de 1999


FORMA DE CITAR ESTE TRABAJO EN BIBLIOGRAFÍAS:

Fernández L'Hoeste, Héctor D. (1999): Del tráfico a la mediación: configuración identitaria y oportunismo comunicativo. Revista Latina de Comunicación Social, 19. Recuperado el x de xxxx de 200x de:
http://www.ull.es/publicaciones/latina/a1999fjl/
74hec.htm